IMPERIUS - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 CAPÍTULO 12 SOMBRAS EN GOR’MAATH
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13: CAPÍTULO 12: SOMBRAS EN GOR’MAATH 13: CAPÍTULO 12: SOMBRAS EN GOR’MAATH El salón de guerra de Gor’Maath era un templo de hierro y fuego.
Las columnas negras estaban forjadas con el metal arrancado a mundos esclavizados, y sobre ellas ardían antorchas de sangre líquida que iluminaban los estandartes de piel curtida.
En el trono de cráneos, más alto que cualquier otro asiento en la cámara, se erguía el Emperador Kraag Zul’Kar.
Su silueta colosal dominaba la sala, envuelto en armadura forjada con placas de dragones estelares, y sus ojos ardían como carbones incandescentes.
Ante él, de rodillas, el almirante Vash’gor inclinaba la cabeza.
Sus colmillos temblaban mientras su respiración pesada se mezclaba con el silencio sofocante de la corte.
—Hablaste de victoria inevitable —gruñó Kraag, su voz retumbando como un martillo sobre yunque—.
Dijiste que las murallas del Imperio se quebrarían con el rugido de tu flota.
¿Y qué recibo en su lugar?
Una frontera que resiste y una marea de cadáveres inútiles.
Vash’gor levantó apenas la vista, los ojos inyectados en miedo y vergüenza.
—Mi señor… los humanos lucharon con una fiereza inesperada.
La hija del regente, Selene, y el cachorro del Emperador, Lucerio, resistieron con una estrategia que no estaba en nuestros cálculos.
Y entonces llegó la flota de refuerzo, más numerosa de lo anticipado.
La brecha era nuestra, pero se cerró antes de que pudiéramos reclamarla.
El puño de Kraag golpeó el trono, y la sala entera vibró.
Algunos guardias orcos se inclinaron instintivamente, como si un dios hubiera bajado a la sala.
—¡Excusas!
—rugió—.
El enemigo no venció por fuerza, sino porque tú dudaste.
Te di mil naves, y con ellas debiste incendiar hasta la última ciudad en esa frontera.
¡Pero los hombres aún respiran, y eso es tu fracaso!
Vash’gor apretó los dientes, intentando no temblar.
—Conozco sus debilidades ahora, gran Emperador.
Vi cómo sangran, cómo se agotan más rápido que nuestras hordas.
Su resistencia no podrá durar mucho.
Si me das otra oportunidad, juro que traeré la cabeza de Lucerio y pondré sus estandartes a tus pies.
Kraag se levantó lentamente de su trono.
Era una montaña de músculo y acero, y cada paso que daba hacia Vash’gor parecía el retumbar de un tambor de guerra.
Se inclinó sobre él, lo suficiente para que el aliento ardiente del Emperador quemara la piel del almirante.
—Te daré esa oportunidad, pero escucha bien… —dijo con un tono bajo, tan frío que helaba la sangre—.
Si vuelves a fallar, no necesitarás temer a los humanos.
Seré yo quien devore tu corazón en esta sala.
Un silencio pesado cayó sobre los presentes.
Vash’gor tragó saliva y bajó la cabeza aún más.
—No fallaré, mi señor.
La próxima vez, los cielos de Astarum serán negros con nuestras naves, y la tierra se teñirá con su sangre.
Kraag soltó una risa gutural, que más parecía un rugido contenido.
—Eso espero, almirante.
Porque la guerra apenas comienza… y yo no tolero débiles en mi corte.
Un estruendo lo interrumpió.
El golpe seco de una lanza que se clavó en el suelo resonó en el salón.
Una figura avanzó entre los guerreros: Shaara del Clan Gar’Thok, la jefa de uno de los clanes más antiguos de las estepas del hierro.
Su piel oscura estaba marcada por cicatrices de batallas pasadas, y su hombro izquierdo aún llevaba la coraza oxidada de un jefe que había matado en combate.
Su sola presencia imponía respeto.
No se inclinó.
No pidió permiso.
—Basta de excusas —dijo con un tono firme, dejando que sus palabras pesaran como piedra—.
Divididos, somos presas que caen una a una.
La derrota de Vash’gor demuestra lo que muchos pensamos: los clanes dispersos no bastan.
El silencio cayó sobre la sala.
Vash’gor la miró con rabia, golpeando su puño contra el suelo.
—¿Te atreves a cuestionar mi mando, Shaara?
Ella lo enfrentó sin mover un músculo.
—No cuestiono tu mando, cuestiono tu fracaso.
Hubo gruñidos de aprobación entre varios guerreros.
Otros, en cambio, escupieron al suelo como señal de desprecio.
El ambiente estaba cargado.
Kraag bajó lentamente la cabeza, observando la escena.
Sus ojos rojos parecían atravesar a ambos.
—Habla, Shaara.
¿Qué propones?
La orca apoyó ambas manos en el asta de su lanza y dio un paso al frente.
—Unir a todos los clanes.
Gar’Thok, Zhur’Kai, Mal’Drok y los que aún resisten en las montañas negras.
Una horda única, no ejércitos dispersos.
Si queremos quebrar a los Stormhaven debemos cubrir sus cielos con nuestras naves, arrasar sus muros con millones, no con miles.
No más incursiones: una guerra total.
Los golpes de lanza contra el suelo hicieron temblar la sala.
Algunos clamaban su nombre, otros la insultaban, pero nadie la ignoraba.
Kraag sonrió apenas, mostrando sus colmillos.
—Eres osada, hija de Gar’Thok.
Hablas como quien reclama un lugar en mi mesa de guerra.
Shaara sostuvo su mirada.
—No lo reclamo.
Lo tomo.
El emperador la observó largo rato, hasta que levantó su hacha y la incrustó en el suelo, como un sello final.
—Entonces ve y demuestra lo que vales.
Reúne a los clanes.
Si fracasas, tu cabeza adornará mis murallas.
Shaara asintió con un leve gesto, como quien acepta un destino que ya esperaba.
Dio media vuelta y se marchó entre los guerreros, que se apartaban en silencio.
El eco de su lanza contra las losas fue lo último que quedó.
Por otra parte, en la capital imperial, la noticia de la victoria parcial en Astarum había llegado antes que sus protagonistas.
Las campanas del Senado de Acero no repicaron con júbilo, pero sí con alivio.
El Imperio había contenido la embestida, aunque todos sabían que no se trataba de una victoria definitiva.
Lucerio Stormhaven y Alexión Vharyos cruzaron los pasillos del Palacio Central sin protocolo alguno.
A esas alturas, las formalidades parecían un lujo.
El Emperador los esperaba en la Sala de Estrategias, de pie frente al gran mapa estelar que dominaba el recinto.
No llevaba su armadura ceremonial ni su capa de gala; tan solo un abrigo oscuro, sobrio, con los símbolos de su casa bordados en hilo de bronce.
Cuando los vio entrar, no hubo discursos.
Solo caminó hacia ellos y los abrazó, uno por uno.
Primero a su hijo menor, con fuerza, casi con desesperación.
Luego a su primo, con el respeto de un comandante que reconoce la lealtad de otro.
—No imaginan lo que significa verlos de regreso —dijo Orion, sin alzar la voz, pero dejando que sus palabras pesaran más que cualquier ceremonia—.
El Imperio se sostiene gracias a hombres como ustedes… y gracias a los que aún están allá afuera, manteniendo la línea.
Lucerio no respondió enseguida.
Solo asintió.
Su mente seguía en Astarum, en los rostros cansados de los soldados, en el cuerpo herido de Darian, en los ojos firmes de Thalmyra y Selene.
Y en su tío Kassandro, que había decidido quedarse para reforzar la frontera.
—Kassandro y sus hijos han asegurado las rutas de abastecimiento —añadió Lucerio al fin—.
Están reorganizando los destacamentos, y Azh’Kareth ha enviado nuevas unidades de infantería pesada.
Darian… se está recuperando.
Las heridas no fueron letales.
Orion cerró los ojos un instante y asintió.
Había aprendido a no mostrar demasiado, pero era un padre antes que un Emperador.
Y la guerra le estaba robando a sus hijos, poco a poco.
—Bien —dijo, retomando su tono habitual—.
La frontera estará en guardia… pero esto apenas comienza.
Una vez se retiraron los oficiales presentes y la sala quedó vacía, Orion se volvió hacia Alexión.
Se conocían demasiado como para fingir que todo estaba en orden.
—Dime lo que piensas —le pidió el Emperador—.
Lo que no has dicho delante de los demás.
Alexión lo miró sin rodeos.
No había enojo en su mirada, pero sí un cansancio viejo, como el de quien lleva años cargando dudas que nunca terminan de irse.
—Pienso que esta vez ganamos por poco —respondió—.
Que la flota enemiga estaba mejor coordinada de lo que esperábamos.
Que si Kassandro no hubiera llegado a tiempo con su flota, estaríamos hablando de una derrota, no de una victoria parcial.
—¿Y también piensas que he sido blando con él?
—preguntó Orion, directo.
Alexión no negó ni afirmó.
Solo cruzó los brazos y bajó la mirada por un momento.
—Solo creo que estás apostando demasiado a una sola figura —dijo con calma—.
Aun si es tu sangre política.
Aun si lo ha demostrado mil veces.
No todos los nobles lo ven con buenos ojos.
Algunos creen que se le está dando más poder del que debería tener un regente.
Orion lo escuchó en silencio.
Caminó hasta el ventanal que daba al corazón de la ciudad imperial.
Desde allí, las torres brillaban como lanzas de luz entre la bruma.
—Lo sé —admitió, casi en un susurro—.
Pero también sé que el Imperio no se sostiene con desconfianzas, sino con lealtades probadas.
Y Kassandro… me ha demostrado más que muchos de los que hoy levantan la voz en mi consejo.
Alexión dio un paso al frente.
—Yo no dudo de su lealtad, Orión.
Dudo de lo que vendrá después.
De lo que esta guerra despertará.
Y de lo que significará tener a tantos héroes… en un solo tablero.
El Emperador Orión quedó pensativo tras la reunión con su primo Alexión.
Todo en el le parecía perturbable.
Mientras tanto, el príncipe Lucerio se dirigía a sus aposentos.
Había solicitado una reunión privada con uno de los gobernadores de su sistema, Ithorion, para conocer la situación tras la movilización de tropas y el impacto de la guerra en sus provincias.
El informe fue detallado: el comercio seguía fluyendo, aunque con retrasos; algunas aldeas pedían mayor protección frente a incursiones aisladas, y los bosques sagrados habían visto interrumpidos algunos rituales de los druidas por el despliegue militar.
Lucerio escuchó todo con paciencia, tomando nota de cada detalle.
La reunión terminó cuando uno de sus asistentes anunció la llegada inesperada de un visitante.
—Alteza, el senador Dromer pide hablar con vos.
Dice que es asunto urgente.
Lucerio dudó un instante, pero luego asintió.
—Que pase.
El senador entró con paso seguro.
Vestía la toga oscura de su cargo y se inclinó levemente, mostrando respeto sin caer en exageraciones.
—Príncipe Lucerio —dijo—.
Sé que habéis regresado hace poco de la frontera y que vuestras responsabilidades son muchas.
No tomaré más tiempo del necesario.
—Decid lo que tengáis que decir —respondió Lucerio con calma, aunque en su mirada se adivinaba cansancio.
—He venido a mostraros mi apoyo —empezó Dromer—.
Vuestra labor en Astarum fue reconocida por todos, y el pueblo lo sabe.
Sin vuestra presencia, quizá la línea de defensa habría caído.
Pero… también debo hablaros de lo que preocupa al Senado.
Lucerio lo observó en silencio, invitándolo a continuar.
—Vuestro tío Kassandro —dijo al fin Dromer—.
Nadie niega su lealtad ni sus victorias, pero su influencia crece demasiado.
Sus hijos, sus ejércitos, su nombre… empiezan a pesar en la balanza más de lo que debería.
Algunos temen que, con el tiempo, el pueblo lo vea no como un servidor del trono, sino como un rival.
Lucerio apoyó los codos sobre la mesa, pensativo.
—Mi tío ha servido al Imperio con honor —respondió con voz baja pero firme—.
Ha dado más de lo que muchos nobles habrían dado jamás.
—No lo discuto, Alteza —replicó el senador—, pero sabéis bien cómo es la política.
La percepción del pueblo, las intrigas de palacio… esas cosas pueden volverse peligrosas incluso para quienes no buscan la corona.
Y algunos ya se preguntan si la sangre Stormhaven será suficiente para sostener el Imperio en el futuro.
Lucerio lo miró con seriedad.
—El Imperio tiene un Emperador —dijo con dureza—, y su nombre es Orión.
No habrá otro mientras él viva.
El senador inclinó la cabeza, sin mostrar incomodidad.
—Como digáis, mi señor.
Solo deseaba escuchar vuestra opinión.
El Senado observa… y el pueblo también.
Con una señal de la mano, Lucerio dio por terminada la audiencia.
Cuando la sala volvió a quedar en silencio, se dejó caer en la silla.
El eco de las palabras de Dromer lo perseguía.
Sabía que no era un comentario aislado, sino un reflejo de lo que se murmuraba en los pasillos del poder.
Mientras tanto, en la frontera norte, Kassandro se mantenía junto a sus hijos reforzando las defensas, supervisando la recuperación de Darian y manteniendo al ejército preparado ante un posible contraataque.
Desde la distancia, la familia Stormhaven y la casa Varethia seguían atadas no solo por alianzas de sangre y compromiso, sino también por la sombra creciente de la desconfianza.
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