Imperio en la sombra - Verde fácil - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Límites que solo existen si los respetas
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11: Límites que solo existen si los respetas 11: Límites que solo existen si los respetas Joel llegó tarde a propósito.
No mucho.
Lo justo para marcar el ritmo.
Laura ya estaba allí.
Café delante, móvil boca abajo, piernas cruzadas.
No parecía incómoda.
Tampoco expectante.
Lo miró entrar como quien evalúa algo que ya ha visto antes.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Pensé que no tendrías prisa —respondió Joel, sentándose.
Laura sonrió apenas.
No insistió.
Eso le gustó.
Hablaron de cosas pequeñas.
El tiempo.
El tráfico.
Tonterías que no significaban nada.
Pero debajo, los dos sabían que no estaban ahí por eso.
—Dani cree que eres distinto —dijo ella al fin—.
Por eso me mandó.
—Anda…
El manda sobre ti?
—respondió Joel.
—No —admitió—.
Pero sé cuándo conviene observar.
Joel bebió un sorbo de café.
La miró despacio.
Laura sostenía la mirada sin desafío, sin sumisión.
Solo atención.
—¿Y qué has visto desde un principio?
—preguntó él.
—A alguien que no corre… pero tampoco se para —respondió—.
Eso suele acabar mal.
—O muy bien.
Laura ladeó la cabeza.
—¿Siempre ves las dos opciones?
—Solo cuando me interesa.
El silencio se tensó un punto.
No incómodo.
Elástico.
Laura fue la primera en levantarse.
—Vámonos de aquí —dijo—.
Aquí hablamos demasiado.
No lo preguntó.
Joel pagó y la siguió.
En el piso de Laura no había fotos.
Ni detalles personales.
Todo limpio.
Funcional.
Como un sitio de paso.
Joel se fijó en eso mientras ella se quitaba el abrigo despacio, sin mirarlo.
No hubo charla previa.
Laura se acercó y le desabrochó la chaqueta sin prisas, mirándolo a los ojos.
Joel dejó que lo hiciera.
Luego fue él quien tomó el control: manos firmes, gesto decidido, empujándola suavemente hacia la pared.
El beso fue intenso, profundo, sin dulzura.
Boca contra boca, respiraciones que se cruzaban, cuerpos que se reconocían sin necesitar permiso.
Laura respondió igual, pegándose a él, dejando claro que no estaba ahí para ser cuidada.
En la cama, Joel marcó el ritmo desde el principio.
Seguro.
Constante.
Laura se adaptó, siguiéndolo, dejándose llevar sin perder presencia.
El sexo fue directo, físico, sin palabras innecesarias.
Sudor, piel caliente, respiraciones rotas.
Nada de promesas.
Nada de pausas largas.
Cuando terminó, Joel se apartó primero.
Laura se incorporó apoyándose en los codos.
—No te quedas?
—dijo.
—No —respondió Joel, vistiéndose.
Ella sonrió de lado.
—Haces bien.
—Trabajo es trabajo —añadió él—.
Esto es otra cosa.
—Lo sé —dijo Laura—.
Por eso ha funcionado.
Joel se abrochó la chaqueta y fue hacia la puerta.
—Dani esperará —dijo ella a su espalda—.
Yo también… si hace falta.
Joel se giró lo justo.
—No esperes demasiado.
—Nunca lo hago.
Salió sin despedirse.
En la nave, más tarde, el zumbido del container lo recibió como siempre.
Estable.
Previsible.
Joel revisó parámetros, ajustó un temporizador y cerró el panel.
Todo seguía bajo control.
Pero mientras apagaba las luces, entendió algo que no le gustó nada: había personas que no entraban para quedarse, sino para probar hasta dónde llegabas sin romperte.
Y eso no se resolvía con técnica.
Se resolvía manteniendo los límites… o pagando el precio de no hacerlo.
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