INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 12
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Capítulo 12: Capítulo 12 – La Medición Desde Arriba.
Corrieron.
No como huyen los cobardes, sino como avanzan los cuerpos cuando ya no queda margen para elegir.
La arena blanca se abría bajo sus pasos. No era blanda como nieve: era dura, áspera, caliente y fría a la vez, como si el suelo no hubiera decidido a qué estación obedecer. Cada pisada alzaba polvo pálido que se adhería a la sangre y la volvía barro.
Kael corría con Arhelia a cuestas.
La llevaba alta, cruzada sobre los hombros, como se carga a un herido en un campo que ya no existe. El peso no era solo el de un cuerpo infantil: era el de la carne rota.
Donde debía caer el brazo derecho quedaban tela apretada y sangre tibia. La pierna colgaba inútil. Cada impacto contra su costado arrancaba un gemido que no pedía auxilio: simplemente ocurría.
El dolor viajaba con ellos.
Kael tampoco estaba entero. Donde debía estar su pie izquierdo no había nada. De la herida chorreaba a cada paso. Dejaba surcos negros en la arena blanca, y allí polvo y sangre se mezclaban hasta volverse barro espeso, casi vivo. El barro se aferraba al muñón y devolvía el dolor multiplicado.
Apretó los dientes.
La boca se le llenó de hierro.
No gritó.
En la mano izquierda llevaba algo más.
El brazo de ella.
Lo sostenía con un cuidado brutal, como si fuera reliquia y carga al mismo tiempo. Los dedos aún estaban tibios. La sangre seguía cayendo, lenta, paciente, como si el cuerpo se negara a aceptar la separación.
Detrás de ellos flotaba Todo o Nada.
La esfera avanzaba con dificultad. Su superficie estaba agrietada; luz y sombra mal alineadas, como un corazón que late fuera de ritmo. No miraba hacia adelante. Vigilaba el bosque blanco.
El Bosque de los Susurros no susurraba.
De él emergió el Dhurnark.
La criatura se alzó entre las hojas blancas como una blasfemia antigua. Ciego, mutilado, pero entero en su odio. Se detuvo al borde de la arena lisa, como si algo invisible le hubiera ordenado esperar. La tierra dejó de temblar bajo sus extremidades.
El mundo contuvo el aliento.
Los niños alcanzaron la fortaleza.
No era una ruina común.
No era torre ni castillo.
Era un cuerpo de piedra.
Muros bajos y anchos, erosionados por siglos que no pidieron permiso. Arcos partidos, columnas truncas, relieves borrados por viento y arena. Piedra lisa, pulida por manos antiguas y luego abandonada. El diseño hablaba de rezos, de cantos, de disciplina impuesta con suavidad cruel. No había símbolos claros. Solo geometría cansada y patios abiertos al cielo.
Sobre el techo principal, una figura esperaba.
Un joven.
Ojos carmesí.
Vestía ropas finas, negras y rojas, limpias en un mundo cubierto de barro y sangre. Estaba de pie, recto, con las manos cruzadas detrás de la espalda. El viento no tocaba su cabello. La arena no se le acercaba.
Sonreía.
No una sonrisa amplia.
Una curva precisa.
Soberbia.
El Dhurnark alzó el rostro hacia él.
No veía.
Pero miraba.
Kael cayó de rodillas.
Dejó a Arhelia en el suelo con un cuidado torpe, como si la tierra pudiera ser amable. El impacto arrancó de ella un gemido seco. La arena se tiñó de rojo nuevo. Aun así, alzó el rostro. Su mirada osciló entre los dos extremos del mundo: la monstruosidad y el joven.
Todo o Nada tembló.
La esfera vibró como un animal herido que reconoce a un depredador mayor. La luz se contrajo. La sombra se espesó. No atacó. Observó. Temió.
El joven extendió su aura.
Nivel uno.
No estalló.
Pesó.
El aire se volvió denso. La arena dejó de moverse por sí sola. Las ruinas parecieron enderezarse un poco, como si recordaran para qué habían sido levantadas. El Dhurnark tensó el cuerpo. El mundo reconoció al recién llegado como algo que podía mandar.
Pero la tierra no se rindió.
Bajo la arena blanca, algo antiguo se reacomodó, como un animal que acepta al depredador… sin soltar la garganta.
En un parpadeo, el joven dejó el suelo atrás y el cielo lo sostuvo.
Flotaba sobre el Dhurnark. En la mano derecha sostenía una tela negra, amplia, viva como una noche arrancada. En la izquierda, tres cuchillos delgados, pulidos como promesas.
La tela lo envolvió.
El aire se rasgó.
Donde había un hombre,
cayó un león rojo.
No rugió.
Descendió.
Las fauces bajaron y la mandíbula de la bestia se hizo astillas. El impacto fue seco, quirúrgico. Antes de que la criatura pudiera reaccionar, una garra trazó una línea perfecta en su cuello. Sangre negra brotó como un error corregido tarde.
El contragolpe respondió.
Una garra ciega barrió el aire y golpeó la melena. El impacto arrancó un gemido bajo, animal, y lo lanzó lejos como una mancha roja contra el cielo.
Aterrizó rodando una sola vez.
Se incorporó con lentitud elegante.
No herido.
Advertido.
El Dhurnark retrocedió.
La tierra lo reclamó.
Pilares de piedra brotaron en espasmos violentos, lenguas de roca disparadas desde todos los ángulos. El campo se volvió tribunal, y todo lo existente fue llamado a juicio.
El león sonrió.
Cada ataque pasó donde ya no estaba. Elegancia brutal. Movimiento exacto. La violencia no era furia: era coreografía.
Kael, desde el suelo, alzó el sable.
Lanzó tajos al aire. Cortes que no tocaban carne, pero empujaban. La presión del Dhurnark se quebró un instante. Kael cayó hacia atrás, se levantó apoyándose en la rodilla rota y volvió a cortar. Una y otra vez.
Arhelia alzó la mano que le quedaba.
Las sombras respondieron.
No gritaron.
Avanzaron.
Se estiraron desde muros, arcos rotos y sangre derramada. Ataron, distrajeron, mordieron pilares antes de que alcanzaran al león.
Respiró hondo. Alzó la voz quebrada por el dolor.
No fue súplica ni oración.
Fue ley.
La frontera de Todo o Nada se tensó.
Un latido.
Tosió sangre. El cántico se quebró. El viento lo volvió silencio.
Habló otra vez.
Nada ocurrió.
Unos latidos después, la arena crujió.
La sombra se abrió.
De ella emergió un taladro bestial, hecho de oscuridad compacta y aristas imposibles. Giraba con un lamento grave que hizo vibrar la arena blanca. Se hundió en la tierra y la perforó como carne blanda.
La piedra gritó.
Desde las entrañas abiertas, algo fue forzado a volver. Emergió entre escombros y sangre oscura, arrancado de su refugio como un animal expuesto a la luz que lo mata.
El león avanzó.
Y nada tuvo derecho a interponerse.
Se acercó al Dhurnark hasta borrar toda huida. Las garras se hundieron en el vientre y lo abrieron de lado a lado. No fue rápido. Fue deliberado. Las tripas salieron como cabellos viejos.
La bestia cayó.
La tierra la reclamó tarde.
La arena no absorbió todo. Parte quedó en la superficie, hirviendo despacio, como si el suelo necesitara tiempo para aceptar lo ocurrido.
El león se apartó.
Miró a los niños.
No con piedad.
Con burla.
Como si aquello no hubiera sido una batalla, sino una comprobación.
No era advertencia.
No era victoria.
Era medición.
La arena se asentó.
El cielo siguió azul.
Y el silencio cayó sobre la fortaleza
como un juramento roto.
El león se deshizo sin ruido.
No hubo destello ni ceremonia. La tela negra se desplegó sobre sí misma y el rojo retrocedió, obediente, hasta que el aire volvió a admitir un cuerpo humano. Donde antes había garras, ahora había manos. Donde fauces, un rostro joven, intacto, preciso.
Los cuchillos no regresaron.
Quedaron suspendidos un instante —hermosos, imposibles— y luego se agrietaron como vidrio fatigado. No cayeron: se deshicieron. Ceniza fina, brillante, danzando en el viento abierto. El joven sacudió la mano como quien se libra de polvo molesto. Tocó la tela aún viva y, con un gesto rápido, casi doméstico, la obligó a otra obediencia.
La noche se volvió servilleta.
Negra. Elegante. Limpia.
La dobló y la guardó en el bolsillo del pecho, como un pañuelo que jamás se usa para sangrar.
Entonces se notó el cabello.
Negro como noche que no promete descanso. Corto. Brillante. Bello sin pedir permiso. Cada hebra parecía cargar astillas del mundo: orgullo seco, egoísmo pulido, una hipocresía tan antigua que ya había aprendido a sonreír. No había desorden. Tampoco humildad. Solo exactitud que incomodaba el aire.
Rió.
No alto.
No feliz.
—Jejeje… hola…
La palabra quedó suspendida. El costado le respondió con un pulso denso. Bajó la mano y tocó la herida: oscura, roja, abierta lo suficiente para recordar que el mundo aún podía morderlo. No lo bastante profunda como para importarle.
Nivel uno.
Un inconveniente.
—…promesas —continuó—. O debería…
Se detuvo. Respiró. La herida palpitó otra vez.
—…o debería decir Zverkhāns.
El nombre no fue llamado.
Fue colocado.
Arhelia lo vio.
O creyó verlo.
La imagen llegó rota, borrosa, como si los ojos hubieran aprendido tarde a pedir permiso: el joven, la arena, la sangre hirviendo despacio sobre la superficie blanca. El mundo se le fue de lado. El cuerpo no negoció. Cayó de cara al suelo.
El impacto fue seco.
Indigno.
Final.
—¡Arhelia! —gritó Kael.
La voz salió rota, cargada de arena y hierro. Intentó avanzar. La rodilla respondió con un colapso. El muñón ardió. El sable cayó de su mano, rendido.
El joven no se movió.
Observó la caída como se observa una moneda mal lanzada. Sin pena. Sin urgencia. El Dhurnark ya no reclamaba atención. La tierra, cansada, había cerrado la boca.
La noche cayó.
No como un telón.
Como una mano que apaga una lámpara sin preguntar.
El frío llegó primero.
No mordía: se infiltraba. Respiraba por las grietas de la piedra. La habitación no era nueva.
Tampoco hostil.
Había sido pensada para durar, no para consolar. Piedra vieja. Madera gastada por manos sin nombre. Lámparas ancladas a los muros derramaban una luz estable, amarilla, suficiente para negar la noche sin borrarla. En las esquinas, las telarañas seguían donde siempre. El polvo también. Nadie intentó vencerlos; solo convivir.
En la cama de sábanas verdes yacía Arhelia.
No dormía.
Tampoco estaba despierta del todo.
El cuerpo era un mapa sellado. Vendajes en pecho, cuello, costados, muslos. Capas apretadas hasta volverla una forma rígida, casi ajena. Donde faltaba el brazo, lo que quedaba había sido devuelto con violencia cuidadosa. Hierro en los hombros. Piezas frías, firmes, incrustadas para impedir que el cuerpo, en su confusión, intentara expulsarse otra vez.
Un trapo húmedo y caliente cubría los ojos.
No para curar.
Para contener.
La cama estaba manchada.
Sangre vieja, oscura. Sangre nueva, tibia. Sudor frío extendido como segunda piel. El olor era espeso, metálico, persistente. El cuerpo había luchado. Y seguía luchando.
Arhelia temblaba.
No como quien tiene frío, sino como tiembla la carne cuando el dolor no encuentra salida. Toses cortas, secas. Gemidos que no pedían ayuda: confirmaban presencia.
Las vendas estaban empapadas.
La piel bajo ellas ardía y se retraía. Medio desnuda, cubierta solo donde era imprescindible, el cuerpo era tratado con precisión silenciosa. Las cuidadoras no hablaban. No miraban el rostro. Trabajaban. Manos firmes, rápidas, sabias. Limpiaban. Ajustaban. Reforzaban. No había ternura. Sí un respeto duro: el respeto por algo que aún no había decidido morir.
Frente a la cama, en un asiento bajo, flotaba Todo o Nada.
La esfera no emitía luz clara.
Tampoco sombra completa.
Observaba.
No se sabía si juzgaba o si, por primera vez, algo parecido a la preocupación tensaba su superficie. La frontera entre luz y oscuridad permanecía rígida, expectante, como una mandíbula que aún no muerde.
Entonces Arhelia despertó.
El cuerpo lo hizo sin aviso.
El grito que salió no tuvo forma ni aire suficiente. Fue espasmo. El torso se torció con violencia. Sangre subió a la garganta y volvió a caer. El temblor se multiplicó. Las piernas intentaron moverse y no pudieron. Los hombros se arquearon contra el hierro, y el hierro respondió sin ceder.
Las cuidadoras se abalanzaron.
No para calmarla.
Para impedir que el cuerpo se destruyera.
Manos sujetando. Peso sobre el pecho. Voces bajas, cortadas, incomprensibles. El dolor no disminuyó: se concentró. Se volvió agudo, constante, como un filo apoyado sin intención de cortar del todo.
La esfera se tensó.
La superficie vibró apenas, como si algo dentro reconociera un límite que no debía cruzarse todavía.
Arhelia gritó otra vez.
Y otra.
El cuerpo se arqueó, inútil. No podía mover los dedos. No podía girar la cabeza. El dolor ocupaba cada espacio. El tiempo se volvió espeso.
Así duró una hora.
No exacta.
No medida.
Una hora de gemidos rotos, espasmos sin dirección, respiraciones que entraban mal y salían peor. La habitación lo soportó. Las lámparas no parpadearon. Las telarañas no se movieron.
Y entonces, como si el cuerpo hubiera gastado su último argumento, llegó la calma.
No alivio.
Calma.
El temblor cedió. La tos quedó aislada, profunda. Arhelia respiró.
Rota.
Inhaló con franqueza por primera vez. El aire entró hasta donde pudo. Exhaló con una tos húmeda que dejó rastro nuevo en las vendas.
Y así quedó.
Respirando mal, pero respirando.
Viva, sin pedirlo.
Sostenida, sin entender por quién.
Todo o Nada no se movió.
La habitación siguió siendo vieja.
La cama, verde.
La sangre, sangre.
Y el mundo, afuera, continuó.
Despertaron sin anuncio.
No fue orden ni tirón. Fue el frío retirándose lo justo para permitir conciencia. El aire de la fortaleza había cambiado de peso; ya no oprimía: guiaba. Las lámparas seguían donde estaban, pero su luz había aprendido otra disciplina. Las sombras no se movían solas.
A los heridos los levantaron primero.
No hubo preguntas.
Tampoco explicaciones.
Las manos tocaron los cuerpos con la misma exactitud de la noche anterior: ni suaves ni crueles. Funcionales. La cama cedió bajo Arhelia con un sonido húmedo. Las vendas se tensaron. El hierro en los hombros respondió con un dolor breve y limpio, advertencia suficiente.
La sentaron en una silla de ruedas.
Metal frío. Ruedas silenciosas. Alguien las había engrasado hacía poco, como si hubiera sabido que serían necesarias. Empujaba una enfermera mortal. Túnica blanca, recta. Guantes blancos. La cabeza cubierta por una bolsa del mismo color, ajustada, sin rasgos. Desde la frente descendía una tela larga hasta las rodillas. En ella, bordado en rojo, un símbolo: una serpiente de cuatro garras enroscada alrededor de una espada. No brillaba. Absorbía la luz.
El símbolo avanzaba antes que el cuerpo.
A Arhelia le colocaron una túnica sobre los vendajes. Gruesa. Pensada para el frío que había aprendido a quedarse. El brazo derecho descansaba en un cabestrillo, devuelto a su lugar por hierro y presión constante. No colgaba: pesaba. La piel atrapada bajo capas tensas ardía con un dolor concentrado, insistente. La mano que aún respondía se cerró sola. Los dedos buscaron rascar donde la carne gritaba. Se contuvieron.
La silla avanzó.
Los pasillos eran viejos y estrechos. No por descuido, sino por intención. La piedra estaba gastada a la altura de los hombros, no del suelo. Había sido tocada por cuerpos, no por pasos. Lámparas escasas. Tramos sin luz. La claridad se interrumpía y retomaba como respiración irregular. Puertas sin marco. Otras, derribadas, apoyadas contra los muros como escudos vencidos. Nadie las había vuelto a levantar.
El lugar no estaba abandonado.
Había sido dejado.
La arquitectura no pedía admiración: imponía postura. Techos bajos obligaban a inclinar la cabeza. Giros bruscos rompían el paso. Muros demasiado gruesos para ser solo muros. El diseño hablaba de obediencia practicada durante generaciones, hasta volverse costumbre. No había símbolos religiosos visibles. Solo proporción, repetición, cansancio.
Al final del pasillo, las escaleras.
Descendieron.
Peldaños altos, irregulares, tallados para pies completos. Cada giro de la rueda hacía vibrar el metal y el temblor subía por el cuerpo hasta concentrarse en el hombro fijado. El hierro respondió con un pulso seco. El dolor no se expandía: se quedaba.
Abajo, el espacio se abrió.
Allí estaba Kael.
De pie, apoyado en una muleta sostenida con la mano izquierda. Madera oscura, pulida por uso reciente. Donde faltaba el pie, vendas limpias y firmes. En la mejilla, una tela clara cubría la herida. No ocultaba: señalaba. El cuerpo se inclinaba apenas hacia adelante, aprendiendo a negociar con su nuevo centro.
La vio.
Sonrió.
No fue sonrisa segura. Fue torpe, desarmada, gesto que olvidó el orden correcto de los músculos. La sostuvo más tiempo del necesario, como temiendo que al soltarla algo más se perdiera.
Arhelia lo miró.
No respondió de inmediato. El símbolo rojo pasó entre ambos. La silla se detuvo. El dolor volvió a empujar desde el brazo sostenido, insistente. La túnica raspó las vendas. Aun así, inclinó el torso lo justo para acercarse.
—Veo que estás bien. Y… gracias por salvarme, creo.
La voz arrastraba el frío que aún colgaba de los pasillos.
—Sí… dudé —respondió Kael—. Pensé que si te dejaba ganaría tiempo. Pero te salvé. Supongo que eso crea una deuda.
—Sí.
El silencio quedó suspendido, denso. Un médico tosió. El sonido rebotó en la piedra. La médica lo miró —o pareció mirarlo—. El aire volvió a cerrarse.
—¿Tú, qué piensas?
—Tos… tos… —susurró Arhelia, su voz quebrada por el dolor, la respiración entrecortada recordando cada golpe recibido— ¿De qué?
—Del maestro. Nos llamó.
—Sí… creo que escuché que es alguien que se toma en serio lo que enseña. Aunque… entre nosotros, no es lo que debía enseñar.
El eco de la frase se quebró contra los muros y dejó vibrando la esfera, al fondo, detrás de Arhelia.
— si tú lo crees…
—Hablando de otro tema, ¿por qué había un cultivador caído en el bosque?
—No lo sé.
—¿Crees que… porque vienen nuevos tiempos?
—Podría ser.
Kael guardó silencio. Parecía calcular cada palabra, medir el peso de lo que debía decir. Luego abrió los ojos. Algo se le prendió, un brillo inquieto, y habló:
—Hay secretos, repartidos entre las diez clanes de nuestro país… Parece que no se puede cultivar en otros lugares, por falta de recursos y por otros asuntos. Algunos cultivadores sin nada se fueron a estas tierras, pero eso… eso era antes.
—¿Cómo de “era antes”? —preguntó Arhelia—. ¿Sucedieron más caídas de cultivadores?
—Sí… y además está llegando el florecimiento de las cuatro lunas. Y si lo sabes…
—La casi posibilidad de sobrevivir en las pruebas. —Arhelia interrumpió, la voz baja, dura.
—Y también la venida de los Profundos. —Kael completó, como señalando un horizonte invisible.
—Exactamente. Ahora las cosechas se mueven más rápido, y nuevos tratados dictan cómo sobrevivir.
Un ruido metálico cortó la conversación.
Una enfermera mortal apareció en el umbral.
—Deben ver a su maestro.
Arhelia la miró. Los ojos atravesaron la tela blanca. Un gesto mínimo de repugnancia cruzó el rostro. Kael lo notó y alzó una ceja. La enfermera no reaccionó. No era invisible: no importaba. Era extensión de la fortaleza.
Los condujo hacia la plaza interna.
Umbral de los Que Esperan
La plaza era rectangular, cercada por muros de ladrillo rojizo en ruinas. No por abandono: por desgaste antiguo, como si el tiempo hubiera pasado demasiadas veces por el mismo punto. Columnas bajas marcaban el centro, alineadas con precisión. Restos de un edificio ausente que aún recordaba el orden.
El césped blanco cubría el suelo. No crecía: ocupaba. Devolvía la luz hacia arriba, obligando a mirar. Al fondo, llanuras de piedra lisa se extendían hasta donde la vista se rendía. Sobre ellas, la noche descendía con un azul contenido. Cambio de ritmo. Sin anuncio.
Frente a la salida, dos figuras aguardaban.
El primero era un joven de ojos carmesí. Una capa amplia cubría todo su cuerpo y los pies, ocultando la forma del paso. En las hombreras llevaba lana negra: de lobo o de alguna bestia sin nombre. Sobre la tela, decoraciones brutales zigzagueaban como agujas o truenos dorados, sin simetría ornamental, solo fuerza aplicada. Sus ojos no observaban: esperaban. La sonrisa, amplia, mostraba una diversión torcida, contenida apenas por disciplina aprendida tarde.
A su derecha, una mujer.
La postura era recta, estoica. Las manos, juntas al frente, bajas, sin tensión visible. Los ojos dorados sostenían la escena con una calma que no pedía permiso. El cabello corto enmarcaba un rostro de expresiones suaves, casi tiernas, delicadas en exceso para el lugar. Esa delicadeza se volvía juguetona al posarse sobre los jóvenes que se aproximaban.
Vestía pantalones amplios y ajustados a la vez, ceñidos hasta el abdomen como un fajín funcional. La camisa blanca, de mangas abiertas y sueltas, añadía un contraste liviano, casi festivo, impropio del entorno. En el cinturón colgaban varios instrumentos: algunos recordaban herramientas de tortura; otros, simples piezas de hierro, truecas sin ornamento. De todos emanaba una misma presión.
Aura contenida.
Nivel uno.
La plaza no reaccionó.
El césped no se movió.
Las columnas no ofrecieron sombra.
El umbral estaba marcado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com