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INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 10

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Capítulo 10: Capítulo 10 — La Promesa que Crujió Bajo los Pasos

Todo comenzó con un gruñido metálico, profundo y antinatural, como si la tierra misma hubiera sido obligada a gemir.

No fue breve. Vibró, se arrastró y se incrustó en los huesos, dejando un rastro frío que se aferró al corazón.

Las rocas temblaron primero. Motas de polvo se desprendieron y danzaron en el aire como cenizas de guerras antiguas.

Luego la arena se alzó, formando remolinos que arañaban la piel y arrastraban un olor a hierro viejo. Las ropas se sacudieron. El suelo parecía negarse a sostenerlos.

Por un instante, nadie supo si seguían en pie… o si el mundo había decidido caer con ellos.

Dhunark se irguió.

Imponente.

Solemne.

Un juicio hecho carne.

Sus seis garras ascendieron hacia el sol con una lentitud ritual, cruzando el aire frente a su rostro como un gesto instintivo, no defensivo. La luz filtrada por sus bordes rivalizaba con el cielo: fuego que no quemaba, calor que no hería, pero intimidaba. Sombras y resplandores convirtieron el campo en un lienzo de fuego y oscuridad.

Cuando bajó las garras, la tierra cedió.

La arena estalló, arrastrándose como si tuviera voluntad propia. La visibilidad desapareció. El horizonte se borró. El combate quedó sepultado bajo una neblina espesa que rugía y se movía con cada sacudida del suelo.

De la bruma surgieron seis garras monstruosas, cortando el aire como cuchillas hambrientas de hueso y carne.

Arhelia reaccionó al instante.

Un paso atrás.

Un grito.

Y el Martillo de Lucerna emergió de su sombra.

Negro y severo. De dos manos. Asta de madera oscura, rematada por una púa metálica en la base. Su cabeza de acero no prometía furia, sino precisión: una sentencia. Placas remachadas reforzaban el tramo superior, como si hubiera sido forjado para sobrevivir a siglos de guerra.

Giró la muñeca.

El martillo interceptó la garra con un impacto que recorrió su brazo como un latigazo eléctrico. El choque resonó como un trueno metálico. La garra se rompió.

La sangre explotó en el aire y le bañó el rostro. Caliente. Espesa. Metálica.

Arhelia salió despedida hacia atrás y chocó contra un árbol con violencia brutal. El sabor arcano del hierro inundó su boca cuando vomitó sangre. Aun temblando, se incorporó. Se puso en guardia, respirando con fuerza, los ojos fijos en Dhunark. El martillo brillaba entre la neblina.

Kael se movió a su izquierda.

Cinco pasos. Un solo corte.

Su sable partió el aire con un silbido casi insignificante… y la garra inferior derecha de Dhunark, a cuatro metros de distancia, se abrió en dos bajo su filo. La sangre brotó a torrentes, pesada, como si cada gota fuera acero líquido.

El retroceso lo lanzó hacia atrás, pero Kael lo convirtió en control. Cayó de rodilla, la espada clavada en la arena como un ancla.

Su respiración era un rugido contenido.

Sin esperar, atacó de nuevo. La siguiente garra recibió el mismo destino.

Dhunark gritó.

No fue un alarido común. Desgarró el aire, penetró los huesos y llenó todo de dolor y locura. Su eco fue sentencia para cualquier ser que respirara cerca.

La bruma amarilla cerró el paso, densa como una pared invisible. El aire se volvió pesado. La arena gris devoraba sonidos, borraba huellas, tragaba ecos.

Solo quedaba avanzar despacio.

La quietud era mentira.

Algo observaba desde la niebla.

Y comenzaba la caza.

Arhelia rió.

No era risa humana. Era un tintineo metálico, seco y afilado.

—¡Mírate! —gritó—. Más grande que un hombre y más torpe que un cachorro. Esa cabeza de cocodrilo no da miedo… parece un sombrero mal cosido.

La esfera de Todo o Nada latía frente a su pecho. Mitad luz implacable. Mitad oscuridad abisal. Giraba con calma indiferente. No era un escudo.

Era un pacto.

Un juicio aún no pronunciado.

Arhelia saltó.

La arena respondió a su impulso. Sombras vivas emergieron del suelo, formando pilares de un metro de altura. Respiraban. Vibraban. Obedecían.

Uno surgió a su izquierda. Pisó sobre él y la columna oscura la lanzó al aire como si tuviera conciencia. Antes de perder el equilibrio, otro pilar brotó tres metros delante. Saltó sobre él y descargó el martillo sobre la garra izquierda de Dhunark.

La sangre brotó espesa.

La gravedad no era su enemiga.

Era su socia exigente.

—¿Eso es todo lo que tienes? —escupió—. Siete metros de error… y ni siquiera sabes mirar.

Dhunark respondió sin voz. Una garra cayó donde Arhelia habría estado. El impacto partió el pilar de sombra y la duna en dos, levantando una marea de arena que la neblina devoró.

El suelo tembló.

Y con él, la certeza de que el terreno ya no era estable, sino negociable.

Ella se lanzó por un pilar de sombras que se curvó bajo su peso como una columna barroca, ornamentada por su propia intención. Desde allí extendió látigos de oscuridad. No era Ley desatada: era cálculo hecho carne. No cortaron al instante. Palparon. Buscaron juntas. Memorizaron dolores antiguos incrustados en el monstruo.

Dhunark abrió sus mandíbulas triples.

Mordió.

La columna de sombra se desintegró.

Una garra rozó el hombro de Arhelia y el mundo se volvió angosto. Rodó por la arena, dejando que le arrancara piel y orgullo. Clavó sombra en el suelo como ancla y se detuvo.

Respiró polvo.

Se levantó.

Avanzó.

Kael estaba allí.

Eso, por sí solo, ya era demasiado.

Su sable no temblaba. Él sí, por dentro. Respiración corta. Cada latido era una cuenta regresiva.

Dhunark ocupaba el horizonte. No como criatura, sino como un error antiguo que nadie había corregido. Cada movimiento alteraba la arena, no por violencia, sino por derecho. El suelo aceptaba su peso. El mundo lo reconocía.

Kael tragó saliva.

Su primer corte no buscó carne. Buscó espacio.

El aire se partió en líneas invisibles, filosas hasta lo indecible. El retroceso llegó después: un empujón seco y brutal, como si el mundo se negara a ser cortado sin cobrar algo a cambio,

retrocedió un paso.

El impacto recorrió sus brazos hasta los hombros.

El abdomen de Dhurnak fue abierto.

La sangre cayó.

gritó una sola vez.

Giró el torso. Las vértebras crujieron. La herida quedó expuesta y no intentó cerrarla.

La cabeza se volvió hacía su atacante.

Lo reconoció.

Nada más se movió.

Luego avanzó.

Atacó sin rabia. Sin duda.

Como quien cumple algo que ya estaba decidido.

Kael alzó los brazos justo a tiempo.

La garra descendió como una condena.

La sostuvo… apenas.

La arena tragó sus pies, hundiéndolos, negándole retirada. Todo su cuerpo vibró bajo la fuerza absoluta. No era dolor todavía. Era algo peor.

Presión.

Escuchó el crujido de sus propios huesos.

No hubo gloria.

No hubo belleza.

Solo resistencia.

—No… —murmuró, sin saber a quién.

Dhunark observaba.

No con ojos.

Con tiempo.

Cada segundo junto al monstruo era una medida incorrecta. Lo sentía en la piel, en los músculos tensos, en el miedo que no se volvía pánico solo porque Arhelia estaba allí. Gritando. Riéndose. Rompiendo el mundo a su manera.

—¡Basta!—gritó hartó de todo.

Avanzó.

Kael bloqueaba y atacaba, cortando con precisión contenida. Cada impacto parecía medir tiempo y espacio, pero la brutalidad ancestral de Dhunark era impredecible. Bastaba una fracción de error para que las garras atravesaran el lugar que acababan de abandonar.

No dominaban la Ley.

La soportaban.

Respondía tarde. Pesada. Dudosa.

Cada fallo no los fortalecía: los debilitaba.

Seguían vivos por concesión, no por mérito.

No luchaban para vencer.

Entonces Arhelia vio la abertura.

Su sombra reaccionó antes que ella.

Del vientre oscuro emergió una serpiente de ébano, viva, alerta. se montó sobre ella y la oscuridad la aceptó como jinete.

El cielo se abrió.

Surgió de la bruma.

El viento intentó despedazarla en el aire. No lo logró.

Se desmontó en pleno vuelo.

La gravedad no era más que una sugerencia.

Cayó.

No cayó: sentenció.

La púa baja del martillo se clavó en la espalda de Dhunark con un golpe seco y definitivo. La bestia gritó. No fue alarido: fue dolor pronunciado con dientes. El aire tembló. La sangre brotó y bañó su rostro.

Arrancó el martillo.

El arma vibró, hambrienta.

Y obedeció.

Un torbellino de golpes estalló sobre la espalda del monstruo. El exoesqueleto cedía. Todo cedía. Cada impacto la bañaba en sangre caliente. Su túnica azul se volvió negra. Su rostro, rojo.

Dhunark lanzó una garra.

Arhelia bloqueó.

La fuerza fue demasiada.

Salió despedida. El mundo giró. El suelo se fracturó al recibirla. Sus brazos se tornaron de un violeta profundo, hinchados, ajenos.

Gimió.

Detrás de Dhunark, la bruma amarilla se contrajo.

El aire se rompió.

Seis cortes voladores nacieron de la niebla y se hundieron en la espalda del monstruo con precisión quirúrgica. Un río rojo golpeó el suelo con un sonido húmedo, obsceno.

Dhunark gritó otra vez.

Furia. Negación. Odio puro.

Giró la cabeza. Las vértebras crujieron. Abrió sus tres mandíbulas.

Kael estaba frente a él.

Dhunark no vio un enemigo.

Vio carne.

Kael rodó.

La cabeza del monstruo penetró la tierra con un estruendo que sacudió el campus entero. Kael fue arrastrado como un proyectil y se estrelló contra un árbol viejo que crujió bajo el impacto. Rodó hasta detenerse, jadeando, la espalda en carne viva.

Arhelia se incorporó.

Avanzó un paso… y casi cayó.

El mundo giraba demasiado rápido. Cada respiración ardía. Cada latido empujaba dolor hacia sus brazos.

No retrocedió.

Dejó caer el martillo.

El metal besó la tierra y el suelo respondió con un estremecimiento sordo.

—¡Kael!.

—¡¿Qué?! —respondió, esquivando una garra que pasó a centímetros de su cuello.

Se desplazó por reflejo, ocupando justo el espacio que Arhelia acababa de abandonar.

—Distráelo treinta segundos.

—¿Por qué?.

—Solo hazlo, Kael… Confía.

Kael apretó los dientes. Dudó. Solo un instante.

—Maldición… entendido.

Y avanzó contra Dhunark.

Arhelia apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el mango del martillo. Inclinó la frente. Permitió que el cansancio la alcanzara durante un solo latido… y luego lo negó.

Separó las manos del arma y las juntó frente a su pecho.

No era un rezo.

Pero se parecía demasiado.

Los dedos le temblaban. No por miedo, sino por el esfuerzo brutal de seguir en pie cuando todo en ella exigía caer. Cerró los ojos.

El mundo se apagó.

No hubo ruido. No hubo viento. No hubo sangre.

Solo quedó la esfera de Todo o Nada.

No la miró con los ojos, sino con la voluntad.

Allí estaba: silenciosa, expectante, absoluta. No prometía salvación. No ofrecía misericordia. Nunca lo había hecho. Era una Ley que no negociaba. Un juicio que no escuchaba excusas.

Arhelia inhaló con dificultad… y habló.

Su voz no fue fuerte.

Fue firme.

Cada palabra cayó pesada, cargada de intención, como si arrancara fragmentos de su propia esencia para darles forma. No recitó para imponer. No recitó para suplicar.

Recitó para declarar.

Mientras tanto, Kael mantenía a la criatura ocupada.

Sus ataques eran precisos, contenidos. Cortes breves, desplazamientos calculados. No buscaba herir: buscaba tiempo. Cada segundo ganado era una deuda que sabía que no podría pagar.

La Ley respondió.

El aire se tensó.

La esfera vibró, no con luz, sino con significado. Algo antiguo despertó. Algo que reconocía el precio que estaba siendo ofrecido.

La tierra bajo el martillo crujió. No por fuerza.

Por respeto.

Arhelia abrió los ojos.

De su sombra emergió el taladro negro.

Un monstruo de metal y furia. Erguido como un titán mecánico que devoraba la luz. Rugía con frenesí: latido de un corazón de acero, zumbido serpenteante que medía el pulso del mundo y lo arrancaba con cada giro.

Golpeó el abdomen de Dhunark.

El impacto fue un estallido de carne y ruido. Un alarido doblado sobre sí mismo, eco de agonía animal. La sangre brotó, pintando el aire con brochazos grotescos, salpicando la arena como lluvia de demonios olvidados.

Pero el taladro no se detuvo.

Avanzó hacia el corazón, arrancando vida con saña antes de que el tiempo pudiera pestañear. Al atravesar la espalda alta, un chorro de sangre emergió en arco, iluminando la escena con brutalidad obscena.

Dhunark gritaba.

Pero su rugido no bastaba.

La fiera mecánica, dotada de una malicia casi humana, se deleitaba en su furia, tragando cada sonido y devolviéndolo multiplicado.

La sombra del taladro lo cubrió todo y, por un instante, pareció que incluso la luz temblaba ante aquella danza salvaje de acero y sangre.

Por un instante, hubo silencio.

No victoria.

No alivio.

Solo una pausa antinatural, como si el mundo inhalara hondo antes de cometer un error irreversible.

Entonces ocurrió.

El taladro negro siguió girando.

Una vuelta más.

Otra.

La sangre dejó de brotar como torrente y empezó a caer pesada, espesa, como si el cuerpo del monstruo ya no supiera cómo sangrar. El rugido de Dhunark se quebró en algo irregular. No dolor. No furia.

Confusión.

El taladro redujo su velocidad.

No porque Arhelia lo ordenara.

Porque algo respondió.

Un crujido seco resonó desde el interior del cráneo del monstruo.

No un golpe.

No una explosión.

Un gesto.

El giro del taladro se detuvo por completo.

Silencio.

La cabeza de Dhunark no se partió.

Se abrió.

Primero, una grieta vertical, perfecta, antinatural.

Luego otra, transversal.

La estructura ósea se replegó hacia atrás como pétalos rígidos de una flor que jamás debió florecer.

Nada salió aún.

El aire se volvió espeso.

Kael sintió que le faltaba oxígeno, aunque seguía respirando. El mundo parecía haberse inclinado apenas hacia adelante, como si escuchara.

Entonces—

Algo miró.

No con ojos.

Con presencia.

Desde el centro del cráneo desplegado emergió un rostro humano.

Blanco.

Liso.

Quieto.

Demasiado quieto.

No tenía ojos.

No tenía una boca abierta.

Y aun asi, gritó.

No fue sonido.

Fue intención pura.

La presión golpeó el pecho de Arhelia como una mano invisible cerrándose alrededor de su corazón. El Todo o Nada tembló. No por rechazo.

Por reconocimiento.

Un aura de Nivel 1 se expandió en ondas lentas, aplastantes. La arena se hundió. El bosque, más allá del círculo, crujió como si hubiera envejecido un año en un segundo.

—…Ah —exhaló Arhelia, retrocediendo un paso involuntario.

El taladro negro emitió un chirrido agudo, lastimero. Las runas parpadearon una última vez, fuera de ritmo… y se fragmentó.

Metal muerto.

Sombra extinguida.

La lluvia de restos cayó sin sonido.

—Un espíritu caído —dijo Arhelia, con voz baja.

Kael no respondió de inmediato. Tenía la garganta cerrada.

—Eso no es cualquier espíritu… —logró murmurar al fin—. Es Nivel 1. Devorador de cultivadores.

El rostro seguía allí.

Observando.

—Si nos acercamos demasiado… —Kael tragó saliva— moriremos.

Arhelia avanzó.

Un paso.

El suelo crujió bajo su bota, no como advertencia… sino como aceptación.

—Si no nos acercamos —respondió—, nunca aprenderemos.

Kael la tomó del brazo.

—¡No somos cultivadores! ¡Somos mortales! ¡Esto no es una prueba, Arhelia! ¡Esto es el final!.

Ella giró apenas el rostro.

Sus ojos se encontraron con los de el. No decían nada, y aun así… lo dijeron todo.

En su mirada no había juicio, ni promesa, ni poder. Solo un silencio tan firme que obligó a respirar.

Por un instante, el miedo se volvió más pequeño. Más… manejable.

—Entonces no mueras.

Kael no supo por qué lo hizo.

Quizá fue terror.

Quizá fue fe.

Quizá fue porque el mundo ya no ofrecía otra opción.

La empujó.

La tierra respondió de inmediato. Una columna filosa emergió entre ellos, separándolos.

Arhelia no cayó.

Avanzó.

Con elegancia.

Como si caminara hacia algo que había esperado durante mucho tiempo.

El rostro humano inclinó apenas la cabeza.

Reconociéndola.

La arena crujió bajo sus pasos como huesos pequeños rompiéndose.

Kael sintió ese sonido en el pecho.

No como amenaza.

Como una promesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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