IMPERIUS - Capítulo 24
- Inicio
- Todas las novelas
- IMPERIUS
- Capítulo 24 - 24 CAPÍTULO 23 LA SENTENCIA DEL SILENCIO
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: CAPÍTULO 23: LA SENTENCIA DEL SILENCIO 24: CAPÍTULO 23: LA SENTENCIA DEL SILENCIO La noche no cayó sobre Varethia; se desplomó.
Fuera de los muros del Palacio Imperial, el silencio era aterrador.
No era paz.
Era la calma de un animal antes de morder.
El Batallón de Exploradores de Astarum —tres mil soldados de la raza Zarh’kai, armados y con armaduras de combate— había rodeado el edificio del Tribunal Militar.
No atacaban.
No gritaban.
Simplemente estaban allí, parados en filas perfectas, con las armas en posición de descanso, mirando hacia las ventanas del Emperador con sus ojos pálidos.
Era un motín silencioso.
Si ejecutaban al Teniente Raxis al amanecer, Varethia ardería.
En la Sala de Guerra, Orión caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.
—Es un desafío directo —siseó Lord Velkan, señalando las pantallas tácticas que mostraban las posiciones de los Zarh’kai—.
Si cedéis ante ellos, Majestad, mañana será el Batallón Krell.
Pasado mañana, los pilotos de Thal’Dorien.
La autoridad del Trono se romperá.
Raxis debe morir.
Orión se detuvo frente al ventanal blindado.
Veía las antorchas de plasma azul de los Zarh’kai brillando en la oscuridad.
—Son mis mejores tropas de choque, Velkan —dijo Orión en voz baja—.
Si los mato… pierdo la fuerza que necesito para proteger la frontera.
Si no los mato… pierdo el control.
—El miedo es control —insistió Velkan—.
Ejecutad al traidor.
Y si se rebelan, que la Guardia Carmesí los reduzca.
Será una purga necesaria.
—¿Una purga?
—La voz resonó desde la entrada, clara y cortante como el cristal.
La Emperatriz Thessalia entró.
No llevaba joyas ni sedas de corte.
Llevaba un vestido sencillo de color gris acero, y su cabello negro estaba recogido en una trenza severa.
Parecía más una generala que una reina.
—¿Estás sugiriendo, Lord Velkan, que masacremos a tres mil veteranos condecorados en nuestra propia capital?
—preguntó ella, avanzando hacia la mesa de mapas—.
¿Mientras los orcos se reagrupan en el vacío?
Velkan hizo una reverencia tensa.
—Sugiero mantener la ley, Majestad.
Un oficial mató a un superior.
La pena es la muerte.
—La ley murió el día que firmasteis ese maldito decreto —respondió Thessalia, ignorando al ministro y clavando los ojos en su esposo—.
Orión, míralos.
—Señaló la ventana—.
No son rebeldes.
Son soldados pidiendo justicia.
Raxis no mató por traición.
Mató porque un sádico con tu uniforme iba a ejecutar a un anciano desarmado.
Orión se giró, con el rostro demacrado.
—No puedo perdonarlo, Thessalia.
Si lo libero, pareceré débil.
El Senado me comerá vivo.
—Entonces no lo perdones —dijo ella, acercándose hasta poner las manos sobre la mesa de mapas—.
Pero tampoco lo conviertas en un mártir.
Si lo matas, tendrás una guerra civil antes del desayuno.
—¿Qué propones?
—preguntó Orión, desesperado.
Thessalia respiró hondo.
Sabía que lo que iba a decir era cruel, pero era la única salida.
—El Sector Cero.
El silencio en la sala fue absoluto.
Incluso Velkan palideció.
El Sector Cero no era un lugar; era una tumba.
Unas coordenadas en el Borde Exterior donde las naves entraban y nunca salían.
Las leyendas decían que allí es donde Magnus, el padre de Thessalia, enviaba lo que quería que desapareciera para siempre.
—Es una sentencia de muerte —murmuró Orión.
—Es una misión de servicio —corrigió Thessalia con firmeza—.
Exilio con honor.
Lo envías a investigar las anomalías magnéticas.
Oficialmente, le das una oportunidad de redimirse sirviendo al Imperio en la frontera más peligrosa.
Extraoficialmente… lo envías a morir lejos, donde su sangre no manche tus calles.
Orión la miró con una mezcla de admiración y horror.
Era una solución política perfecta.
Salvaba la cara del Emperador y evitaba el motín.
—¿Y el decreto?
—preguntó él—.
Velkan dice que debemos mantener la presión.
Thessalia se giró hacia el Primer Ministro con una mirada que podría haber congelado el sol.
—El decreto se modifica hoy mismo.
—¡Majestad, eso es inadmisible!
—protestó Velkan—.
¡Mostrará indecisión!
—¡Mostrará cordura!
—gritó Thessalia, golpeando la mesa—.
Se acabó la autoridad absoluta de la Guardia sobre civiles.
A partir de ahora, cualquier detención de un no-humano debe ser procesada por un tribunal mixto.
Se acabó el “disparar primero”.
—Volvió a mirar a Orión—.
Si quieres que el Imperio sobreviva a este invierno, Orión, tienes que dejar de gobernarlo como si fuera un campo de prisioneros.
O modificas el decreto, o te juro que yo misma saldré ahí fuera y me uniré a los Zarh’kai.
Orión miró a su esposa.
Vio la fuerza de la Casa Stormhaven en ella.
No la locura de Magnus, sino la dignidad.
—Hazlo —ordenó Orión a Velkan—.
Redacta la enmienda.
Tribunales mixtos.
Se prohíbe la ejecución sumaria.
Velkan apretó los labios, furioso, pero asintió.
—¿Y el prisionero?
—Tráedlo —dijo Orión.
La Jaula del Deber Diez minutos después, Raxis entró escoltado, sin cadenas.
Llevaba el uniforme limpio, pero sin insignias.
Se cuadró frente al Emperador y la Emperatriz.
No miró a Velkan.
—Teniente Raxis —dijo Orión.
Su voz ya no temblaba.
Había tomado una decisión—.
Has derramado sangre de un superior.
La ley exige tu vida.
Raxis mantuvo la vista al frente.
—Lo sé, Señor.
—Pero la Emperatriz… —Orión miró de reojo a Thessalia— ha intercedido por tu hoja de servicio.
No serás ejecutado.
Los hombros de Raxis bajaron un milímetro.
Alivio.
—Serás reasignado —continuó Orión—.
Al Sector Cero.
Raxis levantó la vista de golpe.
Sus ojos pálidos se abrieron.
Conocía el nombre.
Todo piloto lo conocía.
Era el agujero negro de los mapas.
—Señor… eso es… —Tu misión es patrullar el perímetro y reportar actividad anómala —dijo Orión, con frialdad—.
Partirás solo.
En una nave ligera.
Sin escolta.
Si sobrevives un año, tu crimen será perdonado.
Era mentira.
Nadie sobrevivía una semana.
Raxis miró a Thessalia.
Ella sostuvo su mirada con tristeza, pero asintió levemente.
Es esto o la muerte de todos tus hombres, decía su mirada.
Raxis entendió.
Si él aceptaba, el motín terminaba.
Sus compañeros vivían.
Su abuelo vivía.
—Acepto la misión, Majestad —dijo Raxis, cuadrándose de nuevo—.
Serviré hasta el final.
—El decreto ha sido modificado —añadió Thessalia suavemente—.
Tu gente tendrá juicios justos a partir de mañana.
Tu acción… ha sido escuchada.
Raxis asintió, tragando el nudo en su garganta.
—Gracias, Majestad.
Al amanecer, la nave de Raxis, un caza de exploración monoplaza, despegó del puerto espacial hacia el vacío insondable del Sector Cero.
Abajo, en la plaza, los Zarh’kai rompieron filas y volvieron a sus barracones.
No hubo victoria, pero tampoco hubo masacre.
En el balcón del palacio, Orión y Thessalia observaban la estela de la nave desaparecer en las nubes.
—Has evitado una guerra —dijo Orión, tomando la mano de su esposa.
Thessalia no retiró la mano, pero tampoco la apretó.
Miraba hacia el cielo, hacia donde habían enviado a un hombre bueno a morir para tapar sus errores.
—Solo hemos ganado tiempo, Orión —susurró ella—.
Y reza a los dioses antiguos para que Raxis no encuentre lo que mi padre escondió en ese sector.
Porque si lo hace… tal vez desearemos haberlo ejecutado aquí.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com