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IMPERIUS - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 CAPÍTULO 14 LOS DÍAS ROJOS DEL IMPERIO
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15: CAPÍTULO 14: LOS DÍAS ROJOS DEL IMPERIO 15: CAPÍTULO 14: LOS DÍAS ROJOS DEL IMPERIO Año XXI del Reinado de Orión I Stormhaven (693 D.F.I.) Había pasado un año desde que la guerra comenzó.

Un año de marchas interminables, batallas que se cobraban más hombres de los que podían ser reemplazados, victorias pírricas y derrotas que mordían el orgullo del Imperio.

Aquel ciclo sangriento había dejado claro que no se trataba de una escaramuza fronteriza: era una guerra de desgaste.

En ese tiempo, el nombre de Veyrahn se había convertido en sinónimo de sufrimiento.

El sistema neutral, hasta entonces ignorado por los grandes poderes, se había transformado en el epicentro de la contienda.

Sus cañones naturales, sus llanuras áridas y sus rutas de abastecimiento lo convertían en el lugar donde ambos imperios chocaban una y otra vez, dejando tras de sí montañas de cadáveres y cicatrices en la tierra.

Allí estaban todos.

Kassandro Varethia con sus estandartes, firmes en el flanco norte.

Y los tres hijos de Orión: Apolonio en la vanguardia, Lucerio en el centro y Cassian, siempre a la sombra, midiendo cada movimiento desde sus posiciones de mando.

Selene y Thalmyra, hijas de Kassandro, se habían unido también, demostrando que su sangre no era menos valiosa en el campo de batalla.

Orión, en cambio, tenía una condena distinta.

El Senado y sus oficiales más cercanos le habían prohibido entrar en combate directo.

“Un emperador no se arriesga”, le repetían.

Pero las órdenes pesaban poco frente a la naturaleza del León Carmesí.

No había nacido para observar la guerra desde un trono portátil ni tras mapas estelares.

Cada vez que el fragor lo llamaba, desobedecía, tomando su lanza y encabezando cargas que estremecían a los soldados tanto como aterraban a sus enemigos.

Aquel día, la guerra se recrudecía sobre los llanos de Veyrahn IV.

Los orcos dominaban el cielo con sus flotas, bloqueando todo intento de refuerzo, mientras en tierra el choque era constante.

El suelo estaba teñido de sangre, y el aire olía a ozono y hierro quemado.

Apolonio dirigía a la caballería blindada contra las formaciones pesadas orcas, rompiendo líneas a base de pura ferocidad.

Lucerio mantenía el centro, soportando embates incesantes que parecían no terminar nunca.

Cassian, desde la retaguardia, medía cada orden con precisión, evitando que la batalla se perdiera en el caos.

Kassandro, con la experiencia de años, recorría sus filas como una sombra implacable, reforzando los puntos débiles y lanzando contraataques cuando menos lo esperaban los invasores.

En medio del polvo y el estruendo, Orión cabalgaba junto a su guardia, contraviniendo, una vez más, las súplicas de sus oficiales.

Un proyectil orco estalló a pocos metros, levantando una nube que lo envolvió.

Cuando salió de ella, la armadura ennegrecida por el impacto levantó su lanza hacia las tropas cercanas.

—¡Hoy no retrocedemos!

—tronó con voz cargada de rabia y fuego—.

¡El Imperio no cederá ni una piedra de este suelo maldito!

Un rugido de miles de gargantas respondió.

Los soldados sabían que luchaban por un territorio que, hasta un año atrás, apenas tenía nombre.

Pero en esas tierras desoladas estaba en juego algo más grande: el derecho mismo de existir frente a un enemigo que no se rendía.

A medida que el día avanzaba y la batalla se volvía un laberinto de gritos, hierro y fuego, una figura destacaba entre las filas orcas: Shaara, una de las jefas más temidas de su raza.

Su armadura hecha de huesos ennegrecidos brillaba bajo el sol, y su grito de guerra hacía temblar incluso a los más veteranos.

No se ocultaba tras sus guerreros: avanzaba en primera línea, cortando hombres y desmontando jinetes con un hacha que parecía pesar más que un hombre adulto.

—¡Es ella quien los mantiene firmes!

—rugió Apolonio al ver cómo las hordas se reagrupaban tras cada acometida—.

Si cae, la línea se rompe.

A su lado, Darian, el hijo de Kassandro que había sanado lo suficiente de sus heridas para volver al frente, asintió con una mirada feroz.

—Entonces vamos a arrancarle la cabeza —dijo con voz ronca—.

Pero no lo hagas sin mí, príncipe.

Ambos se lanzaron hacia el sector donde Shaara lideraba la ofensiva.

La jefa orca, al verlos aproximarse, sonrió mostrando sus colmillos ennegrecidos.

Golpeó el suelo con el hacha, levantando polvo a su alrededor.

—¡Príncipes de un imperio moribundo!

—bramó en su lengua, que los traductores de los oficiales imperiales convirtieron en un eco áspero—.

¡Vengan!

¡Quiero beber su sangre antes de que caiga el sol!

El choque fue brutal.

Apolonio cargó con su lanza, desviada por el filo de Shaara, que respondió con un tajo que hizo temblar el aire.

Darian entró por el otro costado, su espada golpeando contra la coraza de huesos de la orca.

Los tres se trabaron en un Duelo que parecía sacado de una leyenda, mientras alrededor suyo la batalla se detenía, como si guerreros y soldados supieran que allí se definía más que un simple combate.

Apolonio logró herir el brazo de Shaara, pero ella respondió con un cabezazo que lo hizo retroceder tambaleante.

Darian apenas alcanzó a cubrirlo antes de recibir un golpe en el pecho que lo arrojó al suelo, con su respiración rota.

La orca alzó el hacha, dispuesta a terminarlo, pero Apolonio volvió a lanzarse, interponiéndose con un grito desgarrado.

—¡No lo tendrás!

El duelo ardía en medio del polvo, la sangre y los alaridos.

Mientras tanto, lejos de aquel círculo de muerte, Orión I Stormhaven observaba desde su posición elevada, con la lanza apoyada en su hombro.

Sus ojos no se apartaban de la figura imponente de Shaara.

En su interior ardía el deseo de descender y enfrentarla él mismo, de demostrar que aún era el León Carmesí capaz de arrancar la vida del enemigo con sus propias manos.

Pero los oficiales lo sujetaban con sus palabras y advertencias.

—Majestad —insistió uno de ellos, casi suplicando—, si usted cae, cae el Imperio entero.

Del otro lado del campo, entre sus propios campeones, el Emperador Kraag Zul’Kar también observaba la escena.

Sus colmillos se entrechocaban en una sonrisa feroz.

—Ese hombre… —gruñó—.

Ese humano… quiero ver si realmente es un león o solo un rey escondido tras sus cachorros.

Ambos líderes, uno rodeado de acero y otro de bestias, ardían con el mismo anhelo: encontrarse frente a frente, arrancar de raíz el orgullo del otro.

El polvo de la llanura de Veyrahn se levantaba como una cortina espesa alrededor del círculo donde Apolonio y Darian intentaban contener a Shaara.

El filo del hacha de la orca ya estaba manchado con la sangre del príncipe de Valreth, y la lanza de Apolonio apenas resistía el embate de aquella fuerza salvaje.

—¡Retrocede, Apolonio!

—jadeó Darian, interponiéndose una vez más—.

¡No puedes sostenerla por más tiempo!

El príncipe arremetió con todas sus fuerzas, pero Shaara lo detuvo como si fuera un niño.

Sus colmillos brillaban entre la espuma de saliva que caía por su boca.

—Eres fuerte, príncipe… pero no eres digno de matarme.

Cuando parecía que todo terminaría, un estruendo atravesó el campo: una columna de jinetes y guardias de élite abrió paso en medio de los combatientes imperiales.

Al frente, envuelto en su capa negra con bordes rojos, llegó Kassandro Varethia.

Su sola presencia hizo que hasta los soldados exhaustos levantaran el ánimo.

Shaara giró la cabeza hacia él, olfateando el aire como una bestia que encuentra al verdadero enemigo.

—Tú… —gruñó, con el hacha lista—.

He escuchado tu nombre entre mis guerreros.

El León Sombrío.

Kassandro desmontó sin apartarle la mirada.

—Si tanto lo deseas, orca, aquí me tienes.

Pero mi hijo y mi sobrino no serán tu trofeo.

Se volvió hacia Darian y Apolonio, con voz seca y autoritaria.

—¡Lleva al príncipe fuera de aquí!

—ordenó a su hijo—.

Esta pelea no le corresponde todavía.

—Padre… —protestó Darian, empapado de sudor y sangre—.

No puedo dejarte… —¡Obedece!

—rugió Kassandro, sin apartar los ojos de Shaara.

Apolonio quiso replicar, pero la mirada de Kassandro era más cortante que cualquier espada.

Comprendió que no había espacio para el orgullo.

Darian lo sujetó y, a regañadientes, ambos se retiraron mientras los guardias abrían un pasillo entre los combatientes.

La multitud contuvo el aire.

Dos sombras se enfrentaban en medio de la llanura, como si el mundo entero se redujera a ese instante: Shaara del clan Karvosh contra Kassandro Varethia, el León Sombrío.

Shaara avanzó primero, su hacha cayendo como un trueno.

Kassandro bloqueó con su espada larga el choque levantando chispas.

El impacto habría destrozado a cualquier otro, pero él resistió firme.

—No eres como los demás humanos… —escupió Shaara, dando un nuevo tajo.

—No.

Soy peor —respondió Kassandro, desviando el golpe y contraatacando con un corte preciso que rozó el hombro de la orca.

El duelo duró minutos que parecían eternos.

Shaara peleaba con furia, cada embestida como el rugido de una montaña cayendo.

Kassandro, en cambio, era pura técnica: cada movimiento calculado, cada ataque buscando el hueco.

Finalmente, cuando la orca levantó su hacha para un golpe final, Kassandro giró sobre sí mismo, esquivó el filo y atravesó el costado de Shaara con una estocada certera.

El arma emergió por la espalda de la jefa de clan.

Shaara se tambaleó, escupiendo sangre.

Intentó sonreír con sus colmillos ensangrentados.

—Entonces… eres digno de tu nombre.

Kassandro sostuvo la espada dentro de ella, susurrándole al oído: —No necesitaba tu aprobación.

De un tirón la retiró, y la orca cayó de rodillas antes de desplomarse contra la tierra.

Un silencio pesado cubrió el campo, seguido por un rugido ensordecedor de las tropas imperiales que celebraban la victoria.

Apolonio, observando desde la retaguardia, apretó los puños.

Darian también.

Ambos sabían que habían sido apartados para su protección… pero también que Kassandro había demostrado que aún eclipsaba a muchos de los llamados grandes generales del Imperio.

Orión, desde lo alto, no pronunció palabra.

Sus ojos se mantuvieron fijos en su primo, consciente de que esa victoria no era solo contra los orcos, sino una afirmación peligrosa para el equilibrio del poder dentro del Imperio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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