IMPERIUS - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 9 EL RUGIDO DE LA FRONTERA
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10: CAPÍTULO 9: EL RUGIDO DE LA FRONTERA 10: CAPÍTULO 9: EL RUGIDO DE LA FRONTERA Mientras en el norte del sistema de Astarum los hijos de Kassandro y el principe Lucerio combatían para contener el avance de los orcos, en la capital el Emperador reunió a todos los líderes provinciales en consejo.
Sus rostros aparecieron uno a uno a través de la transmisión, cada cual con la ansiedad reflejada en los ojos.
Orión Stormhaven, de pie, los observaba en silencio hasta que habló con voz grave que se impuso sobre todos: —El Imperio no se forjó para retroceder ante salvajes.
Esta amenaza debe ser contenida de inmediato, sin titubeos.
Hubo un murmullo, hasta que la mirada del Emperador se fijó en Kassandro.
—Kassandro —dijo con dureza—.
Esta invasión ha caído en tus dominios.
Si no puedes controlarla con tus ejércitos, irás tú mismo al frente.
No aceptaré excusas.
El silencio se hizo pesado.
Kassandro apretó los dientes, pero no desvió la mirada.
Era un hombre acostumbrado a cargar con la gloria y el reproche, y aun así esa orden lo atravesaba como una lanza.
Finalmente asintió con voz seca: —Así será, Majestad.
Algunos gobernadores intercambiaron miradas nerviosas, conscientes de que el Imperio estaba al borde de una nueva guerra.
La reunión terminó, pero Orión permaneció allí, con la imagen del mapa estelar todavía ardiendo ante él.
Los puntos rojos de la invasión se extendían como una mancha de sangre.
—Localicen a Alexión Vharyos —ordenó con un tono frío—.
Lo quiero junto a Lucerio en la frontera.
Cuando la sala quedó vacía, Orión se quedó de pie, inmóvil.
No pensaba en la gloria de los desfiles ni en las estatuas erigidas en su honor.
Solo en lo inevitable: el rugido de un enemigo que había llegado demasiado pronto, y en la decisión que le correspondía a un Emperador.
Poco después de la reunión, los pasos firmes de Alexión Vharyos, Lord Estratega del Imperio, resonaron en la sala.
El Duque de los Cielos, alto y erguido como una muralla, se inclinó ante Orión, pero en su mirada había un brillo decidido.
—Majestad —dijo con voz grave—.
He recibido vuestra orden.
No habrá demora.
Partiré de inmediato hacia Astarum.
Orión lo observó con atención, como si midiera en él la fuerza de todo un ejército.
—Confío en ti, Alexión.
No quiero una defensa… quiero una victoria.
Si la frontera cae, el Imperio se debilita, y no pienso permitirlo.
Alexión asintió sin titubear.
—La frontera no caerá mientras yo respire.
Lucerio tendrá en mí un brazo y un escudo.
El Emperador se permitió un gesto breve, casi imperceptible, de aprobación.
—Ve.
No hay más tiempo que perder.
Alexión golpeó su pecho con el puño en señal de lealtad y se retiró con paso resuelto.
En Azh’Kareth, los salones de piedra resonaban con el eco de voces preocupadas.
Kassandro Varethia, sentado en su trono de hierro forjado, mantenía el rostro severo mientras su esposa Naerys Valdrakir, la Dama de la Tormenta, se mantenía erguida a su lado.
Frente a ellos, los consejeros desplegaban informes sobre la situación en Astarum.
—Los orcos han roto las primeras líneas defensivas —expuso uno de los capitanes, con el sudor brillándole en la frente—.
Selene mantiene la retaguardia con disciplina, pero los informes de Lucerio hablan de pérdidas graves.
Naerys apretó el puño contra el brazo del trono, su voz era firme pero cargada de angustia.
—Nuestros hijos están allí, Kassandro.
Selene no puede resistir eternamente contra un enemigo que los supera en número y ferocidad.
Debemos enviar refuerzos ahora.
El León Sombrío guardó silencio unos segundos.
Su mandíbula marcada se tensaba con cada respiración.
Finalmente, habló: —El Emperador me responsabiliza de esta invasión.
Si enviamos más fuerzas y fallamos, no será solo Azh’Kareth quien pague el precio, sino toda nuestra casa.
Naerys lo fulminó con la mirada.
—¿Y qué propones?
¿Esperar aquí, mientras nuestra hija sangra por sostener una frontera que debería ser defendida por todos?
Un silencio helado recorrió la sala.
Los consejeros bajaron la vista, temerosos de interrumpir la tensión entre ambos.
Kassandro suspiró, pesadamente.
—No, Naerys.
No los abandonaremos.
Prepararé la Legión Sombría.
No toda, pero la suficiente para romper el cerco y reforzar a Lucerio.
Uno de los consejeros se atrevió a replicar: —Mi señor… si partís con vuestras fuerzas, Azh’Kareth quedará vulnerable.
Kassandro se levantó de su asiento, su voz rugiendo como un trueno: —¿De qué sirve un trono seguro si mis hijos y los hijos del Imperio caen en la frontera?
¡Prefiero arriesgarlo todo que vivir con la vergüenza de haberme quedado de brazos cruzados!
Naerys se acercó entonces, y apoyó su mano sobre la de él.
Su voz, aunque más suave, fue igual de firme.
—Entonces parte, León Sombrío.
Porque si algo distingue a nuestra casa… es que jamás retrocede ante la tormenta.
Kassandro la miró, y por primera vez esa noche, su dureza dio paso a un brillo de orgullo.
—Así será.
Que Azh’Kareth recuerde por qué somos temidos… y respetados.
Mientras tanto, las murallas de Astarum ardían bajo el fuego enemigo.
El cielo estaba atravesado por relámpagos de acero y fuego, mientras las naves orcas lanzaban proyectiles que caían como meteoros sobre las defensas imperiales.
En la retaguardia, Selene Varethia mantenía el control de la resistencia.
Su voz era clara, cortante, mientras coordinaba a los capitanes y reorganizaba las tropas agotadas.
—¡Aguantad las líneas!
¡No hay retirada!
¡Si caemos aquí, el norte entero arderá!
Un capitán se inclinó, con el rostro cubierto de polvo y sangre.
—Señora… los hombres están al límite.
Si no recibimos refuerzos pronto… Selene lo miró con una serenidad que ocultaba su propio cansancio.
—Resistiremos.
Los Stormhaven han prometido su ayuda.
Y yo no pienso permitir que nos recuerden como los que cedieron.
En el frente, Lucerio Stormhaven avanzaba con la espada en alto, encabezando la carga.
Sus hombres lo seguían con un fervor casi fanático, inspirados por su valentía temeraria.
A su lado, Darian Varethia combatía con precisión letal, cada movimiento suyo era exacto, silencioso, mortal.
—¡Mantén la línea, príncipe!
—le advirtió Darian, bloqueando el hacha de un orco antes de hundir su daga en su cuello—.
Si te expones así, serás el primero en caer.
Lucerio gruñó, con sangre en el rostro y fuego en los ojos.
—¡Un heredero no se esconde tras sus soldados!
¡Que me busquen!
Aquí me tendrán de frente.
Darian chasqueó la lengua, frustrado.
—Ojalá tu orgullo no nos cueste la guerra.
Desde lo alto de una torre de artillería, Thalmyra Varethia extendía los brazos, rodeada de un círculo de runas brillantes.
Su magia desviaba proyectiles de las naves orcas, cada impacto desviado era como una descarga que la estremecía hasta los huesos.
El sudor empapaba su frente, pero no cedía.
Una de sus guardianas se atrevió a hablar: —Mi señora, está forzando demasiado sus límites.
Si sigue así, su cuerpo no resistirá.
Thalmyra apretó los dientes, sin apartar los ojos de la batalla.
—Lucerio está ahí abajo.
Mientras él respire, yo no tengo derecho a detenerme.
Los rayos desviados chocaron con las naves enemigas, abriendo una breve brecha.
Lucerio levantó la vista y, por un instante, cruzó su mirada con la de Thalmyra.
Ella sostuvo ese vínculo silencioso, como si cada hechizo fuera un juramento: “no dejaré que mueras.” En el caos de la batalla, Selene cabalgó hacia la primera línea, con la espada manchada de sangre negra.
Alcanzó a Darian y Lucerio, que luchaban hombro con hombro contra la oleada orca.
—¡Lucerio!
—gritó—.
¡Si esta línea cae, todo estará perdido!
El príncipe asintió con furia en la mirada.
—¡Entonces no caerá!
¡Prefiero morir antes que ceder un palmo!
Selene, serena, le replicó: —No estás solo.
Thalmyra sostiene el cielo por ti, y yo mantendré la retaguardia.
Pero escucha bien: si la brecha se abre demasiado, no es tu vida lo que importa, sino lo que representas.
Lucerio la miró con rabia, pero también con el peso de la verdad en sus palabras.
Darian intervino, cortando a un orco de un tajo.
—¡Discutid en otro momento!
¡Ahora luchad o ninguno saldrá de aquí!
Los tres se lanzaron de nuevo al combate, mientras arriba, Thalmyra gritaba con todas sus fuerzas al desviar otro proyectil: —¡No os rendiréis!
¡No mientras yo pueda protegeros!
Y en ese instante, el campo de batalla en Astarum se convirtió en un rugido ensordecedor, mezcla de acero, fuego y juramentos cruzados entre sangre y destino.
La batalla en Astarum se prolongó durante todo el día.
El sol se alzó sobre un horizonte cubierto de humo y volvió a ocultarse tras un cielo ennegrecido por cenizas, sin que ninguna de las dos fuerzas cediera más de unos metros.
Los orcos habían perdido centenares de guerreros bajo la furia de las torres imperiales, la espada de Lucerio y los sortilegios de Thalmyra.
Pero en el campo de batalla aquello parecía irrelevante: cada vez que un orco caía, otros dos tomaban su lugar, rugiendo como si el sacrificio de los suyos solo alimentara la marea.
Las fuerzas imperiales, en cambio, sí sufrían el peso de la resistencia.
Cada soldado caído era un hueco visible en las líneas defensivas, cada herida restaba fuerzas al ejército que ya estaba al límite tras una semana entera de combates.
La tierra misma, marcada por trincheras improvisadas, estaba saturada de cuerpos y sangre.
—¡No podemos seguir así!
—gritó un comandante al llegar hasta Selene, jadeante y cubierto de polvo—.
Cada noche perdemos más hombres de los que podemos reemplazar.
Y el enemigo controla los cielos… ¡No hay manera de que los refuerzos rompan ese bloqueo aéreo!
Selene lo miró con una calma que solo podía nacer del deber, no de la esperanza.
—Entonces no pediremos milagros, comandante.
Aguantaremos con lo que tenemos.
Cada día que resistimos es un día que el Imperio gana para enviar ayuda.
El oficial la observó, y en sus ojos había algo más que obediencia: era admiración mezclada con desesperación.
Mientras en Astarum la lucha era una tormenta interminable, en las forjas oscuras de Vhorys Prime, el príncipe Cassian Stormhaven caminaba entre ruinas iluminadas por la luz de los autómatas.
Las inmensas máquinas ancestrales obedecían sus órdenes, reconstruyendo torres y ensamblando armas olvidadas por siglos.
Para Cassian, aquello era el futuro del Imperio.
Uno de sus consejeros, Lord Helmar, irrumpió en la cámara de mando con el rostro pálido.
—Alteza… noticias desde Astarum.
Su hermano Lucerio y los hijos de Kassandro llevan una semana combatiendo sin descanso.
El enemigo orco ha tomado el cielo, y los informes hablan de pérdidas graves.
Cassian, sin levantar la mirada del códice que estudiaba, respondió con voz seca: —¿Y qué esperas que haga yo, Helmar?
Mi lugar está aquí.
Vhorys Prime es la clave del porvenir imperial, no un campo de batalla más donde derramar sangre.
Helmar frunció el ceño, incrédulo.
—¡Pero es su hermano, mi señor!
Su propia sangre lucha mientras usted se encierra en laboratorios y criptas olvidadas.
¿No siente nada?
Cassian levantó lentamente la vista.
Sus ojos, oscuros y distantes, no mostraban cólera, sino una frialdad casi cortante.
—Lo siento todo, Helmar.
Precisamente por eso no corro a morir como un necio.
Mi deber es más grande que un asedio.
Lo que hay en este mundo puede decidir no una frontera… sino el destino de toda la galaxia.
El consejero dio un paso adelante, casi temblando.
—Con todo respeto, alteza, sus hombres creen que huye de la guerra.
Que prefiere esconderse entre máquinas mientras otros sangran.
¿No teme que la historia lo recuerde como un cobarde?
Un silencio pesado llenó la sala.
Cassian cerró el códice con fuerza y se levantó, acercándose a Helmar hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros.
—La historia no la escriben los valientes que mueren en trincheras, Helmar.
La escriben los que sobreviven para construir lo que otros no pueden siquiera imaginar.
Helmar se quedó callado, tragando saliva, incapaz de replicar.
Cassian se apartó, mirando de nuevo a las ruinas titánicas que lo rodeaban.
—Dejad que Lucerio tenga su gloria.
Dejad que el Imperio me llame traidor si quiere.
Cuando el velo de lo desconocido se levante, todos entenderán que lo que yo descubrí aquí valía más que cien batallas ganadas.
La sombra de su figura se proyectaba sobre las forjas encendidas.
En sus palabras había un dejo de verdad… pero también el eco de un aislamiento que lo alejaba, poco a poco, no solo de su hermano, sino del mismo corazón del Imperio.
Mientras tanto, en Astarum, Selene se mantenía firme, con la armadura cubierta de ceniza.
Había visto morir a demasiados, y sin embargo no cedía.
Lucerio, al frente, gritó entre el estruendo: —¡Una semana, Selene!
¡Una maldita semana y aún resistimos!
Ella lo miró con dureza, alzando su espada hacia el enemigo que no cesaba de avanzar.
—Entonces resistiremos otra más, príncipe… aunque solo quedemos cenizas para recordarlo.
La noche cayó sobre Astarum, y la batalla siguió como si nunca hubiera terminado.
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