IMPERIUS - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 CAPÍTULO 11 SOMBRAS EN LA VICTORIA
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12: CAPÍTULO 11: SOMBRAS EN LA VICTORIA 12: CAPÍTULO 11: SOMBRAS EN LA VICTORIA El humo aún cubría los cielos de Astarum cuando las naves insignia de Alexión Vharyos y Kassandro Varethia descendieron hacia el campamento imperial.
La llanura estaba sembrada de restos orcos y acero retorcido; el aire olía a ceniza y sangre.
Sin embargo, entre las trincheras y los muros improvisados, la gente comenzaba a alzar las manos en señal de alivio: habían sobrevivido.
Los comerciantes y colonos locales, hombres y mujeres que habían resistido días enteros bajo el fuego enemigo, se reunieron a la entrada del campamento improvisado.
Algunos se arrodillaban al ver el estandarte carmesí del Imperio flamear de nuevo en los cielos; otros apenas podían contener las lágrimas.
—El León del Imperio ha cumplido —murmuró un anciano mercader, dejando caer una cesta de provisiones para unirse al clamor.
En cuanto Kassandro bajó de su nave, el bullicio se transformó en vítores.
Los lugareños lo rodearon, agradecidos, tocando el suelo con la frente, rogando bendiciones para sus hijos.
Pero él apenas los escuchaba.
Su mirada estaba fija en Selene y Thalmyra, que lo esperaban con los ojos cansados, cubiertas de polvo y sudor.
Sin contenerse, Kassandro las abrazó con fuerza, como si quisiera grabar en su piel que aún estaban vivas.
—Habéis hecho lo que incluso los generales más viejos dudaban que pudiera lograrse —dijo con voz grave, cargada de emoción contenida—.
No solo resististeis… mantuvisteis el honor de nuestra casa frente a la oscuridad.
Selene, seria como siempre, inclinó la cabeza.
—No había otra opción, padre.
Si caíamos, caía Astarum.
Thalmyra, en cambio, lo miró con los ojos brillantes de lágrimas.
—Lucerio me habría seguido hasta el fin del mundo… y Darian… —su voz se quebró, pero Kassandro la tomó del rostro y la obligó a alzar la vista.
—Darian vivirá.
Y cuando despierte, sabrá que peleó como un verdadero Varethia.
Un murmullo de aprobación recorrió a los presentes, mientras soldados imperiales golpeaban sus lanzas contra los escudos en señal de respeto.
Alexión descendió después, su porte imponente, con la armadura aún reluciente pese al combate.
Su sola presencia imponía silencio.
Caminó hacia la mesa de guerra donde se había extendido un mapa de la región.
Allí ya lo esperaba Kassandro.
El Duque de los Cielos lo saludó con un leve gesto, más formal que cordial.
—Hemos repelido a la horda, pero el precio fue alto —informó, señalando las marcas rojas sobre el mapa—.
Los orcos dejaron miles de cadáveres, pero sus flotas no fueron destruidas.
Esto fue solo un movimiento de tanteo.
Kassandro cruzó los brazos, sin apartar los ojos del mapa.
—Lo sé.
Vendrán de nuevo, y más fuertes.
El silencio entre ambos se volvió denso, como si la victoria no bastara para borrar la vieja rivalidad.
Alexión lo miró con recelo, con la incomodidad de un hombre que veía en Kassandro no solo a un regente fiel, sino a alguien cuyo prestigio crecía demasiado rápido.
—El Emperador me envió a asegurar esta frontera —dijo Alexión con un filo en la voz— Y yo cumplo mis órdenes.
Pero no olvides, primo, que el mando supremo sigue en la capital.
Kassandro lo sostuvo con la mirada, sereno pero firme.
—Y yo cumplo con proteger al Imperio, aunque me cueste la vida de mis hijos.
No olvides tú que Astarum aún se mantiene en pie porque ellos sangraron por él.
El choque de palabras quedó flotando en el aire, apenas contenido por la disciplina de quienes escuchaban.
Lucerio, aún con el pecho vendado por las heridas de la batalla, dio un paso al frente para cortar la tensión.
—Ahora no es momento de disputas.
Los orcos no han terminado.
Si discutimos, ellos regresarán y nos hallarán divididos.
Los oficiales asintieron en silencio.
Alexión guardó sus palabras, aunque el rencor permaneció en su mirada.
Kassandro, por su parte, volvió a inclinarse hacia sus hijas y su hijo, como si ese instante de victoria fuera demasiado frágil para perderlo en querellas políticas.
Astarum había sido salvada, pero en el aire ya se percibía que la verdadera batalla no sería contra los orcos… sino dentro del propio Imperio.
Lucerio reunió a los oficiales en el pabellón improvisado, una construcción de lonas y tablones reforzados, aún impregnada por el olor a humo y sangre.
Estaba cansado, con vendajes visibles bajo la túnica de campaña, pero se mantenía erguido frente a todos.
—Resistimos cuando nadie creía que podríamos hacerlo —dijo con un tono grave, sin levantar demasiado la voz—.
Hoy Astarum sigue en pie gracias al sacrificio de nuestros hombres y al valor de cada uno de ustedes.
Los capitanes intercambiaron miradas.
Algunos asintieron, otros apretaron los puños, como si se aferraran a esas palabras para seguir en pie.
Lucerio activó el transmisor central.
La figura del Emperador apareció en un resplandor azulado, flotando sobre la mesa.
Su presencia llenó el lugar, incluso a través de la distancia.
—He leído los informes —dijo Orión.
Sus palabras eran secas, como golpes de martillo—.
El Imperio reconoce la victoria que habéis conseguido.
Los oficiales bajaron la cabeza, pero la tensión creció cuando su mirada se fijó en Kassandro.
—Pero no puedo ignorar que este ataque se desató en tus dominios, Kassandro.
Fue aquí donde los orcos cruzaron sin resistencia inicial.
Esa falta de previsión es inaceptable.
Kassandro sostuvo la mirada del Emperador.
No replicó, aunque la furia contenida se le notaba en los labios apretados y el gesto endurecido.
Fue Alexión quien rompió el silencio.
—Con todo respeto, Majestad —intervino—.
No podemos permitir que la seguridad de la frontera dependa de que alguien reaccione tarde.
Lo que pasó aquí casi nos cuesta más que un territorio.
Las palabras cayeron como un látigo.
Selene, desde un costado, frunció el ceño.
Thalmyra bajó los ojos.
El choque entre Alexión y Kassandro era evidente y muchos en la sala evitaron siquiera respirar fuerte.
Lucerio intervino, apartando la tensión con un movimiento de mano.
—No es momento de culpas —dijo con calma—.
Lo que enfrentamos no es una horda salvaje desorganizada.
Esto es un ejército.
Están preparados, saben cómo desgastar nuestras fuerzas y cómo cortar nuestros refuerzos.
Se giró hacia la imagen del Emperador.
—Si no tomamos esto en serio, la próxima vez no resistiremos.
Necesitamos un plan más amplio, y necesitamos refuerzos ahora, no después.
Orión lo escuchó en silencio.
La proyección parpadeó un instante y, al cabo, asintió con un leve gesto.
—Lo que dices tiene sentido.
Habrá preparativos.
Pero no olvidéis que la responsabilidad de defender cada rincón del Imperio comienza en los que lo gobiernan.
No me deis más razones para dudar.
El holograma se apagó.
La sala quedó en silencio, como si todos temieran romperlo.
Alexión se cruzó de brazos, con el rostro aún endurecido.
Kassandro permaneció firme, pero el brillo de su mirada hablaba de orgullo herido.
Lucerio volvió a mirar a los oficiales.
—No os engañéis —dijo con voz más baja, más cercana—.
Esto no ha terminado.
Lo que vimos aquí fue solo la apertura.
El verdadero golpe todavía no ha llegado.
Nadie lo discutió.
Todos lo sabían.
Lucerio había permanecido de pie junto a la mesa de campaña, revisando con sus comandantes los últimos reportes de pérdidas.
Aún llevaba la capa manchada de hollín y el sudor pegado al cuello, pero no se había molestado en cambiarse.
Su rostro, aunque joven, parecía endurecido por una semana de trincheras.
Cuando los oficiales se retiraron, Alexión se acercó.
Su sombra se alargó bajo la luz parpadeante de los proyectores.
—Príncipe, podemos hablar a solas —dijo, con un tono que más parecía una orden que una súplica.
Lucerio alzó apenas una ceja, esbozando una mueca de fastidio.
—Si has venido a seguir con tus reproches hacia Kassandro, ahórratelo.
No pienso ser árbitro de viejas rivalidades familiares.
Alexión se cruzó de brazos.
—No es rivalidad, Lucerio.
Es la verdad.
Tú lo viste: tu tío dejó desprotegida esta frontera, y su descuido casi te cuesta la vida.
Lucerio dio un paso hacia él, y por un instante el cansancio dejó ver la furia que contenía.
—Casi me cuesta la vida porque yo estaba en la línea, donde debe estar un príncipe.
No escondido tras mapas ni palabras.
Alexión no se movió.
Su voz se volvió más dura.
—Y precisamente porque estabas en la línea, deberías comprenderlo mejor que nadie.
Tú eres hijo del Emperador, no puedes depender de que tu tío o cualquiera más resuelva por ti.
Es tu deber tomar las riendas, Lucerio.
La gente te sigue a ti, no a él.
El príncipe lo miró con un brillo gélido en los ojos, como si cada palabra hubiera sido un insulto cuidadosamente calculado.
—¿Crees que no lo sé?
—replicó, apretando la mandíbula—.
Cada soldado que enterramos esta semana me lo recuerda.
Pero no voy a permitir que uses sus muertes para alimentar tus resentimientos contra mi tío.
Alexión dio un paso al frente, bajando la voz.
—No hablo por resentimiento, sino por necesidad.
El Imperio no puede darse el lujo de príncipes que dudan, que esperan a que otros tomen decisiones por ellos.
El enemigo que enfrentamos no es una horda más, y si vuelves a vacilar, no solo caerás tú… caeremos todos.
El silencio se hizo espeso entre ambos.
Desde fuera, se escuchaba el murmullo lejano de las reparaciones en las murallas y el eco metálico de las forjas improvisadas.
Lucerio respiró hondo, conteniéndose.
—Eres buen estratega, Alexión, y lo respeto.
Pero nunca olvides esto: yo no lucho para demostrarle nada a ti ni a nadie.
Lucho por mis hombres… y por mi padre.
Y cuando llegue el momento, no vacilaré.
Alexión lo sostuvo con la mirada un instante más, como si buscara alguna grieta en sus palabras.
Luego, lentamente, asintió, aunque el gesto era más de aceptación amarga que de confianza.
—Eso espero, príncipe… —murmuró—.
Porque el Imperio no sobrevive con promesas, sino con hechos.
Se dio media vuelta y salió de la tienda, dejando a Lucerio solo frente a los mapas estelares.
El príncipe apretó los puños, con la duda quemándole en silencio: ¿había dicho la verdad para convencerse a sí mismo, o porque realmente lo creía?
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