IMPERIUS - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 CAPÍTULO 10 HIJOS DE LA GUERRA
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11: CAPÍTULO 10: HIJOS DE LA GUERRA 11: CAPÍTULO 10: HIJOS DE LA GUERRA El amanecer en la capital del Imperio llegó cargado de presagios.
El cielo estaba cubierto por un velo de nubes oscuras que apenas dejaban pasar la luz, como si la misma naturaleza se negara a celebrar un nuevo día.
En el Palacio Imperial, Orión Stormhaven permanecía en la sala del trono, vestido con la armadura de gala que solo usaba en tiempos de crisis.
No había música, ni celebración.
Solo el eco de los pasos de los guardias y el murmullo distante de los consejeros que aguardaban noticias del frente.
Thessalia, la emperatriz, entró con paso sereno.
Llevaba un manto blanco que contrastaba con la dureza del ambiente.
Se detuvo frente a su esposo y lo observó un largo instante, reconociendo el peso que caía sobre sus hombros.
—No puedes sostener todo el Imperio tú solo, Orión —dijo suavemente—.
Tienes hijos, generales, provincias enteras que han jurado lealtad.
El Emperador bajó la vista un momento, como si esa verdad fuera un hierro ardiendo.
—Un juramento es tan fuerte como la voluntad de quien lo pronuncia.
Y yo sé que, en cuanto la sangre comience a derramarse más allá de lo que pueden soportar, muchos buscarán excusas para retirarse.
La emperatriz apretó los labios.
—¿Y tus hijos?
Ellos no retrocederán.
Ya lo sabes.
Orión la miró.
Su expresión, por un instante, se suavizó.
—Apolonio me escribió anoche.
Exige permiso para viajar al frente.
Dice que no soporta permanecer aquí mientras su hermano lucha y Selene resiste en las murallas.
En ese momento, una proyección luminosa surgió en medio del salón.
El rostro de Apolonio se formó, marcado por el cansancio y la determinación.
Se inclinó brevemente ante su padre.
—Padre.
He cumplido tu orden de permanecer en la capital, pero no puedo seguir mirando desde la distancia.
Lucerio arriesga la vida, y Selene…
—su voz se quebró apenas—, Selene también.
Si la pierdo, ¿qué sentido tendrá la promesa que sellaste para mí?
Orión se incorporó del trono, con la mirada fija en su primogénito.
—Eres mi heredero.
Tu deber es más grande que cualquier vínculo personal.
El Imperio necesita que recuerdes eso.
—¿Y qué necesita Selene, padre?
—replicó Apolonio con dureza—.
¿Qué necesita mi hermano, que se desangra en Astarum?
Tú siempre me enseñaste que un gobernante no abandona a los suyos.
No me pidas que lo haga ahora.
El silencio se volvió insoportable.
Thessalia, a un costado, cerró los ojos con angustia.
Orión, en cambio, mantuvo la frente erguida.
—La guerra se gana con estrategia, no con impulsos.
Cuando sea el momento, te enviaré donde debas estar.
Hasta entonces, obedecerás.
Apolonio apretó la mandíbula.
Su silueta tembló en la proyección antes de desvanecerse, dejándolo todo en un silencio pesado.
Orión permaneció inmóvil, pero su respiración era más profunda, casi contenida.
Thessalia se acercó a él, tocándole el hombro.
—Tu hijo tiene razón.
Está creciendo, y ya no es un muchacho al que puedas controlar con órdenes.
—Si cedo ahora —respondió Orión, grave—, no solo perderé a un hijo.
Perderé el Imperio.
En ese mismo instante, muy lejos de la capital, el vacío interestelar ardía con fuego y metal.
Alexión Vharyos, primo del Emperador y Duque de los Cielos, avanzaba al frente de su flota en dirección al sistema de Astarum.
Sus naves, forjadas para atravesar tormentas y batallas, se alineaban en formación perfecta.
Desde el puente de mando, Alexión observaba el mapa estelar desplegado ante él: la frontera estaba bloqueada por un enjambre de naves orcas, negras como carbón, con insignias pintadas con sangre seca.
El enemigo había tejido un muro imposible de romper con facilidad.
Un oficial se inclinó con nerviosismo.
—Mi señor, el enemigo controla los cielos de Astarum.
Si intentamos descender, nos aniquilarán antes de cruzar la atmósfera.
Alexión no apartó los ojos del mapa.
Su voz era calmada, pero firme como un golpe de martillo.
—Si no descendemos, Lucerio y los hijos de Kassandro caerán antes de que llegue la noche.
No vine aquí a quedarme mirando.
Otro oficial, más joven, dio un paso adelante.
—¿Qué ordena entonces, Duque?
Alexión se giró lentamente hacia ellos, la luz de las pantallas reflejándose en su rostro endurecido.
—Vamos a abrir un pasillo.
No importa el costo.
El Emperador me encomendó esta misión, y no regresaré a la capital con la vergüenza de haber fallado.
Un murmullo de tensión recorrió la sala.
Todos sabían que la orden era prácticamente suicida.
Pero también sabían que Alexión jamás pedía algo que él mismo no estuviera dispuesto a enfrentar.
Se acomodó el manto sobre los hombros y levantó la voz: —Transmitan a toda la flota: preparen las lanzas de plasma.
Carguen los cañones.
Hoy no somos simples soldados, hoy somos el escudo de un Imperio.
El rugido de cientos de voces resonó en la comunicación interna, un grito de guerra que atravesó el vacío.
Alexión alzó el puño hacia el cristal estelar.
—¡Por Stormhaven!
¡Por Orión!
¡Por los hijos de la guerra!
Las naves imperiales se lanzaron hacia adelante, envueltas en fuego y esperanza.
El choque contra el bloqueo orco era inevitable, y la batalla que se avecinaba decidiría si Astarum resistiese… o si todo el norte del Imperio caería bajo la sombra de un enemigo implacable.
El cielo sobre Astarum ardía como un horno abierto.
Naves imperiales y orcas se entrelazaban en un caos de fuego y acero, mientras la tierra temblaba bajo cada impacto orbital.
Lucerio, cubierto de polvo y sudor, levantó la vista justo cuando divisó las insignias imperiales rompiendo el bloqueo.
Una esperanza rugió en su pecho.
—¡Ahí están!
—exclamó, señalando el firmamento—.
¡Es Alexión!
Giró hacia Thalmyra y Darian, sus rostros iluminados por las llamaradas de las explosiones.
—Tomen veinte naves y carguen contra su retaguardia.
No busquen la gloria, solo hagan ruido.
Que crean que la muerte les muerde los talones.
Darian asintió sin dudar.
—Entendido.
Si conseguimos que giren, Alexión abrirá la brecha.
Lucerio lo detuvo con una mano sobre el hombro, sus ojos serios.
—Hermano, mantén la cabeza fría.
Esto no es una carga ciega.
Darian esbozó una sonrisa cansada, pero firme.
—La frialdad nunca me salvó, Lucerio.
La determinación, sí.
Thalmyra, a su lado, tomó aire, conteniendo la tensión que la oprimía.
—Volveremos.
No pienses ni por un instante que te dejaría luchar solo.
Lucerio los observó marchar hacia sus naves, con un nudo en la garganta que jamás admitiría en voz alta.
En el espacio, las naves orcas dominaban el aire con una brutalidad aplastante.
Sus proyectiles desgarraban el vacío como cuchillas rojas.
Las veinte naves de Thalmyra y Darian surgieron de entre las sombras y se lanzaron de lleno contra las líneas enemigas, un aguijón feroz en el costado del enjambre.
—¡Fuego de cobertura, todos a mi señal!
—rugió Darian por el comunicador, mientras su escuadra vomitaba ráfagas de energía sobre los flancos enemigos.
Las naves orcas empezaron a girar, desviando parte de su atención.
El plan estaba funcionando.
Alexión aprovechó el instante y, desde la vanguardia, ordenó el asalto.
—¡Ahora!
¡Carguen y partan su cerco!
El espacio se iluminó con la violencia de un sol en llamas.
Pero entonces, un rugido metálico atravesó las comunicaciones: un proyectil de plasma, disparado desde la línea orca, impactó de lleno en la nave de Darian.
El casco se abrió como una flor en llamas.
—¡Darian!
—gritó Thalmyra, viendo cómo la nave se precipitaba envuelta en fuego hacia la superficie de Astarum.
La pantalla de control mostraba lecturas en rojo.
El joven príncipe apenas alcanzó a activar la cápsula de emergencia antes de perder el control.
La explosión sacudió el cielo y lo lanzó contra las colinas devastadas del frente.
En tierra, Lucerio escuchó el estruendo y vio la estela ardiente desgarrar el firmamento.
Su corazón se encogió.
—¡No… no puede ser!
—¡Señor, es una de las nuestras!
—gritó un oficial, señalando el descenso.
Lucerio apretó los dientes, el rostro desencajado de furia y desesperación.
—¡Envien a los médicos de campaña!
¡Ahora!
¡No dejaré que Darian muera en esta maldita frontera!
Thalmyra, desde su cabina, con lágrimas ardiéndole en los ojos, murmuró apenas audible: —Resiste… resiste, Darian.
No puedes caer aquí.
En ese mismo instante, el cielo volvió a romperse.
De entre el hiperespacio emergió la flota de Kassandro, con sus banderas negras y plateadas ondeando como presagio.
El León Sombrío había llegado.
Con él, la batalla cambió de rostro: la presión imperial se multiplicó y los orcos, sorprendidos y sobrepasados, empezaron a quebrarse.
La matanza fue brutal, una tormenta de fuego que los obligó a huir en desorden.
Pero en el corazón del campo, Lucerio no pensaba en la victoria ni en los gritos de triunfo.
Solo en la columna de humo donde Darian había caído.
La caída de la nave de Darian dejó un silencio abrupto en el corazón de la batalla.
Entre el estruendo de cañones y los rugidos metálicos de los orcos, una sola estela de fuego captó la atención de todos en tierra.
Selene no dudó ni un instante.
Apenas vio la columna de humo alzarse en la lejanía, giró a sus oficiales.
—¡Conmigo!
—ordenó con voz firme, aunque el miedo la atenazaba por dentro—.
¡Aseguren el perímetro y busquen a mi hermano!
Las lanzas estelares de su guardia personal respondieron de inmediato, avanzando entre el caos con disciplina feroz.
Selene montó sobre un aerodeslizador y se abrió paso a través de las líneas, esquivando fuego enemigo y cadáveres orcos que alfombraban la llanura.
El suelo temblaba cuando llegaron al lugar del impacto.
La cápsula de escape estaba semienterrada en la tierra humeante.
Selene saltó de su deslizador, arrancándose los guantes, y con las manos desnudas ayudó a los soldados a forzar la compuerta.
—¡Darian!
—gritó, con un tono quebrado por primera vez en años.
El interior olía a metal quemado y sangre.
Allí estaba él, inconsciente, cubierto de heridas y con la armadura destrozada.
Aún respiraba, débil, pero respiraba.
—Está vivo… —susurró Selene, y al instante su voz se endureció—.
¡Sáquenlo de aquí!
¡Ahora!
Dos guerreros lo levantaron con cuidado mientras los proyectiles aún caían a su alrededor.
Selene cubrió la retirada, levantando su espada envuelta en un resplandor místico, abatiendo a cualquier orco que osara acercarse.
En los cielos, la tormenta cambió de dueño.
Las naves de Alexión irrumpieron con precisión quirúrgica, cortando las formaciones orcas y arrasando sus cruceros de guerra.
Desde el flanco norte, la flota de Kassandro emergió como un martillo implacable, cerrando la trampa.
—¡Fuego total!
—ordenó Kassandro desde el puente de mando de su buque insignia.
El firmamento se iluminó con la furia del Imperio.
Uno tras otro, los navíos enemigos explotaron en llamaradas verdes y rojas, hasta que el cielo quedó despejado de su sombra.
En tierra, el avance imperial se tornó en masacre.
Los regimientos de Kassandro arremetieron con disciplina helada, rompiendo filas orcas y persiguiendo a los rezagados sin piedad.
Lucerio, cubierto de barro y sangre, alzó su espada y rugió con las fuerzas que aún le quedaban: —¡El norte es del Imperio!
¡No cederemos ni una piedra a estos salvajes!
El campo quedó sembrado de cuerpos.
Los tambores de guerra orcos se apagaron en un eco distante, ahogados bajo la supremacía imperial.
Lo que había comenzado como un asedio desesperado terminó con los invasores huyendo en desorden, acosados hasta los límites de Astarum.
Selene, todavía con la sangre de sus enemigos en las manos, se arrodilló junto a Darian cuando los médicos imperiales comenzaron a atenderlo.
Lo miró con una mezcla de alivio y rabia.
—No vas a morir aquí… ¿me oyes?
—murmuró con los dientes apretados—.
No mientras yo siga respirando.
A su alrededor, el rugido de la victoria comenzaba a elevarse.
Pero para ella, la batalla aún no había terminado.
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