Imperio De Pasiones - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 8 La flor y la fiera
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9: Capítulo 8: La flor y la fiera.
9: Capítulo 8: La flor y la fiera.
La mañana amaneció despejada, con un sol suave atravesando los ventanales del comedor imperial.
El cielo parecía pintado a mano, tan tranquilo que casi resultaba engañoso.
Los sirvientes se movían en silencio, colocando pan recién horneado, frutas cortadas y té humeante mientras el emperador César revisaba unos documentos apoyados sobre la mesa.
Carlos llegó un poco más tarde de lo habitual, perfectamente vestido, con el cabello sujeto hacia atrás y una expresión demasiado falsa.
Se sentó en frente de su padre y tomó la copa de agua sin decir palabra.
El silencio duró apenas unos segundos.
—Padre… —comenzó Carlos, cortando una fruta con aparente calma—.
¿Y el bastardo?
César dejó el documento sobre la mesa, suspirando.
—Partió esta mañana, antes del amanecer —respondió con un tono neutro —.
Ya va camino a Orinzuly, según lo planeado.
La cuchilla de Carlos se detuvo en el aire.
Sonrió apenas, una sonrisa que parecía más un reflejo que una reacción genuina.
—Perfecto —murmuró, bajando la mirada al plato—.
Entonces… ahora podré ocuparme de lo que debo hacer.
César alzó una ceja, notando el matiz en la voz de su hijo.
—Carlos —advirtió sin levantar el tono—, no olvides la promesa que me hiciste.
Me aseguraste que te comportarías, que asumirías tus responsabilidades y que dejarías de actuar impulsivamente.
Carlos asintió con rapidez, casi irritado por la insinuación.
—Sí, sí.
Lo recuerdo.
—Y además —continuó el emperador, bebiendo un sorbo de té—, no olvides que debes comportarte con tu prometida.
Es una mujer importante, una futura emperatriz.
No toleraré escándalos, ni malos modos, ni faltas de respeto.
Carlos giró la copa entre los dedos.
—Lo sé —respondió con una sonrisa tensa—.
¿Y cuándo llega la tal Carlota?
¿Y su madre?
César respiró hondo antes de contestar.
—En pocos dias.
Llegarán temprano.
Ya enviaron una carta confirmándolo.
Y espero que estés listo para recibirlas como corresponde a un príncipe digno.
Carlos soltó un ligero bufido, pero mantuvo la compostura.
—Estoy preparado.
Confíe en mí, padre.
No haré nada inapropiado.
El emperador entrecerró los ojos, como si pudiera leer lo que había detrás de las palabras de su hijo.
Porque sabía —César siempre lo sabía— cuando Carlos mentía, aunque él lo negara con sonrisas.
—Espero que hables en serio —dijo finalmente—.
Y sobre todo… espero que no tengas ninguna intención de apresurarte en “arreglar” asuntos a tu manera.
Las cosas deben hacerse con tiempo, y en silencio.
Carlos se forzó a mantener la sonrisa.
—Claro, padre.
Todo a su tiempo.
Pero en su interior, ya sentía hervir la impaciencia.
Eduard ya no estaba allí.
No estaría por días.
Y eso significaba que Leyla estaría completamente indefensa.
Sin su amado.
Sin protección.
Sin nadie que pudiera interponerse entre su voluntad y la de Carlos.
El príncipe llevó una fruta a la boca con una tranquilidad, escondiendo el fuego oscuro que ardía detrás de sus ojos.
—A veces —añadió en voz baja, aunque lo suficientemente clara para que César lo escuchara—, cuando uno desea algo, debe actuar antes de que el destino cambie de opinión.
César lo miró fijamente.
Carlos sostuvo su mirada… y sonrió.
El emperador no dijo nada más.
Pero el ambiente en el comedor se tensó como una cuerda a punto de romperse.
Carlos entendió que no tenía la aprobación de su padre, pero tampoco tenía oposición.
Y para él… eso era suficiente.
La partida de Eduard no era solo una misión diplomática, sino también la apertura de una ventana peligrosa.
Una ventana que Carlos estaba dispuesto a atravesar sin importar las consecuencias.
Más tarde..
Mientras muchas de las criadas susurraban sobre el viaje de Eduard y se preguntaban cuándo volvería, Leyla simplemente hacía su trabajo en silencio.
No había tristeza en su rostro, ni nostalgia.
Sabía que Eduard volvería, y no necesitaba revolverse en emociones innecesarias.
Él había prometido volver.
Y lo haría.
Sacudía una alfombra cerca del ala este del palacio, cuando una voz familiar y no deseada rompió la calma.
-Qué dedicación tan admirable desde tan temprano -dijo Carlos con su tono meloso -Siempre tan entregada a tus labores, Leyla.
Ella levantó la mirada y lo vio de pie, a pocos pasos.
Llevaba una capa oscura.
Su cabello, perfectamente peinado, y esa sonrisa que a muchos podría parecer encantadora, a ella le resultaba fingida…
y fastidiosa.
-Buenos días, su alteza -respondió con cortesía, apenas mirándolo.
Carlos se acercó con paso lento.
-No esperaba encontrarme contigo tan temprano.
Pero debo admitir que es una grata sorpresa.
Leyla fingió que volvía a centrarse en la alfombra.
-¿Necesita algo?
-¿No puedo simplemente conversar contigo?
-dijo él con una falsa naturalidad-.
Me agrada tu compañía…
aunque, claro, hace tiempo que apenas tenemos oportunidad de hablar.
Siempre estabas con Eduard o Margaret.
-Él ya no está -respondió Leyla con voz neutra-.
Ahora puedo concentrarme mejor en mis labores.
Carlos soltó una pequeña risa.
-Tan fría como siempre…
pero eso tiene su encanto.
Dime, ¿no lo extrañas?
Debes sentirte sola sin su presencia.
Leyla lo miró un instante, sin expresión.
-No.
Sé que volverá pronto.
No hay razón para estar triste.
-Qué mujer tan práctica -respondió Carlos con interés-.
Aunque…
a mí no me molestaría hacerte compañía mientras tanto.
Los días pueden ser muy largos sin alguien que te anime un poco, ¿no crees?
-Prefiero la tranquilidad -dijo ella, limpiándose las manos con un trapo-.
Y si me disculpa, tengo cosas que hacer.
Pero Carlos dio un paso más cerca, acortando la distancia.
-¿No puedes hacer un pequeño espacio en tu día para mí?
Me parece injusto que un príncipe tenga que rogar por unos minutos de tu atención.
-No estoy acostumbrada a dar conversación mientras trabajo.
Y no creo que usted esté acostumbrado a que le digan que no -respondió Leyla, mirándolo ahora con mayor firmeza.
Carlos la observó fijamente, como si analizara cada gesto suyo.
-Tienes carácter…
eso me agrada aún más.
No eres como las demás sirvientas que bajan la cabeza y obedecen al instante.
Eres…
distinta.
Más fuerte.
-No pretendo agradarle, solo cumplir con mi deber -dijo Leyla secamente.
-¿Y si tu deber cambiara?
-preguntó Carlos con tono sugerente-.
¿Y si, por ejemplo, dejaras de ser sirvienta?
¿Si te ofrecieran una posición distinta, más cómoda…
más cercana al poder?
Leyla frunció el ceño.
-No entiendo a qué se refiere.
Carlos dio media vuelta, como si pensara en voz alta.
-Solo digo que algunas oportunidades no se presentan dos veces…
y que hay personas que pueden darte más de lo que jamás imaginaste.
-¿Está insinuando algo, su alteza?
Carlos se giró, sonriendo.
-Solo que deberías considerar tener mejores aliados en el palacio.
Uno nunca sabe cuándo puede necesitar protección, afecto…
o incluso una mano que te saque de la rutina.
Leyla respiró hondo, manteniéndose firme.
-No necesito aliados.
Ni promesas vacías.
Estoy bien donde estoy.
Carlos entrecerró los ojos, aún sonriendo, pero algo en su mirada se endureció.
-Entonces supongo que tendré que ganarme tu atención con más esfuerzo.
Me encantan los retos.
-Y yo no tengo tiempo para juegos.
-No será un juego, Leyla.
Créeme -dijo con voz más baja-.
Esto apenas comienza.
Antes de que ella pudiera responder, Margaret apareció por el corredor con una bandeja en manos.
Su mirada se clavó de inmediato en Carlos.
-¿Todo bien aquí?
-preguntó, fingiendo cortesía.
Leyla se volvió hacia ella con alivio.
-Sí.
Ya voy.
Carlos retrocedió un paso.
-Hasta pronto, Leyla.
Que tu día sea tan encantador como tú.
Ella no respondió.
Simplemente recogió su balde y caminó junto a Margaret sin mirar atrás.
Cuando estuvieron lejos, Margaret murmuró entre dientes: —Ese maldito no pierde el tiempo… Leyla soltó un suspiro largo, como si quisiera expulsar la incomodidad de su pecho.
—Tranquila —susurró Margaret mientras caminaban—, no voy a dejar que te quedes a solas con él.
Te protegeré.
Leyla dejó escapar un suspiro largo.
—Sé que no va a… lastimarme otra vez —dijo en voz baja, más para convencerse a sí misma que a Margaret.
Margaret se detuvo en seco y la miró con seriedad.
—Leyla… Un hombre que es agresivo una vez, no deja de serlo porque sí.
No cambia solo porque se lo pidas o porque actúe amable un día.
Hay que tener muchísimo cuidado con él.
Leyla bajó la mirada, pasando los dedos por el borde del balde.
—Lo sé —susurró—.
Hace tiempo…
intentó besarme a la fuerza.
Y el otro día me lastimó el brazo…
—se subió la manga, mostrando la piel aún sensible—.
Me quedó un moretón..
Margaret apretó los labios y se acercó más.
—No dejaré que vuelva a tocarte así..
Si se atreve a molestarte otra vez, me encargaré yo misma.
No estás sola aquí, Leyla.
Te lo juro.
Leyla levantó la mirada con gratitud.
—Gracias, Margaret —susurró con una sonrisa pequeña —.
Gracias por ser mi amiga… te quiero mucho.
El rubor subió de golpe a las mejillas de Margaret, quien apartó la vista de inmediato, fingiendo acomodar la bandeja.
—Ay, por favor… —farfulló—.
No seas tan cursi..
Leyla soltó una risa ligera.
—Lo siento —rió—.
Pero es verdad..
Margaret resopló con falsa molestia, aunque no podía ocultar la sonrisa que se le escapaba.
—Sí, sí… yo también te quiero.
Pero no lo repitas mucho, ¿eh?
O voy a parecer una blanda.
Leyla volvió a reír, esta vez más suave, y ambas siguieron caminando por el pasillo, unidas..
Mucho después..
El jardín lateral estaba tranquilo aquella tarde.
El sol, en su cenit, teñía las hojas de un verde intenso, y una brisa suave acariciaba los pétalos de las flores.
Sentado en un banco de piedra, con una rosa roja entre los dedos, Carlos parecía inmerso en un pensamiento que oscilaba entre la obsesión y la fantasía.
Giraba la flor lentamente.
Leyla… La bella criatura que había logrado resistirse a él más de una vez.
La rosa frágil con espinas afiladas.
La tentación que incluso su hermano bastardo había tenido el descaro de reclamar antes que él.
Cerró los ojos un momento, aspirando el aroma de la flor.
—Pronto… —murmuró apenas—.
Muy pronto dejarás de escapar, Leyla.
A unos metros, Catalina salió de uno de los corredores llevando una cesta con flores marchitas que debía desechar.
No esperaba encontrarse con el príncipe, menos aún con esa expresión tan… distante.
Se detuvo en seco al ver la rosa en sus manos.
¿Será… Leyla?
¿Habrán hecho algo?
¿Por fin…?
El miedo le recorrió la espalda.
La última vez que habló con él había sentido algo oscuro bajo su sonrisa.
Aun así, la curiosidad la empujó: quería saber si su “información” había surtido efecto.
Respiró hondo y, temblando, se acercó con pasos cuidadosos.
Cuando estuvo a unos metros, hizo una reverencia profunda.
—S-su alteza… Carlos no levantó la mirada.
Siguió observando la rosa.
—¿Qué quieres?
—preguntó sin emoción.
Catalina tragó saliva.
—Y-yo solo… quería preguntar… eh… sobre Leyla.
No la he visto desde temprano y pensé que quizás… Carlos levantó por fin la vista.
—Qué te importa —soltó con frialdad—.
No es asunto tuyo.
Ella se encogió ligeramente.
—P-pero alteza… pensé que… quizá aún necesitaba que la vigilara… o que continuara— —Cállate —interrumpió Carlos, esta vez con un tono más afilado—.
Ya no necesito nada de ti.
Tu papel terminó.
Catalina abrió la boca para responder algo, pero él no le dio tiempo.
—Eres una vibora.
Una envidiosa sin valor.
Así que hazme un favor: desaparece de mi vista.
No vuelvas a dirigirme la palabra.
No vuelvas a acercarte.
Él inclinó apenas la cabeza, con una sonrisa oscura que no llegaba a sus ojos.
—A menos que quieras que te haga daño.
Catalina sintió que las piernas se le aflojaban.
Bajó la cabeza de inmediato.
—S… sí, su alteza… d-disculpe… —Vete..
Y más te vale no volver a decir mi nombre nunca más.
Catalina dio una reverencia torpe y salió casi corriendo, mordiéndose la lengua para no soltar los insultos que hervían en su interior.
Estúpido… arrogante… maldito… Ojalá se ahogue con sus propia lengua… Pero no se atrevió a mirarlo de nuevo.
Y Carlos, sin preocuparse en absoluto por ella, volvió a observar la flor entre sus dedos.
—No necesito a una inútil como tú —susurró con desdén—.
Para eso tengo mis propios métodos.
El sonido suave del viento fue lo único que respondió.
Después..
El almacén estaba silencioso, iluminado apenas por una franja de luz que se filtraba desde la ventana superior.
El olor a madera húmeda y a metal viejo llenaba el aire.
Leyla revisaba estantes, moviendo herramientas y baldes hasta encontrar una regadera mediana.
Margaret estaba en el inventario contiguo, buscando unas palas pequeñas, así que por unos minutos Leyla quedó completamente sola.
El silencio se volvió denso, casi incómodo.
Y entonces, una sombra cruzó el umbral.
Leyla se tensó al instante.
No necesitaba volverse para saber quién era.
Había algo en la forma en que esa presencia ocupaba el espacio… algo que helaba el aire.
Aun así, giró lentamente.
Carlos estaba allí—apoyado en el marco, sonriendo con esa suavidad que a ella la hacía sentir una presa.
Carlos, dio un par de pasos hacia adelante, extendiendo la mano como si fuera un gesto amable.
—Vaya sorpresa —murmuró él, con ese tono bajo y meloso que usaba cuando quería sonar encantador—.
¿Te ayudó a levantarte, Leyla?
Ella bajó la mirada hacia su mano… y no la tomó.
Se incorporó sola, sacudiéndose el delantal, manteniendo una distancia prudente.
Carlos dejó escapar una risa.
—Qué fría —comentó—.
Y qué descortés… especialmente cuando no saludas al futuro emperador.
Leyla sostuvo la regadera con ambas manos, intentando mantener la compostura.
—Disculpe, su alteza —dijo apenas, con voz firme pero cortés—.
Estoy trabajando.
Necesito llevar esto al invernadero.
Intentó rodearlo para salir, pero él se movió un paso hacia adelante, bloqueando el camino de forma casi casual.
No tocó a Leyla, pero la cercanía era suficiente para incomodarla.
—Siempre tan ocupada —murmuró él, inclinando levemente la cabeza para verla mejor—.
Pero tengo algo para ti.
Un… detalle.
Levantó la mano, hizo un gesto ligero con los dedos y, con un movimiento rápido—demasiado rápido para un simple truco de manos—una rosa roja apareció detrás de la oreja de Leyla.
La flor estaba perfecta, vibrante, como recién cortada.
Carlos la tomó entre sus dedos y, sin pedir permiso, la deslizó con delicadeza en el cabello de ella.
—Un toque que te queda hermoso..
Leyla dio un paso atrás, tocando la flor con rechazo.
—¿Cortó una rosa solo para esto?
—preguntó con un hilo de disconformidad—.
Era un ser vivo.
Pudo haber florecido más… haber sido algo más que un truco.
Carlos arqueó una ceja.
—La sacrifiqué por ti —respondió con naturalidad—.
Es un honor que muchos aceptarían sin pensarlo.
—A veces dice cosas… terribles —susurró Leyla, sin ocultar el disgusto.
Carlos rió suavemente, como si su comentario fuera un halago.
—Terrible o no, es la verdad.
Yo soy así, Leyla.
Y tú deberías aprender a aceptarlo.
Se inclinó un poco hacia ella, su voz perdio suavidad y se volvió más fría.
—Y también deberías recordar que merezco respeto.
Y obediencia..
Leyla apretó los dedos alrededor de la regadera.
—Lo respeto, su alteza —respondió—.
Pero no tengo por qué aceptar… esto.
—Oh, sí lo tienes —corrigió él con una sonrisa peligrosa—.
Porque tarde o temprano, Leyla, todo el palacio aprende quién manda aquí.
Sería una pena que tú fueses la excepción.
Leyla dejó escapar un suspiro tenso antes de responder, con la mirada fija en la regadera que sostenía: —Yo siempre he obedecido a la familia imperial, su alteza… —dijo con calma —.
Y respeto a todos los rangos superiores.
Pero obedecer no significa tener que humillarme por los caprichos de cualquiera.
Carlos arqueó una ceja, como si aquello fuera divertido.
—¿Humillarte?
—repitió con falsa sorpresa—.
¿Quién dijo algo sobre humillación?
Solo te pido que seas dócil… amable.
Dulce.
No es tan difícil.
Y si lo eres conmigo, nada malo te ocurrirá.
Eso debería tranquilizarte.
Leyla sintió un escalofrío recorrerle la columna.
Dio un paso hacia atrás, buscando espacio.
—Alteza… de verdad debo irme.
Tengo trabajo pendiente —dijo, con la voz tensa.
Pero no llegó a moverse.
Carlos fue más rápido.
La tomó del brazo con fuerza, atrayéndola hacia él de forma abrupta.
Leyla contuvo un gemido de dolor cuando los dedos del príncipe se hundieron en su piel.
—¿A dónde crees que vas?
—susurró él, inclinándose hacia ella—.
Te estoy hablando.
¿No te enseñaron modales?
Cuando un príncipe te dirige la palabra… no huyes.
Leyla trató de zafarse, pero su agarre era demasiado firme.
—Suéltame —pidió —.
Esto no es apropiado, su alteza.
No está bien.
Carlos la acercó aún más y le sostuvo la barbilla con la otra mano, obligándola a mirarlo.
—Ya te dije que me gustan las mujeres suaves —murmuró, con un tono que pretendía ser seductor —.
No entiendo por qué contigo siempre es tan difícil.
¿Por qué te empeñas en desafiarme, Leyla?
Ella apretó los labios.
—Porque jamás voy a ser “dulce” con usted —respondió con dureza, sin apartar la mirada—.
No soy una cosa que pueda moldear a su gusto.
La respiración de Carlos se volvió más pesada, sin pensar, inclinó el rostro hacia el de ella, intentando besarla, como si simplemente pudiera imponérselo.
Leyla se echó hacia atrás, tensando todo el cuerpo.
—¡Suéltame!
—gritó, la voz quebrada por el susto y el dolor al sentir que él apretaba aún más su brazo.
Mientras, Margaret ya había recogido las palas del otro almacén más alejado y se acercaba a donde estaba Leyla cuando escuchó gritos.
La sombra que se proyectó sobre el suelo la detuvo en seco, y al alzar la vista, se quedó paralizada.
Carlos estaba inclinado sobre Leyla, sujetándole el rostro con una mano y el brazo con la otra, a unos segundos de besarla por la fuerza.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?!
—gritó Margaret.
Carlos no se apartó.
Giró apenas la cabeza con fastidio, sin soltar el brazo de Leyla.
—Lárgate —espetó con desdén.
Pero Margaret avanzó sin miedo.
—Suéltala.
Ahora.
Carlos rió por lo bajo, como si fuera absurdo.
—¿Y quién te crees que eres para darme órdenes?
—su voz retumbó en el pequeño espacio—.
Yo soy el príncipe heredero de este país.
Tú eres una simple sirvienta.
Recuerda tu lugar.
Leyla intentó liberar su brazo, pero él apretó más.
—No voy a repetirlo —dijo Margaret, avanzando otro paso—.
Déjala ir.
O juro que todo el palacio, incluido el emperador César, sabrá lo que está intentando hacer aquí mismo.
El nombre de César cayó como un balde de agua helada sobre el temperamento de Carlos.
Sus dedos aflojaron apenas.
Sus ojos se entrecerraron.
Podía ver, detrás de esa mirada, el recuerdo de la conversación con su padre; las advertencias, el pacto, la amenaza silenciosa de perderlo todo si cometía una estupidez tan pronto.
La mano que sujetaba el rostro de Leyla tembló un instante antes de deslizarse hacia abajo, dejándola libre.
Finalmente, soltó también su brazo.
Leyla retrocedió de inmediato y chocó contra Margaret, que la sostuvo con firmeza.
La joven se aferró a ella, escondiendo la cara en su hombro, temblando.
Carlos pasó una mano por su cabello, como si intentara recomponerse, pero su expresión se volvió aún más oscura.
Señaló a las dos con un movimiento tenso de la mandíbula.
—Cuídense… —dijo con voz baja, pero de amenaza—.
Porque esto no se termina aquí.
Margaret lo miró enfadada.
—Creo que es mejor que se retire, alteza —dijo con una frialdad.
Carlos apretó los dientes y desvió la mirada, doblando los dedos hasta clavar sus uñas en la palma.
—Hasta pronto, señoritas —dijo con molestia.
Y con un golpe de capa, salió, dejando tras de sí un silencio tan tenso que casi dolía.
Apenas se escuchó el eco de sus pasos alejándose, Margaret la envolvió con los brazos sin dudarlo, atrayéndola hacia su pecho como quien protege algo frágil.
Le acarició el cabello con suavidad, pasándole los dedos entre los mechones húmedos por el sudor del susto.
—Ya pasó… —susurró, con una voz que no usaba con nadie más—.
Estoy aquí, Leyla.
Te lo juro: siempre voy a cuidarte.
Leyla apretó los labios con fuerza.
No logró producir un sollozo, aunque la angustia le ardía por dentro.
Se aferró con más fuerza a Margaret, escondiendo el rostro en su hombro.
—Si quieres llorar… —continuó Margaret, apoyando la mejilla sobre la cabeza de su amiga— …hazlo.
No tienes que ser fuerte conmigo.
Yo te sostengo.
Leyla negó apenas, muy despacio.
—No… —murmuró—.
No quiero llorar… Debería estar bien… tú me ayudaste.
Me… me salvaste.
No puedo sentirme débil después de eso.
Margaret frunció el ceño.
—Ser fuerte no significa tragarse todo —respondió con firmeza suave—.
Significa seguir aquí, a pesar de lo que intentan hacerte.
Y tú… tú eres más fuerte de lo que crees.
Pero incluso los fuertes necesitan un abrazo de vez en cuando.
Leyla cerró los ojos, tragando saliva.
Su voz salió quebradiza: —Gracias… por estar siempre conmigo… Margaret… Te quiero mucho.
Las orejas de Margaret se tiñeron de un rubor suave, pero no apartó los brazos de ella.
Al contrario, la abrazó aún más fuerte.
—Yo también te quiero, tonta —respondió con una sonrisa que Leyla no pudo ver, aunque sí sentir en el tono—.
Y no vuelvas a agradecerme por esto.
Es lo que hacen las amigas.
Las verdaderas amigas.
Se inclinó y le dio un beso cálido en la frente.
—Ya estás a salvo —susurró, sin soltarla—.
Mientras yo esté contigo… nadie volverá a hacerte daño.
Leyla respiró hondo, dejando que el abrazo le devolviera un poco de calma.
Por primera vez desde que Carlos apareció, sintió que podía volver a respirar.
Porque Margaret estaba allí.
Y junto a ella… el miedo parecía un poco menos aterrador.
Entrada la noche..
La noche había caído en silencio sobre el palacio, un silencio casi espeso.
En la habitación pequeña donde dormían las sirvientas, solo la tenue luz de la luna se filtraba por la ventana, pintando el cielo de un azul suave y frío.
Leyla yacía en su cama, cubierta por una manta ligera.
Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, mientras el recuerdo del día volvía a su mente una y otra vez: el viaje de Eduard, la despedida, las manos de Carlos sobre ella, el miedo… y luego, el alivio al ver a Margaret entrar como un rayo de luz.
Giró un poco sobre el colchón, sintiendo un tirón doloroso en la piel.
Se remangó la manga y observó el moretón que comenzaba a tornarse violeta.
Carlos siempre dejaba marcas… y cada una era un recordatorio de lo vulnerables que eran ella y Eduard.
Pero también… de lo fuerte que era su amor por él.
Suspiró con cansancio, abrazando la almohada con suavidad.
—Eduard… —susurró al vacío—.
Espero que estés bien.
Que duermas tranquilo… o al menos que estés abrigado.
Yo estoy bien, no te preocupes.
Solo… te necesito.
Aunque sea un instante, una mirada, una palabra tuya… Incluso tu silencio me haría bien ahora.
Cerró los ojos un momento, sintiendo el hueco que él dejaba en su pecho.
No era que sintiera que moriría sin él, pero sí que el mundo perdía color cuando no estaba cerca.
Se sentó lentamente, dejando que sus pies tocaran el suelo.
La luna iluminaba sus manos, y eso la reconfortó.
Juntó las palmas frente al rostro y, con un suspiro tembloroso, comenzó a rezar: —Lyra, Madre de todo… —murmuró con voz suave—.
Escúchame esta noche.
Sé que no debería pedir tanto, pero… protégeme.
Dame fuerza para soportar estos días.
Guía mis pasos para no caer en manos equivocadas.
Tú sabes quién ronda mis sombras.
Tú sabes quién me observa… y lo que desea.
Te lo pido, no me desampares.
Se detuvo un momento, respirando hondo antes de continuar: —Y protege a Eduard, por favor.
Cuídalo mientras viaja, mientras duerme, mientras piensa en mí… Si piensa en mí.
No permitas que nada malo le suceda, no ahora.
Él merece luz, incluso si yo sigo envuelta en sombras.
Se limpió una lágrima que no había notado que caía.
—Y a Margaret… dale paciencia, te lo ruego.
Ella es mi hogar cuando no tengo ninguno.
Es mi hermana sin serlo, mi fuerza cuando me quiebro.
Devuélvele todo lo que ella me da sin pedir nada a cambio.
Luego bajó la cabeza, apoyando la frente sobre las manos entrelazadas.
—Mercy, guía del consuelo, diosa de las compasión … —susurró con voz aún más baja—.
Por favor, dame de tu amor y compadécete de mí, perdona lo malo que he hecho y lo que me han hecho, protégeme si me pasa algo, por favor, Diosa de la Misericordia, gracias..
La brisa nocturna entró por la ventana, moviendo sus cabellos dorados.
Leyla soltó un suspiro largo, agotado, pero un poco más en paz.
Se recostó nuevamente, mirando la luna.
—Mañana será otro día… —susurró, cerrando los ojos al fin—.
Y yo seguiré aquí.
Por mí y por quienes me aman.
La luna siguió iluminándola, como si quisiera arrullarla.
Y poco a poco… Leyla se quedó dormida.
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