Incriminada por la Mafia - Capítulo 9
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9: Capítulo 9: Salir 9: Capítulo 9: Salir Cuando me desperté el sábado, me di cuenta al instante de que había dormido casi la mitad del día.
Consideré la posibilidad de darme la vuelta y volver a dormirme, aunque era casi la hora de comer, pero decidí que lo correcto era levantarme.
Salí de la cama y me dirigí a la cocina.
—¿Lo dices en serio?
—preguntó Jamie.
Al principio pensé que me hablaba a mí, pero enseguida me di cuenta de que estaba al teléfono.
—¿Quieres que vaya?
Puedo llevarte sopa o algo.
—Jamie se paseaba por la cocina, hablando por el móvil.
Pasé a su lado para sacar un poco de queso crema de la nevera y buscar unos bagels para untarlo.
Supuse que hablaba con Amelia, pero no estaba segura.
—¿Estás segura?
No me importa.
—Jamie se apoyó en la encimera de la cocina para no estorbarme.
Intenté no escuchar a escondidas, pero sentía curiosidad.
No era propio de Jamie hablar por teléfono.
Era famosa por ignorar las llamadas solo para escribirle a la persona y ver qué quería.
—Está bien, de acuerdo.
Veré si Rebecca quiere ir en tu lugar.
Que te mejores pronto —dijo, terminando la llamada.
Jamie se guardó el móvil en el bolsillo y me miró.
—¿Qué pasa?
—pregunté.
No habría indagado si no hubiera dicho mi nombre, pero como me había mencionado, sentí que era justo preguntar.
—¿Quieres ir a una discoteca esta noche?
Un amigo mío va a pinchar como DJ y le prometí que estaría allí.
Amelia ha pillado un virus estomacal en el trabajo —explicó Jamie.
Lo pensé un minuto.
No tenía planes.
Estaría bien salir y quizá distraerme de lo que fuera que estaba pasando con Alessandro.
Sinceramente, parecía una noche divertida.
—Sí, me parece una idea genial —asentí con una sonrisa.
—Perfecto, gracias.
—Jamie suspiró—.
Amelia no quería que fuera sola.
Por lo visto, esa discoteca es un poco dudosa.
Yo nunca he tenido problemas allí, pero los compañeros de trabajo de Amelia dicen que puede haber clientes alborotadores.
Amelia trabajaba de camarera desde los veintiún años, así que conocía bastante bien la vida nocturna de la ciudad.
Si decía que no fueras sola a un bar o a una discoteca, probablemente tenía razón.
—Bueno, gracias por el aviso —repliqué.
—Como ya he dicho, todas las veces que he ido no ha pasado nada.
—Jamie se encogió de hombros—.
Pero supongo que si quieres ir armada o contratar a un guardaespaldas o algo, podemos hacerlo.
—Eres ridícula —me reí.
Terminé de preparar mi bagel y lo devoré, dándome cuenta de repente del hambre que tenía.
El café de la cafetera, que Jamie había hecho por la mañana, ya estaba frío.
En lugar de intentar recalentarlo, eché cubitos de hielo en un vaso y me preparé un café con hielo.
Como me había duchado la noche anterior, tenía tiempo de sobra para holgazanear hoy.
Me sentía mucho más despejada esta mañana, tal y como sabía que pasaría.
Aun así, me encontré pensando en la noche anterior y en el beso que Alessandro y yo nos dimos en el pasillo.
Quería volver a verlo.
Ya no podía negarlo, quería más de él.
Significara lo que significara para mi carrera, significara lo que significara para mi vida personal, quería explorar la incipiente relación que se estaba formando entre nosotros.
No sabía qué nos deparaba el futuro, pero decidí que quería explorar esa opción y ver a dónde nos llevaba.
Finalmente, me levanté del sofá y empecé a prepararme.
Me cepillé el pelo y me lo recogí para que no me molestara en la cara.
En lugar de las ondas sueltas que solía llevar, opté por un semirrecogido que esperaba que me mantuviera fresca.
Me tomé mi tiempo para maquillarme, haciéndome un ahumado oscuro que acentuaba el verde de mis ojos.
Ya casi nunca me maquillaba por completo, pero esta noche sí lo hice, decidida a echar el resto.
Me haría sentir más segura.
Elegí qué ponerme: unos vaqueros negros rotos y unas botas militares, junto con un top corto negro.
Me pareció apropiado para el local de tipo más punk al que íbamos a ir.
Nunca había estado en esa discoteca en concreto, pero Jamie me había puesto al día sobre el ambiente.
Me sentía segura con mi atuendo mientras estudiaba mi reflejo en el espejo.
—Podemos ir andando a la discoteca —ofreció Jamie, sabiendo lo que yo pensaba de coger el metro a altas horas de la noche.
—Gracias —le dije, aliviada de que no le importara hacer la caminata.
Fuera estaba oscuro, ya era tarde.
Eso no impedía que las calles estuvieran concurridas y las aceras rebosaran de actividad.
Me sentía más segura si podía seguir moviéndome en lugar de estar anclada dentro de un vagón de metro.
Probablemente ninguna de las dos opciones era más segura que la otra, pero me sentía más a salvo pudiendo caminar.
La discoteca ya estaba llena, la música retumbaba mientras entrábamos.
Era un sitio guay y de moda.
Jamie fue directa a la cabina del DJ, mientras yo esperaba en la barra para pedir una copa.
Me pedí una cerveza para mí y una copa de vino para Jamie.
La observé reír y bromear con el hombre de la cabina.
Jamie era mucho más sociable que yo y hacía amigos allá donde iba.
No estaba segura de cómo había conocido a ese hombre, pero parecían buenos amigos.
Sorbí mi cerveza mientras la miraba, esperando hacer contacto visual.
Por suerte, se dio cuenta de que yo estaba incómoda y se abrió paso entre la multitud para volver conmigo.
—Deberías estar bailando, esta música es la caña —dijo por encima de la música.
—Tu amigo es bueno —le dije, dándole un largo trago a mi cerveza.
—Sí, por eso deberías estar disfrutando de la música y bailando —insistió Jamie.
Le di el vino que le había pedido.
Se lo bebió de un trago como si fuera un chupito.
Apuré el resto de mi cerveza para seguirle el ritmo.
Dejamos los vasos vacíos en la barra y seguí a Jamie a la pista de baile.
La música era muy buena y me lo estaba pasando bien.
Me planteé pedir otra cerveza con la esperanza de que me ayudara a soltarme un poco más.
Pero, tras la advertencia de Amelia, decidí que quería mantenerme alerta.
Aun así, parecía una discoteca bastante agradable y me sentía segura.
Jamie bailaba con total libertad.
Era una mujer preciosa y atraía la atención de todos los géneros.
Bailó con un par de universitarios de fraternidad y echó la cabeza hacia atrás y se rio cuando le pidieron el número.
—Lo siento, no sois mi tipo —les explicó sin dirigirse a ninguno en particular.
Se marcharon arrastrando los pies y no pude evitar reírme de sus gracias.
Un hombre vestido de negro, con una chaqueta de cuero, se abrió paso a la fuerza entre la multitud.
Se tambaleaba, claramente borracho, y al instante sentí que debía vigilarlo de cerca.
Sin embargo, tenía la vista claramente puesta en Jamie.
Se le acercó por detrás y empezó a intentar perrear con ella.
Ella intentó alejarse bailando como si nada, pero él la siguió.
Jamie se giró y me dedicó una mueca de asco.
La miré a los ojos y enarqué una ceja en un gesto interrogativo.
Asintió con la cabeza, indicando claramente que quería que interviniera.
Me abrí paso hasta ella, intentando idear un plan para sacarla de allí.
—Oye, ¿estás lista para irnos?
Mi novio dice que tiene hambre —mentí.
—Sí, me muero de hambre —respondió ella, siguiéndome el juego.
Me interpuse entre ella y el desconocido, pero él no captó la indirecta.
En su lugar, simplemente pasó a perrear conmigo.
Sentí sus muslos cerrarse alrededor de mi pierna, prácticamente sujetándome mientras se retorcía a mi lado.
—Oye, tío, lárgate —espeté, usando el antebrazo para apartarlo.
Me agarró del brazo, sujetándolo con fuerza contra su pecho.
En ese momento, empecé a asustarme.
Nunca nadie se había negado tan descaradamente a dejarme en paz.
El corazón empezó a latirme con fuerza en el pecho.
Eché el puño hacia atrás.
Iba a golpear a ese hombre.
Nunca había pegado a nadie, pero siempre hay una primera vez para todo.
Sin embargo, antes de que tuviera la oportunidad de pegarle, alguien tiró del hombre hacia atrás.
—Ha dicho que te largues —gruñó una profunda voz masculina.
Desvié la mirada del bailarín borracho y confuso a mi salvador.
Debería haber reconocido su voz.
Debería haber sabido, por la forma en que los escalofríos que recorrían mi espalda no eran de miedo o asco, sino de lujuria, que conocía al hombre responsable.
Alessandro sujetaba al hombre por la parte de atrás de la chaqueta, gruñéndole en la cara.
—Lárgate tú, gilipollas.
Solo estoy pasándomelo bien —replicó el hombre, arrastrando las palabras.
La mandíbula de Alessandro se tensó y se inclinó para gruñirle algo al oído.
No pude oír lo que dijo por encima del zumbido de la música.
Fuera lo que fuese, fue efectivo, porque el hombre se escabulló como un perro escaldado.
—¿Estáis bien, chicas?
—preguntó Alessandro amablemente, acercándose pero sin tocar a ninguna de las dos.
—Estoy bien, gracias —aseguró Jamie.
Asentí.
—Estamos bien.
—¿Necesitáis algo?
—ofreció él.
—¿Nos acompañas a la puerta?
—le preguntó Jamie, todavía un poco alterada.
—Encantado —respondió Alessandro con una sonrisa tranquilizadora.
—Nos vamos ya, ¿verdad?
—preguntó Jamie, volviéndose para mirarme.
—Por supuesto —dije, cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia la salida.
Alessandro se mantuvo a un paso detrás de nosotras, escoltándonos fuera de la discoteca.
Se me hizo raro que nuestra noche se acortara, pero ya no estaba de humor para discotecas.
—Jamie, este es mi jefe, Alessandro —los presenté finalmente cuando salimos y nos libramos del espacio abarrotado y estrecho de la discoteca—.
Alessandro, esta es mi mejor amiga y compañera de piso, Jamie.
—Creo que nos conocimos anoche —añadió Jamie, tendiéndole la mano.
Alessandro se rio entre dientes.
—Brevemente —dijo, estrechándole la mano.
Jamie le devolvió la risa.
—Me cae bien —me dijo.
Alessandro agachó la cabeza con humildad, pero esa sonrisa traviesa que tan a menudo adornaba su rostro cuando lo veía empezó a extenderse por su cara.
No esperaba volver a verlo hasta el lunes, pero me alegré de verlo.
—Gracias por tu ayuda esta noche —le dije con sinceridad.
—Cuando quieras, aunque debo decir que espero que no te metas en líos por un tiempo, Campeona —bromeó.
Me sentí un poco avergonzada.
Era evidente que me había visto planeando pegarle un puñetazo en la cara a aquel desconocido.
Me limité a mirarlo y me sonrojé.
Jamie, como buena amiga que es, se dio cuenta de que queríamos un segundo a solas, así que dijo que nos pediría un taxi y se fue hacia la acera para darnos la oportunidad de hablar.
Se inclinó y me dio un casto beso en la mejilla.
—¿Estás bien?
¿Quieres que os lleve a casa?
Era tan dulce y atento.
Tenía muchas ganas de decir que sí.
La oportunidad de pasar más tiempo con él fuera del trabajo sería un sueño.
Pero la noche había sido un poco estresante y no me pareció justo dejar a Jamie sola.
—No, no te preocupes.
Podemos apañárnoslas.
Alessandro asintió y me sonrió.
—No te metas en líos —me dijo, antes de darse la vuelta y desaparecer de nuevo en la discoteca.
No tenía ni idea de qué haría un hombre como él en un sitio como este, pero fuera lo que fuese, no tuve la oportunidad de preguntar.
Tampoco quería que pensara que lo estaba controlando o que era demasiado curiosa, así que era mejor que me guardara la curiosidad para mí.
—Me cae bien —repitió Jamie en cuanto él se perdió de vista.
Una sonrisa se extendió por mi rostro al darme cuenta de que eso era quedarse muy corta.
—A mí también —confesé.
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