Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta.
  4. Capítulo 15 - Capítulo 15: Capítulo 15 — Cuerpos de Hierba, Sangre y Hilos Verdes.
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 15: Capítulo 15 — Cuerpos de Hierba, Sangre y Hilos Verdes.

—Kael, esto no es lo tuyo.

—¿Por qué lo dices?

—Tus posibilidades de ganar son cero.

El silencio pesó más que cualquier golpe. El día parecía tranquilo, pero para ellos era el último en la fortaleza.

Dos jornadas atrás, Arhelia había quedado maltrecha. Los poderes de Nixie reconstruyeron su brazo; aun así, los metales seguían incrustados en el hombro, sujetando la carne mientras la fuerza regresaba, lenta y obstinada.

Kael avanzaba con su nueva pierna metálica: músculo, piel y engranaje fundidos en un solo gesto. Flexible. Firme. Cada paso sonaba a adaptación forzada.

Frente a frente, los dos niños respiraban tensión. Los maestros observaban, expectantes. Ren-shi cruzó los brazos; la sombra de su ceño arrugado marcaba una paciencia contenida, peligrosa.

Detrás, los objetos de ley reposaban en silencio. La esfera Todo o Nada, suspendida entre luz y oscuridad, levitaba con una calma altiva. El sable del carnicero de ley vibraba, eufórico, como si celebrara de antemano su propia existencia.

Los cuerpos se posicionaron.

Arhelia: una pierna adelante, la otra atrás. Un brazo alzado, el otro protegiendo el mentón. La mirada fija. Los pantalones amplios se movían con cada respiración; el torso, envuelto en vendajes, formaba un sostén improvisado. Los nudillos cubiertos, listos para chocar contra la dureza del mundo.

Kael arqueó la espalda hacia adelante. Un brazo bajo, el otro en guardia. Los puños aún abiertos. Cada respiración medida. Precisa.

El césped blanco se dobló bajo sus pies.

El silencio se afiló.

Arhelia avanzó. La cadera lanzó la pierna trasera: un hilo de acero cortando el aire hacia la sien.

Nada encontró; la cabeza giró en un parpadeo.

El golpe levantó polvo y tensión, dejando su estela en el silencio.

Una bocanada de aire.

El torso se inclinó. Un puño subió desde abajo, silbando con la exhalación. Impactó.

El rostro estalló en rojo. La sangre dibujó un arco sobre el cielo pálido. El cuerpo retrocedió, deslizándose, desequilibrado.

La oportunidad abrió la boca.

El derecho entró limpio, pero el antebrazo lo cerró como un cerrojo. Hueso contra hueso.

El torso se encorvó. Los dientes se apretaron.

El contraataque salió recto al rostro.

Una mínima inclinación, y el golpe pasó rozando el oído. Dolor y aire roto. Mandíbula tensa.

La pierna se levantó, puntapié al talón. El apoyo falló. Equilibrio quebrado.

Un ascendente llegó desde el costado. Brutal. Preciso. El aire fue hundido en el pecho. Un gemido escapó, vacío.

Pero no cayó.

Los brazos de Kael se cerraron como fauces contra su costado, trampa súbita.

Un gesto seco. La espalda se arqueó en un espasmo imposible. Hacia atrás.

El cráneo de Arhelia descendió.

El mundo se invirtió.

El suelo la reclamó antes de que el pensamiento pudiera formarse.

Impacto: sacramento de piedra. Absoluto. Irrevocable.

La sangre estalló, blasfema, profanando el césped blanco.

El dolor llegó después.

Tarde.

Total.

La presión cedió.

Las piernas impactaron la hierba. La tierra respondió con un estallido sordo.

No hubo pausa.

Rodó con los dientes apretados. Dolor insoportable. Un zumbido sordo le taladraba los oídos.

Se incorporó de un salto hacia atrás, tambaleó, rozando la caída.

Todo era blanco.

El dolor en la frente abierta resultaba insoportable. El sonido se espesaba, el aire se volvía denso.

Todo se veía doble, confuso, distante.

Aun así, la guardia se levantó.

Antebrazos cerrados frente al rostro: escudo tosco, necesario.

Y llegó.

Un recto cargado atravesó el espacio abierto. El impacto empujó carne y hueso hacia atrás. Los dientes chocaron con un chasquido seco.

La sangre bajó desde la frente. Caliente. Espesa. Ardió en los ojos. El blanco se volvió rojo.

Antes de caer, se lanzó hacia delante.

Carga ciega.

Peso en marcha.

El choque fue detenido.

Brazos contra brazos. Pecho contra pecho.

Algo duro se clavó en el cuello.

Peso.

Calor.

Empujó.

La resistencia respondió anclada al suelo. El césped vibró bajo sus pies.

Empujó otra vez. Nada. Una tercera.

Entonces apareció la grieta.

Un adelanto mínimo del peso ajeno. Un error microscópico.

No hubo pensamiento.

El torso giró.

La gravedad cerró la escena.

Cayeron juntos.

Rodaron sin soltarse, cuerpos embarrados, dos fuerzas entrelazadas en un nudo impuro. El césped crujió bajo los hombros. El blanco desapareció.

Arhelia arqueó el tronco, empujando hacia atrás con todo el impulso que pudo reunir.

Un error que se notó en el instante siguiente: la columna frente a ella cedió, y los brazos atacaron su antebrazo.

Al mismo tiempo, una pierna de metal se apoyó en su costado; la otra ascendió, lista para cerrar la llave.

El pie alzado fue atrapado en el aire.

Talón controlado.

Cadera adelantada.

La otra planta buscó el suelo atrás. Empujó.

El peso cambió.

Intentó caerle encima, pero su brazo preso se dobló bajo la presión. Pecho chocó contra propio hombro, tenso; respiración aplastada, hueso contra hueso.

El agarre no cedió.

Se cerró más fuerte: vivo, rígido. Hueso atrapado en un cerrojo que no perdona.

El brazo prisionero se estiró al límite. Dientes apretados, rostro rojo, ojos hinchados de sangre. El esfuerzo era brutal, casi inhumano.

La frente bajó contra el pie atrapado.

Empujó.

Todo el peso empujó.

El agarre respondió crujiendo.

No cedió.

Quedaron inmóviles un instante.

Estatuas respirando. Jadeo contra jadeo. El sudor empapó la piel, se mezcló con la sangre, volvió todo resbaloso, peligroso.

La tensión tenía algo obsceno.

Cuerpos entrelazados, músculos marcados, venas tensas. Nada de deseo: solo dominio, solo final.

Arriba y abajo.

Control y resistencia.

El brazo volvió a estirarse. Demasiado.

El castigo fue inmediato: el agarre se cerró aún más. Hilos de sangre brotaron del antebrazo, finos, insistentes.

Un gemido se filtró entre los dientes cerrados.

La sangre escapó por la boca apretada.

Las venas saltaron en la frente. En el cuello. En los brazos.

Los músculos temblaron. No quedaba margen.

La pierna modificado libre buscó espacio.

El muslo fue empujado, tanteando, midiendo una salida mínima. Una oportunidad microscópica.

El césped crujió bajo el forcejeo.

La respiración se volvió un arma más.

Nada estaba decidido.

Todo podía romperse en el siguiente segundo.

Una sonrisa breve nació en su rostro. Apertura. Posible.

Pero el azar no cedió.

El pie de metal que descansaba en su muslo ascendió con precisión sorda.

Impacto. Dientes volaron, hilos de sangre iluminando cuerpos torcidos sobre el césped. El espacio de disciplina se volvió sagrado y profano a la vez.

La llave se cerró finalmente, un cerrojo de carne y hueso.

La extremidad atrapado cedía bajo presión implacable. Un molinete rápido atajó su propia muñeca encarcelada, salvando la estructura.

Perlas híbridas de sudor y sangre se derramaban sobre la hierba, entrelazándose, tiñéndola, dejando su huella.

La posición era íntima y brutal: caderas juntas, torsos tensos, cada músculo gritando resistencia. El brazo se doblaba bajo presión, muñeca retorcida, dientes apretados; la otra mano luchaba por mantener el control, arquear la espalda, romper la cerradura de hueso.

El silencio volvió, pesado, obstinado. Cada fibra pedía descanso, cada músculo gritaba dolor.

La mano resbaló.

Peor.

Crujido de hueso.

Grito ahogado.

Jadeos punzantes.

Lágrimas brillaron entre sudor y sangre.

Entonces Ren-shi interrumpió. El mandato resonó.

El suelo vibró.

—Basta.

Lanzó su brazo. Otro respondió, desenrollando el pañuelo negro, que se tensó alrededor de la extremidad lista para atacar.

El aire estalló. La mano cubierta se contrajo, gelatinosa, blasfema. Tentáculos putrefactos surgieron, arrastrando agarres con violencia sobrenatural.

Dos cerraron la articulación atrapada. Otros aseguraron los dedos, firmes, quebrando cualquier resistencia.

Y fueron lanzados hacia atrás.

Los cuerpos golpearon el suelo. Jadeos y polvo se mezclaban con el dolor.

La respiración era agitada. Cada músculo ardía. Sudor y sangre caían sobre el césped.

Arhelia lo observó: Kael, fijando la mirada en sus manos ensangrentadas, reflejaba un miedo crudo.

Ella rió, breve, cayendo boca arriba, agotada, jadeante.

Cada músculo ardía.

Cada latido de los ojos resonaba con los golpes. Entumecimiento y punzadas marcaban el rastro de la violencia reciente, su brazo liberado vibrando con un punzante recuerdo.

—Perdí… jejeje —susurró, voz quebrada, mientras el silencio final la abrazaba.

El día terminó así: cuerpos rendidos, respiraciones largas, calma lenta derramándose como río tibio sobre la tierra herida.

Ren-shi avanzó entre los dos cuerpos aún calientes del combate. Cada paso era medido, controlado, y aun así llevaba un aire de dominio absoluto. La sonrisa en sus labios se abría como un filo, y sus ojos carmesí brillaban con una mezcla de picardía y satisfacción contenida, la misma que nace en el sexo.

—Impresionante… —dijo, la voz baja, rasposa, cargada de burla y deleite—. Esto casi mata mi aburrimiento. Tienes talento, Kael. Y tú, Arhelia… lo clásico, eh. Predecible, pero efectivo.

Detrás de él.

Nixie avanzó en silencio, los ojos atentos. Observó la tensión aún vibrante en los músculos, el sudor mezclado con sangre, el olor acre del esfuerzo extremo.

—Supongo que esto los ayudó a conocerse mejor —murmuró, casi para sí misma, dejando que el sonido cayera entre ellos como un eco.

Kael alzó la mirada, aún tembloroso, los dedos manchados de rojo temblando al intentar limpiarse. Un jadeo escapó de su pecho; respiración entrecortada, cuerpo todavía vibrando por la descarga de adrenalina.

—Jadeo… jadeo… creo… creo que sí… maestra —susurró, palabras inseguras pero sinceras.

—No me llames maestra —intervino Nixie, sonrisa estrechándose—. Él es tu maestro. A mí… llámame señorita.

—Sí, señorita. —Kael asintió, la voz apenas un hilo, y un escalofrío recorrió su espalda.

—Bien. Y tú, Arhelia. —la miró de arriba abajo, evaluando cada músculo tenso, cada gesto doloroso—.

—¡Aaah! Mi maldito brazo… —se quejó ella, sosteniéndose la articulación castigada—. Duele como si me hubieran golpeado con un martillo.

Ren-shi rió, un sonido grave que resonó entre los cuerpos todavía temblorosos.

—Hahaha —dijo—. Bien… creo que deberían descansar un poco. No por compasión, sino por lo que viene: su próximo premio, su próxima lección.

Se inclinó hacia adelante, los ojos carmesí fijos en ambos, un presagio contenido entre las sombras de su sonrisa.

El aire siguió cargado de tensión. Cada respiración era un recordatorio del dolor y la resistencia, de la sangre que aún marcaba la piel, de los cuerpos que habían probado sus límites y habían sobrevivido. Y mientras Kael y Arhelia recuperaban poco a poco el aliento, supieron que el juego apenas comenzaba.

En una aula vieja de la fortaleza conservaba una fragancia relajante, casi fuera de lugar.

Muchos asientos estaban rotos; otros, desplazados como restos de un recuerdo violento. La luz del sol se filtraba por las ventanas quebradas y dibujaba líneas doradas en el polvo suspendido.

Era extrañamente tranquilo.

En un rincón de la sala reposaban sus objetos de ley: la esfera todo o nada, silenciosa, y el sable, inmóvil, como si contuviera la calma de un corazón detenido.

Arhelia y Kael estaban frente a frente, separados por dos asientos vacíos.

Aún llevaban las vestimentas de combate, aunque ahora cubiertas por túnicas blancas. Arhelia se inclinaba hacia atrás en la silla, un pie apoyado en el suelo para controlar el balanceo. Brazos cruzados. El otro pie descansando sobre el muslo. Ojos cerrados. Aburrimiento aparente. De vez en cuando se mecía apenas, sin prisa.

Una venda cruzaba su frente. En el lado derecho de la mandíbula, un moretón púrpura inflamado.

Kael estaba sentado recto. Esperaba al maestro que los había convocado para hablar del premio y la nueva tarea. Tenía una venda sobre la nariz.

Arhelia abrió un ojo.

—No sabía que sabías pelear.

Kael soltó una risa baja.

—Yo tampoco. Sentí que estaba en otro plano… Cuando me atacaste, tuve miedo. Me moví por instinto. Después del golpe… todo giraba. Era como si algo me jalara hacia dentro. Veía, pero no sentía que fuera yo quien se movía.

Arhelia abrió los ojos por completo. La luz resaltó el blanco contra el moretón oscuro.

Kael sonrió, tímido.

—Eres salvaje, Arhelia. Me paralicé. ¿Quién te enseñó a pelear así?

Ella lo sostuvo con la mirada.

—¿Conoces al Sandhyā…?

Oscuridad.

Agua fría hasta los talones. Un círculo de piedra que respira moho. La luna plateada desciende desde el techo abierto como una herida vertical.

Desnuda. Inmóvil. No puede moverse.

Agujas negras la atraviesan: clavículas, muslos, costillas, debajo de las uñas. Demasiadas. Imposibles de contar.

La piel cede en hilos lentos. Rojo diluido en agua estancada.Un grito. Otro. La voz se quiebra, se recompone, vuelve a romperse.

La venda aprieta los párpados. Las lágrimas no encuentran salida. El cuerpo tiembla. Cada gota que cae del tubo quema. Fría. Exacta. Interminable.

El látigo silba. Aún no cae. Aguarda.

Grissfor frente a ella. Respiración pareja. Sin prisa.

Mano firme. Muñeca recta.

—Vikāsini, Kael?

El cambio fue inmediato. Kael abrió los ojos, la respiración se le desordenó. Sus manos se tensaron sobre las rodillas.

—Lo siento… no debí preguntar.

—¿Por qué no? —Arhelia ladeó el rostro—. ¿Qué tiene de malo?

Kael dudó antes de responder.

—Nadie debería pasar por eso. Ni siquiera quienes no tienen a nadie.

El silencio se acomodó entre los dos.

—No —dijo ella finalmente—. Creo que me sirvió. Me hizo fuerte. Pero… —sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela blanca— todavía tengo pesadillas. Esa cámara… esos años… —frunció el ceño—. Aún los odio, Kael.

Kael se levantó apenas de su asiento y apoyó las manos en los hombros de Arhelia. Ella alzó la vista.

—Todos cargamos algo —dijo él con suavidad—. Aunque nos persiga, aunque nos muerda por dentro… seguimos aquí. Y eso ya es algo. El presente también merece espacio.

Arhelia lo observó unos segundos más, y luego sonrió.

—Sabes motivar a las personas, Kael. Segunda cosa con la que me sorprendes.

Lo empujó ligeramente con una mano. Volvieron a sentarse, mirando hacia las ventanas rotas y el cielo azul más allá.

—Cuando te vi por primera vez —continuó ella— pensé que olías a esclavo. Sentí asco. Pero al mismo tiempo… te entendía. No sabía por qué.

Kael soltó una pequeña risa.

—Yo pensé que eras un peligro. Que si no te atacaba primero, me matarías.

Ella lo miró de reojo.

—Creo que no somos personas normales.

—No —respondió él—. Definitivamente no.

Hubo una pausa.

—Arhelia —preguntó Kael—, ¿qué es el título que nos dio el profesor?

—Es un nombre antiguo. Antes no existían los niveles como ahora. Algunos clanes todavía conservan esa tradición. El Clan de los Escorpiones de las Mil Cabezas de Dragón es uno de ellos.

—Ya veo.

Arhelia bajó la mirada.

—Siento vergüenza, Kael. De haber perdido. Aunque sabía que ocultabas tu verdadero talento. ¿Qué premio crees que te darán?

—No lo he pensado.

Ella volvió a sonreír, esta vez sin arrogancia.

—Será interesante.

—Si tú lo dices.

La luz cambió levemente en el aula. Afuera, el viento movía algo invisible.

Y por primera vez desde el combate, el silencio no pesaba.

​ La puerta a sus espaldas se abrió con un susurro antiguo.

Ren-shi apareció en el umbral como si el lugar le perteneciera desde antes de que existiera la piedra. Vestía de negro impecable; los bordes de su túnica parecían beber la luz. En sus manos llevaba dos cajas rectangulares, lacadas en un negro profundo, surcadas por dragones dorados que se enroscaban como si respiraran bajo el barniz.

Sus ojos carmesí brillaban con una elegancia distinta. No era burla. Era cálculo.

Caminó hacia ellos sin prisa.

No estaba Nixie.

Kael arqueó apenas una ceja al notarlo. Arhelia seguía recostada en la silla, ojos cerrados, balanceándose con una displicencia que rozaba la insolencia.

Las cajas cayeron al suelo con un golpe seco.

El sonido rebotó en las paredes del aula vieja. El polvo suspendido tembló en las líneas de luz que entraban por las ventanas rotas.

Ren-shi se puso en cuclillas frente a ellos.

—Voy directo al grano —dijo, con una media sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Fueron fáciles sus pruebas, ¿eh?

Arhelia abrió un ojo.

Kael se incorporó un poco más en su asiento.

Ren-shi dejó escapar un murmullo satisfecho.

—Esta vez no sera fácil esta segunda puerta. Ni examen intermedio. —Sus dedos acariciaron la superficie negra de una de las cajas—. Ustedes entrarán al Reino del Juicio.

El viento afuera se coló por una grieta. Algo crujió en el techo.

—No es simple. No es limpio. No es comprensible a primera vista —continuó—. Allí aprenderán lo que son… y lo que detestan ser. Si quieren sostener el legado de sus clanes, deberán soportarlo.

Arhelia descruzó los brazos.

—Ajá. ¿Y el premio de Kael?

Ren-shi la miró como si aquella pregunta fuera un detalle encantadoramente trivial.

—Parece que no les interesa.

Abrió la caja izquierda con una lentitud casi teatral. La tapa se elevó como el telón de un escenario. Dentro, enrollados con precisión quirúrgica, descansaban hilos verdes. No eran simples cordones; su textura tenía un brillo orgánico, húmedo, como si estuvieran vivos.

Kael frunció el ceño.

—¿Eso es…?

Ren-shi no respondió. Se levantó y caminó hasta él.

—Dame tu brazo.

Kael dudó apenas un segundo antes de extender la mano.

Ren-shi tomó uno de los hilos. De su interior emergió una aguja fina, translúcida, casi invisible.

El pinchazo fue rápido.

Kael retiró la mano por reflejo.

—¿Qué—?

Los hilos se movieron.

No cayeron. No colgaron.

Se elevaron.

Como serpientes obedientes, se deslizaron por el aire y se clavaron en su espalda con un giro brusco, preciso. Kael gritó. El sonido desgarró la calma del aula. Su cuerpo se arqueó hacia atrás y cayó contra el suelo, respirando como si el aire se hubiera convertido en vidrio.

Arhelia se puso de pie de un salto.

—¡Kael!

Giró hacia Ren-shi con el puño ya en trayectoria. El golpe fue limpio. Directo al rostro.

No hubo esquiva.

El impacto sonó como hueso rompiéndose.

Pero no fue el rostro de Ren-shi el que cedió.

Un crujido húmedo.

La muñeca de Arhelia se abrió bajo la fuerza mal dirigida. La piel se desgarró. Los nudillos estallaron en rojo. Fragmentos blancos asomaron entre carne viva.

retrocedió con un gemido ahogado, sosteniéndose la propia muñeca mientras caía de rodillas.

La esfera Todo o Nada reaccionó, pero los ojos carmesí lo paralizaron por completo. Las sombras temblaron y la luz parpadeó, como respirando miedo.

—¿Qué estás haciendo? —escupió ella, con la voz quebrada por el dolor—. ¡Suéltalo ahora!

Ren-shi ni siquiera la miró.

Kael se retorcía en el suelo. Los hilos verdes vibraban sobre su espalda como raíces buscando tierra fértil.

—¡Aguanta! —gritó Arhelia, arrastrándose hacia él—. ¡Kael, mírame! ¡Resiste!

Ren-shi extendió un dedo y lo apoyó suavemente sobre los labios de ella.

—Tranquila, chiquilla. No está muriendo.

La respiración de Kael comenzó a estabilizarse. El temblor disminuyó. Los hilos dejaron de moverse.

Silencio.

Ren-shi señaló con el mentón.

—Míralo.

Arhelia levantó la vista.

Kael estaba sentado ahora, jadeando. El sudor corría por su frente. Observaba sus propias manos con desconcierto.

En ambas muñecas, bajo la piel, se dibujaban marcas nuevas. Trazos verdes, finos, que formaban un patrón intrincado, como un sello antiguo despertando.

—¿Qué… es esto? —murmuró.

Sus ojos se alzaron hacia Ren-shi. Luego se detuvieron en la muñeca destrozada de Arhelia.

—Arhelia… estás sangrando.

Ella soltó una risa amarga.

—No me digas.

Ren-shi aplaudió una vez, suave.

—Reacciona rápido. Eso es bueno.

Kael lo miró con una rabia contenida que aún no sabía manejar.

—¿Qué me hiciste?

Ren-shi ladeó la cabeza.

—Te di lo que pedías sin saber que lo pedías.

Se inclinó apenas hacia él.

—Ahora prueba tu sable… e intenta cortarme.

El aire se volvió denso.

Kael se incorporó despacio. Retrocedió un paso. Frente a él, el sable reposaba contra la pared, inmóvil, expectante. Sus dedos rodearon el mango y lo apretaron hasta blanquear los nudillos. Las marcas verdes en sus muñecas latieron una sola vez, como el primer pulso de un corazón recién injertado.

Ren-shi no se movió.

—Adelante —susurró.

La luz del aula se alteró, apenas un matiz, como si algo invisible hubiese atravesado el umbral y dejado el aire más denso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo