Imperio en la sombra - Verde fácil - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 No era suerte
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2: No era suerte 2: No era suerte Joel no durmió.
No porque estuviera nervioso, ni excitado, ni ilusionado.
No dormía porque su cabeza no sabía parar cuando algo encajaba.
Mil euros por planta.
No era una cifra mágica.
No era dinero fácil de golpe.
Era otra cosa.
Era proporcional.
Escalable.
Mejorable.
A la mañana siguiente fue a currar como siempre.
Mono manchado, furgoneta vieja, herramientas dando golpes en el maletero.
El jefe le soltó una bronca absurda por llegar cinco minutos tarde, y Joel lo dejó hablar.
Asintió una vez.
Solo una.
Antes, se habría callado del todo.
Ahora, algo ya estaba cambiando.
—Cinco minutos no cambian una obra —dijo tranquilo.
El jefe lo miró sorprendido.
Joel sostuvo la mirada.
Sin subir el tono.
Sin bajar la cabeza.
—Ponte a currar —gruñó el otro.
Joel lo hizo.
Pero mientras apretaba una llave inglesa, su mente estaba en otro sitio.
En la casa de los abuelos.
En el terreno.
En el sol.
En el agua.
Exterior, había dicho Rubén.
Bien hecho, había remarcado.
Eso significaba tiempo.
Y cuidado.
Y cabeza.
A la salida del curro, en vez de irse a casa, tiró para el campo.
La casa llevaba años cerrada.
Fachada vieja, persianas medio torcidas, olor a humedad y recuerdos.
Joel entró, abrió ventanas, respiró hondo.
Ahí no molestaba nadie.
Salió al terreno, midió sombras, tocó la tierra.
Se agachó, la cogió con la mano.
No era mala.
Necesitaba trabajo, sí, pero servía.
Joel sonrió por primera vez en todo el día.
No era una sonrisa de alegría.
Era una sonrisa de entender.
Esa noche buscó información.
No foros cutres ni vídeos de flipados.
Cosas concretas.
Horarios.
Errores comunes.
Qué no hacer.
Joel siempre había aprendido así: observando los fallos ajenos.
No quería plantas normales.
Quería plantas que dieran envidia.
Pasaron semanas.
Joel iba, regaba, limpiaba, observaba.
Hablaba poco.
Pensaba mucho.
Las plantas crecían.
Demasiado bien.
Demasiado rápido.
Una tarde, mientras ajustaba una manguera, el móvil vibró.
—¿Qué tal el experimento?
—era Rubén.
—Bien —respondió Joel—.
Demasiado bien.
Del otro lado hubo una risa corta.
—Eso dicen todos.
Joel colgó y se quedó mirando el terreno.
Las hojas verdes, abiertas, fuertes.
No parecía ilegal.
Parecía lógico.
Natural.
Como si aquello hubiera estado esperando a que alguien lo hiciera bien.
Pero algo no le cuadraba del todo.
Porque si era tan fácil… ¿por qué no lo hacía todo el mundo?
Se enderezó, se limpió las manos en el pantalón y miró alrededor.
Silencio.
Nadie.
Nada raro.
Aun así, por primera vez desde que había empezado, Joel sintió un pinchazo.
Pequeño.
Breve.
No era miedo.
Algo más parecido a una advertencia.
Sacó el móvil y marcó a Javi.
No le contó nada.
Solo le preguntó una tontería.
—Oye, ¿tú sabes algo de plantas?
—¿Plantas?
—rió Javi—.
¿Desde cuándo te preocupa eso?
Joel miró el verde delante de él.
—Desde ahora.
Colgó.
Mientras volvía al coche, no pudo evitar pensar una cosa: esto ya no iba de plantar.
Iba de hasta dónde.
Y Joel siempre había sido muy malo poniéndose límites.
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