IMPERIUS - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 CAPÍTULO 22 LA SANGRE QUE NOS UNE
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23: CAPÍTULO 22: LA SANGRE QUE NOS UNE 23: CAPÍTULO 22: LA SANGRE QUE NOS UNE Un mes después del Decreto de Purificación, Varethia ya no era una ciudad; era una prisión a cielo abierto.
El aire, antes perfumado por los jardines colgantes, ahora tenía el sabor metálico del miedo.
Las patrullas de la Guardia Carmesí marchaban por las avenidas de cristal, deteniendo a cualquiera que no tuviera el aspecto “correcto”.
Ya no se trataba de buscar espías; se trataba de purgar lo diferente.
En el Puesto de Control del Distrito Sur, bajo un sol que caía a plomo y derretía la voluntad, una fila interminable de Zarh’kai esperaba para ser procesada.
Eran altos, de piel pálida y venas visibles bajo la dermis, conocidos por su resistencia y su lealtad en las minas de asteroides.
Pero hoy, para el Imperio, solo eran “potenciales traidores”.
El Capitán Titus, un humano con el cuello ancho y los ojos pequeños de quien disfruta demasiado con un poco de poder, caminaba a lo largo de la fila.
Golpeaba rítmicamente su bota con la porra eléctrica, buscando una excusa.
Cualquier excusa.
Se detuvo frente a un anciano Zarh’kai que apenas podía mantenerse en pie.
El viejo llevaba una túnica raída y sostenía una caja con sus pocas pertenencias contra el pecho, temblando por el esfuerzo.
—¡Muévete, viejo!
—ladró Titus, empujándolo con el extremo de la porra.
El anciano tropezó y cayó de rodillas.
La caja se abrió, desparramando medallas antiguas sobre el pavimento.
Eran estrellas de plata, condecoraciones de campañas pasadas.
—¡Recoge esa basura y lárgate a la zona de deportación!
—gritó Titus, alzando la porra para golpear.
El anciano no se encogió.
Levantó la vista, y en sus ojos lechosos no había miedo, había una indignación que quemaba.
—¡Mi nombre es Vor’char!
—gritó el viejo, con una voz que hizo girar cabezas en toda la plaza—.
¡Mi nieto, Zylas, murió en la vanguardia de Astarum!
¡Su sangre azul manchó la misma tierra que vosotros reclamáis, y ahora me llamáis traidor!
Titus se quedó quieto un segundo, sorprendido por la audacia.
Luego, su cara se puso roja de ira.
—Tu nieto era carne de cañón, igual que tú —escupió el Capitán—.
Y tu sangre azul solo sirve para manchar mis botas.
Titus descargó la porra eléctrica sobre la espalda de Vor’char.
El crujido fue seco, repugnante.
El anciano gritó y se desplomó, convulsionando por la descarga.
—¡Levántate!
—Titus levantó el arma de nuevo, esta vez apuntando a la nuca—.
¡Voy a enseñarte a respetar a tus dueños!
—¡Suficiente!
La orden cortó el aire más afilada que una cuchilla.
De la fila de guardias que observaban, un oficial se adelantó.
Era el Teniente Raxis.
Raxis era un Zarh’kai también.
Llevaba el uniforme negro y rojo de la Guardia Imperial, impecable, con la insignia del Batallón de Exploradores de Astarum en el hombro.
Había servido diez años en la frontera.
Había visto morir a Zylas.
Había cargado sus cuerpos.
—Está en el suelo, Capitán —dijo Raxis.
Su voz era tranquila, pero sus manos, enguantadas en cuero, estaban cerradas en puños de piedra—.
El protocolo de detención no permite agresión a civiles desarmados.
Menos a veteranos.
Titus se giró lentamente, con una sonrisa torcida.
—¿El protocolo?
—Se rio, caminando hasta quedar cara a cara con Raxis.
El humano era más bajo, pero se sentía gigante con la ley de su lado—.
¿Me estás hablando de leyes, sangre-azul?
¿O es que te duele ver cómo tratamos a tu abuelo?
—Soy un oficial del Imperio Stormhaven —respondió Raxis, rígido como una lanza—.
Y ese hombre pagó con la sangre de su familia el derecho a estar aquí.
Esto no es justicia, Capitán.
Es sadismo.
Titus le escupió en la pechera del uniforme, justo sobre la medalla de valor.
—Tú no eres un oficial, Raxis.
Eres una mascota que el Emperador nos permite tener porque corréis rápido y morís barato.
—Titus desenfundó su pistola láser de servicio—.
Pero hoy… hoy creo que la mascota ha olvidado quién tiene el látigo.
El Capitán le puso el cañón de la pistola en la frente a Raxis.
—Arrodíllate junto al viejo —ordenó Titus—.
O te vuelo la cabeza por insubordinación.
El mundo se detuvo para Raxis.
Vio al anciano Vor’char sangrando en el suelo.
Vio las medallas de Zylas pisoteadas.
Vio el odio en los ojos de Titus.
Y entendió, con una claridad helada, que no importaba cuántas batallas ganara, cuántas veces sangrara por Orión.
Para ellos, siempre sería el enemigo.
El instinto de los Exploradores de Astarum tomó el control.
—No —susurró Raxis.
Antes de que el dedo de Titus pudiera apretar el gatillo, Raxis se movió.
Fue un borrón.
Su mano izquierda desvió el cañón hacia arriba, el disparo quemó el aire inofensivamente.
Con la derecha, sacó su daga de combate de la funda del muslo.
No fue un duelo.
Fue una ejecución militar.
Raxis hundió la hoja de acero carmesí en la garganta de Titus, justo por encima del borde de la gorgera.
Un corte limpio, profundo, aprendido en las trincheras para silenciar centinelas orcos.
Titus abrió los ojos con sorpresa absoluta.
Gorgoteó una burbuja de sangre roja y se desplomó de rodillas, luego de cara contra el pavimento.
El silencio que cayó sobre el puesto de control fue absoluto.
Cientos de Zarh’kai miraban.
La patrulla humana miraba.
Raxis se quedó de pie, jadeando, con la daga en la mano goteando sangre humana sobre el suelo inmaculado de Varethia.
Miró al anciano Vor’char, que lo observaba con gratitud y terror.
Raxis enfundó la daga, se quitó la insignia del Imperio del pecho y la dejó caer sobre el cadáver de su Capitán.
—Ya no soy vuestra mascota —dijo al vacío.
Luego, levantó las manos y se dejó arrestar por sus propios compañeros, que lo miraban no como a un criminal, sino con el miedo de quien acaba de ver despertar a un gigante.
El Eco en el Palacio Horas más tarde, el sol se ponía, tiñendo el despacho de Orión de un rojo sangriento.
El Emperador estaba solo.
Velkan se había ido tras dejar el informe sobre la mesa.
“Teniente Raxis, de la raza Zarh’kai, condecorado en Astarum.
Mata a Capitán Humano en defensa de un civil.” Orión leyó las palabras una y otra vez.
Recordó Astarum.
Recordó los informes de valentía de los batallones no-humanos.
Esos Zarh’kai habían sostenido la línea cuando la Guardia Real había flaqueado.
Y ahora, uno de sus mejores oficiales había tenido que degollar a un superior humano porque la crueldad se había convertido en política de estado.
Orión se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero en la esquina de la habitación.
Vio su corona.
Vio sus ojos cansados.
Y escuchó, nítida como un grito, la voz de Thessalia: “Te estás convirtiendo en Magnus.
Veo la misma paranoia.” Había firmado el decreto para “proteger” el Imperio.
Para asegurar la lealtad.
Pero lo que había creado era una máquina de picar carne que estaba devorando a los leales y alimentando a los sádicos como Titus.
Kassandro tenía razón.
Thessalia tenía razón.
Orión golpeó el cristal del espejo con el puño.
El vidrio se quebró en una telaraña de grietas, deformando su reflejo en mil pedazos rotos.
Había soltado a los perros para cazar lobos, y ahora los perros estaban devorando a las ovejas.
Y la sangre azul de Zylas, la sangre roja de Titus… toda estaba en sus manos.
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