IMPERIUS - Capítulo 22
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22: CAPÍTULO 21: EL RÍO Y EL DIQUE 22: CAPÍTULO 21: EL RÍO Y EL DIQUE El Salón del Trono de Varethia estaba bañado por una luz matinal fría que atravesaba los ventanales de cristal y acero.
No había calidez en ella, solo claridad.
Una claridad que no permitía esconder nada.
No había senadores, ni música, ni guardias ceremoniales.
Solo las dos ramas de la Casa Stormhaven.
La sangre legítima y la sangre bastarda, frente a frente ante el estrado de obsidiana.
Orión I estaba sentado en el trono, con la corona de laurel de oro pesándole en las sienes.
A su derecha, Lord Velkan permanecía inmóvil, con las manos cruzadas dentro de sus mangas de seda, como una araña esperando en su tela.
—Levantaos —ordenó el Emperador.
El sonido de las rodilleras metálicas chocando contra el mármol rompió el silencio.
Kassandro se puso de pie, con la mandíbula apretada.
Detrás de él, sus hijos —Selene, Thalmyra y Darian— y los hijos de Orión —Apolonio, Lucerio y Cassian— formaban una línea irregular, cargada de resentimiento.
Orión bajó un escalón.
Su capa carmesí se arrastró por la piedra con un susurro.
—Ayer, el Senado aprendió a temernos —dijo, y su voz no tenía volumen, solo peso—.
Hoy, el Imperio necesita saber que su cabeza y su brazo armado siguen conectados.
Caminó hasta detenerse a un metro de Kassandro.
Lo miró a los ojos, buscando desafío, pero solo encontró el cansancio de un soldado que ha peleado demasiadas guerras ajenas.
—Primo —dijo Orión, y la palabra sonó más a título que a afecto—.
El Norte es un caos.
La caída de la Casa Morvath en Val’Kora ha dejado un vacío de poder peligroso.
Los clanes de la Estepa de Hielo están inquietos.
Necesito a mi mejor general allí.
Kassandro parpadeó.
¿Le devolvía el mando?
—Conservarás el control del Ejército del Norte, Lord Varethia.
Volverás a la frontera y asegurarás los perímetros.
Nadie conoce la nieve y la sangre como tú.
Kassandro sintió que el aire volvía a sus pulmones.
Era su vida.
Su propósito.
—Gracias, Majestad.
No os fallaré.
—Pero… —Orión levantó un dedo enguantado en cuero negro—.
Ya no eres un Regente autónomo.
Se acabaron los días en que el Norte era tu reino privado.
El Emperador hizo un gesto sutil.
De las sombras laterales, dos figuras avanzaron.
No eran guerreros.
Eran burócratas, vestidos con togas grises de corte senatorial.
—Estos son los Legados Crassus y Varro —presentó Orión—.
Irán contigo.
Supervisarán cada orden de marcha, cada requisición de suministros y cada sentencia militar.
Kassandro se quedó helado.
Miró a los dos hombres.
Crassus tenía cara de comadreja; Varro parecía un contable aburrido.
—¿Supervisores?
—preguntó Kassandro, con la voz ronca, incrédula—.
¿Me estáis enviando niñeras, Orión?
—Te estoy enviando ojos —corrigió el Emperador, implacable—.
Deberás reportarte a ellos cada mañana.
Y ellos me enviarán un informe cifrado cada noche.
Si mueves un solo batallón sin su sello, serás relevado y encadenado por sedición.
Era una humillación quirúrgica.
Le daba la espada, pero le ataba la mano.
El aire en la sala cambió.
La temperatura bajó de golpe.
Un zumbido eléctrico, como el de una tormenta antes de estallar, erizó el vello de los presentes.
—¡Esto es intolerable!
La voz de Thalmyra rompió el protocolo.
La joven mística dio un paso al frente, y las baldosas bajo sus pies se agrietaron levemente.
Chispas de energía violeta bailaban entre sus dedos crispados.
—¡Thalmyra, atrás!
—bramó Kassandro, girándose con pánico.
—¡No!
—gritó ella, con lágrimas de pura rabia en los ojos—.
¿No os bastó con usar a vuestro hijo para escupirle en el Senado?
¿Ahora le ponéis un collar como a un perro de presa?
¡Es el hombre que salvó vuestro trono en Veyrahn!
¡Deberíais estar besando el suelo que pisa, no enviándole espías!
Los Guardias Reales, apostados en las puertas, desenfundaron sus rifles al unísono.
—¡Clemencia, Majestad!
—Kassandro se lanzó al suelo, interponiéndose entre las armas y su hija—.
¡Es joven!
¡Es estúpida y habla desde el dolor de la guerra!
¡No escuchéis sus palabras!
Orión no se inmutó.
Levantó una mano, deteniendo a los guardias con un gesto aburrido.
Miró a Thalmyra con una curiosidad fría, como quien observa un insecto peligroso pero pequeño.
—Déjala hablar, Kassandro.
El Emperador bajó los escalones restantes y se acercó a la chica.
Thalmyra temblaba, no de miedo, sino de una energía arcana que apenas podía contener.
—¿Crees que lo humillo, niña?
—preguntó Orión suavemente.
—Creo que tenéis miedo de que él sea más grande que vos —escupió ella.
Darian cerró los ojos, avergonzado.
Selene apretó los labios hasta hacerse sangre.
Orión sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Hay un viejo proverbio en los archivos de Thal’Dorien —dijo el Emperador, inclinándose hasta que sus ojos quedaron a la altura de los de ella—.
“El río que se desborda ahoga los campos que debe regar.
Solo el río que acepta su cauce da vida”.
Le sostuvo la mirada hasta que Thalmyra tuvo que bajar la vista, superada por la presión de su presencia.
—Tu padre es un río poderoso, Thalmyra.
Yo solo le estoy construyendo un dique para que no destruya todo lo que amamos.
Algún día, si esa lengua tuya no hace que te la corten antes, entenderás que la correa no es para castigar al perro.
Es para que el dueño no tenga que sacrificarlo cuando muerda a un niño.
Orión se enderezó, volviendo a ser el monarca intocable.
—Id a vuestros territorios.
Cumplid con vuestro deber.
Y recordad que el León Carmesí tiene garras largas.
Kassandro agarró a Thalmyra del brazo con una fuerza que le dejaría marca y la arrastró hacia la salida.
La familia Varethia se retiró, derrotada, llevándose su orgullo en pedazos.
El Peso de la Corona Cuando el eco de los pasos se apagó, Thessalia Stormhaven salió de detrás de los tapices imperiales.
No dijo nada.
Solo se quedó parada en el centro del pasillo que llevaba a las habitaciones privadas.
Apolonio caminaba hacia ella, eufórico.
Sentía que el orden natural se había restaurado.
Al ver a su madre, sonrió y aceleró el paso para besarle la mano.
—Madre —dijo, brillante—.
Ha sido una mañana productiva.
El Norte está asegurado bajo nuestros términos.
Thessalia no le ofreció la mano.
Lo miró con una tristeza tan profunda que borró la sonrisa de Apolonio como un trapo húmedo sobre tiza.
—A mis aposentos.
Ahora.
—Pero, madre, tengo reunión con Velkan… —He dicho ahora.
Entraron en la sala de estar privada de la Emperatriz.
Apenas se cerró la puerta, Apolonio intentó recuperar el control.
—Si es por lo del Senado, madre, debéis entender que… —Siéntate —ordenó ella.
No levantó la voz.
No le hizo falta.
Tenía esa autoridad absoluta que solo una madre posee sobre su hijo, sin importar cuántas coronas lleve él.
Apolonio se sentó en el borde de un sofá, sintiéndose de repente como un niño de diez años que ha roto un jarrón.
—Te vi ayer —dijo Thessalia, caminando hacia la ventana, dándole la espalda—.
Vi cómo atacaste a tu tío.
Vi cómo usaste las palabras para herir, para sangrar a tu propia familia frente a extraños.
—Tío Kassandro estaba desafiando a papá —se defendió Apolonio, pero su voz sonó pequeña—.
Alguien tenía que ponerlo en su lugar.
Lo hice por el Emperador.
Thessalia se giró lentamente.
—No.
Lo hiciste por el aplauso.
Apolonio abrió la boca, indignado, pero la cerró al ver la decepción en los ojos de ella.
—Te conozco, Apolonio.
Te parí.
Sé cuándo actúas por deber y cuándo actúas por vanidad.
Ayer, en esa arena… no vi a un Rey.
Vi a un político barato buscando el favor del hombre más poderoso de la sala.
—Papá me lo agradeció —murmuró él, bajando la vista—.
Dijo que actué como un verdadero Stormhaven.
—Tu padre está enfermo de poder y miedo —dijo Thessalia, acercándose y arrodillándose frente a él, rompiendo toda etiqueta—.
Pero tú… tú eres mejor que esto.
Kassandro te enseñó a montar.
Te enseñó a sostener tu primera espada cuando tu padre estaba demasiado ocupado gobernando en Varethia.
¿Y así se lo pagas?
¿Pisándole el cuello?
Apolonio sintió un nudo en la garganta.
Recordó el olor a cuero y nieve del Norte.
Recordó la risa grave de Kassandro.
—Tenía que elegir un bando, madre —dijo con voz quebrada—.
Si no apoyaba a papá… él habría dudado de mí también.
Y sabes lo que hace cuando duda.
Thessalia le tomó la cara entre las manos.
Sus dedos eran fríos.
—El poder es un veneno, mi amor.
Si bebes demasiado, olvidarás quién eres.
Ayer ganaste el favor de tu padre, sí.
Pero perdiste el respeto de un hombre bueno.
Y me rompiste el corazón a mí.
Apolonio cerró los ojos, apoyando la frente en las manos de su madre.
La máscara de príncipe se deshizo.
—Lo siento —susurró—.
No quería… no quería verlo así.
—Arréglalo —susurró ella, besándole la frente—.
No con palabras, ya es tarde para eso.
Pero sé el hombre que Kassandros cree que eres, no el monstruo en el que tu padre se está convirtiendo.
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