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IMPERIUS - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 CAPÍTULO 24 LA MAREA GRIS
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25: CAPÍTULO 24: LA MAREA GRIS 25: CAPÍTULO 24: LA MAREA GRIS Habían pasado tres semanas desde que el Decreto de Purificación entró en vigor, y el vacío entre los mundos ya no estaba vacío.

En el Sector Este, la frontera comercial del Principado de Vharyos, el espacio era un cementerio de naves paradas.

Miles de cargueros, transportes de mineral y viejas barcazas de refugiados flotaban en una órbita muerta, bloqueando las rutas de salto.

Parecía una herida abierta en la negrura estelar, sangrando metal y desesperación.

Dentro de esas naves se hacinaban familias enteras: Zarh’kai expulsados de las minas, Krells cuyos contratos habían sido anulados, comerciantes Thal’dorianos huyendo con lo puesto.

No tenían comida.

No tenían combustible.

Solo tenían miedo de volver atrás y terror de no poder avanzar.

En el puente de mando de la Estación Orbital Vharyos-Prime, el aire olía a sudor frío y circuitos sobrecalentados.

Las alarmas de proximidad no dejaban de sonar, un pitido constante que estaba volviendo locos a los controladores de tráfico.

—¡Señor, otro carguero clase Titán solicita atraque de emergencia!

—gritó un oficial de comunicaciones, con la voz quebrada por el estrés—.

Dicen que tienen fallo en los soportes vitales.

Tienen a doscientas almas a bordo.

El Alto Príncipe Kyros I Vharyos miraba por el ventanal de plastiacero.

Su rostro, marcado por una cicatriz fina que cruzaba su ceja izquierda, estaba iluminado por las luces de advertencia rojas que parpadeaban en el exterior.

—No tengo dónde ponerlos —murmuró Kyros.

No era crueldad; era matemática pura.

Sus hangares estaban al 120% de capacidad.

Sus reservas de agua estaban críticas.

—¡Si no atracan, morirán en seis horas!

—insistió el oficial.

Kyros se giró.

Sus ojos grises, normalmente calculadores, ardían con una furia contenida.

—Aceptadlos.

Abrid el Hangar 7.

Sacad los cazas de escolta al vacío si es necesario, pero meted esa nave dentro.

—Pero Alteza… el protocolo imperial prohíbe… —¡Al diablo con el protocolo imperial!

—rugió Kyros, golpeando la consola—.

¡En mi sistema mando yo!

El puente se quedó en silencio.

Kyros se pasó una mano por el cabello plateado, respirando agitado.

Sabía que acababa de cruzar una línea.

Sabía que Varethia estaría escuchando.

—Prepara una línea segura con el Palacio Imperial —ordenó Kyros, ajustándose el cuello de su casaca de almirante—.

Y que sea por el canal de emergencia nivel Alfa.

—¿Va a pedir ayuda, señor?

—preguntó su segundo al mando.

Kyros miró la marea de naves desesperadas fuera de su ventana.

—No.

Voy a pedir cuentas.

A años luz de distancia, en Varethia, la Sala de Comunicaciones del Palacio estaba sumida en una penumbra azulada.

Orión estaba de pie frente a la pantalla principal, que por ahora solo mostraba estática.

A su lado, Lord Velkan revisaba un datapad con nerviosismo, sus dedos largos tamborileando sobre el cristal.

—El Alto Príncipe solicita audiencia inmediata, Majestad —dijo Velkan—.

Ha usado el código de “Amenaza Inminente”.

—¿Nos atacan?

—preguntó Orión, con la mano cerca de su espada.

La paranoia nunca dormía.

—No, Señor.

Es… administrativo.

La pantalla parpadeó y la imagen de Kyros apareció.

No estaba sentado en un trono.

Estaba de pie en su centro de mando, con el caos visible detrás de él.

No hizo una reverencia profunda.

Apenas inclinó la cabeza, un gesto que en la corte equivalía a una bofetada.

—Majestad —dijo Kyros.

Su tono era seco, como el desierto.

—Príncipe Kyros —respondió Orión, cruzándose de brazos—.

Mis analistas dicen que el tráfico comercial en tu sector ha caído un 40%.

Explícate.

—¿Que ha caído?

—Kyros soltó una risa amarga—.

Majestad, mi sector no ha caído.

Se ha ahogado.

El Príncipe hizo un gesto y la imagen cambió.

Mapas estelares llenos de puntos rojos.

Cada punto era una nave de refugiados.

—Desde que firmasteis ese decreto —continuó Kyros, y su voz subió de volumen—, medio millón de desplazados han cruzado mi frontera.

Mis estaciones son campos de refugiados.

Tengo disturbios por comida en tres lunas industriales.

Mis astilleros están parados porque la mitad de mi mano de obra está huyendo de vuestra “limpieza”.

Velkan dio un paso al frente, indignado.

—Cuidado con el tono, Alteza.

Esos “desplazados” son elementos potencialmente desleales.

El Emperador ha ordenado… —¡Tú cállate, Velkan!

—bramó Kyros, señalando a la cámara con un dedo acusador—.

¡Tú eres el arquitecto de esta locura!

¡Tú le susurras miedo al Emperador mientras mi economía se colapsa!

Orión se tensó.

Nadie le hablaba así a su Primer Ministro.

—Kyros, modera tu lengua.

Velkan habla con mi voz.

—Entonces vuestra voz está ciega, Orión —replicó Kyros, usando el nombre de pila del Emperador, algo prohibido en audiencia oficial—.

No estoy hablando de política.

Estoy hablando de logística.

Si Vharyos cae, el suministro de iridio refinado se detiene.

Si el iridio se detiene, la Flota Imperial se queda en tierra en un mes.

¿Habéis pensado en eso en vuestra torre de marfil?

El silencio en la sala era denso.

Orión apretó la mandíbula.

La amenaza económica era real.

—La seguridad es prioritaria —dijo Orión, pero sonó menos seguro que antes—.

No podemos permitir… —¡No hay seguridad en el hambre!

—gritó Kyros—.

Os pido formalmente que suspendáis el decreto o abráis corredores humanitarios financiados por el Tesoro.

No puedo pagar esto yo solo.

—No suspenderé el decreto —dijo Orión, terco—.

Sería mostrar debilidad.

Kyros se acercó a la cámara.

Sus ojos grises eran acero puro.

—Entonces escuchadme bien, Majestad.

Mi lealtad al León Carmesí es antigua, pero no es suicida.

Si no recibo fondos de emergencia antes del anochecer… cerraré mis fronteras.

Totalmente.

Ni refugiados entran, ni un solo gramo de iridio sale.

Era un ultimátum.

Un bloqueo.

—¿Me estás amenazando, Kyros?

—preguntó Orión, con voz peligrosa.

—Os estoy salvando de vosotros mismos —respondió el Príncipe—.

Decidid.

¿Queréis ser el Emperador del Orden o el Rey de las Cenizas?

La transmisión se cortó.

La pantalla volvió a negro.

Orión se quedó mirando su propio reflejo oscuro en el cristal.

Velkan temblaba de rabia a su lado.

—Es traición, Majestad.

Deberíamos enviar a la flota… —¡Cállate!

—rugió Orión, dándole una patada a la mesa de metal que resonó como un trueno—.

¡Prepara los fondos!

¡Envíale lo que pide!

El Emperador salió de la sala, respirando con dificultad.

Sentía que las paredes se cerraban.

Kassandro en el Norte, vigilado pero armado.

Kyros en el Este, desafiante.

Motines en la capital.

Estaba perdiendo el control.

Y lo peor era que, en el fondo, sabía que Kyros tenía razón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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