INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 14
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Capítulo 14: Capítulo 14 — Umbral maestría en palabras.
joven permaneció quieto.
El centro de la plaza lo abrazaba sin reclamarlo. Sus manos dibujaban compases invisibles; el aire se inclinaba, obediente, a cada curva de sus gestos amplios y medidos.
—Bueno, queridos alumnos… y promesas.
La voz no buscaba volumen. Se instaló. Usó las manos como quien marca compases invisibles.
—Mi nombre es Ren-shi. Camino de la Transformación. Mi objeto de ley…
Sacó del bolsillo del pecho la tela negra.
No la desplegó del todo. Bastó con mostrar un borde, una esquina dócil que aún parecía respirar.
—…es esta servilleta.
La sostuvo con orgullo impostado, como si presentara una reliquia o un chiste demasiado antiguo para ser explicado.
—Se llama Atrapa-Sueños. Puedo transformarme en lo que sueño. Y también seré quien los enseñe… y los guíe a los infiernos más terribles.
La esfera Todo o Nada vibró tras Arhelia. Esta giró apenas la cabeza; un gesto, y el objeto obedeció, deslizándose fuera del umbral, sin ruido, como si ya hubiera estado allí antes.
Los ojos carmesí la cazaban. La pausa cayó de sus labios. El silencio se tendió como una sombra sobre la plaza.
—Hoy, por ejemplo, tuve un sueño fabuloso. Justo con mi querida compañera. En la cama.— El rojo de sus ojos señaló a la mujer de su lado, inmóvil, como una promesa clavada en la penumbra. Deslizó la lengua por los labios con una lentitud deliberada, dejando un brillo húmedo que insinuaba algo más profundo, más oscuro.
La mano señaló a la figura; los dedos se deslizaron con una intención ambigua, peligrosamente cercana a lo prohibido.
Está lo miró.
No fue sorpresa. Fue cansancio acumulado. El ceño se le frunció apenas, como una grieta controlada. Esa señal pasó de largo; la sonrisa siguió intacta.
Ella suspiró.
Un sonido mínimo, pero suficiente para cortar la escena.
—Entonces —dijo— ustedes son los nuevos Zverkhān.
Avanzó un paso. No hacia ellos: hacia el espacio correcto.
—Mi nombre es Nixie. Camino de los Elementos. Metal Blanco.
La voz era clara. Sin ornamento. No imponía: afirmaba.
—Y no hagan caso a este idiota. Aunque, en otros temas… —inclinó la cabeza lo justo— sí será su maestro.
El silencio cayó sobre la plaza.
No como pausa.
Como ruptura.
Las columnas bajas no proyectaron sombra. El césped blanco devolvió la luz con indiferencia. El umbral sostuvo el peso sin reaccionar.
Kael se rascó la frente.
No por incomodidad. Por hábito. Desvió la mirada hacia un pilar erosionado, como si las grietas reclamaran su atención. El cuerpo descansaba mal sobre la muleta. Aprendía.
Arhelia no dijo nada al principio.
El pecho se le contrajo. Tosió. El sonido fue húmedo, corto. Escupió sangre vieja sobre el césped blanco. No limpió. No pidió disculpas.
Nixie la miró.
—¿Cómo estás, Arhelia?
—Mal.
La respuesta fue inmediata. Sin dramatismo.
—Bien —dijo Nixie—. Tu brazo se recuperará en tres días. Otras lesiones también. Descansarán para—
Ren-shi la interrumpió con una risa breve.
—Para las otras tareas que deberán completar si desean sobrevivir a las Pruebas de Ley.
Guardó la tela negra. El gesto fue casi cariñoso.
—Siendo honesto… —continuó— ustedes aprobaron esta tarea de supervivencia con un siete.
Miró a ambos. Los midió otra vez.
—Para simples mortales… lo hicieron aceptablemente mal.
Arhelia frunció el ceño.
No entendía.
Kael giró el rostro hacia él. La sorpresa no se ocultó del todo. Tampoco la extrañeza. Algo no encajaba. Algo ya había sido contado sin que ellos lo supieran.
El umbral permaneció intacto.
La medición había comenzado.
—¿Y ahora qué debemos hacer, maestro? —preguntó Kael.
La pregunta no avanzó. Se quedó a mitad de la plaza, sostenida por la muleta y el cansancio.
Ren-shi respondió sin mirarlo.
—Aprender los conceptos.
Lo clásico.
Suspiró con exageración, como quien anuncia una tarea indigna de su talento.
—Primero: presenten sus caminos de ley. No teman: conocerlos da honor. Da respeto al rival. Incluso cuando la derrota llega, pesada, y se sienta sin palabras.
Arhelia alzó el rostro.
El vendaje del pecho se tensó con el movimiento. Dudó un instante. No por miedo, sino por cálculo. Luego habló.
—Elementos. Luz y oscuridad.
Puedo manipular ambas.
Y durante esos meses herida… la
oscuridad respondió mejor.
Ren-shi inclinó la cabeza, satisfecho. No aprobaba: registraba.
Kael carraspeó.
—Yo… —cerró los ojos al hablar— soy de leyes de cortar, desgarrar y destripar.
Sonrió apenas. Un hilo de sudor frío le cruzó la frente.
—Interesante —dijo Ren-shi.
Giró el rostro hacia Nixie e hizo un gesto mínimo. No fue pedido. Fue orden.
Ella asintió.
De su bolsillo sacó una tuerca opaca. Se la llevó a la boca. El metal crujó entre los dientes. Lo masticó sin apuro, con un sonido seco que no parecía posible. Luego escupió.
En el suelo, el escupitajo se movió.
El metal se abrió, se dobló, se multiplicó. Tres asientos surgieron con un quejido breve, y una mesa baja los acompañó. Todo quedó dispuesto con decoraciones finas, líneas grabadas que no pedían atención pero la retenían.
Los niños abrieron los ojos.
No por belleza.
Por perturbación.
—Tranquilos —dijo Ren-shi—. Yo también me sorprendí cuando conocí su ser de ley.
Arhelia y Kael lo miraron sin entender.
Nixie abrió la boca.
No como quien bosteza.
Como quien libera.
De su interior emergió algo vivo. Salió lento, húmedo, forzado, como un nacimiento que no debía repetirse. Una criatura alada se deslizó hacia afuera, flotando torpemente entre hilos de saliva que goteaban hasta el suelo.
Tenía cuatro brazos, alas traslúcidas como las de un hada, y una cabeza alargada, muscular, parecida a la de un caballo. Los dientes eran finos, innumerables, como granos de arena afilados.
La espalda estaba arqueada. La columna sobresalía en cuchillas de metal blanco. Hierro vivo. Majestuoso. Incorrecto.
Nixie tosió.
—Este es mi ser de ley —dijo—. Mago muerto de ley.
Tomen asiento.
Kael obedeció.
Ren-shi se sentó con teatralidad orgullosa, ocupando el espacio como si le perteneciera desde antes. Nixie hizo lo mismo. Luego, sin ceremonia, volvió a abrir la boca y el ser de ley regresó a ella, deslizándose hacia dentro con un sonido húmedo y metálico.
Nadie comentó nada.
Era normal.
Arhelia permaneció en la silla de ruedas.
No importaba.
Ren-shi inició la conversación.
—Como pueden ver, los objetos y seres de ley siguen caminos propios. No siempre agradables. Pero solo existen cinco caminos.
Alzó un dedo por cada uno.
—Elementos.
Leyes.
Alma.
Tiempo-Espacio.
Transformación.
Bajó la mano.
—Todos misteriosos. Todos útiles. Si sobreviven lo suficiente como para entenderlos.
Arhelia y Kael no reaccionaron. Algo había encajado. No bien. Pero lo suficiente.
Kael habló:
—¿Y los objetos de ley… qué son?
Ren-shi abrió la boca para responder, pero Arhelia se adelantó.
—Son restos de los dioses.
Ellos murieron dejando su poder impregnado en el mundo. De ahí nació el sendero de ley. Los materiales. Las criaturas. Todo.
La explicación fue simple. Casi incómoda.
Los maestros miraron a Kael.
Él se sonrojó. Desvió la mirada hacia una pared desnuda, como si el polvo le hubiera pedido atención.
Ren-shi sonrió y se inclinó un poco hacia adelante.
—Me sorprende que seas tan tímido. He oído otras cosas de ti, promesa.
No hubo respuesta.
Kael dejó que hablaran sus pupilas. No temblaron. Se clavaron.
La mandíbula se le tensó, dura como un cerrojo, y el aire entre ambos se volvió estrecho, incómodo, afilado por una pregunta que no quería aceptar.
Ren-shi continuó.
—Para comprender su ser u objeto de ley deben aprender ciertos principios…
—Pero antes —interrumpió Nixie.
La voz no subió. Se endureció.
—Quiero saber algo.
¿Domaron la prueba… o solo la pasaron?
El silencio volvió a ocupar la mesa.
Arhelia respondió primero.
—Sí.
No explicó.
Kael tardó más.
Abrió la boca. La cerró. Miró hacia abajo. El recuerdo no venía entero. Algo faltaba. Hizo una mueca torpe.
—No lo recuerdo bien —dijo—. Pero siento que sí obedeció.
Señaló con el mentón.
Más allá, en una puerta, un enfermero sostenía su sable como si fuera una estatua en custodia.
—Hace lo que le ordeno.
—Aunque tiene un defecto —añadió—. Cada vez que lo uso… me empuja hacia atrás.
Hizo una breve pausa.
—Supongo que por eso lo único que puedo manejar bien es la ley del corte.
Nadie se rió.
El silencio cayó. No era viento, ni hoja, ni metal: era el peso de los cuerpos, del polvo, de la piedra asentándose. El aire sostuvo la espera como si fuera un objeto frágil, tenso, a punto de quebrarse.
Arhelia los miró. No dijo nada.
La curiosidad le abrió apenas los ojos: un brillo atento, casi infantil. Su mirada se detuvo en ellos sin prisa, como si estuviera observando una forma nueva.
Medía.
Registraba.
Pesaba el tiempo y la distancia.
Ren-shi inclinó la cabeza hacia atrás. El gesto fue amplio, cortante: una mueca donde el desprecio y la comprensión coexistían. Los músculos del cuello se tensaron como cuerdas de metal.
—Tsk —resopló. Corto. Exacto.
Giró los ojos hacia Kael. Lo observó como quien lee el eje de un vértice que el cuerpo todavía no reconoce.
—Ahora sé que no eran falsos los rumores —dijo, voz seca, medida—. Para curarte, contrataron a ese cultivador. No es asunto mío.
Arhelia giró apenas los ojos hacia Kael. Curiosidad contenida, alerta. Algo en él la llamaba, pero nada más.
Ren-shi susurró, un hilo de aire cortado en desprecio. Volvió al compás:
—Ahora mismo ustedes son especiales. O, en el lenguaje sagrado del Dragón Dorado, Zverkhān.
Sus dedos tensaron el aire. Como quien marca un compás invisible que nadie escucha.
—Deben comprender su ley. Someterla. Dominarla. Sobrevivir a los infiernos de las pruebas.
—Y ya pasaron la primera: el laberinto de ley.
Se giró hacia Kael, midiendo.
—Ahora tendrán que ver si están completamente preparados… o si —bostezó, con la ligereza de quien aburre al mundo— cambiarán su objeto de ley y…
Se detuvo. Inclinó la cabeza hacia su compañera, esperando un gesto. Nixie negó con lentitud, casi ceremonial. Ren-shi frunció el ceño, la sien marcada por una línea de tensión, y volvió a los niños:
—Esto es aburrido. Escuchen: cuando estén listos, serán llevados a otro lugar durante tres días. Descansen. Recuerden, cuando sean nivel 1…
Se levantó. Un gesto corto de la mano indicó a Kael que se pusiera de pie. Él obedeció. Nixie permaneció. Sus ojos eran claros, afilados, sin necesidad de palabras.
—Debemos comprender cuatro cosas —dijo—:
La Ley del hilo del mundo.
La Ley dentro de su objeto.
La Ley dentro de ustedes mismos.
Las puertas de ley.
Arhelia cerró los ojos. La esfera Todo o Nada regresó a su lado, girando suavemente, como si respondiera al discurso.
Kael recibió su sable carmesí. Lo apretó, y la hoja vibró. Un hilo de sonido húmedo, metálico, doloroso, recorrió la palma y el antebrazo. La herramienta lloraba.
Ren-shi sonrió. Largo. Seco.
—Ustedes dos, niños, no deberían existir todavía en el planeta.
—Pero la Ley… tiene un humor extraño.
Giró la capa. Se marchó por una puerta con una mini escalera de cuatro pies. Su ausencia no se sintió: el aire seguía vibrando con su gesto.
Nixie no se fue. Los miró, un segundo más, y habló:
—No deserten las expectativas de nuestro clan.
Sacó algo de detrás del fajín. Dos metales amarillos, enfermizos, pero con un aura que los hacía extrañamente familiares.
Los llevó a la boca. Masticó. El sonido fue húmedo, metálico, imposible de ubicar. Infló como un globo. Luego, estalló.
Al suelo cayeron: placas de armadura, dos escudos, dos cuchillos curvos. No brillaban. No pedían atención. Solo estaban. Y eso bastaba para que el polvo, la luz, el suelo, incluso los cuerpos, se inclinaran hacia ellos.
Arhelia y Kael alzaron los ojos. La perturbación pesaba en el aire más que cualquier belleza.
Sus manos temblaban ligeramente, sus respiraciones se hicieron cortas.
Luego, giraron hacia el espacio donde ella había estado.
Nixie ya no estaba. Como si nunca hubiera existido, como si el umbral mismo la hubiera tragado.
El silencio regresó, cargado de expectativas.
Los enfermeros entraron en el umbral. Su movimiento era exacto, medido, ritual.
—Hemos preparado sus habitaciones —dijeron. El sonido era plano, sin resonancia. Solo palabras y cuerpos.
Arhelia permaneció en la silla de ruedas. Sus dedos rozaron el asiento. El tacto fue suficiente para sostener la atención del polvo, de la luz, de la sangre.
Kael ajustó el sable en su mano. El metal seguía vibrando. Lento. Constante. Doloroso.
El umbral permanecía. No respiraba. No juzgaba. Esperaba.
Las enfermeras los guiaron por corredores blancos. No caminaban: medían el espacio con el cuerpo. Cada paso caía en su lugar exacto. El suelo aceptaba. Las paredes escuchaban.
Arhelia avanzaba en la silla, empujada con cuidado técnico. Kael iba a su lado. La muleta marcaba un ritmo irregular: madera, pausa, cuerpo. Madera otra vez. El sable carmesí, enfundado, vibraba bajo la tela como un animal dormido que no confía.
El silencio no era incómodo. Era útil.
Kael habló primero, como quien tantea una herida ajena con el dorso de la mano.
—Arhelia… ¿conoces a nuestro maestro, verdad?
Levantó una ceja. El gesto no pedía respuesta: abría espacio.
—Es el hijo del amigo de mi progenitor.
Kael ladeó la cabeza.
—Ah… ¿no es muy frío llamar así a tu padre?
Arhelia no lo miró de inmediato. El pasillo reflejaba la luz en placas duras. La sangre seca del pecho tironeaba al respirar.
—No me importa —dijo—. Me crió así.
Pausa. El cuerpo acomodándose a la frase.
—Tengo que admitir que salió bien. Aunque aún me desagrada.
La muleta golpeó. Se detuvo. Golpeó otra vez.
—…
Arhelia habló sin girar la cabeza.
—¿Qué enfermedad tuviste?
Kael tardó. El aire le pesó en el cuello.
—No es una enfermedad… o eso pienso. Es algo de nacimiento.
Calló. El rostro se endureció. Algo se cerró como una válvula.
—Hice mucho daño a mi familia. Y a todos los que me cuidaron. Por culpa de eso que llaman enfermedad. Pero no lo era, Arhelia.
Ella giró apenas el rostro. No compasión. Atención.
—Entonces, ¿qué era?
Kael apretó la empuñadura de la muleta. La madera crujió.
—Lo siento. No quiero hablar de mi pasado. No lo recuerdo. Solo escuché rumores. Sirvientes. Guardias de mi clan. Mis hermanos.
Respiró. El pecho subió mal.
—Cuando pregunté a mis padres… guardaron el secreto. No lo sé. No lo sé.
El corredor se estrechó. Las paredes parecieron acercarse un dedo. Las enfermeras no intervinieron. Sus pasos seguían exactos.
Guardaron silencio.
Arhelia fue la que lo rompió. La risa salió corta, seca, inesperada.
—Jajaja… Kael, me encantas.
Él la miró, sorprendido.
—No eres igual a los otros. Yo aún dudo por qué me salvaste. Yo te habría dejado atrás. Pero tú… te arriesgaste.
El rostro de Arhelia se ladeó. La voz bajó.
—No por fama. Esa cosa yo no la tengo. Aunque la deseo demasiado. Pero tú tampoco la quieres.
Sonrió apenas.
—Eres… el único al que la codicia no le cegó.
La silla avanzó. El suelo concedió.
—Quiero saber algo —dijo—. ¿Cuál es tu ambición, Kael?
Él parpadeó. El cuerpo tardó en acomodarse a la pregunta. Luego sonrió, tímido, como si la respuesta pesara más que su voz.
—Ser el líder de mi clan. Superar a mis hermanos. Mejorar las condiciones de mi pueblo.
Respiró. El sable vibró.
—Y hacer una vida divertida.
Giró hacia ella.
—¿Y tú, Arh—?
Ella lo interrumpió con una risa abierta, casi cruel.
— Interesante, Kael. Pero no es suficiente. Es necesario ser más pragmático.
El pasillo terminó en una puerta amplia. La luz cambió.
—Mi sueño… —continuó— es ser la más conocida. La más famosa. Demostrar que no soy un monstruo.
El ceño se tensó. La voz no tembló.
—Quiero reconocimiento. Quiero ser algo. Lo más grande en este planeta.
Kael la observó. No con miedo. Con cuidado.
—Eso es… formidable.
Dudó.
—Aunque peleas como si no quisieras. Tu cuerpo… creo que no eres el monstruo que dicen los rumores.
Arhelia se detuvo. La silla quedó quieta.
—Tú lo crees —dijo—. Pero suena a mentira, Kael. No mientas. Entendido.
El ceño fruncido fue una línea precisa. Kael abrió la boca. La cerró. La respuesta no encontró forma.
Las enfermeras se detuvieron.
—Hemos llegado —dijeron.
La puerta de Arhelia se abrió. El interior olía a metal limpio y a descanso impuesto.
Se miraron. Extrañeza. Algo no dicho, pesado, suspendido entre ambos.
No hubo promesas. No hubo despedidas largas.
La puerta se cerró.
El primer día terminó sin ruido.
Pero el cuerpo del mundo ya los había registrado.
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