INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 11
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Capítulo 11: Capítulo 11 — Sobrevivir al Juramento.
No por un plan.
No porque el mundo ofreciera promesas.
Avanzaron porque detenerse habría significado aceptar que la tierra ya había decidido por ellos.
Arhelia iba al frente… o tal vez no.
El orden se disolvió en cuanto la sangre y el polvo comenzaron a moverse.
De su sombra brotaron manos negras, incontables: dedos torcidos como raíces hambrientas, arañando el aire, buscando la carne del monstruo.
Tentáculos y látigos de oscuridad desgarraron el vacío con un sonido seco y definitivo.
Una columna de sombra brotó bajo sus pies y la arrojó al firmamento, como un juramento vivo contra la voluntad del mundo; su caballo ascendió con ella, azotado en el cielo abierto, mientras el mundo se curvaba para observar y la gravedad disputaba cada metro, cruel, tensando la tela misma de la realidad.
Kael corría.
Sus botas desgarraban la tierra a cada paso mientras se lanzaba hacia delante.
Su rostro no reflejaba ira ni miedo, sino algo más profundo y peligroso: urgencia.
El aura del Carnicero latía en su sable, roja y llorante, como una herida que jamás cerró.
La hoja buscaba carne.
Pronto la encontraría.
A apenas tres metros de ellos, frente a su avance, aguardaba Dhunark.
El aura de Nivel 1 no explotaba.
Pesaba.
Se extendía sobre la tierra como una marea espesa y aplastante, recordándoles su posición diminuta e insignificante.
Cada respiración del monstruo robaba aire; cada pulso hacía temblar el suelo.
Su rostro pálido era un lienzo muerto: demasiado liso, demasiado quieto.
No había emoción ni intención.
Solo presencia.
Una lápida que sabía respirar.
Los miró.
Abrió la boca.
Y el mundo respondió.
No fue un estallido.
No fue un rugido.
Fue la protesta de la tierra.
Rocas y polvo se elevaron al unísono.
Pilares surgieron del suelo con un crujido que lloraba siglos de olvido: cilindros macizos, serpenteantes, retorcidos por una voluntad propia.
No eran obstáculos.
Eran extremidades, midiendo cada latido, cada movimiento.
El campo dejó de ser campo.
Se convirtió en un cuerpo.
Las columnas se movían con precisión cruel, cerrando rutas y abriendo trampas.
La tierra los obligaba a saltar, girar, sangrar.
Cada plataforma falsa, cada arista traicionera, era un anuncio de muerte.
Dhunark no caminó.
Nadó.
Se deslizó bajo la superficie como si el suelo fuera un lago de alquitrán.
Desapareció, dejando tras de sí un vacío que temblaba y supuraba oscuridad.
Un pilar se lanzó hacia Arhelia.
No apuntó.
Decidió.
Ella aún descendía por el cielo abierto, arqueando el cuerpo para esquivar —por un instante— el cilindro que atravesó el espacio donde había estado su torso.
Giró.
Volvió a girar.
El mundo era un eje torcido.
El viento le arrancaba la respiración, sacudía sus ojos, revolvía la túnica.
Cada giro tensaba un hilo más de la tela misma de la realidad.
Pero no había descanso para los decadentes.
Más pilares.
Más aristas.
Se alzaron en todas direcciones, hambrientos de carne.
No había cielo.
No había pausa.
No había piedad.
Descargó el martillo.
Giró como un trompo de condena en plena caída.
El pilar recibió el golpe.
La piedra gritó.
La metralla llovió…
Pero uno logró atraparla.
El muslo fue cortado.
Primero, el vacío.
Luego, el entumecimiento.
Después, el fuego con memoria trepando por la pierna.
La sangre brotó caliente y obscena.
Arhelia clavó el martillo en un pilar sobreviviente, descendió en espiral y llamó a las sombras.
Estas acudieron como un río negro, chocando contra la piedra.
No era magia contra materia.
Era hambre contra resistencia.
Brutal.
Rápido.
Insuficiente.
Aterrizó rodando sobre la arena amarilla.
Se incorporó, martillo en alto.
Giró con lentitud calculada, observando los pilares quebrados y las sombras retorcidas que peleaban a su alrededor.
Un dolor agudo atravesó su muslo.
Se detuvo.
El mundo parecía contener la respiración.
Cada latido le recordaba la fuerza del golpe.
Cada espasmo, la fragilidad de su carne.
Respiró, aunque el viento parecía negarle oxígeno.
Observó a Kael.
Danzaba entre columnas que se contorsionaban como serpientes de piedra.
Cada movimiento era una negociación con la muerte.
Entonces, un sonido.
No venía de la tierra.
Ni del viento.
El sudor frío le recorrió la espalda.
Sintió el temblor bajo sus pies.
Giró de golpe, martillo en alto.
El suelo detrás de ella se partió.
Dhunark emergió, implacable, de la tierra rota.
Sus tres mandíbulas se abrieron al unísono.
Su arma se partió.
Un mordisco arrancó su brazo izquierdo, desgarrándolo de su cuerpo.
La sangre brotó en cascada.
El shock le robó incluso el grito.
Un golpe cegador le atravesó el torso; costillas y pulmones crujieron bajo la fuerza desatada.
La lanzó al borde mismo de su resistencia.
La garra cayó sin advertencia.
Su rostro se quebró en un espasmo de consternación.
Fue lanzada como una muñeca rota.
Árboles y rocas recibieron su cuerpo; cada impacto era un susurro de muerte.
La pierna derecha fracturada.
El brazo restante inútil.
La espalda convertida en un tejido de grietas y sangre.
Finalmente, chocó contra una roca mayor.
El mundo se apagó.
Quedó suspendida.
Ni viva ni muerta.
Solo allí.
La tierra crujió bajo el monstruo, satisfecha, como si hubiera cumplido una promesa antigua y oscura.
Entonces, el Todo o Nada reaccionó.
No por orden.
No por voluntad humana.
Reaccionó porque algo había sido puesto en juego.
La esfera flotó.
Temblando.
Despertaba en un mundo que ya no reconocía.
La superficie alternaba luz y vacío.
Las sombras no acudieron.
La oscuridad callaba.
La luz respondió.
Lentamente.
Implacable.
El mundo se tornaba caliente, y Kael lo sintió en cada latido.
Dhunark se tensó, y su cuerpo se volvió un arco de sombra, aguardando el latido invisible del peligro.
Un rayo surgió sin aviso.
Recto.
Puro.
Implacable.
La arena se vitrificó a su paso.
Pero falló.
El otro era más astuto.
No corrió.
No saltó.
Se hundió.
Se sumergió en la tierra, y el suelo lo recibió con una obediencia enferma.
La esfera giró.
Otro rayo.
Falló.
El poder de la bestia descendió.
Lenguas de piedra surgieron, afiladas como lanzas forjadas por un dios sin rostro.
El terreno no atacaba al propietario.
Atacaba al Todo o Nada.
Haces de luz quirúrgicos golpearon carne y vacío, fallando a veces por un latido.
Cada error pesaba.
Cada acierto arrancaba un grito subterráneo.
Kael se detuvo a escasos pasos del combate.
El estruendo quedó atrás,
como un eco ajeno.
Su mirada, lenta y pesada,
fue a buscar a Arhelia.
Allí donde la lucha ya no alcanzaba.
Más allá del alcance
de la sangre
y el acero.
No se movía.
Demasiado quieta.
El miedo le subió por la garganta.
La duda le carcomía los huesos.
Giró la cabeza.
Lo que vio convirtió el miedo en hielo que se le extendía por las venas:
la esfera flotaba,
y bajo ella, la tierra se desgarraba.
Dhunark surgió del suelo,
apareciendo bajo la ominosa mirada del Todo o Nada.
La esfera recibió el golpe.
Tambaleó.
Herida y sin control,
al borde de ser devorada.
Sin pensarlo dos veces, Kael se lanzó hacia el desastre.
El sable trazó un surco en la bruma.
Un corte velador surgió donde no existía hoja.
Rodó hacia atrás, arrastrado por la fuerza del golpe que él mismo había desatado.
Dhunark perdió un brazo.
Falló en devorar el objeto.
La sangre brotó como una confesión arrancada a la fuerza.
Rugió.
El silencio lo envolvió.
Un segundo.
Solo un segundo…
Antes del siguiente impacto.
Otro corte brotó en el aire.
Y falló.
El suelo se alzó para aplastarlo.
Las columnas se estiraron, se retorcieron y se endurecieron alrededor de Kael como mandíbulas calculando su muerte.
Sintió el peligro.
Se lanzó hacia adelante.
No por valentía.
Por necesidad.
El primer pilar cerró donde su cabeza había estado un latido antes.
Fragmentos de roca le cortaron la mejilla y los brazos.
El segundo descendió desde un ángulo imposible.
Sus músculos protestaron.
Sus huesos crujieron.
Se deslizó entre sombras de piedra, rozando aire desplazado por toneladas de roca.
Cada movimiento era una negociación con la gravedad, la piedra y la sangre.
Las columnas mordían el vacío donde había estado su carne.
El polvo lo cegaba.
Respirar dolía.
No respirar era peor.
El tiempo se estiró.
Kael ya no pensaba en atacar.
Solo en no ser atrapado.
Un pilar lo alcanzó.
Su pie derecho se hundió en un torrente carmesí.
El dolor lo recorrió como una descarga eléctrica.
Gritó con brutalidad; su rostro se contrajo bajo el tormento.
Salió disparado, chocando contra un muro de piedra que se partió en dos.
Cayó envuelto en arena y polvo.
Gritó.
No de dolor.
De negación.
El Todo o Nada mostraba daños visibles: la superficie agrietada, destellos erráticos anunciando un colapso inminente.
Iba a romperse.
Iba a caer.
Entonces, una garra surgió de la penumbra.
Lenta.
Inexorable.
Como el juicio de un depredador paciente.
La esfera tembló.
El mundo contuvo la respiración.
De un pilar derruido, testigo del caos, Kael surgió envuelto en humo y arena.
Saltó, desató el retroceso por última vez y se lanzó al aire como un proyectil que no termina de sostenerse.
Gritó.
Presencia suficiente para llamar la atención de algo que aún cazaba.
Dhunark giró.
Lo vio.
Y cayó en la trampa.
De sus ojos brotaron torrentes de sangre.
La cabeza se sacudió.
Gritó, desorientado.
Ciego.
El mundo pareció contener la respiración un instante.
El poder del sable lo había condenado de un solo tajo.
Kael cayó.
La arena lo abrazó mientras se deslizaba.
Tras de él, un rastro oscuro se extendía, pesado y vivo.
Respiraba mal.
Pero respiraba.
El Todo o Nada flotaba.
Dañado.
Pero entero.
Dhunark no avanzó.
No porque no quisiera.
Porque no podía ver.
El campo quedó en silencio.
No victoria.
No alivio.
Solo supervivencia.
El mundo, observando, tomó nota.
Arhelia despertó sobre la roca, como si la hubieran arrancado de la tierra y dejado caer dentro de su propio cuerpo.
Cada músculo gritaba. Cada respiración se interrumpía antes de completarse.
No era dolor brutal, era violento, implacable, imposible de ignorar.
Cada latido era un cuchillo; cada inhalación, un desafío imposible.
Sus ojos se movían frenéticos. Lágrimas brotaban y caían, sin aliviar nada.
La roca bajo ella no era soporte: era yunque. Pinchos, grietas, aristas presionaban la carne viva.
El círculo que la rodeaba estaba muerto de silencio, denso y opresivo.
La arena gris no respiraba… salvo por la vibración sorda que Dhunark emitía más allá, un pulso metálico que resonaba en los huesos.
Kael permanecía inmóvil. Todo o Nada también. La quietud era un acto de guerra.
Apretó la mandíbula hasta que el dolor le recorrió la sien, sosteniendo su pierna mutilada sobre la arena como un estorbo vivo. Cada movimiento era un gemido contenido, prohibido para oídos ajenos.
Dhunark estaba allí, herido y ciego. Sus ojos—o lo que los reemplazaba—se movían frenéticos, buscando sin ver. Dolor puro. Furia muda. Aire convertido en metal.
Cada gesto del monstruo obligaba a la tierra a rendirse ante su agonía.
Los pilares que antes atacaban ahora eran testigos mudos.
Todo el mundo contenía la respiración…
Y entonces la esfera Todo o Nada se movió.
Rápida, cortando el aire como un relámpago.
Disparó rayos: un fuego concentrado de luz pura y absoluta.
La tierra se agitó.
Rugió.
Se retorció.
Cada golpe de la esfera contra Dhunark arrancaba gritos de la tierra, arrancaba dolor y furia.
Todo el enfrentamiento era un latido: un ritmo violento, cruel, hermoso y horrible.
Kael no dudó.
Huyó de todo.
Cada paso era fuego sobre la pierna que ya no existía.
Cada impulso, un recordatorio cruel de su vulnerabilidad.
Avanzaba lentamente, mientras la sangre y el dolor conspiraban para arrastrarlo hacia atrás.
Pasó frente a Arhelia. Su compañera. Su fuego. Su tormento.
Se detuvo. Su mandíbula se tensó; los dedos se cerraron en un puño inconsciente.
El mundo parecía contener la respiración junto a él. Sus ojos parpadearon demasiado rápido, como si cada pestañeo contuviera un instante de decisión imposible.
La escuchó, apenas un susurro entre jadeos y sangre:
—Kael… ayúdame… te lo suplico…
Un estremecimiento recorrió sus hombros. Su respiración se trabó, y un tic breve en su labio inferior reveló el conflicto que lo devoraba por dentro.
El miedo le trepó por la garganta. La duda le carcomía el cráneo. Todo quería que huyera. Cada músculo gritaba: huye. Cada pensamiento: abandona todo.
Se quedó quieto un instante demasiado largo, mascando la respuesta. Y finalmente dijo:
—A la mierda.
Avanzó. Cada paso, una condena y un acto de fe. Llegó a ella, a su cuerpo quebrado, y la sostuvo. Sus brazos fueron muros, su pecho un refugio.
Un golpe seco con su palma sobre su pecho hizo que vomitara sangre, pero la respiración volvió: controlada, con dolor, pero viva.
Kael arrancó su capa y la usó como venda improvisada para el brazo amputado de Arhelia, conteniendo la hemorragia.
La sujetó contra sí, apoyando todo su peso sobre sus hombros.
Avanzaron.
El bosque se abrió ante ellos, blanco y cruel, dejando atrás la zona de Aniquilación.
Cada resbalón de Kael, cada tropiezo, era un recordatorio de su cuerpo incompleto. Árboles golpeaban sus hombros; raíces atrapaban su pie inexistente.
Arhelia, aún consciente del Todo o Nada, invocaba sombras que ayudaban a sostener la esfera y luchar contra Dhunark. Una mano de sombra atrapó su brazo perdido y lo lanzó hacia él.
—¡Ataja mi brazo, Kael! —gritó.
Kael miró hacia abajo: la extremidad amputada flotaba como un fragmento de sí mismo, y la atrapó. Cada segundo era un milagro de coordinación y desesperación. Avanzaron más allá del bosque. Los niños heridos corrían delante, escapando del caos, mientras ellos los perseguían y protegían.
Miraron el mapa: estaban cerca del lugar de su maestro. Explosiones y temblores llegaban desde la distancia. La batalla no había terminado.
Arhelia llamó al Todo o Nada. La esfera acudió a la velocidad de la luz.
—Detente —dijo, firme.
Kael obedeció. Los árboles y la sombra bajo sus pies respondieron.
Un pilar de sombra los lanzó hacia arriba.
El aire los recibió con indiferencia.
Kael gritó, pero no por miedo. El sol del día azul cortaba su mirada como un cuchillo, y por un instante todo lo demás desapareció. El mundo se extendía debajo de ellos: vacío, demasiado vasto.
Y el pilar de sombra se desintegró en un latido.
Más allá, Dhunark los perseguía, constante, silencioso, un error antiguo que no sabía rendirse.
Desenfundó el sable. Cada empuje recibido los impulsaba más adelante, más rápido, más brutal. Cada metro que avanzaban era un récord de supervivencia, un acto de fe. Sus ojos se encontraron, fugazmente: no había miedo, solo la urgencia que se aprende cuando el mundo decide que no habrá mañana.
Más adelante apareció la fortaleza. Entre la bruma, emergía sobre el bosque.
El terreno abierto que la rodeaba era blanco. No blanco limpio. No amable.
Blanco de piedra vieja, cansada, que había visto demasiados soles y demasiadas muertes como para seguir llamándose viva.
Kael lo notó primero. Cada bloque de piedra estaba fracturado, como costillas antiguas, desgarradas y expuestas. La tierra no era suelo; era un registro de tiempo y violencia. Entre las grietas crecían árboles blancos, delgados y altos, como huesos pulidos que se retorcían hacia el cielo. Sin hojas, sin sombra real, solo astillas y memoria. Cada rama parecía un grito contenido.
Arhelia se inclinó sobre los hombros de Kael y observó.
Los edificios. El terreno. La luz que caía desde lo alto, cruda, implacable.
El viento no se movía. No porque no existiera, sino porque este lugar no aceptaba sonidos innecesarios. Cada hoja rota, cada polvo levantado, era un testigo y una amenaza.
El edificio central no era ruina: era un cuerpo vaciado.
Paredes rojizas, enfermas, erosionadas como carne al sol. Ventanas sin vidrio, arcos incompletos, pasillos que no llevaban a ninguna parte, habitaciones abiertas como jaulas sin barrotes. Nada estaba derrumbado por accidente. Las grietas eran cicatrices calculadas. Todo tenía intención. Todo esperaba.
Arhelia vio el suelo interior: surcos, marcas profundas, como si alguien o algo hubiera sido arrastrado allí una y otra vez, siempre en la misma dirección.
La sala mayor, al fondo, parecía una garganta abierta al cielo. Árboles blancos crecían dentro, rompiendo la geometría, pero no invadiendo. Reclamando. La luz caía desde arriba sin compasión, exponiendo todo. Todo podía ser visto, y aun así la sensación de ser observados era aplastante.
Kael sintió lo mismo. No era miedo. Era respeto. Una presión antigua. Una certeza brutal: esto no había sido hecho para humanos.
El centro vacío era un juramento.
El paisaje lo sabía. Cada piedra, cada árbol, estaba orientado hacia ese punto central como si recordara constantemente su propósito.
Aterrizaron. Dolorosos. Exhaustos.
Dhunark seguía allí: ciego y herido, pero implacable.
Entonces lo vieron.
Encima de la fortaleza, un joven.
Ojos carmesí. Mirada firme. Postura rígida.
Quieto. Imperturbable.
Sonrió.
No era bienvenida. No era amistad. Era un recordatorio: este lugar no perdona.
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