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IMPERIUS - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 CAPÍTULO 4 – ECOS DEL CAOS
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5: CAPÍTULO 4 – ECOS DEL CAOS 5: CAPÍTULO 4 – ECOS DEL CAOS Un mes había pasado desde el intento de asesinato en Caeloria.

La noticia había sacudido la corte imperial, y aunque muchos expresaban su preocupación por la seguridad del príncipe, Orión Stormhaven no se dejaba engañar por palabras vacías ni por falsas muestras de empatía.

Al regresar a la capital, se dedicó a investigar el atentado, reuniendo testimonios y pistas que desvelaban una compleja red de intrigas.

Algunos altos cargos de la corte parecían molestos por la injerencia de Orión en asuntos que consideraban reservados para los poderosos.

Para ellos, su intervención era una intromisión imprudente en un terreno donde la discreción era ley.

Desde entonces, la seguridad a su alrededor se intensificó de forma inusitada.

Cada comida, cada conversación y cada paso que daba era fijamente vigilado, en un esfuerzo por proteger al heredero que ya no podía confiar en las lealtades fluctuantes de la corte.

La vigilancia no solo respondía al riesgo del atentado, sino también a la creciente tensión que sus acciones provocaban entre los altos eslabones del poder, quienes veían con recelo su determinación por descubrir la verdad detrás del ataque.

Mientras Orión se sumergía en su investigación, llegaron noticias desde las campañas en los confines del imperio.

El emperador Magnus IV, a pesar de estar inmerso en la vorágine de la guerra, había logrado someter a las regiones restantes, reafirmando la autoridad imperial en territorios que alguna vez se habían rebelado.

Sin embargo, la victoria tenía un alto costo.

En una de las fronteras del norte, cerca de uno de los destacamentos imperiales, se enfrentaba a una de las razas más letales del continente.

Durante un enfrentamiento, parte de su ejército había caído en una emboscada cuidadosamente orquestada.

La valentía y el poder del emperador se hicieron evidentes cuando, en medio del caos, logró salvar a sus hombres, aunque la fuerza abrumadora de los atacantes obligó a retirarse para reagruparse y revaluar la estrategia.

El contraste entre la situación en el frente y los acontecimientos en la capital era palpable.

Mientras el emperador lidiaba con la furia de la guerra en las fronteras, en Varethia la tensión se acumulaba en cada rincón del palacio.

Orión, consciente de ambos frentes de conflicto, se preparaba para lo que venía.

La experiencia de la emboscada en Caeloria lo había endurecido aún más; su mirada era fría y decidida, y en su interior bullía la convicción de que la seguridad del imperio dependía de no dejar que las sombras del pasado volvieran a imponerse.

En ese contexto, la investigación de Orión no era un mero acto de venganza o curiosidad.

Era, sobre todo, una necesidad imperiosa de conocer la magnitud de la traición y los riesgos que acechaban a su imperio.

Con cada pieza de información, la red de conspiraciones se hacía más oscura, y el eco de los golpes de la guerra resonaba tanto en las fronteras como en los pasillos del poder.

El príncipe heredero sabía que, para proteger el futuro de Stormhaven, no bastaba con confiar en los escudos y las espadas.

Era necesario actuar con inteligencia, sin caer en la arrogancia que a menudo acompaña al poder.

Pero también estaba claro que, en un imperio donde el peligro se manifestaba tanto en la arena de batalla como en los recodos de la política, la lucha debía continuarse en ambos frentes.

Mientras la capital se preparaba para nuevos desafíos, Orión se comprometió a descubrir la verdad detrás del atentado, a fortalecer la seguridad en cada rincón de su entorno y a enfrentar, sin titubear, las amenazas que se cernían sobre su linaje y sobre todo el imperio.

La guerra, en sus múltiples caras, seguía avanzando, y en esa lucha, cada sombra, cada traición, era un recordatorio de que el destino de Stormhaven se forjaba en la constancia y en la valentía de aquellos dispuestos a enfrentarlo.

La noche se cernía sobre la capital con un silencio inquietante, roto solo por el crepitar de las antorchas en los pasillos del palacio.

Orión se encontraba en sus aposentos, revisando un pergamino con los últimos informes de su investigación, cuando un suave golpe en la puerta interrumpió su concentración.

—Adelante —dijo, sin levantar la vista.

La puerta se abrió con lentitud, revelando a Thessalia Stormhaven.

La princesa avanzó con paso mesurado, aunque en sus ojos se reflejaba una tormenta interna que no podía ocultar.

Llevaba un vestido azul oscuro, sencillo pero elegante, y su semblante, aunque altivo como siempre, dejaba entrever una preocupación que pocas veces permitía que otros notaran.

—Necesito hablar contigo —anunció sin rodeos.

Orión dejó el pergamino sobre la mesa y le hizo un gesto para que tomara asiento en uno de los sillones cercanos.

Thessalia, en cambio, permaneció de pie, cruzando los brazos mientras su mirada se posaba en la ventana, más allá de los muros de la ciudad.

—He oído rumores… —comenzó, con un tono más bajo—.

Sobre padre.

Orión la observó con atención.

Sabía que, si Thessalia venía a hablarle de esto, era porque el asunto era grave.

—¿Qué rumores?

—preguntó, aunque en el fondo ya imaginaba la respuesta.

—Que ha sido herido… o peor —susurró ella, girándose para enfrentarlo—.

Que su ejército está atrincherado, incapaz de avanzar, y que podrían estar rodeados en cualquier momento.

Orión exhaló con pesadez.

Él también había escuchado susurros al respecto, pero nada confirmado.

—Si hubiera caído, ya lo sabríamos.

—¿Y si lo están ocultando?

—insistió Thessalia, con una sombra de temor en la voz—.

Sabemos que padre no es de los que aceptan la derrota.

Si realmente ha sido herido, no lo admitiría fácilmente.

Orión se levantó, cruzando los brazos mientras miraba la luz titilante de las velas.

—Lo que sabemos es que sigue sin pedir refuerzos.

Y mientras no lo haga, no podemos enviar tropas sin su orden directa.

—Kassandro piensa lo contrario —murmuró ella.

El nombre de su medio hermano bastó para que la tensión en el aire se hiciera más densa.

—¿Kassandro?

—repitió Orión con una ligera mueca.

—Quiere reunir a un destacamento y marchar a la frontera —explicó Thessalia—.

Dice que no podemos arriesgarnos a perder a nuestro padre y que, si esperamos demasiado, podría ser tarde.

Orión soltó un suspiro y volvió a su escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera.

—Kassandro no tiene autoridad para tomar esa decisión.

—No aún, pero tiene el apoyo de algunos nobles —respondió ella, avanzando unos pasos hacia él—.

Si convence al consejo de que la situación es crítica, podría forzarnos a actuar antes de tiempo.

Orión la miró en silencio.

No le sorprendía que Kassandro intentara aprovechar la situación para ganar reconocimiento, pero tomar una decisión precipitada podía costarles caro.

—No podemos dejarnos llevar por el pánico —dijo finalmente—.

La frontera norte es un infierno para cualquier ejército.

Si enviamos refuerzos sin una estrategia clara, podríamos perder más de lo que ganaríamos.

Thessalia frunció el ceño, visiblemente frustrada.

—¿Y qué sugieres?

¿Esperar hasta que nos llegue la confirmación de que padre ha muerto?

—Sugiero que actuemos con inteligencia —respondió Orión con firmeza—.

Mandaremos exploradores, infiltraremos informantes entre los soldados de la frontera.

Necesitamos información real antes de hacer cualquier movimiento.

Thessalia lo miró con intensidad, como si evaluara sus palabras.

Finalmente, exhaló y asintió con lentitud.

—Bien.

Pero si la situación empeora y sigues sin hacer nada, entonces no me opondré a que Kassandro actúe.

Orión se quedó en silencio mientras su prima y prometida salía de la habitación.

Sabía que no tenían mucho tiempo antes de que el consejo tomara una decisión por ellos.

Y si Kassandro estaba dispuesto a lanzarse a la batalla sin pensarlo dos veces, entonces Orión debía adelantarse y asegurarse de que, cuando llegara el momento, el futuro del imperio estuviera en manos capaces.

Después de la visita de Thessalia, Orión se quedó en silencio por un momento, observando las llamas parpadear en el brasero de su habitación.

La posibilidad de que el emperador estuviera herido, o algo peor, era un asunto grave.

No podía permitirse perder el control, no ahora.

Se levantó con calma y se dirigió a la puerta.

Apenas la abrió, Varek, su capitán y escolta personal se irguió al instante.

—Mi señor —saludó con una leve inclinación de cabeza.

—Busca a Kassandro.

Dile que venga de inmediato.

Varek asintió y desapareció por los pasillos de la fortaleza.

Orión regresó a su aposento, apoyando una mano en el escritorio de madera tallada, sus pensamientos giraban como una tormenta.

No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera nuevamente.

Kassandro entró con pasos silenciosos, con la cabeza inclinada ligeramente en señal de respeto.

Aunque era su primo, su condición de bastardo lo mantenía siempre un paso detrás, a la sombra del linaje legítimo.

—¿Me mandaste llamar, mi señor?

—preguntó Kassandro con su tono usualmente mesurado, aunque Orión detectó algo más en su voz.

Ansiedad, tal vez.

Orión se giró hacia él con una expresión firme.

—Escuché que estás pensando en salir en una campaña para rescatar a mi tío.

Kassandro no respondió de inmediato.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de Orión, desafiantes por un breve segundo, antes de desviar la mirada.

—Alguien tiene que hacer algo.

Si el emperador está atrapado, si sus tropas están sitiadas… Orión golpeó la mesa con la palma abierta, cortando su argumento de raíz.

—No harás nada sin mi autorización —su voz era dura, con una autoridad incuestionable—.

No dejaré que te lances a la muerte por rumores.

Kassandro apretó los puños.

—Pero si realmente está herido, si está en peligro, ¿qué?

¿Nos quedamos esperando mientras la corte debate sobre lo que debe hacerse?

Orión suspiró y se acercó un paso más, hasta quedar a su lado.

—No podemos darnos el lujo de actuar por impulsos, Kassandro.

Si el emperador necesita refuerzos, los pedirá.

Y si no lo hace, hay razones para ello.

Hacer un movimiento apresurado solo debilitará nuestra posición.

El silencio entre ellos se alargó, cargado de tensión.

Orión sabía que Kassandro se preocupaba genuinamente por su padre, pero también entendía que no podían permitirse errores.

Finalmente, Kassandro bajó la cabeza en señal de aceptación.

—Entiendo… —murmuró con voz tensa.

Orión lo observó por un instante antes de dar un leve asentimiento.

—Bien.

Ahora, descansa.

Si la situación cambia, serás el primero en saberlo.

Kassandro vaciló antes de girarse y salir de la habitación.

Orión lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró tras él.

Luego exhaló con pesadez y volvió a su escritorio.

La guerra no solo se libraba en los campos de batalla.

También en los pasillos de la corte.

Orión convocó al Consejo Nobiliario en las primeras horas de la mañana, un evento inusual que solo ocurría en circunstancias críticas.

Mientras los altos nobles y burócratas tomaban asiento en la gran sala del consejo, el aire estaba cargado de tensión.

La situación en la frontera norte había despertado temores en la corte, y el silencio solo era roto por los murmullos entre los presentes.

Decimus Valerius, el anciano, pero astuto Canciller del Imperio, fue el primero en hablar.

—Príncipe Orión, vuestra decisión de reunirnos a esta hora sugiere que la situación con su excelencia el emperador requiere una deliberación inmediata.

Su voz se percibía distante y controlada, manteniendo la habitual neutralidad.

Orión asintió con serenidad, mirando a cada uno de los miembros del consejo.

—Han pasado semanas desde que llegaron las primeras noticias.

Sabemos que el ejército imperial está en una posición complicada, emboscado en las tierras salvajes del norte.

Y, sin embargo, mi tío no ha pedido refuerzos.

—Porque no los necesita.

—Castor Valerian, el comandante de la guardia urbana y uno de los más fervientes defensores de Magnus IV, cruzó los brazos con una expresión de desdén—.

Su Majestad ha enfrentado situaciones más difíciles antes y siempre ha salido victorioso.

Enviar ayuda sin su solicitud podría interpretarse como una falta de confianza en su liderazgo.

Orión mantuvo la compostura, pero sus ojos afilaron su mirada.

—¿Y si no pide refuerzos porque no puede hacerlo?

¿Porque su posición es más grave de lo que imaginamos?

—Su Majestad es un estratega, pero no un dios.

—La voz de Decimus interrumpió la conversación, manteniendo una expresión difícil de interpretar—.

Si los informes son correctos, el ejército imperial está atrincherado.

Aun si el emperador no ha solicitado refuerzos, una acción preventiva no sería insensata.

Orión miró al Canciller con sorpresa.

No era común que Valerius apoyara una acción militar, mucho menos una que pudiera interpretarse como una maniobra para desafiar la autoridad del emperador.

—Parece que por una vez estamos de acuerdo.

—No lo confunda con un respaldo ciego.

—Decimus entrecerró los ojos—.

Estoy pensando en la estabilidad del Imperio.

Si Su Majestad pereciera sin un plan de contingencia, los efectos podrían ser catastróficos.

Castor golpeó la mesa con el puño.

—¡Esto es una afrenta!

¡Hablan como si el emperador estuviera muerto cuando aún respira!

Orión lo fulminó con la mirada.

—Si respira o no, no cambia la realidad de nuestra situación.

El Imperio no puede permitirse una debilidad en el norte.

He decidido que una fuerza de apoyo se movilizará.

La sala estalló en murmullos.

Algunos nobles asentían, otros miraban con desaprobación.

—¿Y quién liderará esta fuerza?

—preguntó Castor, con los ojos entrecerrados.

Orión no dudó.

—Yo.

El silencio se hizo absoluto.

El impacto de su declaración resonó en la sala como una espada golpeando el acero.

Los murmullos se intensificaron, y Castor Valerian se puso de pie con furia.

—¡Eso es insensato!

¡No puedes abandonar la capital para embarcarte en una campaña incierta!

Orión lo miró con firmeza, sin rastro de vacilación en su postura.

—No voy a una campaña, Castor.

Voy a asegurar que el Emperador no sea derrotado.

—Si el emperador necesita ayuda, la pedirá.

—Castor apretó los dientes—.

Esto es una movida precipitada.

—Es una decisión calculada.

—Decimus Valerius intervino con su tono gélido—.

Norathis tiene tropas suficientes para enviar un destacamento sin comprometer la estabilidad de nuestras otras posiciones.

Orión asintió.

—Precisamente.

Mi flota en Norathis ha estado inactiva demasiado tiempo.

El almirante Caelus ha mantenido el control de la región con disciplina, pero su potencial se desperdicia si permanece solo en tareas de vigilancia.

Ordenaré que movilice sus fuerzas y se prepare para zarpar en cuanto seamos autorizados.

Castor se pasó una mano por la cara, frustrado.

—Esto es una locura… No sabemos siquiera con qué enemigo nos enfrentamos.

—Lo sabremos cuando estemos allí.

El consejo quedó dividido.

Algunos nobles intercambiaban miradas de duda, otros asentían con aprobación.

Decimus, con su rostro impenetrable, tomó la palabra una vez más.

—Si vais a movilizar las tropas de Norathis, aseguraros de que la logística sea precisa.

Una expedición mal planeada sería más una carga que una ayuda.

Orión esbozó una leve sonrisa.

—Por supuesto, canciller.

No necesito que me recuerden cómo planificar una operación militar.

El ambiente en la sala se había transformado.

Castor se veía exasperado, pero no podía oponerse sin más sin parecer abiertamente un obstáculo.

Decimus, aunque frío, parecía haber encontrado en la decisión de Orión un punto de convergencia.

—Entonces que así sea.

—El canciller se levantó—.

Os aseguraremos los recursos para la movilización.

Orión asintió y se dirigió a los demás nobles.

—Preparad los comunicados.

En cuanto el mensaje llegue a Norathis, Caelus debe comenzar la movilización.

Partimos en cuanto estemos listos.

Y con eso, la reunión llegó a su fin.

Orión se retiró del consejo sin perder tiempo.

Caminó con paso firme hasta sus aposentos, donde su escolta personal, liderada por el capitán Varek, custodiaba la entrada.

Los hombres mostraban tensión: el destino del emperador era incierto y cada decisión podía alterar la guerra.

Dentro de sus aposentos, Orión activó el orbe holográfico, un dispositivo esférico que flotó en el aire antes de proyectar una imagen translúcida de un hombre de porte imponente, vestido con el uniforme negro de la Flota Imperial.

Era el Almirante Caelus Drakon, comandante de la flota estacionada en Norathis.

—Mi señor.

—Caelus inclinó la cabeza levemente—.

He recibido su llamado.

Orión no perdió tiempo.

—Almirante, moviliza la flota de Norathis.

Necesitamos tropas de apoyo en el frente norte.

Caelus frunció el ceño.

—¿Ha llegado una orden directa del emperador?

—No —respondió Orión con franqueza—, pero sabemos que su ejército ha sido emboscado y que sus fuerzas están atrincheradas.

No podemos esperar una petición formal cuando puede estar gravemente herido.

El almirante permaneció en silencio unos segundos, meditando la situación.

Finalmente, asintió.

—Entendido, mi señor.

Desplegaré tres escuadrones de asalto y una división de cruceros de guerra.

Nuestras naves de combate saldrán en formación de vanguardia, con los transportes militares detrás.

—Asegúrate de que las fragatas de reconocimiento se adelanten.

Necesito información clara antes de nuestra llegada.

—Así será, mi señor.

El orbe se apagó lentamente y la proyección de Caelus se desvaneció.

Orión exhaló con fuerza.

Había dado el primer paso, pero aún quedaba mucho por hacer.

Se giró hacia la puerta y, con voz firme, ordenó: —Varek, prepara todo.

Nos vamos al frente.

Orión apenas había comenzado a preparar su partida cuando un extraño murmullo lo alertó.

En el silencio casi absoluto de su aposento, un leve retumbar en el pasillo le hizo levantar la vista.

Varek, su leal capitán, se irguió de inmediato y, con la mano descansando sobre la empuñadura de su espada, se adelantó a la puerta.

De pronto, la puerta se abrió de golpe y, sin previo aviso, diez hombres irrumpieron, moviéndose con precisión y asumiendo el control del perímetro que protegía los aposentos del príncipe.

La situación se volvió tensa.

Varek, observando cuidadosamente el entorno, sacó su espada para proteger a Orión ante la posible amenaza.

Pero cuando la figura que lideraba al grupo emergió de la penumbra, Varek bajó la guardia ligeramente.

Era el príncipe Alexión Vharyos, descendiente del legendario Alto Príncipe Evander I Vharyos, cuyo linaje había forjado una dinastía antigua que, aunque sometida por los Stormhaven, aún conservaba cierta independencia y orgullo.

Alexión, con una expresión tranquila, pero mostrando señales de premura, se dirigió decididamente hacia Orión.

—Baja el arma, Varek.

No hace falta —dijo Alexión con voz firme y serena.

Orión se detuvo frente a él, frunciendo el ceño y acercando la mano a su arma.

El ambiente se tensó al máximo durante unos segundos.

—¿Qué demonios significa esto, Alexión?

—inquirió Orión con una mezcla de sorpresa y enfado.

Alexión dio un paso adelante, acercándose.

—Lo sé, primo, y lamento haber irrumpido de forma tan abrupta, pero no tenía otra opción —explicó, mientras sus ojos se encontraban con los de Orión—.

El imperio está al borde del colapso.

Magnus IV… puede que ya esté muerto, o peor, gravemente herido.

No podemos esperar a que el caos se instale por completo.

El ambiente se volvió espeso.

La verdad que Alexión traía era tan ineludible como dolorosa.

Con un gesto sutil, sacó de su cinturón un pequeño orbe metálico que comenzó a proyectar documentos y mapas tácticos: pruebas que hablaban de la caída de viejos aliados y de traiciones ocultas, de la sangre derramada en nombre de un imperio desmoronado.

Entre esos documentos, Orión reconoció los nombres de la facción noble de su madre, aquellos que habían jurado vengar su muerte.

—¿Qué hiciste, Alexión?

—preguntó Orión con voz tensa.

—He colocado hombres en posiciones estratégicas —respondió Alexión con voz firme—Tengo aliados infiltrados en la flota imperial.

Mientras algunos de nuestros enemigos se preparan para aprovechar cualquier debilidad, ellos ya están en marcha para ejecutar el plan que, si no actuamos ahora, nos condenará a todos.

Orión cerró los ojos un momento, agobiado por la traición.

Al abrirlos, su expresión era firme.

—¿Y Kassandro?

—preguntó en voz baja.

Alexión lo miró fijamente y dijo sin rodeo: —Kassandro es una variable peligrosa.

No podemos confiar en él; su lealtad es tan ambigua como su origen.

Si se usa en nuestra contra, podría ser la ruina de todo lo que hemos construido.

La habitación quedó en silencio.

El eco de las palabras de Alexión resonaba con fuerza en el alma de Orión, obligándolo a tomar una decisión que sabía que no tendría vuelta atrás.

—Si hago esto, sabré a qué me estoy comprometiendo —murmuró Orión, casi para sí mismo.

Alexión esbozó una sonrisa triste, cargada de determinación y resignación.

—Nunca ha habido vuelta atrás, Orión.

La historia de nuestra familia ya está escrita en sangre.

Lo único que podemos hacer es asegurarnos de que el futuro no se repita.

En ese momento, la sala adoptó una atmósfera de tensión, caracterizada por la presencia simultánea de lealtad, deber y deseos de venganza.

Los colaboradores de Alexión se distribuyeron estratégicamente y comenzaron a circular comentarios sobre posibles conspiraciones.

Orión comprendió que el proceso para alcanzar el poder implicaría tomar decisiones complejas, en las que tanto sus palabras como sus acciones influirían directamente en el futuro del imperio.

Después de la conmoción de la reunión, un hombre del séquito de Alexión se adelantó y, con urgencia, activó el orbe holográfico.

La proyección cobró vida con un resplandor titilante, revelando imágenes fragmentadas y distorsionadas por la estática.

Pero lo poco que se veía era suficiente para sembrar el caos: el regimiento de Orión, que se dirigía al frente en apoyo al emperador, había sido emboscado.

Sombras se movían entre el humo como espectros hambrientos, destrozando todo a su paso.

Los cuerpos de los soldados yacían en el barro, algunos aun forcejeando contra lo inevitable.

No había duda.

Los Xavorianos estaban allí.

Criaturas de energía pura, imposibles de atrapar o matar con métodos convencionales.

Bestias de guerra liberadas solo cuando alguien quería arrasar sin dejar rastro.

Un escalofrío recorrió la sala.

El mensajero apretó la mandíbula antes de hablar.

—Señor, tenemos una urgencia.

La emboscada fue planeada: los Xavorianos recibieron información precisa, lo que indica la presencia de un traidor.

Orión no respondió al instante; observó la proyección, asimilando los detalles.

No era una sospecha: era una traición confirmada.

Su expresión facial se volvió seria y, al hablar, empleó un tono firme y cuidadosamente medido.

—Alexión, escucha bien.

Ordena a tus hombres que se reúnan en la capital, pero hazlo en silencio.

No quiero movimientos que alerten a nadie.

No actúes sin mi aprobación.

Extendió una mano hacia el escritorio y sacó una pequeña runa tallada con símbolos ancestrales.

La colocó en la palma de Alexión y lo miró con severidad.

—Úsala solo si es absolutamente necesario.

No quiero mensajes abiertos.

Y en ninguna circunstancia muevas un dedo contra Kassandro.

Vigílalo y protégelo.

Alexión asintió con seriedad y sus hombres se dispersaron rápidamente en silencio.

Unos segundos después, la puerta de la sala se abrió bruscamente.

Varek, capitán de la guardia, ingresó mostrando una expresión seria y tensa.

—Señor, debo informarle que hay novedades.

La emboscada no solo afectó a su regimiento; se produjo a lo largo de toda la ruta hacia el emperador.

Sin embargo, esto no constituye el aspecto más grave.

Orión entrecerró los ojos.

—Habla.

Varek tragó saliva.

—Hemos recibido una transmisión fragmentada… No es clara, pero… podría tratarse del emperador.

Un pesado silencio cayó en la sala.

Orión extendió la mano, y Varek activó la runa de comunicación.

Un parpadeo de luz y, por un instante, la imagen apareció en el aire.

El emperador Magnus IV Stormhaven estaba arrodillado.

Sus ropajes aún llevaban la majestuosidad de la casa imperial, pero estaban rasgados, sucios de sangre y polvo.

Su rostro, marcado por la edad y las cicatrices de guerra, estaba más sombrío que nunca.

—Fui… traicionado.

—Su voz era ronca, entrecortada.

A su alrededor, las sombras se movían con formas imposibles de definir—.

El alto consejo… Un destello violento interrumpió la transmisión.

Varek maldijo en voz baja.

Orión se quedó inmóvil por un largo instante.

Luego, habló con una calma que helaba la sangre.

—La capital es el próximo objetivo.

Pero si actuamos con demasiada prisa, ellos lo sabrán.

Cerró los ojos brevemente y, al abrirlos, manifestó una firme resolución.

—Varek, encárgate de que las tropas dentro de la ciudad estén listas, pero que no haya movimientos sospechosos.

Nadie fuera de este cuarto debe saberlo.

Varek asintió y se marchó de inmediato.

Orión se quedó en la penumbra, observando el orbe apagado.

El emperador estaba capturado.

Su ejército, diezmado.

Y el enemigo… estaba más cerca de lo que cualquiera imaginaba.

Mientras avanzaba al salón del trono, Kassandro surgió del pasillo, cauteloso y confundido.

Observó a Orión, percatándose de su inquietud.

Algo serio ocurría.

No quiso mostrarse demasiado curioso, pero aun así se atrevió a hablar.

—Sea lo que sea que estés pensando, estaré preparado —dijo en voz baja.

Orión lo observó por un momento, evaluando su determinación.

Después asintió.

—Prepárate —ordenó con tono firme—.

Reúne a mis hombres alrededor del palacio.

Que nadie sospeche.

Kassandro no pidió explicaciones ni vaciló.

Simplemente asintió y desapareció en la penumbra.

Orión continuó su camino, ajustando su porte, adoptando la expresión serena y majestuosa que el momento exigía.

Cuando cruzó las imponentes puertas del salón del trono, algunos nobles presentes se volvieron hacia él con expectación.

—¿Cómo va la misión, mi señor?

¿Se sabe algo?

—preguntó uno de ellos con fingida cortesía.

Orión mostró una sonrisa casi imperceptible, como si nada estuviera ocurriendo.

—Nada aún —respondió con naturalidad, ocultando su verdadera intención tras una máscara de indiferencia.

Su mirada recorrió la sala meticulosamente.

Algo no encajaba: ni el canciller ni Castor estaban presentes.

Su ausencia no era casual; ambos lo habían planeado.

El golpe estaba en marcha.

Orión cruzó la sala y habló con voz firme, acallando la corte al instante.

—Durante generaciones, Stormhaven ha sido cuna de grandes emperadores —comenzó, con un aire solemne—.

Magníficos líderes que alzaron este imperio sobre los cimientos de la guerra y la sangre.

Los nobles intercambiaron miradas de desconcierto.

El discurso parecía no tener un propósito claro, pero Orión no les dio tregua.

—Algunos de ellos fueron traicionados —continuó, recorriendo el rostro de cada miembro del alto consejo—.

No por sus enemigos… sino por aquellos a quienes más confiaban.

Por aquellos que juraron lealtad y, en la sombra, conspiraron para destruirlos.

Un silencio denso cayó sobre la sala.

Orión dejó que la tensión se asentara antes de dar el siguiente golpe.

—El error de mis antepasados fue creer que el equilibrio se encontraba en dividir el poder.

Que la estabilidad nacía de compartir la autoridad con quienes no tenían la voluntad de sostenerla.

Pero yo no cometeré ese error.

En ese momento, las puertas del salón se abrieron de golpe.

Los hombres de Orión entraron con paso marcial, rodeando a los presentes con una sincronización impecable.

No hubo gritos, ni forcejeos.

Solo el helado peso de la inevitable verdad cayendo sobre cada noble de la sala.

Orión levantó el mentón, con la sombra de una amenaza en su voz.

—Sabemos lo que hicieron.

Las miradas se cruzaron con incertidumbre y pánico.

Algunos intentaron disimular, otros parecían aún más confundidos.

—¿Dónde están el canciller y Castor?

—preguntó.

Nadie respondió.

Orión avanzó unos pasos más, y entonces, una de las ventanas de comunicación se iluminó con un destello azul.

La imagen apareció frente a todos: el emperador, prisionero.

Su armadura, dañada.

Su ejército, diezmado.

Orión experimentó una sensación de ira contenida.

—El emperador ha sido víctima de una traición —afirmó con determinación—.

Alguno de los integrantes de este consejo es responsable.

Su expresión adoptó una mayor severidad.

—Tienen una sola oportunidad para confesar antes de que este salón se convierta en su tumba.

Uno de los nobles, con la voz temblorosa, rompió el silencio.

—Yo… yo no formé parte de esto —balbuceó, evitando la mirada de Orión—, pero escuché rumores.

Creíamos que Castor estaba detrás del intento de asesinato… porque algunos dentro del consejo apoyaban tu derecho al trono y otros no.

Un murmullo inquieto recorrió la sala.

Kassandro, de pie junto a Orión, frunció el ceño y, con la voz tensa, preguntó: —¿Mi padre está muerto?

Orión lo miró sin responder.

No necesitaba decirlo.

Su expresión bastó.

Kassandro apretó la mandíbula y desvió la vista, conteniendo la tormenta que se agitaba en su interior.

Mientras tanto, a las puertas de la capital, el Canciller Decimus y Castor avanzaban con un ejército de quince mil soldados, parte de las fuerzas imperiales.

Sus estandartes ondeaban con la insignia del imperio, proclamando su presencia.

Pero al llegar, encontraron su camino bloqueado.

Alexión aguardaba con ocho mil hombres del principado.

Sus filas estaban firmes, listas para impedir el paso.

Desde las murallas, los arqueros observaban con atención cada movimiento.

Dentro de la ciudad, cinco mil soldados leales a Orión patrullaban las calles, consolidando el control.

El canciller avanzó unos pasos con su caballo.

—Hemos venido a asegurar el trono del emperador legítimo —declaró—.

Orión Stormhaven debe asumir el mando.

La muerte de Magnus IV es un hecho.

Alexión se mantuvo sin mostrar reacción.

Observó detenidamente a los hombres del canciller y dijo con voz firme: —Aún no hay certeza de eso.

Nadie entra.

Las tropas se tensaron.

Los soldados aferraron sus armas.

Castor y el canciller intercambiaron miradas.

No estaban dispuestos a retirarse.

La batalla estaba a punto de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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