Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

IMPERIUS - Capítulo 17

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. IMPERIUS
  4. Capítulo 17 - 17 CAPÍTULO 16 LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

17: CAPÍTULO 16: LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN 17: CAPÍTULO 16: LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN La estela de las naves de Kraag Zul’Kar seguía marcada en los sensores holísticos como una herida abierta en el tejido del espacio.

Brillaba con un rojo sucio, pulsante, recordándoles a todos que el enemigo no había huido por miedo, sino por cálculo.

Orión no esperó confirmaciones de daños ni pidió opiniones a su estado mayor.

Se apoyó con ambas manos en la mesa de mando del Soberano, clavando los dedos en el metal frío, y habló con la voz de quien ya había tomado la decisión hacía rato, una voz que no admitía réplica ni consuelo.

—Dividan la flota.

El puente quedó en un silencio sepulcral.

El zumbido bajo de los sistemas de soporte vital fue lo único que se atrevió a seguir respirando.

Los oficiales se quedaron congelados sobre sus paneles.

Alexión Vharyos giró lentamente desde su consola de comunicaciones, con el ceño fruncido, buscando en el rostro del Emperador alguna señal de duda o de fatiga.

No encontró ninguna.

—Majestad… —empezó Alexión, midiendo cada sílaba—.

Las naves médicas están al límite.

Los reactores auxiliares parpadean en rojo.

Aún estamos evacuando heridos graves de la superficie.

Orión no lo miró.

Sus ojos seguían fijos en el vacío estelar de la pantalla principal.

—Llévatelos a Varethia —dijo, seco—.

Asegura la capital.

Que el Senado vea llegar las naves llenas y los cañones humeantes.

Que no tengan excusas para empezar a temblar antes de tiempo.

Alexión apretó los labios, sintiendo el peso de la orden.

—¿Y tú?

Orión alzó la vista entonces.

En sus ojos no había cansancio, aunque debería haberlo.

Había algo peor.

Una claridad gélida, la clase de mirada que tienen los hombres antes de cometer una atrocidad necesaria.

—Yo no vuelvo a casa —respondió—.

Voy a Val’Kora.

El nombre cayó pesado sobre el puente, como una sentencia de muerte.

—Quiero ver con mis propios ojos qué clase de infección ha estado creciendo dentro del Imperio —añadió, y su tono bajó una octava, volviéndose peligroso—.

Y quiero respuestas.

Se giró hacia Kassandro.

El Regente estaba inclinado sobre una pantalla lateral, repasando daños estructurales como si fueran cuentas pendientes personales.

La armadura negra aún conservaba las marcas brutales del combate: una hombrera ennegrecida por el fuego de plasma, un corte mal sellado en el costado donde la aleación se había fundido con la malla inferior.

Olía a humo, a sangre seca y a sudor rancio.

No se había cambiado desde la batalla.

No se había lavado.

Era la guerra hecha carne.

—Vienes conmigo.

Kassandros no levantó la cabeza de los datos.

—No pensaba quedarme atrás.

El salto al sistema de Val’Kora fue breve.

Demasiado breve para la tensión que viajaba con ellos.

El espacio se plegó y desplegó sin ceremonia, una sacudida violenta que hizo crujir el casco, y cuando las luces regresaron, la nave ya estaba allí, flotando en la oscuridad de la periferia.

La puerta de la sala de tácticas se cerró con un golpe seco.

El sonido metálico reverberó como un aviso tardío, aislándolos del resto de la tripulación.

La nave seguía en tránsito hacia la órbita, pero allí dentro el aire se había vuelto espeso, cargado de algo eléctrico que no tenía nombre.

Orión no activó los mapas holográficos.

No los necesitaba.

Solo necesitaba mirar al hombre que tenía enfrente.

—Explícame —dijo, con una calma que daba más miedo que sus gritos— cómo puede existir una colonia entera en la Frontera Norte sin que nadie la vea.

Kassandro alzó la cabeza despacio.

Tenía la mirada inyectada en sangre, la barba de tres días ensuciándole el rostro, las ojeras profundas como hematomas.

Se quitó el guantelete derecho con un tirón y lo dejó caer sobre la mesa.

El golpe resonó demasiado fuerte, un clang metálico que sonó a desafío.

—Porque la frontera no es una línea en un mapa, Orión —respondió, con la voz rasposa—.

Es una herida mal cerrada.

Y alguien la ha estado abriendo desde dentro.

Orión dio un paso al frente, invadiendo su espacio.

—No te estoy hablando en metáforas —dijo, y la voz ya no era control, era puro veneno—.

Estoy hablando de soldados muertos.

De mundos quemados en Veyrahn.

De una guerra que estalló y me costó tres mil vidas porque tú no miraste donde debías.

Kassandro levantó la vista de golpe.

Hubo un destello de furia en sus ojos oscuros.

—No me cargues a mí tus cadáveres.

La frase cayó como un puñetazo en la mandíbula.

—Yo no firmé esos asentamientos —continuó Kassandro, señalando al aire con el dedo desnudo—.

Yo no autoricé esos convoyes de suministros.

Yo heredé una frontera que llevaba años vendiéndose al mejor postor.

Orión avanzó otro paso.

Estaban demasiado cerca.

Pecho contra pecho.

Emperador contra Regente.

—¡Eras responsable!

—rugió, perdiendo la compostura—.

¡Ese era tu deber!

¡Saberlo era tu maldito deber!

—¡Mi deber era sostener la línea!

—replicó Kassandro, gritando por encima de él—.

Y lo hice.

Sostuve la maldita línea con sangre mientras otros se llenaban los bolsillos en la capital y firmaban permisos de comercio con el enemigo.

El silencio estalló en la sala.

Solo se oía la respiración agitada de ambos.

Kassandros dio un paso más.

No amenazante, pero sí frontal.

Demasiado humano, demasiado igual.

—¿Quieres saber por qué no lo vi antes?

—añadió, bajando la voz a un susurro lleno de amargura—.

Porque confié.

Porque pensé que la sangre significaba algo y que nadie en tu corte sería tan estúpido.

La Guardia Imperial Carmesí, las sombras silenciosas que custodiaban la puerta, reaccionó por puro reflejo condicionado.

Los rifles láser se alzaron al unísono con un chasquido mecánico.

El zumbido agudo de un sable de energía llenó la sala, cortando el aire estático.

—¡Regente, retroceda!

—ordenó el capitán Rhevan Kael, colocándose entre ambos en una fracción de segundo.

La hoja de luz vibraba a centímetros del pecho de Kassandro.

Kassandro giró la cabeza lentamente hacia él.

No había sorpresa en su rostro.

Solo memoria.

Una decepción vieja.

—Baja esa arma, Kael —dijo con frialdad—.

No es a ti a quien me acerco.

—Mi deber es proteger al Emperador —respondió Kael, sin que le temblara el pulso, aunque el sudor le bajaba por la sien—.

Incluso de su familia.

Especialmente cuando olvidan su lugar.

Kassandro sonrió.

Fue una sonrisa sin humor, una mueca de lobo herido.

—Guarda bien este momento, capitán —dijo en voz muy baja—.

Porque voy a recordarlo.

Y tú también.

El sable vibró un segundo más, iluminando las caras tensas de los hombres.

—¡Basta!

—tronó Orión.

La palabra no fue una orden; fue un rugido que hizo temblar las paredes.

—Bajad las armas.

Todos.

Ahora.

Kael dudó.

Un latido.

Dos.

La lealtad luchando contra el instinto de protección.

Luego apagó el sable con un siseo.

Los rifles descendieron, pero los dedos siguieron pegados a los gatillos.

Nadie se relajó.

Orión respiraba con dificultad, pasándose una mano por la cara.

Miró a Kassandro.

Ya no había ira en sus ojos.

Había algo peor: vergüenza compartida.

—Salid —ordenó a la Guardia—.

Esto no os concierne.

—Majestad, el protocolo dicta… —empezó Kael.

—He dicho que salgáis.

La Guardia Carmesí se retiró en silencio, retrocediendo hacia la esclusa.

Kael fue el último en cruzar la puerta.

Antes de salir, Kassandro lo miró una vez más a los ojos.

No hizo falta decir nada.

La amenaza quedó colgada en el aire.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo