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IMPERIUS - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 CAPÍTULO 13 EL PESO DE LA CORONA
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14: CAPÍTULO 13: EL PESO DE LA CORONA 14: CAPÍTULO 13: EL PESO DE LA CORONA Un mes después de la gran batalla en Astarum, el eco de la guerra aún se percibía en los campos y en los corazones de quienes la habían vivido.

La devastación no había borrado la disciplina: bajo la supervisión imperial, las murallas dañadas habían sido reparadas, los hangares levantados de nuevo y, en las aldeas, caravanas de víveres y medicinas llegaban sin descanso.

Las cicatrices eran profundas, pero Astarum respiraba otra vez.

El Emperador Orión llegó acompañado de su comitiva, no solo para inspeccionar las reparaciones, sino para mostrarse ante los soldados y los nativos como símbolo de estabilidad.

Su presencia era imponente, y las tropas alineadas en la explanada central lo recibieron con vítores que resonaron entre las montañas cercanas.

Kassandro Varethia lo aguardaba en el atrio de mando.

Su porte severo contrastaba con las sombras de fatiga que marcaban su rostro.

Se inclinó apenas, más un gesto de respeto militar que cortesía.

—Astarum se sostiene —dijo Kassandro con voz grave—.

Los muros están reparados, las rutas de suministro abiertas y la población local ha recibido alimento y resguardo.

Las aldeas devastadas comienzan a levantarse otra vez.

Orión lo observó de cerca, midiendo cada palabra, cada gesto de su primo.

El silencio entre ambos se extendió un instante, cargado de recuerdos y sospechas.

Finalmente, el Emperador respondió: —Has hecho lo que corresponde, Kassandro.

Pero recuerda: reforzar los muros no basta si la lealtad de los hombres se tambalea.

Los ojos de Kassandro se endurecieron, aunque su voz permaneció controlada.

—Mis hijos y mis hombres dieron sangre aquí.

Esa lealtad ya está probada.

Orión caminó lentamente hacia la mesa de mando, donde un mapa estelar proyectaba la frontera norte.

Marcó con un gesto los puntos aún vulnerables.

—Y aun así, esta frontera sigue siendo la más débil de nuestro Imperio.

—Alzó la mirada hacia Kassandro—.

No toleraré otra sorpresa como la anterior.

Kassandro asintió, pero no replicó.

La tensión entre ambos era un filo invisible, imposible de disimular ante los oficiales que los rodeaban.

La comitiva imperial continuó hacia los barrios reconstruidos.

Allí, los nativos astarianos se arrodillaban al paso de Orión, agradeciendo con gestos más que con palabras.

El Emperador, aunque acostumbrado a la veneración, los miraba con una seriedad solemne.

Para él, no eran solo súbditos agradecidos, sino testigos de lo que ocurriría si el Imperio flaqueaba.

La visita a Astarum había concluido en los patios principales con discursos solemnes y la ovación de soldados y lugareños.

Cuando el ruido se apagó y la comitiva se dispersó, Orión y Kassandro caminaron en silencio por los pasillos del palacio recién restaurado.

No había guardias en el corredor, ni senadores, ni oficiales.

Solo los dos hombres que habían marcado el destino del Imperio en los últimos veinte años.

Se adentraron en un salón apartado, iluminado por la luz tenue de lámparas de cristal.

Orión cerró la puerta tras ellos.

Sin protocolo ni espectadores, Kassandro no perdió tiempo en rodeos.

—Primo… necesito entender —dijo con voz firme, aunque contenida—.

¿Por qué me miras siempre con esa sombra de duda?

He entregado mi vida y la de mis hijos por esta corona.

He peleado en tus guerras, he sacrificado todo lo que tengo.

¿Aún crees que soy un bastardo sin lugar?

Orión lo sostuvo con la mirada, serio, casi inmóvil.

—No pongo en duda tu lealtad, Kassandro.

Pero sí me pregunto hasta dónde te llevará tu ambición.

El Senado me advierte que tu nombre se pronuncia demasiado fuerte en las provincias… y no siempre como aliado.

Kassandro apretó los puños, conteniendo la rabia.

—¡El Senado teme lo que no puede controlar!

Siempre me he mantenido en la sombra, cumpliendo el papel que me diste.

Pero contigo encontré un propósito.

Yo no soy un usurpador, Orión.

Soy tu sangre, tu mano en las fronteras.

Orión se inclinó apenas hacia adelante, su voz descendió en un tono bajo, más íntimo y peligroso.

—Entonces explícame… ¿por qué te llaman el León Sombrío?

¿Quién te dio ese título?

Kassandro lo encaró sin retroceder.

—No lo busqué.

Fue el pueblo.

Fue la tropa que vio cómo caía y me levantaba una y otra vez.

Yo nunca quise ser llamado León, porque sé que solo hay uno.

Tú.

El Emperador lo observó en silencio unos segundos, hasta que finalmente habló: —Tienes razón.

Solo debe haber un Rey León.

Yo no puedo permitir que esa idea se confunda, aunque sé que tu lealtad es real.

Kassandro respiró hondo, bajando la mirada un instante.

—Entonces dime qué quieres de mí, Orión.

¿Seguirás teniéndome como tu sombra, o me darás un lugar claro?

Yo puedo cargar con tu confianza… o con tu desprecio.

Pero no con tus dudas.

Orión se giró hacia la ventana, contemplando la noche sobre Astarum.

—Lo que quiero es que recuerdes lo que somos: Stormhaven no se sostiene por un nombre, sino por unidad.

El Senado me presiona para limitar tu poder, y he tenido que defenderte más de una vez.

Yo te apoyo, Kassandro, pero no me obligues a elegir entre ti y la corona.

Kassandro alzó el rostro otra vez, con el fuego de su carácter brillando en sus ojos.

—No quiero tu corona.

Solo quiero demostrar que no soy un bastardo olvidado, sino un hombre que sostiene este Imperio cuando nadie más lo hace.

Orión lo miró de nuevo, esta vez con un atisbo de comprensión.

—Y yo lo sé, primo.

Por eso confié en ti lo más valioso que tengo: mi sangre.

Selene y Apolonio, Thalmyra y Lucerio… ¿crees que fue un gesto político?

No.

Fue mi forma de demostrarte que eres parte de esta dinastía, que tu estirpe se une a la mía.

Si te entregué a mis hijos para tus hijas, fue porque sé quién eres, porque confío en lo que representas.

Kassandro permaneció en silencio, impactado por aquellas palabras.

Había esperado reproches, advertencias, pero no aquella confesión que llevaba el peso de los siglos.

Orión continuó: —Lo hice porque sé que la sangre nunca miente.

Tú no eres un bastardo a mis ojos.

Eres mi familia, y tus hijos son ahora parte del destino imperial.

Los hombros de Kassandro se relajaron por primera vez en toda la conversación.

Su mirada, aún dura, se suavizó al escuchar lo que jamás había creído oír de labios de Orión.

—Entonces… que así quede sellado —dijo Kassandro con voz grave—.

No como sombra, sino como hermano de armas.

Orión asintió lentamente, con un gesto solemne.

—Como hermano de armas… y como León Sombrío.

El silencio se hizo pesado en el salón, pero esta vez no era de sospechas ni de reproches, sino de un entendimiento que, aunque frágil, los unía más que nunca frente a la tormenta que se avecinaba.

La noche de confidencias entre Orión y Kassandro se desvaneció con el amanecer, y los días siguientes marcaron un giro en el Imperio.

Una semana más tarde, la capital se vistió de gloria y solemnidad: el Emperador celebraba las bodas que unirían definitivamente las dos ramas de la estirpe.

Apolonio fue desposado con Selene Valdrakir, mientras Lucerio unía su destino con Thalmyra.

La ceremonia fue un espectáculo de luces y cánticos, con las campanas imperiales resonando en cada torre y los estandartes carmesí ondeando por encima de las multitudes que colmaban las avenidas.

La unión de ambas casas, Stormhaven y Varethia, fue recibida con júbilo por el pueblo, aunque en los palcos altos los nobles susurraban entre dientes, incómodos con el creciente poder de Kassandro.

Él, sin embargo, se mantenía erguido, orgulloso.

A su lado, Naerys Valdrakir lo miraba con una serenidad que ocultaba el cansancio de los últimos meses.

Había cumplido lo que muchos creían imposible: un bastardo había elevado su linaje hasta entrelazarlo con el trono.

Tras la celebración y los banquetes interminables, llegó el momento del discurso imperial.

La Plaza del León estaba repleta, los ciudadanos abarrotaban cada rincón, esperando escuchar a su Emperador.

Orión subió a la tribuna, vestido con la armadura ceremonial, el León Carmesí grabado en el pecho.

El murmullo del gentío se apagó de golpe cuando levantó la mano.

—Hijos del Imperio Stormhaven —inició con voz grave—.

Hemos visto hoy un día de unión y de esperanza.

Dos casas se han entrelazado bajo el signo de nuestra estirpe, recordándonos que el futuro no pertenece a uno solo, sino a todos los que luchamos y vivimos bajo el estandarte imperial.

Hubo un clamor de vítores, pero Orión levantó la voz, endureciendo el tono: —Sin embargo, no podemos cegarnos.

Mientras celebramos en nuestra capital, allá afuera, en las sombras de nuestras fronteras, el enemigo acecha.

Exploradores orcos han sido avistados merodeando en el límite de nuestros dominios.

No buscan comerciar, no buscan la paz.

Buscan debilidad.

Un murmullo inquieto recorrió a la multitud, hasta que el Emperador extendió el brazo señalando el horizonte.

—¡Pero no la encontrarán aquí!

—tronó—.

El Imperio Stormhaven no teme a salvajes ni a usurpadores.

Hoy les digo a ustedes, a mis hijos, a mis aliados y a mis ejércitos: nos preparamos para la guerra.

Y juro, por el León Carmesí y por la sangre que nos une, que esta guerra no será nuestra caída… será nuestra victoria.

El rugido de la multitud sacudió la plaza.

Guerreros alzaron sus lanzas, mercaderes agitaron sus pañuelos, mujeres y niños coreaban el nombre de Orión.

El aire mismo parecía vibrar con la promesa de guerra.

En los palcos, Selene y Thalmyra se miraron con gravedad: ambas sabían que el destino de sus casas había quedado sellado no solo en el matrimonio, sino en la sangre que pronto correría en el campo de batalla.

Kassandro, a un lado del Emperador, murmuró entre dientes lo suficiente para que solo Orión lo oyera: —Has elegido bien el momento.

El pueblo está contigo.

Orión asintió sin apartar la mirada de la multitud.

—Lo estarán más cuando los lleve a la victoria.

Pero dime, primo… ¿también lo estarán contigo?

Kassandro no respondió de inmediato, solo apretó los labios en una sonrisa contenida.

—Cuando llegue la guerra, no habrá dudas.

Yo lucharé como siempre lo he hecho… a tu lado.

El León Carmesí volvió a alzar los brazos, y el rugido del pueblo selló el comienzo de una nueva era.

La celebración había terminado.

El Imperio marchaba hacia la guerra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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