IMPERIUS - Capítulo 8
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8: CAPÍTULO 7 : ECOS DEL LEÓN 8: CAPÍTULO 7 : ECOS DEL LEÓN El cielo sobre Varethia explotaba en colores imposibles.
Dragones de fuego y leones estelares surcaban la bóveda nocturna, mientras la ciudad, vieja y orgullosa, palpitaba bajo los latidos de un imperio que no conocía rival.
Desde las torres de mármol hasta las plazas en sombra, todo celebraba los veinte años de gobierno del León Carmesí.
Apolonio cerró los ojos al cruzar el umbral del Palacio de los Cielos.
El viento, aunque cargado todavía con el perfume de los jardines imperiales —jazmín estelar y ceniza ceremonial—, traía consigo un matiz que no recordaba.
Algo más amargo.
Algo que no estaba allí cuando partió.
Había pasado media vida (21 años) guerreando en los confines del imperio, modelando planetas enteros con fuego y acero.
Ahora, al pisar la capital, se preguntaba si alguna vez había sido parte de ella realmente.
A su lado, su hermano Lucerio desmontaba de su montura imperial con la misma gracia medida que usaba para manejar ejércitos.
Siempre bajo control.
Siempre frío.
Más allá, Cassian bajaba con una risa suave, casi nerviosa, como si no terminara de creer que las piedras de Varethia seguirían en pie tras tanto tiempo.
Habían cambiado.
Todos.
Y Varethia también.
Las calles por donde una vez caminaron como príncipes ahora rebosaban de rostros nuevos, idiomas extraños, soldados que no conocían el nombre de su madre.
El Imperio Stormhaven había crecido más allá de lo que su padre jamás soñó…
pero a un precio que todavía no alcanzaban a entender.
El Palacio de los Cielos se alzaba delante de ellos, tan majestuoso como en su infancia, pero sus muros parecían más viejos, más gastados.
O tal vez eran ellos quienes ahora veían las grietas.
—Crees que padre esté satisfecho?
—preguntó Cassian, rompiendo el silencio.
Lucerio soltó una risa seca.
—Padre no se conforme.
Solo exige.
Apolonio no respondió.
Sus ojos, endurecidos por años de conquista, se alzaron hacia los estandartes carmesí que ondeaban en las almenas.
Un León Rampante, aún rugiendo contra el cielo.
El rugido de una bestia que no sabía si aún era rey…
o solo un eco.
Detrás de ellos, la multitud aclamaba el nombre de Orión.
Pero Apolonio solo oía el latido de su propio corazón, golpeando como un tambor de guerra, anunciando que algo viejo estaba muriendo…
y algo nuevo, algo más salvaje y oscuro, estaba a punto de nacer.
La plaza central de Varethia hervía de vida.
Gobernadores de los sistemas exteriores, almirantes de flotas legendarias, cónsules de mundos conquistados…
todos habían acudido, vestidos con sus mejores galas, para rendir homenaje a Orión Stormhaven en el vigésimo aniversario de su reinado.
Desde un estrado adornado en mármol negro y filigranas doradas, los heraldos anunciaban cada nueva llegada.
Las trompetas imperiales cortaban el aire espeso, saturado de incienso y flores, mientras el gentío abría paso a los ilustres invitados.
Los tres hijos de Orión —Apolonio, Lucerio y Cassian— avanzaban entre la multitud, bajo la mirada de miles.
Ya no eran los jóvenes que partieron a conquistar en nombre de su padre; eran hombres endurecidos por la guerra, templados como el acero y cargando sobre sus hombros el peso de las expectativas.
Frente al Palacio de los Cielos, los artesanos imperiales ultimaban los detalles de una colosal estatua: Orión, inmortalizado en piedra carmesí, con la espada alzada hacia las estrellas.
Una obra destinada a perdurar más allá de cualquier memoria, más allá incluso del propio Imperio.
Apolonio detuvo su paso al verla.
La expresión del rostro tallado era la de un conquistador triunfante, pero en la mirada había algo más, algo frío.
Y en ese destello pétreo, Apolonio reconoció, a su pesar, un reflejo de sí mismo.
La ceremonia no era solo un tributo al pasado; era también la afirmación de un futuro.
Kassandros de Varethia, primo de Orión y su más antiguo aliado, llegó acompañado de sus tres hijos: Selene, de belleza etérea y mirada astuta; Thalmyra, fiera como un relámpago en mitad de la tormenta; y Darian, joven y callado, cuyos ojos parecían medir el mundo con una seriedad impropia de su edad.
Los príncipes de Varethia, pese a su sangre noble, no tenían derecho al trono Stormhaven.
Pero su linaje era cercano, lo suficiente como para que Orión, en un acto que marcaría el destino del Imperio, nombrara a Kassandros como Regente Imperial: el segundo hombre más poderoso después del Emperador.
El aire se tensó cuando Kassandros se acercó al estrado.
Su manto púrpura arrastraba tras de sí como una sombra larga y pesada.
Los murmullos se propagaron entre la multitud como un rumor de olas en una tormenta: un oleaje de ambición, intriga y temor.
Orión Stormhaven, vestido con su armadura ceremonial, alzó una mano.
El silencio cayó sobre la plaza como una orden inexorable.
—Hoy —proclamó, su voz tan profunda como la raíz misma de los mundos— celebramos no solo veinte años de gloria, sino la eternidad de nuestro linaje.
En reconocimiento a su lealtad inquebrantable, yo, Orión I, Emperador Universal, nombro a Kassandro de Varethia como Regente de Varethia y de todos los mundos bajo nuestro estandarte.
El eco de sus palabras pareció estremecer la tierra misma.
Kassandro inclinó la cabeza en señal de respeto, pero en sus labios se dibujó una sonrisa tenue, casi imperceptible.
Una sonrisa que pocos notaron, pero que Apolonio sí vio…
y que dejó en su pecho un amargo presentimiento.
Desde las sombras de los jardines imperiales, ojos ocultos —los ojos de los conspiradores, siempre atentos donde hay poder— brillaban como cuchillas envainadas, esperando el momento de saltar.
El Festival de la Ascensión apenas comenzaba, pero en los rincones más oscuros de Varethia ya se gestaba algo más poderoso que la celebración de un Imperio: el inicio de su caída.
La Cena Imperial se celebraba en el Gran Salón del Palacio de los Cielos, bajo un techo de cristales flotantes que reflejaban la luz de mil estrellas.
Largas mesas de ébano pulido se extendían bajo candelabros suspendidos por la voluntad de los tecromantes, y en cada asiento reposaban nobles, almirantes, cónsules y príncipes de sangre antigua.
Solo los elegidos, los verdaderamente poderosos, podían asistir a aquella noche de gloria.
Orión Stormhaven presidía la mesa principal, su armadura ceremonial reemplazada por una túnica negra de bordados plateados que narraban su ascenso al trono.
A sus costados, sus tres hijos —Apolonio, Lucerio y Cassian—, y frente a ellos, Kassandro con sus propios herederos.
La cena transcurría en un murmullo solemne, apenas interrumpido por el tintinear de copas de cristal y platos de oro.
Era un silencio denso, como el de un campo de batalla antes de la primera carga.
Orión se puso de pie.
Su sola presencia bastó para que el salón entero se sumiera en un respeto inmediato.
Alzó su copa, rebosante de vino escarlata.
—Hoy —dijo con voz firme— celebro no solo la fidelidad de nuestros aliados, sino también la sangre de mi linaje, que no ha hecho más que ennoblecerse a través de la conquista.
Se volvió hacia sus hijos, mirándolos uno a uno con una mezcla de orgullo y dureza.
—Apolonio, mi primer heredero, que doblegó los sistemas de Khaer’Zan con la fuerza de su voluntad.
Lucerio, cuyo genio militar hizo arrodillarse a las ligas de Ithorion.
Cassian, quien llevó la luz del Imperio a las fronteras olvidadas de la galaxia en Vhorys Prime Los tres hermanos inclinaron la cabeza.
Aunque sus rostros eran serenos, sus corazones latían con fuerza bajo la mirada de su padre.
Orión hizo una pausa.
Sus ojos de acero recorrieron la asamblea.
Sabía que lo que diría a continuación alteraría el destino de todos los presentes.
—Y para sellar aún más nuestro destino —continuó—, anuncio la unión de nuestras casas.
Apolonio tomará como esposa a Selene de Varethia, y Lucerio se desposará con Thalmyra de Varethia.
Un murmullo sofocado recorrió la sala como un relámpago contenido.
Algunos se miraron entre sí, otros apenas lograron disimular su asombro.
Apolonio apretó la mandíbula mientras Selene lo observaba con una leve inclinación de cabeza, su expresión era tan impenetrable como una máscara de porcelana.
Lucerio, en cambio, sostuvo la mirada desafiante de Thalmyra; entre ellos había algo parecido a un choque de cuchillas aún envainadas.
Kassandro no vaciló.
Se levantó junto a sus hijas, quienes se inclinaron en perfecta sincronía.
Su voz sonó clara y grave en el gran salón: —Mi sangre es vuestra, majestad.
Mis hijas son un honor que el Imperio llevará en su seno.
Orión asintió, satisfecho.
No había pedido permiso, porque no lo necesitaba.
Era la ley viviente.
Apolonio, tras unos segundos de tensa reflexión, también se puso de pie.
Su voz, medida y solemne, rompió el silencio: —Haré honor a vuestro mandato, padre.
Selene tendrá en mí un esposo digno de su estirpe.
Selene, sonriendo apenas, replicó con dulzura venenosa: —Espero que vuestra ambición sea tan grande como dicen, mi señor…
porque la mía no conoce límites.
Un par de risas ahogadas se escaparon en los rincones más oscuros de la sala, pero pronto el silencio volvió a imponerse.
Lucerio, un poco más directo que su hermano, cruzó los brazos mientras miraba a Thalmyra con una media sonrisa torcida.
—Espero que no seas de las que huyen de la tormenta, princesa —murmuró apenas con una voz audible.
—Yo soy la tormenta, príncipe —respondió Thalmyra, sin apartar la mirada.
Orión sonrió, complacido.
Sabía que en esas uniones nacía no solo una alianza de sangre, sino también futuros conflictos que harían aún más fuerte a su Imperio.
Porque la grandeza nunca surgía de la calma…
sino del choque de voluntades.
La cena prosiguió, pero algo había cambiado en el aire: una nueva era comenzaba a gestarse, y no todos estaban listos para lo que traería.
Mientras las copas se alzaban y las voces de la nobleza llenaban el Gran Salón, el Emperador Orión I Stormhaven alzó una mano.
No gritó, no ordenó… solo levantó esa mano marcada por las décadas de gobierno y conquista.
Y el silencio cayó como un manto.
—Mis hijos —dijo con voz firme, aunque no necesitaba levantarla para ser escuchado—.
Hemos brindado por la gloria del Imperio.
Hemos honrado a los caídos.
Ahora es momento de mirar hacia el firmamento… y saber si nuestras llamas siguen ardiendo más allá de este mundo.
Los príncipes, sentados en sus respectivos asientos según su rango y territorio, intercambiaron miradas.
El protocolo exigía respeto, pero la sangre compartida cargaba con historias que no siempre podían esconderse tras máscaras imperiales.
Apolonio, siempre el primero, se levantó con la rigidez de un guerrero.
Su armadura ceremonial, negra y roja como los desiertos de Khaer’Zan, brillaba bajo la luz de las esferas suspendidas.
—Padre.
Khaer’Zan permanece firme.
Los clanes Zahadim ya no guerrean entre sí.
Juran por mi estandarte y me llaman el Forjador de Sangre.
La Ciudadela Negra ha sido ampliada, y nuestros ingenieros trabajan en adaptar las antiguas ruinas de los Vhaz’Ra.
Aún no comprendemos el alcance de su poder… pero son más que piedra.
Son memoria viva.
Y creo…
que nos observan.
Un murmullo inquieto se alzó entre los cortesanos.
Orión, inmóvil, simplemente asintió.
Luego fue el turno de Lucerio, el diplomático, vestido con ropajes verdes y dorados tejidos con fibras del propio Ithorion.
Su voz era suave, casi como un susurro de bosque.
—Ithorion respira en paz, por ahora.
Los druidas del Pacto Verde se han integrado al gobierno imperial sin perder sus costumbres.
Las raíces profundas de ese mundo no se arrancan con espadas… pero me han aceptado.
Aunque últimamente, las sombras en los árboles se mueven distinto.
Algo despierta.
Algo antiguo, incluso para ellos.
Cassian, el más joven, aún no se levantaba.
Su mundo no había sido descrito todavía…
Orión permanecía sereno, pero sus ojos se clavaron en él.
—¿Y tú, Cassian?
¿Nos hablarás de Vhorys Prime… o del vacío que crece en sus cielos?
Cassian se levantó lentamente.
No llevaba armadura brillante ni mantos de gala como sus hermanos.
Su vestimenta era sobria, de un tono gris oscuro, apenas adornada con el emblema de Vhorys Prime: una serpiente enroscada alrededor de una estrella moribunda.
Se inclinó ligeramente ante Orión, más por costumbre que por verdadera devoción.
—Vhorys Prime —empezó, con una voz que arrastraba una leve sombra de cansancio— permanece bajo control imperial.
Las factorías continúan su producción de armamento pesado y los laboratorios de investigación han logrado avances…
aunque, no todos deberían ser celebrados.
Algunos senadores intercambiaron miradas tensas.
Nadie preguntaba mucho sobre Vhorys Prime.
Era un mundo industrial, infame por su clima tóxico y sus cielos siempre cubiertos de tormentas metálicas.
Una fábrica de guerra para el Imperio.
Y un cementerio en vida para aquellos que lo habitaban.
Cassian continuó: —Las colonias del hemisferio sur han reportado incidentes inusuales.
Trabajadores que desaparecen en plena jornada.
Maquinarias que se activan solas en los sectores abandonados.
Algunos hablan de voces que susurran en los túneles más antiguos… y de presencias que caminan en la niebla, donde no debería haber nada.
Hizo una pausa, midiendo sus palabras.
—Nuestros inquisidores aseguran que no hay actividad rebelde detectable.
Pero yo…
no estoy tan seguro.
Algo se está gestando bajo la superficie de Vhorys Prime.
Algo que no entiende de banderas ni de juramentos.
El silencio en la sala era ahora denso, casi pegajoso.
Orión no habló de inmediato.
Solo lo observó largo rato, como si intentara ver más allá de sus palabras, escudriñando las grietas invisibles de un hijo que conocía demasiado bien.
Finalmente, el Emperador asintió apenas, y con un gesto de su mano permitió que Cassian regresara a su asiento.
—Vhorys Prime siempre ha sido un lugar donde lo improbable sobrevive —murmuró, casi para sí mismo—.
No permitas que lo imposible lo destruya.
La ceremonia continuó, pero el aire había cambiado.
Ya no era solo una celebración de victorias pasadas… sino un presagio de lo que vendría.
La ceremonia terminó bajo una lluvia de aplausos, brindis y promesas huecas.
A medida que los invitados se dispersaban por los grandes pasillos de mármol, Cassian se escabulló hacia una de las galerías laterales, buscando un poco de aire lejos de tanta pompa.
No tardó en escuchar pasos detrás de él.
No se molestó en volverse.
Sabía de quién se trataba.
Apolonio se acercó con las manos a la espalda, su figura alta y solemne, aunque sus ojos no mostraban juicio, sino algo más difícil de definir.
—No esperaba verte tan…
apático —dijo Apolonio, deteniéndose a su lado.
Miró hacia los ventanales donde la noche se extendía como un océano negro—.
Siempre fuiste el más reservado, pero hoy…
había algo más.
Cassian no respondió de inmediato.
Sus manos descansaban sobre la baranda, cerradas en puños relajados.
Finalmente, habló: —No es apatía, hermano.
Es precaución.
Apolonio ladeó la cabeza, como quien escucha un idioma que no termina de entender.
—Precaución…
—repitió en voz baja—.
¿Por qué?
¿Crees que algo amenaza al Imperio?
Cassian desvió la mirada, pensativo.
—No lo sé aún.
Solo…
lo siento.
Como el olor a ozono antes de una tormenta.
Apolonio lo estudió un momento más, su expresión endureciéndose.
No era un hombre que despreciara los presentimientos.
En su vida militar había aprendido que los instintos, cuando venían de alguien como Cassian, rara vez se equivocaban.
—Confío en ti —dijo al fin—.
Pero no puedes enfrentar esto solo.
Dime qué necesitas.
Cassian soltó una risa breve, seca.
—Necesito ojos que no sean ciegos por la gloria del Imperio.
Y oídos que no estén sordos de tanto repetir consignas.
Apolonio asintió, comprendiéndolo a su manera.
—Haré que uno de nuestros agentes de confianza viaje a Vhorys Prime.
Alguien que sepa cuándo mirar en silencio y cuándo actuar.
Cassian miró a su hermano, una chispa de gratitud cruzando fugazmente por su rostro.
—Gracias, Apolonio.
No quiero que Vhorys Prime sea la chispa que incendie todo lo que hemos construido.
Apolonio puso una mano firme sobre su hombro.
—Entonces hagámoslo antes de que el fuego siquiera empiece.
La promesa quedó flotando entre ellos, silenciosa pero pesada como una sentencia.
Y mientras las risas de la corte resonaban a lo lejos, los dos hermanos sabían que algo había cambiado esa noche, algo que ya no se podía detener.
Apolonio seguía de pie, mirando las luces lejanas de la ciudad que parpadeaban como estrellas ahogadas, cuando escuchó pasos acercándose.
Esta vez, no fue el eco formal de un soldado ni el bullicio torpe de un cortesano.
Era un caminar más ligero, seguro, aunque algo contenido.
Se volvió y vio a Selene, deteniéndose a pocos metros de él.
La luz de los candelabros acariciaba su cabello oscuro y resaltaba la severa elegancia de su rostro.
Había en sus ojos algo más que obediencia: una chispa que Apolonio no supo definir de inmediato.
—Príncipe —dijo ella, con un leve asentimiento.
Él frunció apenas el ceño.
Después de todo lo que había ocurrido, después de la sorpresa brutal del anuncio, no quería formalidades frías entre ellos.
—Selene —corrigió con suavidad—.
Aquí no hace falta tanta ceremonia.
Ella pareció dudar un instante, apenas un parpadeo.
—Entonces, Apolonio —dijo, dejando escapar su nombre como si fuera algo extraño en sus labios.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que el bullicio lejano de la corte se desvaneciera entre ellos.
—Quería saber qué piensas realmente de todo esto —preguntó Selene, sin rodeos—.
De…
nosotros.
Apolonio inspiró hondo.
Durante años había aprendido a ocultar sus emociones, a presentarse ante el mundo como el príncipe perfecto, inquebrantable.
Pero allí, en la penumbra silenciosa de la galería, ante ella, no vio sentido en mentir.
—No lo esperaba —admitió—.
Como tú, me enteré cuando lo proclamó frente a todos.
Selene bajó la mirada un instante, sus dedos tensándose sobre los pliegues de su vestido.
—Tampoco era mi deseo…
—confesó, levantando de nuevo el rostro, esta vez con una franqueza desarmante—.
Pero si he de estar atada a alguien, prefiero que sea a un hombre que no se oculta tras palabras vacías.
Apolonio esbozó una media sonrisa, breve, sincera.
—No quiero que seas solo una obligación para mí —dijo—.
Y no quiero ser una cadena para ti.
El silencio se estiró entre ellos, denso pero vivo.
No era rechazo lo que había en el aire.
Era algo más crudo, más real: dos vidas empujadas hacia un mismo destino sin haberlo elegido, pero demasiado orgullosas para retroceder.
Selene dio un pequeño paso hacia él.
—No deseo amor de cuentos, Apolonio —dijo, su voz apenas un susurro—.
Pero quiero respeto.
Y lealtad.
Él asintió, con una gravedad que parecía pesar sobre sus hombros.
—Te ofreceré ambos.
Y te daré algo más, si lo quieres…
tiempo.
No te pediré devoción de la noche a la mañana.
Selene lo observó largo rato, como si evaluara el valor real de esas palabras.
Luego, por primera vez, sus labios se curvaron en una sombra de sonrisa.
—Entonces, tal vez…
podamos construir algo mejor que lo que nos impusieron.
Apolonio no respondió.
No hacía falta.
Solo inclinó ligeramente la cabeza, aceptando el pacto tácito que acababan de sellar.
Ella hizo una última reverencia, esta vez más fluida, menos impuesta por la costumbre, y se retiró, sus pasos resonando con una extraña ligereza en el mármol.
Apolonio se quedó allí, solo, sintiendo por primera vez en esa noche interminable que quizá, solo quizá, no todo estaba perdido.
La Mañana de la Audiencia Imperial El sol apenas despuntaba sobre las cúpulas doradas de Imperium Prime cuando las puertas del Salón de la Llama se abrieron.
La sala, bañada por la luz rojiza del alba, recibía a los representantes de dos tribus ancestrales provenientes de los Confines de Mithrakar, un mundo agreste en los márgenes del Imperio.
Venían desde regiones donde la arena era negra como la obsidiana y los cielos estaban permanentemente cubiertos por nubes color ceniza.
Ambas delegaciones llevaban marcas rituales en la piel y vestían con capas de fibras vivas que latían como si aún tuvieran pulso.
Eran de razas distintas pero emparentadas: los Zarh’kai, de rostros felinos, piel azulada y ojos iridiscentes; y los Ur-Malaak, más corpulentos, de cuernos huesudos y escamas negras en los brazos.
Antiguos enemigos, pero unidos ahora en su rencor mutuo por un territorio en disputa: la Quebrada de Yhuzar, una franja de tierra fronteriza donde crecía una rara especia conocida como “sul’reth”.
El sul’reth no solo era codiciado por su sabor y valor comercial.
Tenía propiedades alquímicas: estimulaba el cuerpo, agudizaba los sentidos y era usada en ritos antiguos como símbolo de visión y claridad.
Pero las últimas lluvias habían desplazado su hábitat natural, y la Quebrada —considerada tierra neutral durante generaciones— se volvió un campo de tensiones.
Ambas tribus, reclamando derechos ancestrales, se negaban a ceder.
La situación escaló hasta que el Senado recomendó que solo una voz podía resolver el asunto: la del Emperador.
Orión, vestido con su armadura ceremonial, sin casco, cabello recogido hacia atrás y la mirada afilada como una lanza, se sentó en el Trono del León Carmesí.
A su alrededor, en una plataforma secundaria, se encontraban sus tres hijos: Apolonio, Cassian y Lucerio.
Frente a ellos, en la bancada izquierda, estaban los hijos de Kassandro: Selene, Thalmyra y Darian, todos sentados con rigidez, en silencio atento.
Orión los había llamado a observar… pero también a participar.
—Hoy aprenderán que gobernar no es solo dar órdenes ni blandir espadas —dijo con voz grave, sin levantarla, pero cargada de presencia—.
Es escuchar, discernir… y decidir.
Cada uno de ustedes me dará su veredicto sobre este conflicto.
Lo que crean justo.
Yo decidiré cuál lleva la verdad del gobernante, o si ninguno lo hace.
Las tribus presentaron sus argumentos con pasión y solemnidad.
Los Zarh’kai decían que el sul’reth había sido sagrado para ellos desde los tiempos del Velo, cuando sus chamanes hablaban con los ancestros bajo su influencia.
Argumentaban que sin el sul’reth, perderían su conexión espiritual, y su cultura colapsaría.
Los Ur-Malaak, por su parte, sostenían que habían cultivado la zona en los últimos años, cuidando el terreno y haciendo prosperar la región.
Decían que, si los Zarh’kai lo querían de vuelta, debían compartirlo, no reclamarlo como herencia absoluta.
Hubo silencio.
Todos giraron hacia Apolonio, quien fue el primero en hablar.
—Dividan la Quebrada.
Mitad para cada uno.
Si no saben compartir, que la línea del Emperador sea su nuevo límite.
—Su tono fue firme, calculado.
Cassian habló luego, con calma: —El sul’reth no pertenece a quienes lo desean más, sino a quienes lo hicieron florecer.
Si los Ur-Malaak lo han cuidado, ellos deben poseerlo… pero podrían ofrecer parte como tributo a los Zarh’kai, en honor a su vínculo espiritual.
Lucerio se levantó y cruzó los brazos.
—Yo digo que lo destruyan todo —exclamó, desafiando la tensión del momento—.
Si no pueden convivir sin guerra por una planta, entonces ninguno la merece.
Que se queme, y que aprendan a vivir sin ella.
Un murmullo recorrió la sala.
Luego fue el turno de Selene .
Sus ojos, como la tormenta antes del trueno, se clavaron en los delegados.
—Les quitaría la Quebrada a ambos.
La convertiría en territorio imperial.
Y daría a cada tribu acceso limitado al sul’reth bajo supervisión.
Que el Imperio decidió.
No se gobierna por emoción ni por costumbre, sino por estabilidad.
—Su voz era gélida, implacable.
Thalmyra, más suave, propuso: —Que cada tribu escoja uno de sus sabios, y juntos creen un consejo que custodia la Quebrada.
Así no solo comparten, sino que aprenden a gobernarse.
La cooperación también puede ser un legado.
Darian habló al final, con voz lenta pero profunda: —Denle la Quebrada a los niños de ambas tribus.
Los hijos que no cargan aún el odio.
Que ellos la trabajen.
Que crezca bajo manos limpias.
Tal vez así, cuando sus padres mueran, recuerden que hubo otra forma.
El salón quedó en silencio.
Orión se puso de pie, cruzó los brazos tras la espalda y caminó entre ellos lentamente.
No habló de inmediato.
Los miraron, uno por uno.
—Hoy no hay una sola verdad.
Pero sí hay reflejos del futuro.
El que divide, el que impone, el que destruye, el que razona, el que construye, el que espera… Todos ustedes hablaron con su esencia.
Y eso me basta por hoy.
Volvió al trono, y dio su veredicto: —La Quebrada será imperial.
Pero los niños de ambas tribus la trabajarán, y un consejo mixto de sabios la regirá.
Y se construirá un templo en su centro, donde ambos puedan honrar su historia.
Que crezca la paz donde antes hubo veneno.
Y así se hizo.
Y así los hijos del Imperio, por primera vez, entendieron que el poder más temido no es el de la espada… sino el de la decisión.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Joe_Live “El rugido del León Carmesí se escucha más allá de los mundos, y donde su eco llega, la guerra le sigue.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com