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IMPERIUS - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 CAPÍTULO 15 LA SOMBRA DE LA TREGUA
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16: CAPÍTULO 15: LA SOMBRA DE LA TREGUA 16: CAPÍTULO 15: LA SOMBRA DE LA TREGUA El desierto de Veyrahn no conocía la piedad, solo el calor.

Durante tres días, el sol golpeó la llanura como un martillo sobre un yunque, cocinando la sangre derramada hasta convertirla en costras negras y quebradizas sobre la arena.

No hubo viento que se llevara el hedor de los muertos, ni buitres que se atrevieran a bajar mientras los dos ejércitos seguían mirándose a través de la calima, inmóviles, como bestias conteniendo el aliento antes de la siguiente dentellada.

Nadie dormía.

El silencio era más tortuoso que el estruendo de los cañones.

Era un silencio espeso, cargado de moscas y de miedo.

Kassandro Varethia no podía quedarse quieto.

Mientras Orión permanecía en su tienda revisando mapas que ya no servían de nada, él recorría el perímetro como un animal enjaulado.

Iba de una trinchera a otra, con la armadura sucia y los ojos hundidos por el insomnio, pateando la tierra, comprobando los suministros, mirando el horizonte con una obsesión enfermiza.

Necesitaba que ocurriera algo.

Un disparo, un grito, una orden.

Cualquier cosa que rompiera esa parálisis asfixiante.

—Están esperando a que nos pudramos —gruñó al tercer mediodía, deteniéndose junto a Darian, que limpiaba su espada por décima vez—.

Nos miran y esperan.

Pero no atacaron.

Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de un violeta amoratado, un sonido grave vibró en el suelo.

No era el estruendo de una flota de guerra, sino el zumbido solitario de motores atmosféricos.

Una única nave descendió desde las nubes bajas.

No era un transporte de tropas ni un caza de asalto.

Era una barcaza pesada, de metal grisáceo, sin escudos de energía activados, pero con el estandarte de Kraag Zul’Kar colgando inerte de su fuselaje.

—¡Alto el fuego!

—ordenó Orión, saliendo de su tienda.

Su voz cortó el aire, deteniendo a los artilleros que ya apuntaban sus cañones.

La nave aterrizó en la tierra de nadie, levantando una nube de polvo rojo que tardó minutos en asentarse.

De la rampa no bajó un escuadrón de la muerte.

Bajó una sola figura.

Era alto, incluso para los estándares de su raza, pero no tenía la masa muscular grotesca de los guerreros de choque.

Llevaba una túnica de cuero curtido sobre una armadura ligera y caminaba con una calma antinatural.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el desconcierto recorrió las filas imperiales.

No era un orco puro.

Su piel tenía un matiz más pálido, menos verdoso, y sus facciones, aunque brutales, poseían una simetría extrañamente humana.

—Un mestizo —susurró Alexión, con la mano en la empuñadura de su espada.

Kassandro avanzó hasta quedar al lado de Orión.

—Es una trampa.

Déjame matarlo antes de que abra la boca.

—Espera —dijo Orión, con los ojos clavados en el recién llegado.

El enviado se detuvo a diez pasos de la guardia imperial.

Se quitó el casco, revelando un rostro marcado por cicatrices rituales y unos ojos amarillos que miraban con inteligencia fría.

—Soy Mal’Ghor —dijo.

Habló en la lengua común.

Su acento era grueso, gutural, como si masticara piedras, pero las palabras eran claras.

—En vuestra lengua, mi nombre significa “Mala Sangre”.

—Sonrió, mostrando unos colmillos limados—.

Soy la voz de Kraag Zul’Kar.

Vengo a hablar, no a sangrar.

Orión dio un paso al frente, imponiendo su presencia.

—Tu emperador invade mis mundos, mata a mi gente durante un año, ¿y ahora envía a un mestizo a pedir parlamento?

¿Es esto una burla?

—Es un reconocimiento —respondió Mal’Ghor sin inmutarse—.

Shaara ha muerto.

Vuestras murallas no han caído.

La guerra se ha estancado, y mi señor no desperdicia recursos en batallas que no dan fruto inmediato.

Ofrecemos un cese de hostilidades.

Kassandro soltó una carcajada seca, llena de rabia.

—¿Un cese?

Nos atacaste sin provocación.

Arrasasteis colonias enteras mientras dormían.

Y ahora que os rompemos los dientes, ¿queréis irnos a casa como si nada hubiera pasado?

Avanzó hacia el orco, ignorando el protocolo, ignorando a Orión.

La furia que llevaba contenida tres días buscaba una salida.

—Dime por qué —exigió Kassandro, quedando cara a cara con el mestizo—.

Dime por qué empezasteis esta guerra.

¿Por qué no enviasteis emisarios?

¿Por qué la matanza sin aviso?

Mal’Ghor lo miró con curiosidad, como quien observa a un insecto peligroso.

—Porque había una deuda de sangre.

El orco señaló hacia el norte, más allá de las fronteras conocidas del Imperio.

—En el sistema de Val’Kora, bajo la protección de vuestra bandera, había una colonia oculta.

Refugiados, los llamabas.

Traidores, los llamamos nosotros.

—Mal’Ghor escupió al suelo—.

Aquellos que huyeron de Gor’Maath después de intentar asesinar a la casa de mi padre, el Emperador Kraag.

Vuestro Imperio les dio asilo.

Les dio tierra.

Escondisteis a los que traicionaron nuestra sangre.

Orión frunció el ceño.

—Yo no autoricé ningún asilo a clanes orcos.

—Tal vez tú no —dijo Mal’Ghor—.

Pero vuestros gobernadores de frontera son codiciosos.

Aceptaron su oro y cerraron los ojos.

Kraag Zul’Kar quería sus cabezas.

Esa era la única razón de nuestra llegada.

Kassandro apretó los puños, la indignación quemándole la garganta.

—¿Y por eso incendiasteis un sector entero?

¿Por un puñado de traidores?

Podríais haber enviado un mensaje.

Podríais haber exigido su entrega.

El mestizo ladeó la cabeza, y por primera vez, su expresión mostró algo parecido al respeto, o quizás a la lástima.

—¿Avisar?

—preguntó, como si la idea fuera absurda—.

Somos la marea, humano.

La marea no pide permiso para ahogar la orilla.

Hemos conquistado mil mundos.

Hemos aplastado civilizaciones más antiguas que vuestras piedras.

Nunca, en toda nuestra historia, una raza se había resistido al primer golpe.

Mal’Ghor miró las trincheras, los soldados cansados pero firmes, las banderas carmesíes que seguían ondeando a pesar del viento y la muerte.

—Esperábamos que os rompierais —confesó el orco—.

Esperábamos tomar lo que era nuestro y quemar el resto.

No sabíamos… que este Imperio tenía huesos de hierro.

No sabíamos que éramos formidables.

El silencio volvió a caer sobre la llanura, pero esta vez era distinto.

No era el silencio de la espera, sino el del entendimiento.

Habían sobrevivido no por suerte, sino porque habían obligado a los conquistadores más brutales de la galaxia a detenerse y reconsiderar.

—Nos retiramos —dijo Mal’Ghor, poniéndose el casco de nuevo—.

Hemos purgado la colonia de Val’Kora.

Los traidores están muertos.

Nuestro objetivo está cumplido.

No hay ganancia en seguir desangrándonos contra vuestras espadas.

Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia su nave.

—Pero no os equivoquéis —dijo, deteniéndose en la rampa—.

Esto no es paz.

Es solo que hoy… no tenemos hambre.

La nave de Mal’Ghor se elevó entre nubes de polvo y ruido, perdiéndose en el cielo atardecido.

Orión se quedó mirando el punto donde la nave desapareció.

Kassandro, a su lado, sentía que el frío de la noche empezaba a calarle los huesos, reemplazando la adrenalina.

—¿Les crees?

—preguntó Orión, sin mirarlo.

—Creo que nos subestimaron —respondió Kassandro, bajando la vista hacia sus manos vacías—.

Y creo que ahora que saben que mordemos… la próxima vez no vendrán a conquistar.

Vendrán a exterminar.

El Emperador asintió lentamente.

La guerra había terminado, pero la verdadera amenaza acababa de ser revelada.

Y mientras el sol se hundía tras las dunas, ambos hombres comprendieron que el Imperio ya no volvería a ser el mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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