IMPERIUS - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 CAPÍTULO 17 LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN II
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18: CAPÍTULO 17: LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN II 18: CAPÍTULO 17: LAS CENIZAS DE LA TRAICIÓN II Cuando quedaron solos, el silencio se volvió íntimo.
Peligroso.
—¿En qué momento —preguntó Orión, con la voz quebrada, dejando caer la máscara de emperador— dejamos de hablarnos como familia?
Kassandro bajó la mirada por primera vez, mirando su propio casco sobre la mesa.
—Cuando el trono empezó a pesar más que la sangre, Orión.
Orión apoyó las manos en la mesa.
Le temblaban ligeramente.
—Esa colonia… —dijo, mirando el mapa apagado—.
¿Sabes lo que significa realmente?
—Sí —respondió Kassandro.
Su voz era grave, definitiva—.
Significa que padre vendió el Imperio por oro.
Y que tú heredaste la mentira.
Orión cerró los ojos, sintiendo la punzada en el pecho.
—Magnus… —Mi padre —corrigió Kassandro con dureza—.
Tu tío.
El gran Titán.
Y ahora su corrupción es nuestro problema.
La nave se sacudió violentamente bajo sus pies.
Los motores de salto se apagaron con un gemido descendente de las turbinas.
Habían llegado a Val’Kora.
Orión levantó la vista.
Volvió a ponerse la máscara de hielo.
—Esto no sale de esta sala —dijo—.
No aún.
Kassandro asintió, recogiendo su guantelete.
—Pero saldrá —respondió—.
Y cuando lo haga, va a quemar a muchos.
Orión lo miró.
No como Emperador.
Como primo.
Como el único hombre en el universo que entendía el peso de esa herencia maldita.
—Entonces camina conmigo —dijo Orión—.
Hasta el final.
Kassandro se calzó el guantelete, ajustando los cierres con un clic sonoro.
—Siempre lo he hecho.
Val’Kora El planeta no estaba ocupado.
Estaba castigado.
Desde la ventanilla de la lanzadera, Val’Kora parecía un cadáver reciente.
Las grandes extensiones de bosques estaban en llamas.
Las ciudades mineras no eran más que cráteres humeantes que escupían columnas de humo negro hacia la estratosfera.
No había transmisiones de radio.
No había balizas de emergencia.
El aire, al abrirse la rampa, estaba cargado de ozono y carne quemada, un hedor dulce y pegajoso que revolvía el estómago.
Orión descendió primero.
Sus botas pisaron mármol roto y ceniza gris.
La Guardia Carmesí formó un perímetro por instinto, no por orden, apuntando a las sombras.
Pero las sombras no se movían.
El patio del palacio del Gobernador estaba cubierto de cuerpos.
Guardias imperiales ejecutados sin lucha, alineados contra los muros.
Nadie había tenido oportunidad de desenfundar.
—Entraron como invitados —murmuró Kassandro, pateando un rifle que aún tenía el seguro puesto—.
No hubo batalla.
Hubo una purga.
El Gran Salón confirmó lo peor.
El conde Morvath seguía en su trono, presidiendo su propia ruina.
Estaba clavado al respaldo de terciopelo por una lanza negra de hierro orco que le atravesaba el pecho.
La boca estaba abierta en un grito eterno y mudo: le habían arrancado la lengua.
A sus pies, cofres abiertos y volcados rebosaban de lingotes de oro marcados con sellos orcos.
Brillaban obscenamente bajo la luz de las linternas tácticas.
Orión sintió náuseas.
No por la sangre, sino por el significado.
—Vendió su mundo —dijo con asco—.
Y le pagaron con hierro.
Un ruido metálico resonó desde una sala lateral, detrás de los tapices quemados.
La Guardia Carmesí reaccionó de inmediato, moviéndose como un solo organismo letal.
—¡Allí!
—gritó Kael.
La puerta del búnker de seguridad había sido forzada, pero no abierta del todo.
Al terminar de abrirla, el hedor a miedo rancio salió primero.
Luego se vieron las figuras encogidas en la oscuridad.
Sirvientes, escribas, gente menor.
En el centro, de pie sobre una caja, temblando de pies a cabeza, una joven apuntaba una pistola láser con manos que no sabían dejar de sacudirse.
El disparo fue reflejo puro.
El rayo salió desviado, quemando el aire y dejando una marca negra en la hombrera de Kassandro.
El Regente avanzó sin pensar, ignorando el calor del impacto.
Desvió el arma de un manotazo brutal y empujó a la chica contra la pared de plastiacero.
—¡Basta!
—bramó.
La joven levantó la vista, respirando como un animal acorralado.
Vio la armadura negra.
Vio el emblema del León Carmesí en el pecho de Orión.
Sus piernas cedieron y el arma cayó al suelo.
—¿Emperador…?
—susurró, con la voz rota.
Orión se acercó y la observó con frialdad clínica.
Tenía el cabello blanco como el hueso, sucio de hollín.
Y unos ojos violetas, extraños, casi alienígenas.
Sangre antigua de la periferia.
—¿Sabías?
—preguntó Orión, señalando el oro esparcido por el suelo—.
¿Sabías lo que tu padre hacía?
Ella soltó una risa.
Un sonido hueco, roto, que heló la sangre de los presentes.
—Todos lo sabían, Majestad.
Llevaban veinte años aquí.
Vivían en las minas.
Sacaban iridio para sus flotas mientras mi padre cobraba el peaje.
Orión sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Veinte años?
—repitió.
—El primer tratado tiene el sello de Magnus —dijo la chica, limpiándose una lágrima sucia—.
Mi padre solo mantuvo el negocio familiar.
El silencio fue absoluto.
La verdad colgaba en el aire, más pesada que cualquier flota enemiga.
—Tu nombre —pidió Orión, aunque sonó a orden.
—Xaelyn Morvath.
Orión se giró, dándole la espalda al cadáver del conde y al oro maldito.
—Quemad el palacio —ordenó a Kael—.
Que no quede piedra sobre piedra.
Xaelyn lo miró con terror.
—¿Y yo?
—preguntó, sabiendo la respuesta que dictaba la ley para los traidores.
Orión se detuvo en el umbral de la puerta destrozada.
La miró por última vez.
—Tú vienes con nosotros.
La chica parpadeó, confundida.
—¿Como prisionera?
—No —sentenció Orión—.
Como prueba.
Detrás de ellos, Val’Kora empezaba a arder.
Y con ella, la mentira que había sostenido al Imperio durante veinte años se convertía en humo.
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