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IMPERIUS - Capítulo 26

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Capítulo 26: CAPÍTULO 25: HIELO NEGRO

El Bastión del Lobo nunca había estado tan silencioso. No era un silencio de paz, sino el de una casa que contiene la respiración antes de que se derrumbe el techo.

Habían pasado tres semanas desde el regreso. Tres semanas en las que Kassandros Varethia, Señor del Norte y General del Imperio, había vivido como un fantasma en su propio castillo. Salía antes del amanecer para inspeccionar las defensas del perímetro y volvía mucho después de que se pusiera el sol, siempre con la excusa de evitar a los senadores Crassus y Varro, pero sabiendo que, en realidad, a quien evitaba era a ella.

Esa noche, la tormenta exterior golpeaba los muros de basalto con una violencia rítmica. Kassandros subió la escalera de caracol hacia la torre principal. Sus botas pesaban.

Llegó a la puerta de roble negro de sus aposentos. Dudó. Pegó la oreja a la madera, esperando no oír nada, rezando para que ella estuviera dormida. El silencio al otro lado lo convenció.

Deslizó el cerrojo magnético con cuidado quirúrgico y empujó la hoja.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por las ascuas moribundas de la chimenea gigante. El aire estaba frío; alguien había dejado el ventanal del balcón abierto a propósito, dejando que la nieve entrara y formara una fina capa blanca sobre la alfombra de piel.

Kassandros soltó el aire, aliviado. Dio un paso hacia el vestidor para quitarse la armadura.

—Cierra la puerta. Dejas escapar el frío.

La voz no vino de la cama. Vino de un sillón de respaldo alto, girado hacia la tormenta.

Kassandros se congeló.

Naerys Valdrakir no estaba dormida. Estaba sentada, completamente vestida con una túnica de lana gris, con una copa de vino intacta en una mano y una daga de limpieza de uñas en la otra. No lo miraba a él; miraba la noche.

—Pensé que dormías —dijo Kassandros, cerrando la puerta y bloqueando el viento. Su voz sonó ronca.

—Es difícil dormir cuando oigo a las ratas correr por mis pasillos —respondió ella, girando la daga entre sus dedos—. Crassus ha estado hoy en las cocinas. Contando sacos de grano. Preguntando por qué consumimos tanto vino. Dijo que “el exceso es traición en tiempos de guerra”.

Naerys se giró lentamente. La luz roja de las brasas le daba un aspecto espectral a su piel pálida y a su cabello de plata.

—¿Hasta cuándo, Kassandros? —preguntó, con un tono peligrosamente suave—. ¿Hasta cuándo vas a dejar que nos auditen la respiración?

Kassandros se quitó la capa mojada y la tiró sobre un baúl.

—Hacen su trabajo, Naerys. Son los ojos del Emperador. Si los toco, si les niego algo, Orión tendrá la excusa que busca para intervenir militarmente. Lo hago para manteneros a salvo.

—¿A salvo? —Naerys soltó una risa breve y seca—. ¿Te sientes a salvo durmiendo con el enemigo bajo tu techo? ¿Crees que mis hijos están a salvo viendo a su padre bajar la cabeza ante unos burócratas que no saben sostener una espada?

—¡Es política! —estalló él, sirviéndose agua de una jarra con manos temblorosas—. ¡Es supervivencia! No puedo luchar contra el Imperio entero solo por orgullo.

—No estás solo —dijo ella. Se levantó del sillón con una elegancia letal y caminó hacia él—. Pero te comportas como si lo estuvieras. Como si hubieras olvidado quiénes somos.

Se detuvo frente a él. Kassandros pudo oler su perfume: madera quemada y hielo.

—Mi padre ha llegado hoy —soltó Naerys.

Kassandros dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Zeykron? ¿Aquí? No me avisaron de su nave.

—Entró por las rutas de los contrabandistas. No quería que tus “invitados” imperiales lo vieran. —Naerys le clavó la mirada—. Zeykron ha convocado al Consejo de Clanes para mañana al amanecer en la Cripta de los Reyes.

Kassandros sintió un frío que no venía de la ventana abierta. La Cripta de los Reyes era donde se coronaba a los antiguos monarcas del Norte antes de la unificación. Solo se reunían allí para declarar la guerra o la muerte.

—¿Para qué? —preguntó, aunque temía la respuesta.

—Para firmar la Declaración de Soberanía —dijo Naerys, sin pestañear—. Azh’Kareth se separa, Kassandros. Mi padre dice que, si el Emperador no confía en el Norte, el Norte no sangrará por el Emperador. Mañana, cuando salga el sol, expulsaremos a los senadores. O los colgaremos de las murallas.

—¡Eso es un suicidio! —Kassandros la agarró por los hombros, sacudiéndola—. ¡Zeykron está senil! ¡Orión no enviará diplomáticos, enviará la Flota de Bombardeo! ¡Convertirá Valdrakir en cristal radiactivo! ¡No tenemos escudos para aguantar un asedio orbital!

—¡Entonces moriremos como lobos, no como perros atados! —gritó ella, quitándose las manos de su marido de un manotazo—. ¡Prefiero ver arder este castillo que verlo convertido en una prisión administrativa!

—¡No voy a permitirlo! —bramó Kassandros, y su voz de general llenó la habitación—. Soy el Lord Protector de este sistema. Iré a esa reunión y le prohibiré a tu padre que hable. Disolveré el Consejo.

Naerys lo miró. Y en sus ojos no había miedo. Había algo peor: lástima.

—Si vas allí y te arrodillas de nuevo… si vas allí y defiendes a Orión antes que a tu propia sangre… entonces no vuelvas.

Naerys caminó hacia la enorme cama con dosel, agarró las almohadas de Kassandro y las arrojó al suelo, a los pies de él.

—¿Qué haces? —preguntó él, atónito.

—En esta cama duermen hombres libres, Kassandros —dijo ella, dándole la espalda y mirando de nuevo al fuego—. Tú hueles a miedo y a sumisión. Ve a dormir con tus senadores. Quizás ellos te den el calor que buscas.

Kassandros se quedó inmóvil, mirando las almohadas en el suelo. El insulto era absoluto. Pero lo que más le dolía era que, en el fondo, sabía que ella tenía razón. El hombre que había regresado de Varethia no era el hombre con el que ella se había casado.

Sin decir una palabra, Kassandros recogió su capa del baúl, se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

En el pasillo oscuro, se cruzó con la sombra de un guardia que hizo el saludo militar. Kassandros no lo devolvió. Caminó hacia el ala de invitados, donde dormían sus espías, sabiendo que la verdadera guerra no iba a ser contra Orión, sino contra su propia familia.

El ala de invitados del Bastión no tenía el calor de las chimeneas profundas del resto del castillo. Era una zona funcional, austera, y ahora olía a algo ajeno al Norte: olía a burocracia, a papel procesado y a incienso sintético.

Kassandros caminaba con pasos pesados, sintiendo cómo la adrenalina de la discusión con Naerys se convertía en un plomo frío en el estómago.

Al llegar al final del corredor, vio luz bajo la puerta de la cámara principal asignada a los senadores. Eran las tres de la madrugada, pero las ratas del Imperio nunca dormían.

Kassandros empujó la puerta sin llamar.

Dentro, el Senador Crassus estaba sentado frente a una mesa llena de Holo proyectores portátiles. No se sobresaltó. Levantó la vista con esos ojos pequeños y acuosos, y esbozó una sonrisa que no llegaba a ninguna parte.

—Lord Varethia —dijo Crassus, apagando una pantalla con un gesto rápido—. No esperábamos el honor de una visita nocturna. ¿Insomnio? ¿O la tormenta os impide descansar?

—Solo reviso mi casa, Senador —respondió Kassandros, quedándose en el umbral. No quería entrar en su aire viciado—. ¿Encontráis las acomodaciones a vuestro gusto?

—Son… rústicas —respondió Crassus, entrelazando los dedos—. Pero adecuadas. Aunque, curiosamente, mis instrumentos detectaron una fluctuación en los sensores de órbita baja hace unas horas. Una nave pequeña, sin transpondedor, entrando en la atmósfera a través de la tormenta.

Kassandros sintió que el corazón le daba un vuelco, pero mantuvo el rostro de piedra que había perfeccionado en veinte años de guerra.

—Son contrabandistas de especia —mintió con fluidez—. Usan la tormenta para evitar los impuestos del puerto espacial. Mis patrullas se encargarán de ellos al amanecer.

Crassus lo miró un segundo más de lo necesario.

—Contrabandistas. Ya veo. —El senador tomó su datapad y anotó algo—. Me preocupaba que fuera algo más… político. El Emperador estaría muy disgustado si supiera que el espacio aéreo de su General es tan permeable.

Era una amenaza velada. Crassus sabía algo, o sospechaba algo.

—El Norte es vasto y el clima es traicionero, Senador —dijo Kassandros, dando un paso atrás—. Aseguraos de anotar eso en vuestro informe. Buenas noches.

Kassandros cerró la puerta antes de que el burócrata pudiera responder.

Se apoyó un momento contra la pared de piedra fría del pasillo, cerrando los ojos.

Naerys tenía razón. Estaban vigilados hasta en la respiración. Si Crassus descubría que esa “nave de contrabandistas” traía a Zeykron Valdrakir para iniciar una secesión, Orión no enviaría una carta de reprimenda. Enviaría a la flota orbital para convertir el Bastión en un cráter humeante.

Kassandros miró hacia la escalera que bajaba a las profundidades de la montaña. Hacia la Cripta.

No podía dormir. No con el destino de su familia pendiendo de un hilo.

Bajó las escaleras, pasando de largo los niveles habitables, bajando más allá de las armerías y las bodegas, hasta llegar a las puertas de hierro antiguo que sellaban el lugar sagrado de los Valdrakir.

Allí, en la oscuridad, esperaría.

Si Zeykron quería guerra, primero tendría que pasar por encima del cadáver de su yerno. Y Kassandros rezó a los dioses antiguos para que no tuviera que matar al padre de su esposa para salvar a sus hijos.

Se sentó en el último escalón, sacó su espada —la hoja de acero negro que Orión le había regalado hacía una vida— y la apoyó sobre sus rodillas.

La noche larga apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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