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INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 16

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Capítulo 16: Capítulo 16— Kuenacho.

El aula vieja de la fortaleza conservaba un aroma extraño, relajante, casi fuera de lugar.

Los asientos estaban rotos; otros, desplazados, como restos de un recuerdo violento. La luz del sol se filtraba por las ventanas quebradas y trazaba líneas doradas en el polvo suspendido. La quietud reinaba, casi íntima.

En un rincón reposaban sus objetos de ley: la esfera Todo o Nada, silenciosa, y el sable, inmóvil, como conteniendo la calma de un corazón detenido.

Los niños se miraban frente a frente, cada uno clavado en su propio asiento, separados por el vacío que parecía contener la respiración del aula.

Aún llevaban vestimentas de combate, cubiertas ahora por túnicas blancas. Arhelia se recostaba, un pie apoyado en el suelo para controlar el balanceo, brazos cruzados, otro pie sobre el muslo.

Ojos cerrados.

Aburrimiento aparente.

De vez en cuando se mecía apenas, sin prisa. Una venda cruzaba su frente; un moretón púrpura inflamado marcaba su mandíbula derecha.

Kael estaba sentado recto, esperando al maestro que los había convocado para hablar del premio y la nueva tarea. La venda sobre su nariz contrastaba con su mirada alerta

Arhelia abrió solo su ojo negro

—No sabía que sabías pelear.

Kael soltó una risa baja.

—Yo tampoco. Sentí que estaba en otro plano… Cuando me atacaste, tuve miedo. Me moví por instinto. Después del golpe… todo giraba. Era como si algo me jalara hacia dentro. Veía, pero no sentía que fuera yo quien se movía.

Arhelia abrió los ojos por completo. La luz resaltó el blanco contra el moretón oscuro.

Kael sonrió, tímido.

—Eres salvaje, Arhelia. Me paralicé. ¿Quién te enseñó a pelear así?

Ella lo sostuvo con la mirada.

—¿Conoces al Sandhyā…?— Oscuridad.

Agua fría hasta los talones.

Un círculo de piedra que respira moho.

La luna plateada desciende desde el techo abierto como una herida vertical.

Desnuda. Inmóvil. No puede moverse.

Agujas negras la atraviesan: clavículas, muslos, costillas, ingle. Demasiadas. Imposibles de contar.

La piel cede en hilos lentos. Rojo diluido en agua estancada. Un grito. Otro. La voz se quiebra, se recompone, vuelve a romperse.

La venda aprieta los párpados. Las lágrimas no encuentran salida. El cuerpo tiembla. Cada gota que cae del tubo quema. Fría. Exacta. Interminable.

El látigo silba. Aún no cae. Aguarda.

Grissfor frente a ella. Respiración pareja. Sin prisa.

Mano firme. Muñeca recta.

—Vikāsini, Kael?

El cambio fue inmediato.

Kael abrió los ojos, la respiración se le desordenó.

Sus manos se tensaron sobre las rodillas.

—Lo siento… no debí preguntar.

—¿Por qué no? —Arhelia ladeó el rostro—. ¿Qué tiene de malo?

Kael dudó antes de responder.

—Nadie debería pasar por eso. Ni siquiera quienes no tienen a nadie.

El silencio se acomodó entre los dos.

—No —dijo ella finalmente—. Creo que me sirvió. Me hizo fuerte. Pero… —sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela blanca— todavía tengo pesadillas. Esa cámara… esos años… —frunció el ceño—. Aún los odio, Kael.

Kael se levantó apenas de su asiento y apoyó las manos en los hombros de Arhelia. Ella alzó la vista.

—Todos cargamos algo —dijo él con suavidad—. Aunque nos persiga, aunque nos muerda por dentro… seguimos aquí. Y eso ya es algo. El presente también merece espacio.

Arhelia lo observó unos segundos más, y luego sonrió.

—Sabes motivar a las personas, Kael. Segunda cosa con la que me sorprendes.

Lo empujó ligeramente con una mano. Volvieron a sentarse, mirando hacia las ventanas rotas; más allá, el cielo azul seguía intacto, limpio, ajeno al vidrio astillado que respiraba a sus pies.

—Cuando te vi por primera vez —continuó ella— pensé que olías a esclavo. Sentí asco. Pero al mismo tiempo… te entendía. No sabía por qué.

Kael soltó una pequeña risa.

—Yo pensé que eras un peligro. Que si no te atacaba primero, me matarías.

Ella lo miró de reojo.

—Creo que no somos personas normales.

—No —respondió él—. Definitivamente no.

Hubo una pausa.

—Arhelia —preguntó Kael—, ¿qué es el título que nos dio el profesor?

—Es un nombre antiguo. Antes no existían los niveles como ahora. Algunos clanes todavía conservan esa tradición. El Clan de los Escorpiones de las Mil Cabezas de Dragón es uno de ellos.

—Ya veo.

Arhelia bajó la mirada.

—Siento vergüenza, Kael. De haber perdido. Aunque sabía que ocultabas tu verdadero talento… ¿Qué premio crees que te darán?

—No lo he pensado.

Ella volvió a sonreír, esta vez sin arrogancia.

—Será interesante.

—Si tú lo dices.

La luz cambió levemente en el aula. Afuera, el viento movía algo invisible.

Y por primera vez desde el combate, el silencio no pesaba.

​ La puerta a sus espaldas se abrió con un susurro antiguo.

Ren-shi apareció en el umbral como si el lugar le perteneciera desde antes de que existiera la piedra. Vestía de negro impecable; los bordes de su túnica parecían beber la luz. En sus manos llevaba dos cajas rectangulares, lacadas en un negro profundo, surcadas por dragones dorados que se enroscaban como si respiraran bajo el barniz.

Sus ojos carmesí brillaban con una elegancia distinta. No era burla. Era cálculo.

Caminó hacia ellos sin prisa.

No estaba Nixie.

Kael arqueó apenas una ceja al notarlo. Arhelia seguía recostada en la silla, ojos cerrados, balanceándose con una displicencia que rozaba la insolencia.

Las cajas cayeron al suelo con un golpe seco.

El sonido rebotó en las paredes del aula vieja. El polvo suspendido tembló en las líneas de luz que entraban por las ventanas rotas.

Ren-shi se puso en cuclillas frente a ellos.

—Voy directo al grano —dijo, con una media sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Fueron fáciles sus pruebas, ¿eh?

Arhelia abrió el ojo blanco

Kael se incorporó un poco más en su asiento.

Ren-shi dejó escapar un murmullo de satisfacción.

—Esta vez no habrá tregua: la segunda puerta… la segunda prueba, llámenla como quieran. No será agradable, no será como la primera… será mucho peor.—Sus dedos recorrieron la superficie negra de una de las cajas, dejando un rastro de silencio—. Ustedes entrarán al Reino del Juicio.

El viento afuera se coló por una grieta. Algo crujió en el techo.

—No es simple. No es limpio. No es comprensible a primera vista —continuó—. Allí aprenderán lo que son… y lo que detestan ser. Si quieren sostener el legado de sus clanes, deberán soportarlo.

Arhelia descruzó los brazos.

—Ajá. ¿Y el premio de Kael?

Ren-shi la miró como si aquella pregunta fuera un detalle encantadoramente trivial.

—Parece que no les interesa.

Abrió la caja izquierda con una lentitud casi teatral. La tapa se elevó como el telón de un escenario. Dentro, enrollados con precisión quirúrgica, descansaban hilos verdes. No eran simples cordones; su textura tenía un brillo orgánico, húmedo, como si estuvieran vivos.

Kael frunció el ceño.

—¿Eso es…?

Ren-shi no respondió. Se levantó y caminó hasta él.

—Dame tu brazo.

Kael dudó apenas un segundo antes de extender la mano.

Ren-shi tomó uno de los hilos. De su interior emergió una aguja fina, translúcida, casi invisible.

El pinchazo fue rápido.

Kael retiró la mano por reflejo.

—¿Qué—?

Los hilos se movieron.

No cayeron. No colgaron.

Se elevaron.

Como serpientes obedientes, se deslizaron por el aire y se clavaron en su espalda con un giro brusco, preciso. Kael gritó. El sonido desgarró la calma del aula. Su cuerpo se arqueó hacia atrás y cayó contra el suelo, respirando como si el aire se hubiera convertido en vidrio.

Arhelia se puso de pie de un salto.

—¡Kael!

Giró hacia Ren-shi, el puño trazando su trayectoria. El golpe fue limpio. Directo al rostro.

No hubo esquiva.

El impacto retumbó como hueso quebrándose.

Pero no fue su rostro el que cedió.

Un crujido húmedo.

La muñeca de Arhelia se abrió bajo la fuerza mal dirigida. La piel se desgarró. Los nudillos estallaron en rojo. Fragmentos blancos asomaron entre carne viva.

retrocedió con un gemido ahogado, sosteniéndose la propia muñeca mientras caía de rodillas.

La esfera Todo o Nada reaccionó, pero los ojos carmesí lo paralizaron por completo. Las sombras temblaron y la luz parpadeó, como respirando miedo.

—¿Qué estás haciendo? —escupió ella, con la voz quebrada por el dolor—. ¡Suéltalo ahora!

Ren-shi ni siquiera la miró.

Kael se retorcía en el suelo. Los hilos verdes vibraban sobre su espalda como raíces buscando tierra fértil.

—¡Aguanta! —gritó Arhelia, arrastrándose hacia él—. ¡Kael, mírame! ¡Resiste!

Ren-shi extendió un dedo y lo apoyó suavemente sobre los labios de ella.

—Tranquila, chiquilla. No está muriendo.

La respiración de Kael comenzó a estabilizarse. El temblor disminuyó. Los hilos dejaron de moverse.

Silencio.

Ren-shi señaló con el mentón.

—Míralo.

Arhelia levantó la vista.

Kael estaba sentado ahora, jadeando. El sudor corría por su frente. Observaba sus propias manos con desconcierto.

En ambas muñecas, bajo la piel, se dibujaban marcas nuevas. Trazos verdes, finos, que formaban un patrón intrincado, como un sello antiguo despertando.

—¿Qué… es esto? —murmuró.

Sus ojos se alzaron hacia Ren-shi. Luego se detuvieron en la muñeca destrozada de Arhelia.

—Arhelia… estás sangrando.

Ella soltó una risa amarga.

—No me digas.

Ren-shi aplaudió una vez, suave.

—Reacciona rápido. Eso es bueno.

Kael lo miró con una rabia contenida que aún no sabía manejar.

—¿Qué me hiciste?

Ren-shi ladeó la cabeza.

—Te di lo que pedías sin saber que lo pedías.

Se inclinó apenas hacia él.

—Ahora prueba tu sable… e intenta cortarme.

El aire se volvió denso.

Kael se incorporó despacio. Retrocedió un paso. Frente a él, el sable reposaba contra la pared, inmóvil, expectante. Sus dedos rodearon el mango y lo apretaron hasta blanquear los nudillos. Las marcas verdes en sus muñecas latieron una sola vez, como el primer pulso de un corazón recién injertado.

Ren-shi no se movió.

—Adelante —susurró.

La luz del aula se alteró, apenas un matiz, como si algo invisible hubiese atravesado el umbral y dejado el aire más denso.

El sable se alzó, recto, apuntando al orgulloso. Un hilo rojo brotó en la hoja, vibrando con un rugido contenido; el aire se incendió, lamiendo la luz ansiosa por la matanza.

Los ojos carmesí se entrecerraron, chispeando luz cortante. Un fulgor más intenso tiñó la sombra del rostro. La curva de los labios se tensó, arrogante, reclamando el instante como propio.

Los brazos se abrieron en cruz, cortando el aire. La sombra de cada dedo rozó la madera temblorosa de los pupitres, bordeando el suelo como si el mundo obedeciera a su desafío.

Arhelia se incorporó. La madera protestó bajo pasos medidos. Retrocedió sin apartar la mirada. La mano quebrada goteaba sangre, marcando el suelo con cada latido espeso.

El tatuaje verde vibró. Hilo de luz buscando fundirse con el rojo.

El sable se alzó, un rayo detenido sobre su coronilla. Osciló un instante en el aire, y luego se precipitó al vacío. El aire contuvo un suspiro.

Un corte surgió de la nada, veloz como relámpago. Buscó el pecho, pero solo halló aire.

Vidrio cedió. La ventana estalló en un crujido seco. Humo y astillas giraron, silbido fugaz que rasgó la sala. Fragmentos cayeron en cascada. Impacto retumbó, un grito contenido que sacudió cada esquina.

Ren-shi apareció detrás del sorprendido Kael, que giró y retrocedió, jadeante. El acero volvió a alzarse, recto y amenazante.

​ —Veo que no te empuja ahora tu arma, kael—la voz raspada cortó el aire, y cada sílaba tembló sobre la madera y el polvo.

Kael no se movió.

Los ojos se le abrieron como si alguien, desde dentro, hubiese descorrido un velo demasiado tenso.

La luz —curiosa, casi imprudente— se enredó en los hilos verdes de su muñeca; el rojo suspendido del sable latía con un pulso íntimo, clandestino. Un destello titubeó… y murió.

El aire entraba áspero, cargado de polvo y ecos, y al salir arrastraba sombras que se rendían a sus pies.

La sala escuchaba.

La sala esperaba.

Los hombros se alzaron, rígidos como piedra recién erguida, y luego cedieron con un crujido apenas audible.

Buscó algo que no estaba —apretaron el vacío— como si el mundo fuese una tela frágil a punto de desgarrarse entre sus uñas.

Entonces ocurrió.

Una grieta le cruzó el pecho y la risa se filtró por ella.

Primero baja.

Después honda.

Luego interminable.

Reía hacia el suelo, como si susurrara secretos a las baldosas rotas. Reía hacia el techo, arqueando la espalda, dejando la garganta abierta al resplandor. La luz, quieta sobre él, parecía escuchar con paciencia divina.

La risa creció, se desbordó, se volvió río sin cauce.

No era júbilo.

No era cordura.

Las lágrimas brotaron solas, brillando como vidrio cortado. No limpiaban nada: sólo reflejaban.

El maestro sonrió, el gesto ligero pero afilado.

—Veo que funciona el kuenacho —dijo, rascando la calma con diversión—. Lo hizo bien esa mujer… ¿tú qué dices, Arhelia?.

El silencio respondió, pesado, como humo que se acumula en la sala.

Arhelia lo observó, ojos abiertos, muda de sorpresa.

Permaneció quieta, mirada clavada en Kael; una curva mínima en sus labios, apenas un susurro de sonrisa, incendió el espacio entre ellos.

El ceño de Ren-shi frunció un pliegue en el aire, y su cabeza sacudió un desdén que se arrastró como sombra por la habitación. Sacó del bolsillo una venda y la deslizó sobre la mano rota. La tela abrazó los huesos que se asomaban, tiñendo el hilo de rojo vivo.

Luego avanzó frente a él y, con un leve gesto, indicó que continuara.

Asintió y se colocó en posición.

El peso descendió a las plantas, los hombros se hundieron. La barbilla apenas se recogió; cada músculo tensó su intención, como un arco que se niega a soltar la cuerda.

Avanzó.

Las ventanas estallaron en cortes sucesivos.

Vidrio chispeó en lluvia metálica, humo espeso se enroscó entre muebles, ladrillos cedieron a un ímpetu invisible. El aire vibró, latiendo con su cuerpo.

Se detuvo, jadeante; el sudor resbalaba por la frente y las mejillas rojas de esfuerzo, y aun así, una sonrisa brotaba, relámpago fugaz.

Ren-shi, impasible, se limpió el polvo del hombro; cada movimiento pulcro, medido, dominando el espacio.

Arhelia, desde la silla, observaba tranquila, músculos relajados, respiración sosegada, el contraste de calma tras la tormenta.

—Bueno, ahora es mi turno —dijo Ren-shi.

—¿Qué? —Kael retrocedió, la sorpresa tensando cada músculo.

Un parpadeo. La figura desapareció y reapareció frente a él. Un golpe de una pulgada estalló en el abdomen; chocó contra la pared con un sordo estallido, sangre brotó de su boca. Cayó de bruces: golpe seco, respiración rota, músculos ardiendo en silencio.

Gimió. El dolor lo atravesó como látigo.

Pero la mirada se alzó, fija, desafiante.

Vio al otro levantar un pupitre. Lo limpió con una arrogancia medida y, sin mirarlo, dijo:

—Lo que tienen es tu muñeca, Kael. Un objeto sin voluntad…— Se dejó caer sobre el pupitre con un suspiro y, sin levantar la mirada, añadió:

—.Cuando sientan los hilos del mundo, conviene quitárselos. Las consecuencias serán desventajosas si intentan subir de nivel.

Los miró con cálculo, se levantó, y se alejó sin completar la explicación.

Su mandato flotó en el aire, sin voz:

“Hagan lo que quieran con las cajas.”

El aire tembló, como un cuerpo conteniendo un secreto; la luz rota danzó entre el polvo, recortando siluetas en destellos fugaces.

Arhelia se acercó, ligera, suspendida entre jirones de humo y madera astillada, como si caminara sobre un hilo de luna. Se agachó frente a él, cuclillas, ojos encendidos con un cuidado contenido, chispa temblorosa que reflejaba preocupación atrapada en un espejo de agua.

—¿Estás bien, Kael? —la voz tembló, dispersándose en ecos cortos entre escombros.

Él tosió. La respiración irregular golpeaba como un tambor; fragmentos de palabras escapaban entre estertores:

—Tos… tos… Pareces… preocuparte por las personas… tos… Arhelia… eres… eres muy… tierna…

No terminó. Un puño lo interceptó, directo al mentón. El mundo giró; el golpe lo dejó desvanecido.

Arhelia se sonrojó, apartando la mirada, labios apretados; un suspiro cruzó la habitación.

—Tsk… maldita sea, Kael —murmuró, mitad risa, mitad reproche—. No seas idiota.

El silencio llenó el aula.

No cayó: se instaló.

Vibraba con polvo suspendido y luz quebrada, todavía tibio por el combate. La madera guardaba el eco en sus vetas; el aire, espeso, sabía a hierro.

Los sirvientes entraron sin voz.

Pasos amortiguados. Sombras inclinadas.

Unos traían escobas; otros, una camilla desnuda. El crujido del suelo marcó su avance. Nadie miró al centro demasiado tiempo.

Alzaron el cuerpo de Kael. El peso cedió con un gemido breve de tela y articulaciones. Lo depositaron. El maletín fue colocado a su lado. Se lo llevaron despacio, como si el pasillo pudiera quebrarse con un movimiento brusco.

Arhelia no habló. Observó a los que quedaban: manos barriendo astillas, rodillas recogiendo polvo, ojos que evitaban los suyos. Otros que deseaban atenderla. Negó con un gesto, una mano alzada. Atajó el maletín y se retiró hacia su habitación.

Tras ella, la esfera Todo o Nada avanzaba silenciosa, flotando como un pensamiento que no pide permiso.

Los pasos de Arhelia eran medidos, casi rituales. La mano vendada pulsaba dolorosa, cada latido un recordatorio vivo del ayer, y Aun así, ella avanzaba.

Las suelas rozaban el suelo con un murmullo seco. El aire quedó inmóvil, pesado, como polvo suspendido en una habitación cerrada. Las tablas crujieron una vez y callaron.

La luz, filtrada por las grietas del techo, caía en hilos pálidos; se quebraba contra el suelo y permanecía allí, inmóvil, como si tampoco se atreviera a cruzar la estancia.

Ella dio otro paso. El eco fue breve. Después, nada.

Su habitación la recibió con calma: simple, austera, sin artificios que delataran gustos impuestos.

La cama, un lecho de sombra contenida, sostenía la túnica azul profundo, un cielo antes del amanecer, tejido ligero, dobladillos precisos, memoria de viajes y caídas.

Colocó el maletín sobre la cama.

Se sentó.

Miró la pared.

El silencio se alargó, una cuerda tensa entre su respiración y la habitación.

Sacudió la cabeza.

Abrió el maletín.

Dentro, la armadura. Su pulso saltó; un destello recorrió el aire como si la armadura respirara con voluntad propia. Giró la cabeza: no había nada. Miró otra vez; la pieza pareció ondular, un segundo suspendido entre realidad y mentira. Y después… nada.

—Jejeje… te convirtieron en armadura, maldito… —escupió sobre el metal—. Te lo mereces por arrancarme mi brazo.

Se desvistió. Piel pálida como la cera, marcada por antiguas cicatrices y moretones; el mapa de viejas batallas surcaba espalda, torso y piernas. Solo el rostro permanecía intocado, un santuario que incluso ella evitaba profanar con sus pensamientos.

La túnica azul cayó sobre su cuerpo con un gesto que era sombra y calma a la vez. Ajustó el fajín, firme; las botas tomaron su lugar, asentando peso y propósito en cada paso. Los guanteletes abrazaron sus muñecas: cuero y piel unidos, intención y carne entrelazadas.

Las piezas doradas siguieron, uno a uno, como una partitura que sólo ella podía interpretar. Grebas frías sobre las rodillas; hombrera descansando sobre el hombro derecho, juramento mudo. Codos protegidos, solo lo necesario; lo demás quedó atrás, dentro del maletín, ignorado.

La cuchilla curva se ocultó bajo la túnica. Invisible pero consciente, recordándole que la memoria del combate nunca muere.

Llamó al sirviente.

—Lleva las demás piezas a Nixie —dijo—. Que haga un arma.

El sirviente tomó el maletín y se fue. El silencio volvió, denso, lleno de polvo suspendido y luz rota.

Arhelia cayó sobre la cama, boca arriba, mano en la frente cubriendo el ojo negro; el ojo blanco se iluminó con claridad. Un instante largo, sostenido, donde el mundo contuvo la respiración.

Se levantó.

Avanzó hacia la puerta.

El pasillo la recibió con murmullos de sombra y luz quebrada, cada paso un compás que hacía temblar la madera bajo sus pies.

El aire parecía esperar.

El mundo parecía escuchar.

Y ella continuó, sola, precisa, con la armadura y el recuerdo de Kael flotando en su sombra.​

Kael se agitó en la cama estrecha. Murmuró bajo, como un perro que corre en sueños y tropieza con algo que no existe.

Se incorporó de golpe.

El aire le entró a dentelladas. La nuca empapada. La espalda fría.

La habitación parecía demasiado pequeña para contenerlo; las paredes respiraban hacia adentro, inflándose apenas, como si hubieran decidido acercarse un poco más.

Frente a él, sentada en la misma cama, Arhelia lo observaba.

Espalda recta. Cabello recogido sin ceremonia. Una mano alzada en saludo leve, suspendida en el aire como una promesa que todavía no se ha pronunciado.

Sonrió.

—Buenos días, príncipe durmiente.

La voz no empujó el silencio: lo dobló con cuidado.

Kael parpadeó. El dolor le golpeó la frente como una puerta mal cerrada. Se llevó la mano al rostro. En sus muñecas, el tatuaje de hilos verdes vibró con un brillo tenue, raíces agitándose bajo tierra mojada.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos horas. Ya casi es el final de la tarde. —Un gesto mínimo cruzó su boca—. Los profesores esperan… supongo que no morirán por ello. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Kael inspiró hondo. El aire raspó.

—Me siento… raro.

—Define raro.

—Dolor punzante. Aquí. —Se tocó la frente—. Me arde la cabeza. Como si algo tirara desde dentro.

Las sombras del cuarto parecieron inclinarse para escuchar.

—Siento que el mundo se ondula —continuó—. Que veo cosas iluminadas… como hilos tensos… y desaparecen. Y tú, Arhelia…

Su voz bajó. No por miedo, sino por cuidado.

Ella sostuvo su mirada.

—También lo sentí cuando me puse la armadura de nuestro amigo.

Una pausa breve.

—Y los hilos.

—Espera. —Kael frunció el ceño—. ¿La cosa que casi nos mata?

—Sí.

—Eso no suena tranquilizador.

Arhelia dejó escapar el aire por la nariz. No era risa; era cálculo.

—Tengo algo que proponerte.

Kael la observó con atención. No apartó los ojos.

—Habla.

—Sígueme. —Su voz fue simple, sin ornamento—. Vámonos algún día. Que nuestros nombres no se susurren: que se canten.

La habitación se quedó quieta. La luz del atardecer se deslizó por la pared, despacio, como si también quisiera escuchar la respuesta.

Kael no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia sus muñecas brillantes.

—Hay cosas que todavía debo enfrentar —dijo al fin—. No puedo decir que sí solo porque tú lo digas. ¿Por qué yo?

Arhelia no parpadeó.

—Porque eres la segunda persona en la que confío. Y la única que no me llamó monstruo.

Lo dijo sin tensión. Como quien deja una carta boca arriba en la mesa y espera.

Kael esbozó media sonrisa.

—Eso suena importante.

—Tómalo como quieras.

El silencio volvió a sentarse entre ambos. Las ventanas dejaron entrar un hilo de luz naranja que caminó sobre la sábana.

—Suena bien. Pero ¿qué hacemos si intentan matarnos?

—Morir sería una opción. —Lo miró de frente—. No la elijo.

Él soltó una risa breve.

—Muy reconfortante.

Se pasó la mano por el cabello, todavía húmedo.

—Nuestros poderes están por encima de cualquiera de nuestro nivel, sí. Pero viste lo que hicieron, cuando se lo tomaron en serio. La tierra lo traga si avanza, el cielo lo quema si huye.

No hay horizonte.

La madera del suelo crujió, como si protestara ante la metáfora.

—No es imposible —dijo ella—. Es cuestión de tiempo.

Kael negó con la cabeza.

—Yo… no puedo ahora. —Tragó saliva—. Tengo miedo de perderte… Tiemblo en la sombra de mi fragilidad.

La confesión cayó sin dramatismo. Simple.

—Ese momento fui valiente —añadió, con una sonrisa leve—. No pienso repetirlo.

Arhelia inclinó apenas la cabeza.

—No dije que nos vayamos ahora. Terminamos los estudios. Serán pocos años. Volvemos cuando nadie pueda ignorarnos.

Kael levantó la vista.

—¿Y aliados?

—Mi amiga puede encargarse. Si me deja convencerla. Habla mejor que yo.

El atardecer se extendió por la habitación como un manto cansado.

—Dos colibríes escapando de una jaula de metal… —murmuró él—. Intentando imitar halcones. O superarlos. Suena divertido.

—Lo sé.

Arhelia apoyó la mano sobre la sábana, cerca de él, sin tocarlo.

Kael respiró hondo.

—Lo siento. Aún tengo que pensarlo.

—Kael, yo—

La ventana explotó.

El vidrio gritó al romperse. El aire entró en estampida. Entre los fragmentos apareció un águila calva con cuerpo de dragón pequeño, apenas un metro de músculo y pluma. Las alas golpearon el cuarto con violencia limpia.

En medio segundo, la criatura se deshizo.

Las plumas cayeron como humo. El humo se tensó como tela. La tela se estiró hasta volverse piel.

Ren-shi.

Sus ojos carmesí recorrieron la habitación con una calma indecente. Kael se levantó de golpe; el colchón se quejó. Arhelia se tensó, columna recta como una lanza.

Ren-shi los ignoró.

Enrolló el atrapasueños que llevaba, lo comprimió hasta convertirlo en un pañuelo oscuro y lo deslizó en el bolsillo del pecho.

—Aquí huele… —aspiró, teatral—. Cariños. Heh. No ahora. Promesas pueden esperar hasta la festividad de Pandora.

Caminó hacia la puerta sin prisa.

—Prepárense. Se hace tarde. Tengo que explicarles algunas cosas.

Abrió. Salió.

La puerta se cerró con suavidad excesiva.

El cuarto quedó suspendido, respirando despacio entre polvo y luz roja.

Kael y Arhelia permanecieron inmóviles unos segundos, como si el aire aún pudiera transformarse.

Arhelia fue la primera en moverse. Sacudió la cabeza, apartando el cabello suelto.

—Vístete.

Salió sin mirarlo.

La habitación, ahora silenciosa, pareció exhalar.

La plaza era la misma.

La césped blanca aún conservaba cicatrices del combate: grietas finas como venas secas, polvo atrapado en los bordes, ecos que no terminaban de morir. El atardecer descendía lento, dorando las aristas rotas, tiñendo de cobre las columnas partidas.

Arhelia descansaba sobre una de ellas, sentada en lo alto del fuste quebrado, balanceando las piernas con aparente aburrimiento. El viento jugueteaba con los pliegues de su ropa; la plaza respiraba alrededor, expectante.

La esfera Todo o Nada flotaba fueras suyo, inmóvil y expectante; su superficie respiraba destellos mínimos, como si contuviera un pulso que no era del todo suyo.

Frente a ella, el maestro Ren-shi permanecía inmóvil. Las manos ocultas en las mangas. Los ojos atentos.

Una puerta se abrió detrás de ellos.

Kael salió a la luz del atardecer. Ahora llevaba capa marrón, caída con peso exacto sobre la espalda. La armadura dorada cubría su torso y brazos; en el fajín descansaba el yelmo. El metal recogía el sol y lo devolvía en destellos largos.

Al otro lado colgaba el sable del Carnicero sin Ley; el acero, opaco y pesado, parecía morder la luz en lugar de reflejarla.

Arhelia dejó de balancear las piernas. Bajó de la columna.

Se acercó. Lo midió con la mirada.

—Mira esto, Kael.

Algo antinatural recorrió las placas doradas que cubrían su propio cuerpo. Primero un temblor leve, como si el metal recordara un nombre antiguo. Luego el color se deslizó: marrón oscuro, profundo; después azul de océano; luego una transición iridiscente, fugaz, imposible de fijar.

El aire vibró.

Los bordes de la plaza parecieron ondular. Durante un instante, hilos invisibles destellaron entre piedra y cielo, entre cuerpo y armadura.

Kael no retrocedió. Sus hombros se tensaron apenas.

Ella inclinó la cabeza.

—Inténtalo.

Él asintió. Cerró los ojos.

Silencio.

El viento arrastró polvo. Una tela crujió. La respiración marcó el tiempo.

Las placas doradas comenzaron a oscurecerse. El color descendió como noche líquida, cubriendo cada unión, cada filo, hasta volverse negro profundo, salpicado de brillos mínimos, como un cielo de estrellas comprimido contra el metal.

Abrió los ojos. Observó sus brazos. Una sonrisa breve, limpia.

—Genial.

Arhelia sostuvo la mirada un segundo más. Luego desvió los ojos hacia el maestro.

—¿Es lo único que puede hacer la armadura? Creí que podía controlar la tierra.

—Puede —respondió Ren-shi, sin mover el cuerpo—. Pero no lo recomiendo. Podría paralizarlos por el resto de su existencia mortal. Promesas que les di son para que no mueran tan rápido. Yo cobro la recompensa por enseñarles estas cosas.

—Aunque sea a golpes… aunque no entendamos del todo.

El maestro mostró una sonrisa mínima.

—Es mejor así.

Nadie añadió nada. La plaza se llenó de ese silencio que antecede a una tormenta que aún no decide caer.

—Escuchen con atención —continuó él—. Ahora pueden sentir los hilos. Eso significa que el Objeto de Ley los busca unir, fundir en uno solo. No lo escuchen todavía. Quiere seducirlos.

Un paso. El polvo crujió bajo su botas.

—Los hilos del mundo no son energía, ni espíritu, ni Ley pura. Son el medio conductor. Unen materia, destino, voluntad y principio. Si la Ley es el fundamento, el hilo es el canal.

El viento descendió por las columnas rotas.

—Ustedes no crean hilos. Solo los perciben por primera vez. Sus cuerpos están atravesados parcialmente por el hilo del Objeto. Sus almas marcadas. Pero su voluntad aún no pesa lo suficiente para sostener la red. Viven en medio: tocados, pero incapaces de tejer.

La armadura negra absorbía luz. La iridiscente respiraba en matices lentos.

—Ahora —dijo el maestro—, quiero que lo sientan. Y que lo entiendan.

Arhelia habló primero.

—Poder sentir la tensión del entorno antes de que algo ocurra.

Kael añadió:

—Detectar desequilibrios. Saturaciones de Ley.

Un aplauso lento resonó desde el portón que daba al terreno de piedra blanca.

Nixie avanzó con paso despreocupado.

—Niños… no son cultivadores. Son mortales que cada día se infectan un poco más con la Ley.

Se detuvo frente a la Arhelia.

—Y no puedo hacer el arma que quieres. Solo el cuchillo. No soy herrero de Ley, promesita.

¿Te pesa que no forje lo imposible?

Sus dedos extrajeron un artefacto del bolsillo.

Una cuerda gruesa y trenzada. Dos esferas de metal envejecido. Una hoja curva, semejante a hoz, unida por cadenas cortas. Cada pieza llevaba símbolos grabados. El metal mostraba tonos dorados gastados por siglos. Pesado. Ritual.

Lo sostuvo en el aire un instante. El atardecer lo lamió con luz roja.

Arhelia lo tomó sin palabras. Lo guardó junto al costado.

Los ojos de Nixie temblaron apenas. La sonrisa no se movió.

Silencio.

Ren-shi dio un paso al frente.

—Antes de ascender al Nivel Uno, deben abandonar los apoyos externos. Si no, su núcleo se formará defectuoso. Esa es toda la información que necesitan.

Chasqueó los dedos.

Desde los arcos laterales entraron sirvientes guiando monturas imposibles: mitad ciervo, mitad caballo, con una única joroba breve que recordaba al camello. Majestuosos. Cuellos largos. Ojos atentos. La piedra blanca reflejaba sus sombras alargadas.

El maestro se acercó a Arhelia. Inclinó apenas la cabeza y murmuró algo que no llegó al centro de la plaza. Solo un nombre —su padre— y una advertencia sobre no descuidar la tarea. Importante. Vital.

Luego, casi como quien concede una moneda, añadió:

—Puedes usar la Ley de Luz.

El cuerpo de ella se irguió apenas. Los dedos rozaron el artefacto guardado. Las piezas vibraron en un matiz tenue.

Kael ajustó el yelmo en el fajín. La capa marrón cayó con peso decidido.

El maestro dio la señal.

Las criaturas se movieron. Cascos híbridos golpeando piedra. Ritmo firme.

El atardecer se abrió en dos mientras avanzaban.

La fortaleza quedó atrás, con sus grietas, con su polvo, con sus hilos invisibles temblando en el aire que nadie más veía.

Arhelia no miró atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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