Imperio en la sombra - Verde fácil - Capítulo 32
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Capítulo 32: El Vasco
Joel tardó tres días en llamar.
No porque dudara.
Porque sabía que, en el momento en que lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Marcó el número desde el coche, con la nave cerrada y el segundo corte ya en marcha. Sonó poco.
—Dime —respondió una voz grave, sin sorpresa.
—Soy Joel.
Un segundo de silencio.
Luego una risa corta.
—Joder… pensaba que ya no existías.
—Yo tampoco sabía si tú…—respondió Joel.
—Aquí sigo —dijo Iker—. Más feo, igual de cabrón.
Quedaron esa misma tarde.
Un bar de carretera, sin música, sin postureo.
Iker estaba allí cuando Joel llegó.
Sentado de espaldas a la pared.
Mirando la puerta.
Como siempre.
No había cambiado tanto.
Más ancho.
Más marcado.
Las manos grandes, con varias cicatrices pequeñas.
Los ojos tranquilos.
Demasiado tranquilos.
—Estás mejor —dijo Iker, sin levantarse—. Se te nota.
—Tú no tanto.
Iker sonrió, pero no discutió.
Pidieron dos cervezas.
Bebieron en silencio unos segundos.
Joel fue directo.
—Necesito cubrirme las espaldas.
Iker no levantó una ceja.
No preguntó por qué.
No preguntó cómo.
—¿De qué va? —dijo.
—Un negocio que va para arriba —respondió Joel—. Demasiado rápido.
Iker asintió despacio.
—Eso siempre trae mucha mierda.
Joel lo miró.
Ahí estaba.
La misma claridad de siempre.
El recuerdo le vino solo.
La discoteca.
El ruido.
El alcohol.
Joel había ido a ligar.
Una chica guapa.
Risas.
Miradas calientes.
El novio salió del baño y lo vio todo.
La cosa se torció en segundos.
Empujones.
Gritos.
Y de repente, estaba rodeado. Seis, siete, ocho…
Demasiados.
Joel solo.
Y entonces apareció Iker.
No dijo nada.
No preguntó.
El primero cayó con un derechazo seco.
El segundo ni lo vio venir.
El tercero intentó agarrarlo y acabó en el suelo.
A cada golpe, uno menos en pie.
Con furia.
Un espectáculo.
Trabajo limpio.
Cuando la zona quedó despejada, Iker lo miró.
—Vámonos.
Acabaron en otro bar, riéndose como idiotas, con las manos temblando aún por la adrenalina.
Allí, con la copa a medio beber, Iker se rompió.
—No levanto cabeza, tío —dijo, con los ojos húmedos—. Curro de mierda. Mil deudas. Se hace todo insostenible.
Joel no dijo nada. Sacó un billete de cien y lo dejó en la barra.
—Tira —dijo—. Ya me lo devolverás.
Iker lo miró como si le hubiera dado algo más que dinero.
—Siempre has sido un tío espectacular —dijo—. De verdad.
—Si algún día tienes un problema… me llamas. El primero.— Le dijo Joel.
—Yo voy contigo hasta la tumba.
Eso había sido hacía un par de años.
Y no se habían vuelto a ver.
Hasta ahora.
—No te voy a preguntar detalles —dijo Iker, volviendo al presente—. No me interesa.
—Solo dime una cosa.
—¿Cuál?
—¿Es para defender o para atacar?
Joel no dudó.
—Defender.
Iker asintió.
—Entonces con más razón. Cuenta conmigo.
—No es el típico curro fijo —añadió Joel—. Es estar cerca. Mirar. Avisar. Estar.
—Algo me imaginaba.
—Y puede ponerse feo.
Iker sonrió de lado.
—Las cosas importantes siempre se ponen feas.
Pagaron y salieron. En el coche, antes de arrancar, Iker habló otra vez.
—Una cosa más —dijo—. Si entro, entro de verdad. Nada de medias tintas. Y si confío en ti, no me falles.
Joel lo miró.
—Nunca lo hice.
Iker asintió.
—Por eso estoy aquí.
Cuando Joel volvió a la nave y vio los dos containers funcionando, supo que algo había cambiado.
No en el negocio.
En el peso del aire.
Iker a él no le intimidaba.
No le imponía.
Pero ya no estaban solos…
Y eso, en el punto en el que estaban, era exactamente lo que necesitaban… y lo que más caro podría salirles.
Porque cuando metes a alguien así en tu vida, no lo haces para ganar dinero.
Lo haces porque ya has aceptado que el peligro es real.
Y una vez aceptas eso, el camino hacia atrás desaparece.
El segundo corte empezó de madrugada.
No por romanticismo.
Por discreción.
Las luces del pabellón se encendieron una a una y, en cuanto abrieron el primer container, el olor denso llenó el aire.
Joel sonrió sin poder evitarlo.
Aquello estaba en su punto.
No era suerte.
Era trabajo bien hecho.
—Vamos finos —dijo Javi, ya con la tijera en la mano—. Joder… esto pinta de lujo.
Joel asintió, con ese cosquilleo en el estómago que solo aparece cuando sabes que algo va a salir bien.
Trabajaron sin música, concentrados, pero con esa electricidad que te recorre el cuerpo cuando todo encaja.
Planta a planta.
Cogollo a cogollo.
El primer container salió redondo.
El segundo, aún mejor.
—No me jodas… —murmuró Javi, mirando las cajas llenas—. Esto es un puto espectáculo.
Se rió solo.
—Por una vez, tío, algo nos sale perfecto.
—Y sin improvisar —respondió Joel—. Como tiene que ser.
Iker apareció en la puerta sin hacer ruido.
No estorbaba.
Observaba.
Miraba salidas, pasillos, reflejos en los cristales.
Como si el pabellón fuese suyo desde siempre.
—Mejor sería moverlo en dos tandas —dijo—. Más cómodo.
No sonaba a miedo.
Sonaba a alguien que ya estaba dentro del engranaje.
Dani llegó más tarde.
No entró al pabellón.
Se quedó fuera, con las manos en los bolsillos, oliendo el aire con gesto serio.
—Buen corte —dijo—. Se nota desde aquí.
—Ya te dije que iba a salir —respondió Joel.
Dani lo miró un segundo más de la cuenta.
—Sí. Y cada vez se os nota más.
—¿Más qué?
—Más grandes. Y eso cambia las reglas.
—Nosotros seguimos haciendo lo mismo —dijo Joel.
—No —replicó Dani—. Hacéis lo mismo… pero ya no sois los mismos.
Hubo un silencio incómodo.
—Se mueve como siempre —dijo Joel al final.
—Se mueve como siempre —repitió Dani—. De momento.
Dio un paso atrás.
—Cuidad los tiempos. Cuando el volumen sube, los retrasos ya no suelen ser pequeños.
No fue una amenaza directa.
Pero tampoco fue una charla entre colegas.
Dani se fue sin despedirse.
Dentro, Javi seguía con el subidón.
—Este corte nos pone en otro sitio —dijo, sin disimular la sonrisa—.
—Sí —respondió Joel—. En el sitio donde ya no eres uno más.
El primer pago llegó esa misma semana.
En metálico.
Fajos limpios.
Joel los contó por puro gusto.
No por desconfianza.
Por placer.
Esa noche Joel quedó con Silvia.
La primera noche con Iker vigilando fuera del restaurante.
Se quedó al otro lado de la calle, dentro del coche, mirando el reflejo de las luces en los cristales.
No hacía falta que estuviera dentro.
Joel lo sabía.
De momento con sentir su protección, le era más que suficiente.
La cena fue ligera, de risas fáciles.
Joel estaba eléctrico.
Hablaba más de lo normal, se permitía gestos que antes se cortaba.
Silvia lo notó.
—Estás como acelerado —dijo ella, sonriendo.
—Día redondo —respondió Joel—. A veces apetece no pensar.
Volvieron a casa sin pasar por ningún bar.
La adrenalina seguía alta, y Joel la llevaba encima como una corriente que no se apagaba.
En cuanto cerraron la puerta, la besó con hambre.
No fue una noche delicada.
Fue una de esas en las que el cuerpo va por delante de la cabeza.
Silvia se dejó llevar.
Notó esa intensidad distinta y, lejos de apartarse, la siguió.
Después, ya con el pulso bajando poco a poco, se quedaron en silencio, respirando el mismo aire y disfrutando de lo que habían aportado el uno al otro.
Al salir del portal, todavía con la cabeza caliente, Joel la vio.
Laura estaba al otro lado de la acera.
No sonreía.
No fingía casualidad.
—Así que ahora cenas caro —dijo—. Se te ve cómodo.
Joel se tensó.
—No es buen momento, Laura.
Ella dio un paso más.
—Nunca lo es cuando empiezas a creerte otra cosa.
Antes de que Joel pudiera decir nada, Iker apareció desde la sombra del coche aparcado.
No la gritó.
No la empujó.
Solo se colocó entre Laura y Joel, mirándola con calma.
—No vuelvas a seguirle —dijo—. Ni a buscarle aquí.
Laura lo miró de arriba abajo. Por primera vez, dudó.
—¿Y tú quién eres?
—Alguien que no pregunta —respondió Iker—. Y al que no le gusta repetir las cosas.
Laura sostuvo la mirada un segundo más.
Luego dio medio paso atrás.
No por miedo.
Por comprensión.
Entendió el mensaje: Esto ya no era un juego de miradas.
—Vale —dijo, forzando una sonrisa—. Ya lo pillo.
Se dio la vuelta y se fue, sin mirar atrás.
Joel soltó el aire que llevaba dentro.
Iker no hizo ningún comentario.
Volvió a su posición de siempre, a unos pasos de distancia.
Joel lo miró y entendió dos cosas a la vez: Que Laura había visto el refuerzo, y que Dani, de un modo u otro, acabaría sabiendo que ya no iban de farol.
Porque cuando empiezas a rodearte de gente que no necesita alzar la voz para imponer respeto, es que el juego ha cambiado de verdad
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