IMPERIUS - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 CAPÍTULO 18 LA FIESTA DE LAS MÁSCARAS
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19: CAPÍTULO 18: LA FIESTA DE LAS MÁSCARAS 19: CAPÍTULO 18: LA FIESTA DE LAS MÁSCARAS El cielo de Varethia ardía, pero no por el fuego de los cañones, sino por la pirotecnia dorada que estallaba sobre las torres de cristal.
El ruido era ensordecedor.
Abajo, en la Avenida de los Héroes, medio millón de ciudadanos gritaban hasta dejarse la garganta, lanzando pétalos y confeti sobre el pavimento inmaculado.
No habían visto la sangre en Veyrahn.
No habían olido la carne quemada en Val’Kora.
Para ellos, la guerra era un espectáculo lejano que su Emperador había ganado.
Orión I Stormhaven cabalgaba al frente, sobre un corcel blanco ceremonial.
Su armadura estaba pulida hasta el espejo, reflejando las luces de la ciudad.
Saludaba con la mano enguantada, girando el torso con una rigidez regia, proyectando esa imagen de dios viviente que el pueblo necesitaba adorar.
Pero Kassandro, que cabalgaba medio paso por detrás a su derecha, podía verle el cuello.
Los músculos estaban tensos como cables de acero.
La vena de la sien le palpitaba con un ritmo frenético.
Orión no estaba disfrutando del desfile; lo estaba soportando.
Apolonio marchaba en la segunda línea, junto a Selene.
—Sigue saludando —murmuró ella sin dejar de sonreír a la multitud.
Su sonrisa era perfecta, gélida—.
Si bajas la mano, pensarán que estás herido.
Apolonio apretó los dientes, forzando una mueca amable mientras saludaba a un grupo de nobles que le vitoreaban desde un balcón.
—Me siento como un fraude —masculló Apolonio—.
Nos lanzan flores y hace dos días estábamos corriendo para que no nos mataran.
—Esa es la política, esposo mío —respondió Selene, saludando con elegancia—.
Ellos pagan los impuestos, nosotros les damos el teatro.
Un poco más atrás, Lucerio miraba todo con asco mal disimulado.
Cassian, a su lado, caminaba con las manos a la espalda, sus ojos escaneando no a la gente, sino a los guardias de seguridad en los tejados, calculando ángulos.
La procesión llegó a las puertas del Palacio Imperial, donde la Guardia Carmesí formaba un muro de armaduras rojas y capas negras, manteniendo a raya a la plebe.
La Cena de los Hipócritas El Gran Salón era una orgía de terciopelo, oro y vino.
La música de las arpas intentaba tapar el murmullo de las conspiraciones.
Trescientos invitados —senadores, gobernadores, matriarcas de las altas casas— se movían alrededor de las mesas cargadas de comida exótica, buscando el favor del Emperador.
Orión estaba sentado en el trono elevado de la mesa principal, bebiendo de una copa de cristal tallado.
A su izquierda estaba Lord Velkan de Vharyon, el Primer Ministro.
Un hombre delgado, con cara de ave de rapiña y ojos que nunca parpadeaban lo suficiente.
—La popularidad de vuestra majestad está en máximos históricos —susurró Velkan, inclinándose hacia el oído del Emperador—.
El Senado aprobará el presupuesto de reconstrucción sin leerlo siquiera.
Están eufóricos.
Orión dejó la copa sobre la mesa con un golpe un poco más fuerte de lo necesario.
El vino se agitó, rojo como la sangre.
—Están eufóricos porque creen que están a salvo, Velkan.
—La seguridad es una percepción, Majestad.
—La seguridad es una mentira si tienes termitas comiéndose los cimientos —cortó Orión—.
Mañana se les acabará la risa.
Kassandro, sentado al otro extremo de la mesa, observaba la escena en silencio.
No comía.
No bebía.
Tenía la mano sobre la empuñadura de su daga ceremonial, no por amenaza, sino por costumbre.
Se sentía desnudo sin su armadura de batalla, rodeado de tanto perfume y seda.
Apolonio se le acercó, con una copa en la mano.
—Tío —saludó el príncipe.
Su tono era cortés, pero sus ojos estaban fríos.
—Apolonio.
—Kassandro asintió—.
Felicidades por tu actuación en el desfile.
Parecías un verdadero héroe de cuento.
—Hice lo que se esperaba de mí.
—Apolonio tomó un sorbo—.
Deberías intentar hacer lo mismo mañana en el Senado.
Mi padre no está de humor para… matices.
Kassandro levantó una ceja, sorprendido por la audacia del chico.
—¿Me estás dando un consejo, sobrino?
—Te estoy dando una advertencia —dijo Apolonio, bajando la voz—.
La guerra cambió cosas.
No te pongas en el camino del Emperador cuando lleva impulso.
Te va a arrollar.
Antes de que Kassandro pudiera responder, las trompetas sonaron anunciando el final del banquete.
Orión se levantó de golpe.
La sala enmudeció.
—Bebed —dijo el Emperador, alzando su copa.
Su voz retumbó en el silencio—.
Celebrad.
Porque esta es la última noche que el Imperio duerme tranquilo.
Bebió de un trago y salió del salón sin despedirse, seguido por la Guardia Carmesí.
La Fosa de las Serpientes El amanecer trajo una luz gris y fría sobre la capital.
Las puertas del Senado se cerraron herméticamente.
Dentro, en el vasto hemiciclo de piedra conocido como “La Fosa”, el aire estaba viciado.
No había música hoy.
Solo el murmullo nervioso de quinientos senadores que intuían que algo iba mal.
El Alto Mando ocupaba el centro de la arena.
Kassandro, Alexión, los Príncipes.
Todos de uniforme de gala negro.
Orión subió al estrado central.
No se sentó.
Se quedó de pie, mirando a la asamblea con desprecio absoluto.
A su lado, Lord Velkan sostenía un datapad con las manos cruzadas, como un enterrador esperando al cliente.
—Traedla —ordenó Orión.
Las puertas laterales se abrieron con un chirrido.
Dos Guardias Carmesíes entraron arrastrando a Xaelyn Morvath.
Iba vestida con un mono gris de prisionera, descalza, con el pelo blanco revuelto, pero sus ojos violetas brillaban con odio mientras recorría la sala con la mirada.
La arrojaron al suelo frente al estrado.
—Senadores —la voz de Orión cortó el aire—.
Conocéis el apellido Morvath.
Uno de los vuestros.
Guardián de la Frontera Norte.
Un murmullo recorrió las gradas.
—Diles —ordenó Orión a la chica—.
Diles de dónde salía el oro de tu padre.
Xaelyn se puso de rodillas, escupiendo un mechón de pelo que le caía sobre la cara.
—De los orcos —gritó.
Su voz, aguda y rota, llegó hasta la última fila—.
Una colonia de tres mil.
Vivían en nuestras minas.
Sacaban iridio para vosotros.
El caos estalló.
—¡Mentira!
—gritó un senador de las provincias del sur, poniéndose de pie—.
¡Es una aberración!
¡Imposible!
—¡Silencio!
—La voz de Lord Velkan fue un latigazo.
El Primer Ministro dio un paso al frente—.
Tenemos los registros.
Manifiestos de carga, transferencias bancarias, sellos de aduana falsificados.
El Conde Morvath no actuaba solo.
Sus sobornos financiaron las campañas de reelección de al menos doce de los presentes aquí.
El silencio que siguió fue terrorífico.
Orión bajó un escalón del estrado, acercándose a la arena.
—La guerra en Veyrahn no fue una invasión.
Fue un cobro de deudas.
Kraag Zul’Kar vino a limpiar su propia casa porque nosotros fuimos tan estúpidos, tan corruptos, de dejarles entrar.
El Emperador señaló a Xaelyn.
—Se acabó.
He firmado el Decreto de Purificación.
A partir de hoy, la Guardia Carmesí tiene autorización para registrar cada propiedad, cada nave y cada cuenta bancaria de esta cámara.
Cualquier vínculo con especies no humanas hostiles será considerado Alta Traición.
Ejecución sumaria.
Kassandro dio un paso al frente, incapaz de callar.
—Orión, esto es una locura.
Toda la sala contuvo el aliento.
El Regente desafiando al Emperador en público.
—Estás hablando de paralizar el Imperio —continuó Kassandro, su voz grave resonando con autoridad militar—.
Hay miles de trabajadores no humanos en los bordes exteriores.
Refugiados, mestizos que llevan generaciones ahí.
Si lanzas a la Guardia a una caza de brujas indiscriminada, vas a provocar revueltas en todos los sectores mineros.
—Son espías, Kassandro —replicó Orión, mirándolo con frialdad—.
Val’Kora lo demostró.
—Val’Kora era un caso aislado de un noble podrido —insistió Kassandro, señalando a Xaelyn—.
No puedes tratar a todo el borde exterior como si fueran criminales.
Necesitamos estabilidad, no terror.
Si desvías las flotas para perseguir a granjeros y mineros, ¿quién vigilará la frontera si Kraag vuelve?
—La seguridad interna es la prioridad —intervino Lord Velkan con voz suave y venenosa—.
El Regente parece tener mucha simpatía por esos…
elementos externos.
Quizás demasiada.
Kassandro giró la cabeza hacia Velkan, fulminándolo con la mirada.
—Cuida tu lengua, burócrata, o te la cortaré aquí mismo.
—¡Suficiente!
—gritó Orión.
Pero antes de que el Emperador pudiera seguir, Apolonio dio un paso adelante, interponiéndose entre su padre y Kassandro.
—¡El único que olvida su lugar aquí eres tú, tío!
—bramó el Príncipe Heredero.
Kassandro miró a su sobrino, atónito.
—¿Apolonio?
Apolonio se giró hacia el Senado, abriendo los brazos, proyectando la voz como había ensayado.
—El Regente habla de “estabilidad”, pero fue bajo su guardia en el Norte donde creció esta infección.
¡Fue su inacción la que permitió que Morvath vendiera nuestro Imperio!
—Apolonio se giró hacia Kassandro, señalándolo con el dedo acusador—.
Mi padre está limpiando el desastre que tú no viste, Kassandro.
Tienes la audacia de cuestionar su decreto, cuando deberías estar de rodillas pidiendo perdón por tu ceguera.
Fue un golpe bajo.
Sucio.
Apolonio sabía que Kassandro no era culpable, pero también veía cómo brillaban los ojos de Orión al ver a su hijo defenderlo.
Era el favor del Emperador lo que estaba en juego.
—Bien dicho, Alteza —apoyó Lord Velkan, asintiendo—.
La lealtad debe ser absoluta.
Kassandro miró a Apolonio.
Vio la ambición en los ojos del chico.
Vio al político devorando al soldado.
Sintió una punzada de decepción más dolorosa que cualquier herida de espada.
—Ten cuidado, sobrino —dijo Kassandro en voz baja, solo para que ellos lo oyeran—.
Alimenta demasiado al monstruo y te comerá a ti también.
Orión retomó la palabra, aprovechando el impulso que su hijo le había dado.
—El decreto se mantiene.
Y hay más.
—El Emperador miró a todos los gobernadores presentes—.
Se acabó el federalismo militar.
A partir de hoy, los gobernadores planetarios pierden el control de sus guarniciones locales.
Todas las tropas, desde el Núcleo hasta la Frontera, responden directamente al Mando Central en Varethia.
A mí.
Era un golpe de estado legal.
Orión acababa de centralizar todo el poder militar, despojando a los nobles (y a Kassandro) de sus ejércitos privados.
—Cualquier objeción —dijo Orión, poniendo la mano sobre el pomo de su espada— será tratada como sedición.
Nadie habló.
Nadie se movió.
—Levantada la sesión.
Orión bajó del estrado y salió caminando rápido, seguido por un satisfecho Lord Velkan y un triunfante Apolonio, que ni siquiera miró a su esposa Selene al pasar.
Kassandro se quedó solo en el centro de la arena, junto a la prisionera Xaelyn, mientras los senadores huían como ratas.
—Bienvenido a la paz, Regente —murmuró Xaelyn desde el suelo, con una sonrisa sangrienta—.
¿Ves cómo pica?
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