IMPERIUS - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 CAPÍTULO 8 EL OCASO DE LOS FRENTES
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9: CAPÍTULO 8: EL OCASO DE LOS FRENTES 9: CAPÍTULO 8: EL OCASO DE LOS FRENTES Meses después de las grandes celebraciones por los veinte años de gobierno de Orión I Stormhaven, el Imperio parecía entrar en una etapa de calma firme.
Las provincias, tras los festines, regresaron a sus tareas: el comercio se revitalizó, las rutas imperiales se llenaron de caravanas y naves.
Las fortalezas fronterizas mantenían sus vigías atentos, aunque el peligro parecía lejano.
Pero mientras el corazón del Imperio latía en paz, en los márgenes más remotos una amenaza sin nombre comenzaba a gestarse.
Desde el sistema oscuro de Gor’Maath, donde antiguos clanes de orcos habían forjado un imperio propio entre la ceniza de sus guerras civiles, surgió un nuevo señor de la guerra: el Emperador Kraag Zul’Kar.
Bajo su estandarte, un ejército brutal y disciplinado muy distinto a los saqueadores dispersos que los humanos habían enfrentado en el pasado se organizó para la conquista.
Su mirada no tardó en posarse sobre las fronteras imperiales, ricas y mal defendidas tras años de relativa paz.
El primer golpe fue lanzado sin aviso.
La flota de guerra del Almirante orco Vash’gor cayó sobre las colonias exteriores, arrasando puestos de avanzada y bloqueando sistemas enteros.
En el Norte, donde antiguamente Kassandros Varethia había asegurado los territorios en nombre del León Carmesí, sus descendientes se vieron forzados a actuar.
Selene Varethia, la mayor de los hijos de Kassandros, reunió lo que pudo de las guarniciones locales: soldados curtidos, magos de batalla, mercenarios.
Con su estandarte negro y plata ondeando sobre las ruinas, intentó contener el avance enemigo en un asedio desesperado.
A su lado, su hermano Kaelen y su hermana Thalmyra luchaban sin tregua, pero los números no jugaban a su favor.
El reporte de la situación no tardó en llegar hasta Varethia, la capital imperial.
En el salón del trono, Orión escuchó en silencio la voz de los mensajeros: los sistemas exteriores estaban cayendo, Selene resistía, pero no podría sostener la línea sin refuerzos.
El rostro del Emperador, curtido por décadas de guerra, apenas se inmutó.
Con un gesto breve, dio su orden: Lucerio Stormhaven, su tercer hijo, sería enviado a reforzar las defensas.
Lucerio, que se hallaba supervisando maniobras militares en su feudo personal —el mundo forjado que le había sido otorgado en recompensa por su lealtad—, recibió la convocatoria esa misma noche.
Sin perder tiempo, reunió sus legiones personales: una fuerza de élite compuesta por veteranos de las campañas de pacificación y magos guerreros.
El cielo rugió cuando su flota partió, atravesando los corredores imperiales hacia el norte sitiado.
La situación, sin embargo, era más compleja de lo que se pensaba.
A medida que Lucerio avanzaba, los informes se volvían más oscuros: el enemigo no solo era numeroso, sino también metódico.
Habían aprendido de las guerras pasadas, y sus flotas ahora usaban formaciones cerradas, emboscadas precisas, y dispositivos de guerra prohibidos.
Mientras Selene resistía en las últimas fortalezas exteriores, Lucerio se acercaba a un campo de batalla que ya no era simplemente una defensa: era una lucha por el alma misma del Imperio.
La sangre del León Carmesí sería puesta a prueba una vez más.
Lucerio llegó al sistema sitiado bajo el manto oscuro de una noche estelar sin luna.
Su flota emergió del vacío como lanzas de plata, formándose rápidamente en posición defensiva.
No hubo ceremonia ni discurso; el tiempo jugaba en contra.
La nave de mando, el Aurora del León, descendió hacia el último bastión donde Selene y sus fuerzas resistían.
La ciudadela, antaño de una próspera estación comercial, era ahora poco más que ruinas sostenidas por campos de energía chispeantes.
Desde los ventanales, Lucerio podía ver las columnas de humo elevándose como lenguas negras hacia el cielo estrellado.
Cuando el transporte aterrizó, Lucerio descendió entre el eco de explosiones lejanas.
Le escoltaban sus capitanes y dos caballeros del León Carmesí.
En la entrada de la sala de mando, fue recibido por Kaelen Varethia, su primo segundo, cubierto de polvo, sudor y sangre seca.
—Lucerio —gruñó Kaelen, haciendo una reverencia breve pero respetuosa—.
Llegas en buen momento.
Estamos a punto de quebrarnos.
Lucerio no perdió tiempo en cortesías.
Sus ojos, fríos y atentos, recorrieron el salón improvisado, donde oficiales imperiales y líderes locales intentaban coordinar la resistencia.
—Infórmame —ordenó con voz firme.
Kaelen lo condujo hasta una mesa de campaña, donde mapas y proyecciones tácticas cubrían la superficie.
Selene ya se encontraba allí, apoyada sobre el borde, su armadura mellada por días de combate.
—Han bloqueado las rutas de escape —comenzó Selene sin rodeos, su tono estaba endurecido por la fatiga—.
Cada día presionan más.
Nos quedamos sin suministros, sin hombres, y el enemigo no muestra señales de desgaste.
—Señaló varios puntos rojos en el mapa—.
Aquí y aquí, sus flotas mayores.
Aquí, sus máquinas de asedio planetario.
Nos superan en número cinco a uno.
Lucerio frunció el ceño.
—¿Y por qué no han roto las defensas aún?
—Porque los hemos hecho pagar cada paso que avanzan —intervino Kaelen con una media sonrisa amarga—.
Pero no resistiremos otro asalto como el de esta mañana.
Lucerio estudió el mapa en silencio unos segundos.
Luego alzó la mirada.
—¿Quién lidera sus fuerzas?
—Un almirante orco llamado Vash’gor —respondió Selene—.
Es astuto.
No comete los errores típicos de su raza.
Y…
no está solo.
Hemos detectado signos de que Kraag Zul’Kar ha enviado a sus mejores legiones.
Lucerio asintió, y sus pensamientos empezaron a organizarse como piezas en un tablero de guerra.
—Bien —dijo al fin—.
A partir de ahora, yo tomaré el mando de esta operación.
Organizaré nuestras fuerzas para romper el cerco y empujar a estos bárbaros fuera de nuestras fronteras.
Sus palabras cayeron como una promesa, o como una sentencia.
Selene intercambió una mirada rápida con Kaelen, luego asintió, cediendo el control sin resistencia.
Ella sabía que, pese a su orgullo, en ese momento lo que necesitaban no era un acto heroico, sino una victoria.
Lucerio se volvió hacia sus comandantes.
—Preparen los escudos orbitales.
Refuercen las líneas exteriores.
Quiero un reconocimiento completo del terreno en las próximas horas.
Esta noche reorganizamos, mañana contraatacamos.
Mientras los oficiales salían a cumplir sus órdenes, Lucerio se quedó un momento contemplando el cielo estrellado a través del ventanal roto.
No había lugar para la duda: si fracasaban aquí, toda la frontera norte podría caer.
Y si eso sucedía, no habría bastión seguro ni siquiera para Varethia.
El León Carmesí debía rugir de nuevo.
Lucerio se acercó a Selene mientras los demás se dispersaban entre órdenes apresuradas y preparativos.
Su mirada se suavizó apenas, lo justo para que solo ella lo notara.
—Selene —dijo en voz baja, apartándola unos pasos del resto—.
Necesito que no entres en combate directo mañana.
Ella lo miró como si no hubiera entendido bien.
Su ceño se frunció levemente, y su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada, casi por instinto.
—¿Me estás pidiendo que me esconda?
—preguntó con dureza.
—Te estoy pidiendo que seas sensata —replicó Lucerio, con un tono firme, pero sin filo—Eres demasiado valiosa para arriesgarte.
No solo eres una de nuestras mejores comandantes…
Eres la prometida de Apolonio.
Mi hermano no me perdonaría si algo te sucediera aquí, y yo tampoco.
Selene desvió la mirada hacia los mapas, hacia los hombres y mujeres que luchaban bajo su mando, hacia las heridas invisibles que la batalla ya había dejado en todos ellos.
La sangre en su armadura, el cansancio en sus huesos…
todo gritaba que no era momento de acobardarse.
—¿Y si las líneas se quiebran?
¿Si necesitan refuerzos en el frente?
—inquirió, con algo de furia contenida en su voz.
—Entonces decidiré en ese momento —contestó Lucerio, con una determinación inquebrantable—.
Pero mientras yo tenga aliento, no quiero verte cruzar esas puertas.
Hay otras formas de ganar una guerra, Selene, y a veces vivir para pelear otro día es la más difícil de todas.
Un silencio tenso se extendió entre ambos.
Kaelen, que los observaba desde la distancia, sabía que discutir era inútil: Lucerio no pedía, ordenaba.
Y bajo ese exterior frío, su preocupación era real.
Finalmente, Selene asintió con rigidez, mientras apretaba sus labios bajo una línea tensa.
—Haré lo que ordenes, general.
Lucerio soltó un leve suspiro de alivio, aunque su expresión permaneció pétrea.
Le puso una mano firme sobre el hombro.
—Lo sé —dijo simplemente—.
Y te lo agradezco.
Esa noche, mientras las tropas se reorganizaban y los ingenieros trabajaban para restaurar lo que quedaba de los escudos orbitales, Lucerio se reunió con sus capitanes.
En una mesa iluminada solo por mapas holográficos y velas de emergencia, planeó el contraataque que decidiría no solo el destino de la ciudadela, sino tal vez de todo el norte del Imperio.
El cielo, afuera, se cubría de nubes oscuras.
Una tormenta se acercaba, y no era de lluvia.
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