IMPERIUS - Capítulo 27
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Capítulo 27: CAPÍTULO 26: CENIZAS SOBRE LA NIEVE
El Gran Salón de Ithorion no estaba hecho para la pompa, sino para la supervivencia. Sus muros de granito exhalaban un frío antiguo que ni siquiera las enormes hogueras lograban aplacar. Lucerio Stormhaven permanecía de pie junto al estrado, con una mano apoyada en el pomo de su espada. Frente a él, los señores de las Tierras Fronterizas aguardaban en un silencio tenso, con los ojos fijos en la silla tallada en madera de pino negro que permanecía vacía a su lado.
La silla de la Princesa.
Hacía ya un mes que el decreto de Orión había sido proclamado, y cada día que Thalmyra se negaba a ocupar su lugar en la corte, la autoridad de Lucerio se desangraba un poco más. Para los lores, esa ausencia no era timidez; era un grito de guerra.
—Mi señor —dijo Lord Whalkang, un hombre cuyo linaje había servido a los Valdrakir antes de que los Stormhaven llegaran con sus dragones de hierro—. Los recaudadores imperiales han llegado a las puertas del valle bajo. Exigen el censo de “pureza”. Si la Princesa Thalmyra no valida los registros con su sello, los soldados de la Guardia Carmesí entrarán en los hogares por la fuerza.
Lucerio apretó la mandíbula. Sentía el peso de la corona de regente como si fuera de plomo.
—Ithorion sigue bajo mi jurisdicción —respondió Lucerio, y su voz resonó con una dureza que ocultaba su propio agotamiento—. Los recaudadores esperarán. Los informes de pureza están siendo “revisados”. No habrá registros forzosos mientras yo respire.
—¿Y la Princesa? —preguntó una voz desde el fondo, cargada de veneno—. ¿También está “revisando” su deber? Los hombres dicen que se encierra en la torre para no ver cómo su marido permite que el León Carmesí afile sus garras sobre nuestro cuello.
Lucerio no respondió. Dio por terminada la audiencia con un gesto seco y salió por la puerta lateral, esquivando las miradas de juicio de sus propios capitanes.
Subió las escaleras de caracol de la Torre del Viento de dos en dos. El frío allí arriba no se combatía con fuego, sino con distancia. Al llegar a los aposentos privados, encontró a Thalmyra junto al ventanal que daba al abismo del Norte. Parecía una estatua de sal mirando hacia las tierras de su padre, donde la nieve ya empezaba a borrar los caminos. No llevaba corona ni joyas; vestía una túnica sencilla, y el olor a ozono y a nieve fresca la rodeaba, señal de que su magia estaba a flor de piel.
—Han vuelto a preguntar por ti —dijo Lucerio, deteniéndose a unos pasos—. Los lores creen que me has abandonado. O peor, que estás conspirando en las sombras. Tienes que bajar, Thalmyra. El emisario de mi padre exige verte. Si no te presentas como la Princesa de este bastión, le estarás entregando la prueba que necesita para declarar que Ithorion ha caído en la sedición.
Thalmyra se giró al fin, y la intensidad de su mirada violeta —ahora empañada por una opacidad gris y peligrosa— hizo que Lucerio diera un paso atrás.
—¿La princesa de este bastión? —repitió ella con una sonrisa amarga—. ¿O el adorno que decora tu obediencia? No estoy conspirando, Lucerio. Estoy resistiendo. Si bajo a esa corte y me siento a tu lado, estaré aceptando que este bastión es ahora una extensión de la tiranía de tu padre. Estaré firmando, con mi presencia, la condena de mi propia sangre.
—Es por nosotros —insistió Lucerio—. Por tu padre. El decreto ya no es una amenaza lejana, es una realidad. Estoy quemando los informes, retrasando las levas… Necesito que estés conmigo, no escondida en una torre.
—¿Contigo? ¿O con el hijo del Emperador? —le espetó ella, acercándose hasta que Lucerio pudo oler la rabia—. El tiempo de las medias tintas se acabó hace semanas. ¿Crees que he olvidado Varethia? ¿Crees que las cicatrices del Salón del Trono han dejado de escocer? Recuerdo cada segundo. Recuerdo a tu padre llamándome “animal que muerde niños”. Recuerdo a los guardias apuntándome al pecho.
Ella le puso una mano en el peto de la armadura, justo sobre el corazón.
—Y te recuerdo a ti, Lucerio. Estabas a su derecha. Tenías la mano en el pomo de tu espada, pero tu boca estaba sellada con el mismo oro que la corona de tu padre. No dijiste una palabra. Ni un “detente”, ni un “ella es mi esposa”. Me dejaste sola en ese mármol frío mientras tu padre me humillaba frente a todo el Imperio. Te quedaste callado para salvar tu posición. Y ahora quieres que baje a validar este decreto que condena a mi gente. No voy a ir. Elegiste ser el hijo del Emperador antes que mi marido.
Lucerio sintió el peso de esas palabras como si fueran golpes físicos. El recuerdo de su propio silencio en Varethia lo quemaba por dentro. Miró el Decreto de Purificación que descansaba sobre la mesa. Entendió que, si no actuaba ahora, perdería lo último que le quedaba de alma.
Sin decir nada, Lucerio tomó el decreto. Sus dedos apretaron el pergamino hasta que los nudillos se pusieron blancos. Se giró y salió de la torre con una zancada violenta, ignorando a los guardias.
Cruzó el umbral del Gran Salón. El murmullo de los nobles se cortó en seco. En el centro, el oficial de la Guardia Carmesí dio un paso al frente con una suficiencia que rozaba el insulto.
—Príncipe Lucerio —dijo el oficial—. Mis hombres están listos para escoltar a la Princesa a la capital. Entregadme el censo de pureza firmado y acabemos con esta farsa.
Lucerio no se detuvo hasta estar frente al hombre. El silencio en el salón era absoluto.
—Tenéis razón, oficial —dijo Lucerio, y su voz retumbó con una autoridad que nunca había mostrado en Varethia—. Acabemos con la farsa.
Lucerio alzó el brazo. No entregó el pergamino; lo acercó al fuego de la antorcha más cercana. Las llamas devoraron el sello carmesí de Orión I mientras el decreto se convertía en cenizas negras que el viento empezó a esparcir por el suelo.
—Ithorion no reconoce este decreto —anunció Lucerio—. Y la Princesa Thalmyra no irá a ninguna parte. Informad a mi padre de que el “dique” que intentó construir ha estallado. Si quiere su purificación, tendrá que venir él mismo a cobrarla con sangre. Pero avisadle de algo: yo ya no estoy a su derecha.
El emisario retrocedió, llevando la mano a su arma, pero los hombres de Lucerio desenvainaron al unísono en un estruendo de acero. Lucerio levantó la vista hacia la galería superior. Allí, entre las sombras, Thalmyra lo observaba. Por primera vez en meses, el abismo entre ellos pareció cerrarse, no con un beso, sino con el inicio de una guerra.
El coronel Varus dio un paso adelante, con el rostro transfigurado por una mezcla de incredulidad y furia ciega. Su mano derecha descendió hacia la empuñadura de su pistola de impulsos, un movimiento instintivo que en cualquier otra circunstancia habría significado la muerte inmediata del insolente frente a él.
—¡Esto es alta traición! —rugió Varus, y su voz, antes pulcra, se quebró por la rabia—. ¡Habéis quemado la palabra del Emperador en su propia cara! No saldréis vivo de este salón, “Príncipe”. Mis hombres tomarán este bastión piedra por piedra si es necesar…
Antes de que el oficial pudiera desenvainar, una mano enguantada en cuero viejo y endurecido por mil batallas se cerró sobre su antebrazo con la fuerza de una prensa hidráulica. Lord Whalkang, que se había mantenido como una sombra de piedra detrás de Lucerio, se interpuso entre ambos. El viejo señor del Norte no desenvainó su espada, pero su sola presencia hizo que el aire en el salón se volviera más denso.
—Cuidado con vuestra lengua, coronel —dijo Whalkang. Su voz era un rugido bajo, cargado de un desprecio gélido—. Estáis en Ithorion, no en los pasillos acolchados de Varethia. Aquí, el viento corta más que vuestras palabras.
—¡A un lado, viejo! —espetó Varus, intentando zafarse—. Este hombre ha renunciado a su deber. ¡Es un rebelde!
Whalkang no lo soltó. Al contrario, lo obligó a mirarlo a los ojos, acercándose tanto que el oficial pudo oler el tabaco rancio y el acero frío que emanaba del veterano.
—Miradlo bien —ordenó Whalkang, señalando con la cabeza a Lucerio, quien permanecía inmóvil frente a las cenizas del decreto—. Mirad el color de sus ojos y la forma en que sostiene su espada. Podéis llamar a esto traición, podéis llamarlo locura, pero no olvidéis nunca cuál es vuestra posición. Sois un oficial, un burócrata con uniforme que sirve a una corona. El hombre al que estáis intentando amenazar es un Stormhaven de sangre. Es el hijo de vuestro Emperador.
Un murmullo recorrió las filas de los soldados de la Guardia Carmesí que acompañaban al emisario. La mención del linaje de Lucerio golpeó a Varus como una bofetada.
—Si ponéis un solo dedo sobre él —continuó Whalkang, soltando el brazo del coronel con un empujón que lo hizo tambalear—, estaréis derramando la sangre de la dinastía que jurasteis proteger. Y os aseguro algo: Orión I puede que sea implacable con sus enemigos, pero no tiene piedad con los plebeyos que se atreven a tocar a sus cachorros. Si Lucerio cae en este salón, no habrá rincón en el Imperio donde podáis esconderos de la furia de su padre, por muy enojado que esté con él.
Varus palideció. Miró a su alrededor y vio las caras de los lores del Norte, hombres que ya no ocultaban sus manos en los pomos de sus armas. Vio a los soldados de la guarnición de Ithorion, que aguardaban una sola orden de Lucerio para masacrar a la escolta imperial.
Lucerio dio un paso al frente, rompiendo su silencio. Su mirada pasó por encima de Varus, ignorándolo por completo, para dirigirse a los soldados de la Guardia Carmesí.
—Volved con mi padre —ordenó Lucerio, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Llevadle las cenizas si queréis. Decidle que en Ithorion ya no servimos a decretos escritos por hombres que no conocen el frío. Pero decidle también que sigo siendo su hijo. Y que, si quiere recuperar este bastión, tendrá que venir él mismo a reclamar lo que es suyo.
Varus, humillado y consciente de que cualquier movimiento hostil sería un suicidio, guardó su arma con manos temblorosas. Hizo una reverencia rígida, cargada de odio, y se dio la vuelta sin decir una palabra.
Mientras el eco de las botas de la Guardia Carmesí se alejaba por el patio, Lord Whalkang se giró hacia Lucerio. El anciano lord puso una mano en el hombro del príncipe y, por primera vez, hubo un destello de respeto genuino en sus ojos cansados.
—Habéis rugido, muchacho —susurró Whalkang—. Ahora aseguraos de que vuestras garras sean lo suficientemente largas, porque el León no tardará en responder.
Lucerio levantó la vista hacia la galería. Thalmyra seguía allí. Sus ojos violetas brillaban ahora con una intensidad nueva, una mezcla de orgullo y temor. El abismo entre ellos se había cerrado, pero el cielo sobre Ithorion se estaba volviendo negro. La guerra ya no era una posibilidad; era el aire que respiraban.
Ubicación: Varethia, Sala de Comunicaciones Tácticas del Palacio Imperial.
El aire en la sala de mando se sentía denso, cargado con el olor metálico de la maquinaria y el calor sordo de los procesadores. La luz azul de los hologramas bañó el rostro de Orión I, que permaneció inmóvil frente al mapa táctico de Ithorion. No hubo gritos ni golpes sobre la mesa. El Emperador solo observó las cenizas virtuales del informe del Coronel Varus.
Orión sintió una punzada de engaño que no esperaba. De todos sus hijos, Lucerio fue siempre el más predecible, el más razonable. Verlo quemar un decreto imperial fue como ver abrirse una grieta en los cimientos de su propio palacio.
—Es la hija de Kassandros —murmuró Orión para sí mismo. Su voz sonó ronca, cansada—. Es la esposa de mi hijo. ¿Cómo pudo ser tan estúpido?
—No fue estupidez, Orión. Fue dignidad.
Thessalia caminó desde la penumbra del pasillo lateral. Sus pasos no hicieron ruido sobre la obsidiana, pero su presencia detuvo el pensamiento del Emperador. Ella se detuvo a su lado y miró el holograma del planeta boscoso.
—Thalmyra es una de las nuestras ahora —continuó ella con firmeza—. Al exigir que fuera tratada como una prisionera en Varethia, no solo atacaste al Norte, atacaste el hogar de tu propio hijo. Estás forzando a Lucerio a elegir bando, y parece que olvidaste que un hombre siempre elegirá el bando de quien duerme a su lado.
Orión cerró los ojos y suspiro. La fatiga se marca en sus hombros.
—Necesito que el Norte sepa que no hay excepciones, Tesalia. Si la hija de Kassandros puede ignorar mis leyes porque se casó con un Stormhaven, el Imperio se convertirá en un conjunto de feudos familiares en menos de un año. No es odioso. Es orden.
—Es miedo —replicó ella. Su voz sonó triste, sin el filo de la acusación—. Tienes miedo de que Kassandros sea más querido que tú. Y en tu intento de atarlo a través de su hija, solo lograste que tu hijo te viera como a un extraño.
Orión no respondió. Se volvió hacia la consola y activó el canal de comunicación de largo alcance.
—Conecta con Vhorys Prime —ordenó a la IA—. Quiero hablar con el heredero.
Tras unos segundos de interferencia estática, la imagen de Apolonio apareció en el centro de la sala. El príncipe estaba en su despacho, con la luz tenue de la tarde entrando por los ventanales. Detrás de él, Selene permaneció de pie, con los brazos cruzados y una expresión de cautela que Orión reconoció de inmediato.
—Padre —dijo Apolonio. Su tono fue seco, desprovisto de la habitual calidez de sus informes.
—Tu hermano cometió un error grave en Ithorion —comenzó Orión. Trató de que su voz sonara paternal, pero la autoridad se impuso—. Quemó el decreto frente a los oficiales. Apolonio, tú tienes más tacto que yo con él. Necesito que hables con Lucerio. Hazle entender que, si Thalmyra viene a la capital por unos meses, todo esto se olvidará. Es un gesto, nada más. Una formalidad para calmar al Senado.
Apolonio miró a su padre. Por un instante, Orión creyó ver la duda en los ojos de su hijo, la misma obediencia que lo había definido siempre. Pero Apolonio recordó el silencio cobarde que guardó en el Senado cuando Thalmyra fue humillada. Miró a Selene de reojo y luego volvió a fijar la vista en el Emperador.
—No voy a pedirle eso, Padre —respondió Apolonio. Su voz sonó clara, sin un solo temblor—. Lucerio hizo lo correcto. Pedirle que entregue a su esposa para que tú la use como moneda de cambio es pedirle que renuncie a su honor. Y yo no voy a ser cómplice de eso otra vez.
Orión sintió un vacío en el pecho. La negativa de su heredero le dolió mucho más que el desafío de Lucerio.
—Apolonio, razón —insistió el Emperador, y esta vez hubo una súplica humana en su tono—. Si la familia se divide, el Imperio sangrará.
—El Imperio ya sangra, Padre, y tú eres quien sostiene el cuchillo —sentenció Apolonio—. Detén los decretos. Llama a Lucerio para parlamentar, no para capturar a su mujer. Si quieres mi lealtad como heredero, demuéstrame que este trono todavía tiene algo de justicia.
Apolonio cortó la comunicación. El holograma se desvaneció, dejando a Orión solo en la inmensa penumbra de la sala. El Emperador se apoyó en la mesa, sintiendo por primera vez que el peso de la corona era físico, una carga que le doblaba la espalda.
En Vhorys Prime, el silencio en el despacho de Apolonio fue absoluto por varios segundos. Él seguía mirando el espacio vacío donde estaba la imagen de su padre, respirando con dificultad.
Selene caminó hacia él. Ya no había rastro de la frialdad ni de la decepción que había marcado su rostro durante meses. Le puso una mano en el hombro y, cuando él se giró, ella lo miró con un respeto profundo, casi reverente.
—Lo hiciste —susurró Selene. Su voz sonó suave, llena de un orgullo genuino—. Por fin ha hablado como el hombre que el Norte siempre esperó que fueras.
—Acabo de desafiar al hombre más poderoso de la galaxia, Selene —dijo él, buscando su mirada—. No hay vuelta atrás.
—No la hay —respondió ella, y una pequeña sonrisa de alivio apareció en sus labios—. Pero hoy no ha sido el eco de tu padre. Has sido un hombre sensato. Un líder. Si este es el camino que vamos a tomar, Apolonio… entonces estará a tu lado hasta el final.
Selene lo abrazó con una fuerza que él no sentía desde antes de la guerra. En ese momento, Apolonio comprendió que, aunque había perdido el favor del Emperador, había recuperado a su esposa y, por fin, su propia alma. Mientras tanto, en Varethia, el León Carmesí se quedó solo, rodeado de mapas estelares de un imperio que empezaba a desconocerlo.
Por otra parte, el silencio en la sala de mando se volvió sofocante tras el corte de la comunicación con Apolonio. La luz azulada de los hologramas parpadeó sobre el rostro de Orión I, acentuando las sombras bajo sus ojos. El Emperador permaneció inmóvil, con la mirada fija en el espacio vacío donde antes estaba la imagen de su heredero. No hubo un estallido, solo el sistema constante de los sistemas de ventilación.
Thessalia, que había observado todo desde la penumbra, dio un paso hacia el centro de la sala. Su presencia, habitualmente elegante y contenida, irradiaba ahora una tensión eléctrica.
—Ya no tienes hijos, Orión —dijo ella, y su voz sonó como el cristal rompiéndose—. Tienes hombres que han crecido a pesar de ti.
Antes de que el Emperador pudiera responder, la puerta neumática se deslizó con un zumbido seco. Alexión entró en la estancia con paso rápido. Su rostro mostraba una palidez inusual y sostenía una tableta de datos con una firmeza que delataba su urgencia.
—Majestad —comenzó Alexión, inclinando la cabeza—. Acabo de recibir los despachos de la frontera comercial. El príncipe Kyros está furioso. Aunque autorizasteis los fondos para el iridio, el roce diplomático ha dejado una herida abierta. Kyros es un hombre de rencores largos y controla nuestras rutas vitales. Os lo suplico, no es momento de enemistarse con él. Las cosas son demasiado complejas.
Orión se giró lentamente hacia su consejero. Sus ojos estaban vacíos de toda emoción humana.
—Kyros tendrá su oro —respondió Orión. Su voz sonó plana, gélida—. Hay asuntos más urgentes que el orgullo de un mercader de lujo.
Alexión ascendió, pero no retrocedió. Dio un paso más hacia el círculo de luz, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro cargado de veneno.
-Perder. Por eso mismo debo hablar con franqueza. El Imperio no se enfrenta solo a una rebelión externa, sino a un cáncer doméstico. Mirad a vuestra familia, Majestad. Apolonio y Lucerio no os desafiaban solo por convicción; Están atados por la sangre del Norte. Ambos duermen con las hijas de Kassandros. Selene y Thalmyra son las que guían sus manos ahora. No podéis confiar en vuestros propios generales si sus lealtades se deciden en la cama.
Alexión hizo una pausa, mirando el mapa táctico.
—Incluso Darian, el hijo menor de Kassandros, es una variable peligrosa. Es el único improbable, el que no tiene lazos aquí, un arma suelta en manos de un hombre en el que nunca debisteis confiar. Majestad, el viejo orden de la familia ha muerto. Es tiempo de una nueva era. Una donde el León no depende de primos traicioneros ni de hijos que dudan. Un Imperio purificado, bajo vuestra única y absoluta voluntad.
—¡Basta!
El grito de Thessalia cortó el aire como una hoja de acero. Se plantó frente a Alexión, obligándolo a retroceder. Sus ojos brillaron con una furia que hizo que incluso el consejero bajara la vista por un instante.
— ¿Cómo te atreves, Alexión? —preguntó ella. Su voz sonó cargada de un desprecio absoluto—. Hablas de purificación mientras viertes veneno en el oído de tu Emperador. Estás sugiriendo que ataque a su propio hermano de armas y que reniegue de sus hijos porque han elegido el honor por encima de la tiranía.
Thessalia se giró hacia su esposo, buscando sus ojos.
—Orión, escúchame bien. Este hombre no busca la salvación del Imperio, busca su propia sombra sobre el trono. Si escuchas sus palabras y atacas a Kassandros ya tus hijos por culpa de estos matrimonios que tú mismo apruebas, estarás firmando el fin de los Stormhaven. No habrá “nueva era”, solo habrá un rastro de sangre que llegará hasta esta misma sala. No permitas que esta serpiente te convenza de que estar solo es lo mismo que ser poderoso.
Orión miró a su esposa y luego a Alexión. El conflicto interno se refleja en la tensión de su mandíbula. Por un segundo, la duda cruzó su rostro, un rastro del hombre que una vez fue. Pero luego recordó el desafío de Lucerio en Ithorion y la mirada de rechazo de Apolonio. El sentimiento de traición fue más fuerte que la advertencia de Tesalia.
—Alexión tiene razón en algo —dijo Orión al fin. Su voz sonó gélida, final—. La sangre se ha vuelto agua.
—¡Orión, no! —suplicó Thessalia, pero él no la miró.
—Prepara los informes de movilización, Alexión —ordenó el Emperador, dándole la espalda a su esposa—. Si mis hijos han elegido a las hijas del Norte antes que, a su padre, entonces han elegido su destino. No habrá más diplomacia. Si Kassandros quiere una guerra de familias, se la atreverá. Pero será la última que el Norte vea jamás.
Thessalia retrocedió, golpeada por la frialdad de su marido. Miró a Alexión, que mostró una sonrisa casi imperceptible, y comprendió que el palacio se había convertido en un nido de cuervos. Sin decir una palabra más, salió de la sala, con el corazón apretado por una certeza: el León acababa de condenar a todo su estirpe.
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