IMPERIUS - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 CAPÍTULO 20 SANGRE EN LAS SÁBANAS II
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21: CAPÍTULO 20: SANGRE EN LAS SÁBANAS II 21: CAPÍTULO 20: SANGRE EN LAS SÁBANAS II Orión se dejó caer en su silla de cuero, cubriéndose la cara con las manos.
Había ganado el poder absoluto sobre el ejército, había purgado el Senado y asegurado la sucesión.
Pero mientras la noche caía sobre Varethia, el Emperador se dio cuenta de que nunca había estado tan jodidamente solo.
La Sangre Mala En la terraza privada del ala este, el viento nocturno no lograba enfriar la discusión.
Lucerio caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, con una copa de vino en la mano que estaba a punto de romper por la presión de sus dedos.
Cassian, en cambio, estaba sentado en la barandilla de piedra, con una pierna colgando hacia el abismo de la ciudad iluminada, tranquilo, irritantemente tranquilo.
—¡Fue una carnicería!
—explotó Lucerio, girándose hacia su mellizo—.
¡No fue un debate político, Cassian, fue una ejecución pública!
¡Papá despedazó a nuestro tío delante de trescientos buitres!
—Papá consolidó el poder —corrigió Cassian, sin mirarlo, jugando con una moneda entre los dedos—.
Kassandro cometió el error de contradecirlo en público.
En un imperio, la autoridad no se comparte.
Si papá le permitía tener la última palabra, mañana los gobernadores empezarían a ignorar los decretos imperiales.
—¡Es Kassandro!
—gritó Lucerio, derramando vino sobre la alfombra—.
¡Es el hombre que nos enseñó a sostener una espada!
¡Es sangre!
¿Desde cuándo la sangre no vale nada en esta familia?
—Desde que Magnus la vendió por iridio —respondió Cassian con frialdad.
Lucerio se detuvo.
Miró a su hermano con una mezcla de horror y reconocimiento.
—Tú lo sabías —murmuró—.
Tú sabías lo de la colonia.
—Lo sospechaba.
Los números de energía en el Norte no cuadraban.
—Cassian se encogió de hombros—.
Papá hizo lo que tenía que hacer.
Cortar el brazo gangrenado para salvar el cuerpo.
—¿Y Apolonio?
—Lucerio tiró la copa contra la pared.
El cristal estalló en mil pedazos—.
¿Viste cómo se le lanzó al cuello?
¡Parecía un perro de presa!
¡Atacó a Kassandro solo para que papá le acariciara la cabeza!
—Apolonio eligió un bando —dijo Cassian, bajándose de la barandilla—.
Y tú deberías hacer lo mismo, Lucerio.
La neutralidad se ha acabado.
O estás con el Emperador, o estás con el Regente caído.
Y te aviso: los mártires no suelen vivir mucho tiempo.
Lucerio miró a su hermano mellizo y sintió un frío que no venía del viento.
—Te das cuenta de que, si esto sigue así, terminaremos matándonos entre nosotros, ¿verdad?
Cassian lo miró a los ojos, inexpresivo.
—Solo si te pones en el lado equivocado de la espada, hermano.
Cenizas en la Boca En los aposentos asignados a la familia Varethia, el aire era irrespirable.
Thalmyra estaba sentada en el suelo, rodeada de baúles a medio abrir.
No estaba llorando como una niña; estaba llorando como una mujer que acaba de ver cómo se derrumba su mundo.
Tenía la cara hinchada y los ojos rojos de rabia.
Darian estaba de pie junto a la ventana, limpiando su espada.
El sonido rítmico de la piedra de afilar contra el acero (shhhk, shhhk, shhhk) estaba volviendo loca a su hermana.
—¿Vas a quedarte ahí parado?
—escupió Thalmyra, levantando la vista—.
¿Vas a seguir limpiando ese maldito hierro como si no hubiera pasado nada?
Darian no se detuvo.
—El equipo debe estar listo.
Siempre.
—¡Apolonio humilló a nuestro padre!
—gritó ella, poniéndose de pie de un salto.
Su magia, normalmente controlada, hizo que las lámparas de la habitación parpadearan violentamente—.
¡Lo llamó ciego!
¡Lo llamó incompetente frente a todo el Senado!
¡Y tú estabas allí, Darian!
¡Estabas a tres metros y no hiciste nada!
Darian dejó de afilar.
Levantó la espada y miró el filo a la luz de la luna.
—Apolonio hizo lo que un líder hace —dijo con voz grave.
Thalmyra se quedó helada.
Sintió como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Qué has dicho?
Darian se giró.
Sus ojos oscuros, idénticos a los de Kassandro, no mostraban indignación.
Mostraban una admiración retorcida.
—Dije que hizo lo necesario.
—Darian envainó la espada con un golpe seco—.
Padre es blando, Thalmyra.
—¿Blando?
—Thalmyra avanzó hacia él, temblando de furia—.
¡Padre mató a Shaara en combate singular!
¡Padre mantuvo la frontera durante veinte años!
—Padre dudó —cortó Darian, implacable—.
Padre intentó salvar a unos granjeros orcos y a unos mineros sucios en lugar de asegurar el poder.
Apolonio no dudó.
Vio la yugular y mordió.
Eso es fuerza.
—¡Es traición!
—chilló Thalmyra, empujándolo por el pecho.
Darian ni se movió—.
¡Es tu sangre!
¡Apolonio nos vendió!
—Apolonio ganó —replicó Darian, agarrándola por las muñecas y apartándola con facilidad—.
En esa arena, solo había un depredador real, y no era nuestro padre.
Era Apolonio.
Thalmyra lo miró con asco, como si estuviera viendo a un desconocido.
—Estás enfermo —susurró—.
Estás tan desesperado por ser un guerrero perfecto que admiras al hombre que le puso la bota en el cuello a tu propia familia.
—Admiro al que gana, hermana —Darian la soltó con desprecio—.
Padre se ha vuelto viejo.
Se ha vuelto sentimental.
Y en este Imperio, los sentimentales acaban clavados en un trono con una lanza en el pecho, como Morvath.
Yo no pienso acabar así.
Thalmyra retrocedió, con el corazón roto por una segunda traición en la misma noche.
—Pues ve con él —dijo ella, señalando la puerta con mano temblorosa—.
Ve y lame las botas de Apolonio.
Pero cuando Orión termine de destruir a nuestra casa, no vengas a llorar a mi tumba.
Darian la miró una última vez, frío como el invierno.
—No te preocupes.
No lloraré.
Salió de la habitación, dejando a Thalmyra sola en la oscuridad, dándose cuenta de que la guerra contra los orcos había unido a su familia, pero la paz del Imperio la acababa de destrozar para siempre.
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