Imperio en la sombra - Verde fácil - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Algo que parezca normal
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4: Algo que parezca normal 4: Algo que parezca normal El banco olía a limpieza artificial y a tiempo perdido.
Joel estaba sentado con las manos entrelazadas, mirando un póster de familias felices que no conocía a nadie como él.
La mujer del otro lado de la mesa hablaba con tono amable, profesional, de cifras pequeñas y plazos cómodos.
—Entonces, ¿para qué sería exactamente el préstamo?
—preguntó.
Joel no dudó.
—Para montar algo mío —dijo—.
Fontanería.
Mantenimiento.
Calderería ligera.
No era mentira.
Era media verdad, que siempre era más peligrosa.
La mujer asintió, tecleó, sonrió otra vez.
—Con tu historial laboral no hay problema.
No es una gran cantidad.
Joel salió del banco con una carpeta bajo el brazo y una sensación extraña en el pecho.
No era euforia.
No era miedo.
Era normalidad.
Y eso fue lo que más le inquietó.
Esa misma tarde llamó a un comercial de naves industriales.
No buscó nada escondido ni raro.
Todo legal.
Todo visible.
Polígonos con movimiento, empresas abiertas, camiones entrando y saliendo.
—Algo discreto, pero no muerto —le dijo—.
Que no llame la atención.
El tipo rió.
—Eso lo quieren todos.
Joel encontró una nave a las afueras.
Fachada gris.
Puerta grande.
Nada especial.
Perfecta.
Demasiado anodina para levantar sospechas.
Firmó el alquiler sin temblarle el pulso.
Aquella noche volvió al campo.
Se sentó frente a las plantas con una cerveza en la mano.
Las miraba crecer, tranquilas, ajenas a todo.
Joel pensó en lo rápido que se estaba moviendo todo.
En lo fácil que era cuando sabías qué decir y a quién.
El móvil vibró.
—¿Qué cojones estás montando?
—era Javi—.
He oído que estás preguntando por naves.
Joel cerró los ojos un segundo.
—Quedamos mañana —dijo—.
Te lo explico.
—¿Tengo que preocuparme?
Joel miró el verde delante de él.
—Todavía no.
Colgó.
Al día siguiente, ya en la nave, Joel recorrió el espacio despacio.
Medía con la mirada, no con el metro.
Pensaba en recorridos, en ruidos, en luces.
En lo que se vería… y en lo que no.
No pensaba en plantas.
Pensaba en capas.
Esa noche, al llegar a casa, no salió.
Se quedó solo, con una copa y la cabeza llena.
Por primera vez, no buscó sexo para apagar nada.
Necesitaba claridad.
Abrió el portátil y escribió una lista.
Qué se ve.
Qué no se ve.
Qué podría salir mal.
La lista de lo último crecía demasiado rápido.
Joel se pasó la mano por la cara.
Recordó otra vez la voz de su padre, la sensación de no tener salida, de depender de alguien más fuerte.
—Nunca más —murmuró.
Al cerrar el portátil, se dio cuenta de algo importante: ya no estaba improvisando.
Ya no estaba probando.
Había empezado a construir.
Y cuando Joel construía algo, no era para hacerlo a medias.
El móvil vibró una última vez antes de dormir.
Un mensaje de Rubén.
“Cuando veas las plantas acabadas, no vas a querer parar.” Joel dejó el móvil boca abajo.
Miró el techo, igual que aquella noche después del primer polvo.
Pero esta vez, el vacío no venía de la cama.
Venía de otra pregunta.
¿Cuánta normalidad hace falta para esconder algo muy grande?
Y sin saberlo aún, Joel acababa de entrar en un juego donde lo más peligroso no era lo ilegal… sino lo que parecía perfectamente legal.
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