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IMPERIUS - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 19 SANGRE EN LAS SÁBANAS
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20: CAPÍTULO 19: SANGRE EN LAS SÁBANAS 20: CAPÍTULO 19: SANGRE EN LAS SÁBANAS La puerta de los aposentos del Príncipe Heredero se cerró con tal violencia que el marco de madera crujió.

Apolonio ni siquiera tuvo tiempo de quitarse la casaca de gala.

Se giró, con la adrenalina del Senado todavía bombeándole en las sienes, esperando encontrar a una esposa sumisa o asustada.

Lo que encontró fue un huracán.

Selene cruzó la estancia en dos zancadas.

No había lágrimas en sus ojos, solo fuego negro.

Apolonio abrió la boca para hablar, para justificar su jugada maestra, pero el sonido que llenó la habitación no fue una palabra.

Fue una bofetada.

Clack.

Fue un golpe seco, con la mano abierta, descargado con toda la fuerza de un año de frustración y guerra.

La cabeza de Apolonio giró hacia un lado.

El labio se le partió contra los dientes.

El sabor metálico de la sangre le llenó la boca al instante.

—¡Cobarde!

—gritó Selene.

No era un grito agudo; era un gruñido que le salía del pecho—.

¡Miserable perro traidor!

Apolonio se tocó el labio, mirando la sangre en sus dedos.

Su mirada se oscureció.

—Cuidado, Selene —advirtió, bajando la voz—.

Soy tu futuro Emperador.

—¡Eres un niño asustado buscando la aprobación de papá!

—Selene lo empujó por el pecho con ambas manos, haciéndolo retroceder hasta chocar con el borde de la mesa de mapas—.

¡Humillaste a mi padre!

¡Al hombre que te salvó la vida en Veyrahn!

¡Lo vendiste por un aplauso barato de Velkan y sus burócratas!

—¡Hice lo necesario!

—rugió Apolonio, agarrándola por las muñecas para detener sus golpes—.

¡Kassandro estaba desafiando al Trono!

¡Si yo no intervenía, mi padre lo habría destruido allí mismo!

¡Lo salvé de sí mismo!

—¡Lo apuñalaste por la espalda!

—Selene se soltó de un tirón, jadeando, con el pelo revuelto sobre la cara—.

Vimos cómo le brillaban los ojos a tu padre.

Vimos cómo disfrutaste el poder.

No lo hiciste por el Imperio, Apolonio.

Lo hiciste porque te gusta sentirte grande pisando a los demás.

Apolonio se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano.

—Es política, Selene.

Madura.

—¿Política?

—Selene soltó una risa histérica, venenosa—.

Hablemos de política, esposo mío.

Hablemos del gran Príncipe que sabe conquistar el Senado pero no sabe conquistar su propia cama.

El aire en la habitación se congeló.

Apolonio se puso rígido.

—No vayas por ahí.

—¿Por qué no?

—Selene avanzó, acorralándolo ella a él esta vez.

Sus ojos violetas destilaban desprecio—.

Llevamos un año casados.

Un año entero.

Y todavía soy virgen, Apolonio.

—¡Estábamos en guerra!

—se defendió él, pero la excusa sonó patética incluso para sus propios oídos—.

¡Estábamos en trincheras, cubiertos de barro y sangre!

—¡Anoche estábamos en un camarote!

—le gritó ella en la cara—.

¡Y no me tocaste!

Te quedaste mirando el techo, temblando, asustado de tu propia sombra.

Eres muy valiente cuando tienes a la Guardia Carmesí detrás y a mi padre desarmado enfrente, ¿verdad?

Pero cuando se trata de ser un hombre, de cumplir con tu deber de marido… ahí no eres más que un niño con uniforme.

Apolonio sintió la ira subirle por la garganta como bilis.

La agarró por los hombros y la estampó contra la pared más cercana.

Los cuadros temblaron.

—¿Quieres que cumpla?

—siseó, pegando su cuerpo al de ella.

Podía sentir el calor que irradiaba Selene, una mezcla de odio y deseo frustrado—.

¿Eso es lo que quieres?

Selene no bajó la mirada.

Levantó la barbilla, desafiante, con los labios a centímetros de los suyos.

—Atrévete —susurró ella—.

Atrévete a tomarme ahora, con la sangre de mi padre figuradamente en tus manos.

Demuéstrame que tienes algo de sangre en las venas además de hielo.

Apolonio la miró.

Vio el odio en sus ojos.

Y por primera vez, se dio cuenta de que la deseaba más así, furiosa y letal, que cuando era la dama perfecta de la corte.

Pero el recuerdo de la mirada de decepción de Kassandro en el Senado le golpeó.

Su libido se desplomó, reemplazada por una vergüenza fría.

La soltó como si quemara y retrocedió.

—No —dijo Apolonio, dándole la espalda—.

No voy a darte el gusto de convertirte en mártir también en esto.

Selene se arregló el vestido, temblando de rabia.

—Lárgate —dijo con voz helada—.

Vete a celebrar con tu padre.

Vete a lamerle las botas.

Pero no vuelvas a esta habitación esta noche, Apolonio.

Porque si te encuentro en mi cama mientras mi padre está siendo tratado como un traidor… te juro que te corto la garganta mientras duermes.

Apolonio salió de sus propios aposentos dando un portazo, dejando atrás a una esposa que no era una aliada, sino una bomba de tiempo.

La Corona de Espinas En el ala opuesta del palacio, el silencio era diferente.

No era explosivo; era denso, opresivo.

Orión estaba en su estudio privado, sirviéndose una copa de brandy con manos que, por primera vez en el día, no fingían firmeza.

Le temblaban ligeramente.

El peso de haber roto el Senado empezaba a caerle encima.

La puerta lateral se abrió.

No entraron guardias.

Entró la única persona en el universo que no necesitaba permiso.

La Emperatriz Thessalia Stormhaven.

Llevaba un vestido de noche azul oscuro, y su cabello, negro como el de su hermano Kassandro, caía en cascada sobre sus hombros.

Pero su rostro estaba pálido, desencajado.

Orión no se giró.

Bebió un trago largo.

—Si vienes a felicitarme, llega tarde —dijo él.

—Vengo a preguntarte si te has vuelto loco —respondió Thessalia.

Su voz era suave, pero cortaba más que el cristal.

Orión dejó la copa y se giró.

—Hice lo necesario para asegurar el Trono, Thessalia.

Para asegurar el futuro de nuestros hijos.

—¿Humillando a mi hermano?

—Thessalia avanzó hacia él.

Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia—.

Kassandro es tu sangre, Orión.

Es tu primo.

Es el hombre que ha guardado tu espalda desde que éramos niños.

¿Y le lanzas a los perros del Senado?

¿Dejas que nuestro hijo, que Apolonio, le escupa en la cara?

—¡Kassandro me desafió!

—Orión golpeó el escritorio—.

¡Cuestionó mis órdenes frente a todo el Imperio!

¡No puedo permitir que parezca que el Regente manda más que el Emperador!

—¡Él tenía razón!

—gritó Thessalia, perdiendo la compostura regia—.

¡Esa purga es una locura!

¡Estás viendo fantasmas donde no los hay!

—¡Había tres mil orcos en Val’Kora!

—rugió Orión, acercándose a ella—.

¡Bajo la nariz de tu hermano!

—¡Y él no lo sabía!

—Thessalia le puso las manos en el pecho, empujándolo levemente, no con fuerza, sino con desesperación—.

Tú lo conoces, Orión.

Kassandro es bruto, es orgulloso, pero es leal hasta la estupidez.

Jamás te traicionaría.

Y tú lo sabes.

Orión le apartó las manos bruscamente.

—Lo que yo sé no importa.

Importa lo que parece.

Y parecía débil.

Thessalia lo miró, y su expresión cambió de ira a dolor puro.

Retrocedió un paso, abrazándose a sí misma.

—Te estás convirtiendo en él —susurró.

Orión se quedó helado.

—No digas eso.

—Te estás convirtiendo en mi padre —insistió ella, llorando abiertamente ahora—.

En Magnus.

Veo la misma paranoia en tus ojos.

La misma necesidad de controlarlo todo, de aplastar a cualquiera que brille demasiado cerca de ti.

Incluso si es tu familia.

—¡Yo no soy Magnus!

—gritó Orión, lanzando la copa de cristal contra la pared.

El sonido de los añicos estallando resonó en el estudio—.

¡Yo limpié su desastre!

¡Yo estoy salvando este maldito Imperio de su corrupción!

—Estás rompiendo a esta familia, Orión —dijo Thessalia, negando con la cabeza—.

Kassandro está herido.

No por perder sus ejércitos, sino porque tú, su hermano de armas, lo trataste como a un enemigo.

Y Apolonio… dioses, lo que has hecho con Apolonio… lo has convertido en un monstruo político igual que Velkan.

—He convertido a Apolonio en un Rey —corrigió Orión, respirando agitado.

Thessalia se secó las lágrimas.

Recuperó su postura de Emperatriz, aunque por dentro estaba rota.

—Duerme solo esta noche, Majestad —dijo con frialdad—.

Porque cada vez que te miro ahora… no veo al hombre con el que me casé.

Veo al Fantasma de Magnus sentado en ese trono.

Thessalia dio media vuelta y salió, dejándolo solo con el olor a brandy derramado y el eco insoportable de la verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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