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Íncubo Viviendo en un Mundo de Usuarios de Superpoderes - Capítulo 380

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  3. Capítulo 380 - Capítulo 380: El cambio no es malo
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Capítulo 380: El cambio no es malo

«Explica», exigió en silencio, con los pensamientos firmes y la voluntad afilada.

[Aprenderás a medida que lo uses. Pero recuerda: todo tiene un equilibrio. Para dar vida, debes quitarla.]

Las palabras calaron hondo, no solo como sonidos en su mente, sino como un peso que se le instaló en el pecho hasta que le costó respirar.

No se desvanecieron. Permanecieron, presionándolo como una verdad demasiado simple para escapar. Sus hombros se crisparon ligeramente, y un escalofrío lo recorrió antes de que pudiera contenerlo.

Everly, de sueño ligero como era, se removió contra él. Su cuerpo se movió, y sus labios rozaron la piel desnuda de su clavícula mientras se acercaba más.

Su voz se deslizó, baja, tan suave que casi pensó que la había imaginado. —¿Frío?

—Quizá un poco —dijo Ethan, con una mentira suave y ensayada, apretándole la mano como si fuera el único ancla en la habitación.

Ella no lo cuestionó. Tan solo se apretó más contra él, y su calor se derramó sobre su piel como si fuera su silenciosa respuesta.

A su otro lado, las gemelas se movieron ligeramente en su estado de duermevela, reafirmando su cercanía, como si incluso en sueños pudieran sentir el peso que lo oprimía y se negaran a dejar que lo cargara solo.

Ethan cerró los ojos, recuperando el ritmo de su respiración: lento, constante, silencioso. Pero en su interior, las palabras se retorcían a su alrededor. Elowen.

Autoridad de la Naturaleza. Curar quitando, equilibrio a través del intercambio. Vida por vida. Aún no sabía qué significaría eso en la práctica, ni el coste cuando finalmente llegara el momento.

Solo sabía que lo cambiaría, que lo moldearía de formas que no podría deshacer.

Pero no podía dejar que esa verdad se filtrara en la habitación. No aquí. No cuando la confianza de ellas descansaba sobre él de forma tan abierta, tan sólida.

Así que la enterró. Empujó la tormenta más adentro, suavizando su expresión, ablandando su tacto, manteniendo la voz tranquila cuando era necesario.

La lámpara al otro lado de la habitación ardía con poca intensidad, y su brillo dorado difuminaba los bordes de las paredes hasta que el espacio pareció más pequeño, más íntimo, como si el mundo exterior no existiera.

Lo único que importaba era el calor de sus cuerpos, la suavidad de sus respiraciones y la suave presión de su peso, que le impedía dejarse llevar demasiado lejos por la tormenta.

El tiempo se deslizó, se estiró, se plegó sobre sí mismo. Era tan fácil quedarse así. Fingir que el sistema no esperaba justo detrás de sus pensamientos.

Evelyn fue la primera en moverse; su brazo se deslizó por su estómago, su mejilla se apretó contra su costado. Su voz rompió el silencio, suave, pero teñida de algo más… quizá duda.

—¿Alguna vez sientes que estamos cambiando demasiado rápido? —preguntó—. No solo nuestros poderes. Nosotros también.

Ethan abrió los ojos y la miró. Su mano se movió sin pensar, sus dedos peinándole el cabello con un ritmo lento y cuidadoso.

—El cambio no es malo —dijo él, con un tono más ligero de lo que llevaba dentro—. Eres más fuerte. Más lista. Y… —le pellizcó el costado con suavidad, arrancándole un chillido de sorpresa que hizo añicos el peso en la habitación—, más terca que antes.

Su risa sonó brillante y aguda, cortando la pesadez justo como él pretendía.

Everly se movió; su sonrisa atrapó la tenue luz mientras una silenciosa diversión se deslizaba más allá de su calma.

—¿Y tú no? —bromeó ella, con un tono firme pero cargado de calidez—. Te has convertido en alguien en quien podemos apoyarnos, Ethan. Eso también es un cambio.

Él ladeó la cabeza, encontrándose con su mirada, y luego se inclinó para rozar sus labios contra los de ella. El beso no tuvo prisa; no se trataba de necesidad ni de urgencia, sino de anclarse en algo real.

Cuando se apartó, Evelyn hacía un puchero, con el labio inferior lo suficientemente prominente como para parecer molesta y divertida a partes iguales.

Ethan suspiró suavemente y se inclinó para besarla también a ella, rápido, pero con la suficiente delicadeza para borrar el mohín de su rostro. Su risita le siguió de inmediato, brotando y llenando el espacio.

Momentos como ese tenían más peso que la mayoría de las batallas. Eran sencillos, pero llenaban el silencio de risas y calidez, tejiendo hilos de pertenencia más apretados a su alrededor. Se permitió respirarlo, aferrándose a ello como si fuera tan preciado como cualquier victoria.

La noche se alargó, mientras sus palabras y risas subían y bajaban con naturalidad.

Intercambiaron historias de la academia: Evelyn se quejaba dramáticamente del dolor que le había quedado de la última prueba de resistencia; Everly resoplaba mientras se burlaba de un compañero que casi se había noqueado con su propia arma.

Luego ella añadía sus tranquilas observaciones, más agudas pero suavizadas con un humor silencioso. Evelyn, nunca contenta con dejar que nadie más terminara una historia, se aseguraba de que su voz fuera la última, y su risa unía cada momento.

Ethan escuchaba más de lo que hablaba, dejando que las voces de ellas lo envolvieran como una marea, y cada sonido suavizaba otro borde afilado en su interior.

Por un rato, se permitió creer que el mundo podía quedarse así: pequeño, cálido, lleno solo de sus voces y su cercanía.

El peso del sistema y el coste de la Autoridad de la Naturaleza pasaron a un segundo plano. Estarían allí mañana, pero esta noche, no tenían permitido ser el centro de atención.

Sonrió cuando Everly le dio un codazo para pedirle una respuesta que ni siquiera había oído, y su voz sonó ligera mientras les seguía el juego.

Dejó que ella se burlara de que su pelo estuviera de punta, como si hubiera perdido una pelea con la almohada. Se rio cuando Evelyn le picó las costillas solo para hacerlo gruñir.

Y cuando ella se desparramó sobre su regazo, declarándose «demasiado cansada para moverse un centímetro más», él se recolocó sin quejarse, ajustando el peso de ella contra sí mismo para que pudiera acomodarse.

Cada uno de esos momentos era una promesa. Una promesa que se hizo a sí mismo. De que, sin importar qué nuevos poderes se abrieran paso bajo su piel, sin importar lo que el equilibrio exigiera a cambio, no dejaría que le arrebatara esto. Ni la calidez. Ni la confianza. Ni a ellas.

El sistema permaneció en silencio, un silencio pesado pero imperturbable, como si hubiera elegido dejar esto intacto.

No presionó, no se entrometió, no lo arrastró hacia ninguna prueba invisible. Tal vez lo entendía. Tal vez no necesitaba hacerlo. En cualquier caso, Ethan sintió lo más raro de todo: gratitud hacia él.

Para cuando el brillo de la lámpara se desvaneció hasta convertirse en ascuas doradas, la habitación no era más que una sombra hilvanada por el calor que compartían.

Sus voces se habían acallado hasta convertirse en el lento ritmo del sueño, con respiraciones constantes y uniformes. Ethan era el último que quedaba despiesto, con la mente lúcida a pesar de que su cuerpo le suplicaba descanso.

Las miró, una por una. Evelyn estaba acurrucada contra su costado, con el brazo aún sobre su estómago, como si lo estuviera sujetando para que no pudiera escabullirse.

Everly descansaba cerca, su aliento calentándole la clavícula, su mano entrelazada con la de él, como si supiera que necesitaba ese ancla.

Las gemelas, enredadas entre sí y contra él, con una presencia cargada de confianza que se presionaba contra él con cada leve movimiento de sus cuerpos.

El peso de ellas no era asfixiante, sino que lo anclaba a la realidad, como si cada latido presionado contra él fuera otro recordatorio de que eran reales, de que era su deber protegerlas.

Él bajó la cabeza y depositó un suave beso en el pelo de Seraphina, luego se inclinó para rozar con otro la frente de Evelyn.

A continuación, se acercó a las gemelas y besó a cada una con delicadeza. No habló. No lo necesitaba. El gesto decía todo lo que él no podía expresar con palabras.

Que estaba aquí. Que no se iría a ninguna parte. Que sin importar la tormenta que se desatara mañana, esta noche les pertenecía.

Finalmente, sus ojos se cerraron y esta vez no luchó contra la atracción del sueño. La tormenta seguía agitándose bajo su piel, a la espera.

El equilibrio de la naturaleza, vida por vida, la exigencia de poderes demasiado intensos para ser ignorados. Seguiría ahí cuando la noche terminara. Pero ahora no. El ahora les pertenecía.

Y cuando el sueño lo reclamó, lo hizo con suavidad. No fue un sueño inquieto. Ni pesado. Sino frágil, constante y excepcional; el tipo de calma que solo llega cuando el amor se acerca lo suficiente como para suavizar todo lo demás.

Su respiración se acompasó, mezclándose con la de ellas, hasta que pareció que toda la habitación estaba unida por un único ritmo. Por un momento, fue fácil creer que el peso que cargaba podía dejarse a un lado.

La noche avanzó en silencio, y su peso envolvió a Ethan hasta que no quedó nada más que calidez y quietud.

A la mañana siguiente, cuando el sol asomó por encima de los muros de la universidad, la paz de la mansión pertenecía únicamente a quienes estaban dentro. Al otro lado de la ciudad, otra vida despertaba a su propio ritmo.

Sera Valcrest cerró su holo-pantalla con un leve gesto de la mano mientras concluían las últimas notas de su clase.

La voz del profesor todavía resonaba, cortante y seca, pero la mente de ella ya había extraído lo que necesitaba. El resto era solo ruido que llenaba el aire.

Ella no se demoró en su asiento. En el instante en que sonó la señal de fin de clase, las sillas chirriaron contra el suelo pulido y las voces chocaron en la sala de golpe, con los estudiantes intercambiando comentarios y cotilleos como si hubieran estado conteniendo la respiración a la espera de la oportunidad.

La universidad era inmensa, una de las más prestigiosas del continente, y todo en ella estaba construido para recordárselo.

Amplios pasillos de mármol relucían con piedra pulida, los arcos se alzaban como puertas hacia un orden superior, y finas vetas de acero brillante recorrían las paredes, transportando una energía que zumbaba tan bajo que se sentía en lugar de oírse.

Devoraba a los individuos por completo, haciendo que hasta el más arrogante se sintiera pequeño si se quedaba quieto demasiado tiempo. El aire olía ligeramente a ozono y a cera para pulir, una mezcla de vieja tradición y agudo poder moderno.

Sera no. Ella nunca se quedaba quieta entre las multitudes. Se movía con su habitual y serena seguridad, sus pasos medidos, los hombros rectos y la mirada aguda.

Los estudiantes pasaban junto a ella sin reducir la velocidad, pero ella se deslizaba entre ellos como si el ruido que hacían perteneciera a otro mundo.

No era que quisiera destacar —no se vestía para ello, no buscaba atención—. Pero la gente se fijaba en ella de todos modos, incluso cuando intentaban no hacerlo.

Se fijaban en que nunca tropezaba, en su forma de caminar como si tuviera un destino que mereciera la pena. Era una presencia silenciosa, pero aun así tenía peso.

Su camino rara vez se cruzaba con el de Ethan. La academia se aseguraba de ello. Las especialidades de combate vivían en un ala, los analistas tácticos como ella en otra, las ramas médicas en la suya propia, los ingenieros en la de ellos.

Incluso en la misma escuela, era posible pasar años sin conocer a ciertas personas. A Sera, eso le parecía bien.

Ella no necesitaba el ruido de las ambiciones de todos presionando su día a día. Ella prosperaba en el silencio intermedio, donde los detalles tenían espacio para aflorar.

Cuando salió al patio, el caos de los pasillos había disminuido. El cielo abierto se extendía sobre ella, y la luz del sol se recortaba nítidamente sobre la piedra.

El parloteo no desapareció —grupos de estudiantes aún llenaban los bancos y las escaleras, con risas y discusiones que fluían libremente—, pero el aire aquí era más amplio, más fácil de respirar.

Ella aminoró un poco el paso, lo suficiente para dejar que el sol le calentara los hombros, antes de sacar su holo-teléfono y deslizar los dedos por la pantalla.

Las actualizaciones de su círculo empezaron a llegar. Media docena de voces, dispersas pero fiables. Pequeñas notas escritas deprisa, fragmentos enviados en los huecos entre sus propias clases.

Una orden de movilización susurrada en los límites de un cuartel. Un registro de oficiales trasladados de un ala a otra.

Un rumor sobre figuras clave que se marchaban para una «inspección». Por separado, eran fragmentos. Juntos, trazaban una línea demasiado recta como para ignorarla.

La cadencia de los informes era brusca e irregular, como redobles de tambor que no pertenecían a la misma canción.

Los ojos de Sera se entrecerraron mientras se desplazaba por la pantalla, uniendo los hilos. Su círculo no era grande, pero era suyo.

Lo había construido a base de favores y una memoria prodigiosa; compañeros lo bastante ambiciosos para percatarse de los detalles, pero no lo bastante audaces para cargarlos solos.

Ella recogía sus piezas y las unía para formar algo más grande. Ese era el objetivo de su red: convertía los susurros en patrones.

Le había llevado tiempo enseñarse a sí misma a ver la forma de las cosas que otros pasaban por alto, a dejar que su mente construyera el panorama general sin forzarlo.

Esto ya no era un rumor. Algo se estaba moviendo.

Su pulgar se detuvo sobre sus contactos y pulsó un nombre. La pantalla parpadeó una vez, las líneas de llamada se abrieron y la estática titiló antes de que la imagen se aclarara.

Apareció el rostro de su hermano. Director de la Asociación de Superpoderes. La autoridad grabada en su expresión con la misma naturalidad que la respiración.

Pero cuando la mirada de él se posó en ella, parte de ese peso se desvaneció. Su tono se suavizó, aunque el cuidado que subyacía estaba teñido de cautela.

—Sera —dijo él—. ¿Llamas durante el día? ¿No deberías estar en clase?

—Ya terminé —respondió ella con calma—. Y quería oírlo directamente de ti. He estado viendo cosas.

Un leve ceño fruncido apareció en su frente antes de alisarse de nuevo. —¿Qué clase de cosas?

Ella se movió ligeramente, escudriñando el patio antes de bajar la voz. —Demasiado movimiento. Movilización.

Oficiales que abandonan puestos que normalmente no dejan. Órdenes que no coinciden con las rotaciones estándar. Son consistentes. Demasiado consistentes para descartarlas.

Él exhaló, larga y profundamente, un sonido que se situaba entre la paciencia y la advertencia. —Sera, no ahondes demasiado en esto. No todo necesita de tus ojos. Especialmente ahora.

La mirada de ella se agudizó, fija en el rostro de él. —Si no debo indagar, significa que hay algo que merece la pena encontrar.

Sus labios se apretaron en una fina línea. Él desvió la mirada por un brevísimo instante y luego la devolvió, con la voz más suave pero más pesada que antes.

—Es más grande que nosotros. Más grande que la academia. Algunas cosas se mueven, las miremos o no. Y cuando se mueven, no se detienen por la gente que se interpone en su camino.

Las palabras no eran una respuesta directa, pero ella había aprendido a leer entre líneas. Él estaba admitiendo más de lo que pretendía.

Algo ya había comenzado, y era lo bastante grande como para que incluso él —que nunca mostraba dudas— pareciera tenso bajo su peso.

Ella ladeó la cabeza, su voz era queda pero incisiva. —¿Suenas preocupado?

—Siempre me preocupo por ti —dijo él deprisa, demasiado deprisa—. Eso no es nuevo.

La calidez cubría sus palabras, pero no podía borrar la sombra en sus ojos. Él estaba ocultando algo, y la decisión de no compartirlo era más elocuente que cualquier advertencia.

Ella abrió la boca para insistir, con las palabras listas, pero la postura de él cambió de repente, y su mirada se desvió bruscamente de la pantalla. La línea de sus hombros se tensó, alerta.

—Sera, tengo que irme —dijo, con la voz ahora cortante, despojada de toda suavidad—. No sigas con esto. Por favor.

Y entonces la comunicación se cortó.

Su pantalla parpadeó una vez y luego se volvió negra, dejando solo su reflejo devolviéndole la mirada. Durante un largo momento, se quedó quieta, mientras el ruido del patio se estrellaba a su alrededor —estudiantes riendo, debatiendo, quejándose de los profesores— sin que nada de ello la alcanzara.

Él nunca había terminado una llamada así antes. No con ella. No a menos que algo urgente lo hubiera requerido en ese preciso instante.

Eso significaba que no se había limitado a quitársela de encima. Había sido arrastrado por la misma tormenta cuyo rastro ella había olido.

Su mandíbula se tensó mientras guardaba el teléfono en el bolsillo. Los hilos tiraban de sus pensamientos, desenredándose en formas que no le gustaban.

Si él pensaba que cortarle la comunicación evitaría que ella atara cabos, había olvidado quién era ella.

La luz del sol se enredó en su pelo cuando ella levantó la barbilla, con la mirada más aguda que antes. El sistema tenía sus secretos.

La academia tenía sus muros. Pero ella no era de las que esperan en silencio mientras las respuestas se le escapan.

Fuera lo que fuera que se avecinaba, tenía la intención de verlo antes de que llegara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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