INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta.
- Capítulo 17 - Capítulo 17: Capítulo 17– Promesas Bajo la Ley.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 17: Capítulo 17– Promesas Bajo la Ley.
Kael se agitó en la cama estrecha. Murmuró bajo, como un perro que corre en sueños y tropieza con algo que no existe.
Se incorporó de golpe.
El aire le entró a dentelladas. La nuca empapada. La espalda fría.
La habitación parecía demasiado pequeña para contenerlo; las paredes respiraban hacia adentro, inflándose apenas, como si hubieran decidido acercarse un poco más.
Frente a él, sentada en la misma cama, Arhelia lo observaba.
Espalda recta. Cabello recogido sin ceremonia. Una mano alzada en saludo leve, suspendida en el aire como una promesa que todavía no se ha pronunciado.
Sonrió.
—Buenos días, príncipe durmiente.
La voz no empujó el silencio: lo dobló con cuidado.
Kael parpadeó. El dolor le golpeó la frente como una puerta mal cerrada. Se llevó la mano al rostro. En sus muñecas, el tatuaje de hilos verdes vibró con un brillo tenue, raíces agitándose bajo tierra mojada.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos horas. Ya casi es el final de la tarde. —Un gesto mínimo cruzó su boca—. Los profesores esperan… supongo que no morirán por ello. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
Kael inspiró hondo. El aire raspó.
—Me siento… raro.
—Define raro.
—Dolor punzante. Aquí. —Se tocó la frente—. Me arde la cabeza. Como si algo tirara desde dentro.
Las sombras del cuarto parecieron inclinarse para escuchar.
—Siento que el mundo se ondula —continuó—. Que veo cosas iluminadas… como hilos tensos… y desaparecen. Y tú, Arhelia…
Su voz bajó. No por miedo, sino por cuidado.
Ella sostuvo su mirada.
—También lo sentí cuando me puse la armadura de nuestro amigo.
Una pausa breve.
—Y los hilos.
—Espera. —Kael frunció el ceño—. ¿La cosa que casi nos mata?
—Sí.
—Eso no suena tranquilizador.
Arhelia dejó escapar el aire por la nariz. No era risa; era cálculo.
—Tengo algo que proponerte.
Kael la observó con atención. No apartó los ojos.
—Habla.
—Sígueme. —Su voz fue simple, sin ornamento—. Vámonos algún día. Que nuestros nombres no se susurren: que se canten.
La habitación se quedó quieta. La luz del atardecer se deslizó por la pared, despacio, como si también quisiera escuchar la respuesta.
Kael no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia sus muñecas brillantes.
—Hay cosas que todavía debo enfrentar —dijo al fin—. No puedo decir que sí solo porque tú lo digas. ¿Por qué yo?
Arhelia no parpadeó.
—Porque eres la segunda persona en la que confío. Y la única que no me llamó monstruo.
Lo dijo sin tensión. Como quien deja una carta boca arriba en la mesa y espera.
Kael esbozó media sonrisa.
—Eso suena importante.
—Tómalo como quieras.
El silencio volvió a sentarse entre ambos. Las ventanas dejaron entrar un hilo de luz naranja que caminó sobre la sábana.
—Suena bien. Pero ¿qué hacemos si intentan matarnos?
—Morir sería una opción. —Lo miró de frente—. No la elijo.
Él soltó una risa breve.
—Muy reconfortante.
Se pasó la mano por el cabello, todavía húmedo.
—Nuestros poderes están por encima de cualquiera de nuestro nivel, sí. Pero viste lo que hicieron, cuando se lo tomaron en serio. La tierra lo traga si avanza, el cielo lo quema si huye.
No hay horizonte.
La madera del suelo crujió, como si protestara ante la metáfora.
—No es imposible —dijo ella—. Es cuestión de tiempo.
Kael negó con la cabeza.
—Yo… no puedo ahora. —Tragó saliva—. Tengo miedo de perderte… Tiemblo en la sombra de mi fragilidad.
La confesión cayó sin dramatismo. Simple.
—Ese momento fui valiente —añadió, con una sonrisa leve—. No pienso repetirlo.
Arhelia inclinó apenas la cabeza.
—No dije que nos vayamos ahora. Terminamos los estudios. Serán pocos años. Volvemos cuando nadie pueda ignorarnos.
Kael levantó la vista.
—¿Y aliados?
—Mi amiga puede encargarse. Si me deja convencerla. Habla mejor que yo.
El atardecer se extendió por la habitación como un manto cansado.
—Dos colibríes escapando de una jaula de metal… —murmuró él—. Intentando imitar halcones. O superarlos. Suena divertido.
—Lo sé.
Arhelia apoyó la mano sobre la sábana, cerca de él, sin tocarlo.
Kael respiró hondo.
—Lo siento. Aún tengo que pensarlo.
—Kael, yo—
La ventana explotó.
El vidrio gritó al romperse. El aire entró en estampida. Entre los fragmentos apareció un águila calva con cuerpo de dragón pequeño, apenas un metro de músculo y pluma. Las alas golpearon el cuarto con violencia limpia.
En medio segundo, la criatura se deshizo.
Las plumas cayeron como humo. El humo se tensó como tela. La tela se estiró hasta volverse piel.
Ren-shi.
Sus ojos carmesí recorrieron la habitación con una calma indecente. Kael se levantó de golpe; el colchón se quejó. Arhelia se tensó, columna recta como una lanza.
Ren-shi los ignoró.
Enrolló el atrapasueños que llevaba, lo comprimió hasta convertirlo en un pañuelo oscuro y lo deslizó en el bolsillo del pecho.
—Aquí huele… —aspiró, teatral—. Cariños. Heh. No ahora. Promesas pueden esperar hasta la festividad de Pandora.
Caminó hacia la puerta sin prisa.
—Prepárense. Se hace tarde. Tengo que explicarles algunas cosas.
Abrió. Salió.
La puerta se cerró con suavidad excesiva.
El cuarto quedó suspendido, respirando despacio entre polvo y luz roja.
Kael y Arhelia permanecieron inmóviles unos segundos, como si el aire aún pudiera transformarse.
Arhelia fue la primera en moverse. Sacudió la cabeza, apartando el cabello suelto.
—Vístete.
Salió sin mirarlo.
La habitación, ahora silenciosa, pareció exhalar.
La plaza era la misma.
La césped blanca aún conservaba cicatrices del combate: grietas finas como venas secas, polvo atrapado en los bordes, ecos que no terminaban de morir. El atardecer descendía lento, dorando las aristas rotas, tiñendo de cobre las columnas partidas.
Arhelia descansaba sobre una de ellas, sentada en lo alto del fuste quebrado, balanceando las piernas con aparente aburrimiento. El viento jugueteaba con los pliegues de su ropa; la plaza respiraba alrededor, expectante.
La esfera Todo o Nada flotaba fueras suyo, inmóvil y expectante; su superficie respiraba destellos mínimos, como si contuviera un pulso que no era del todo suyo.
Frente a ella, el maestro Ren-shi permanecía inmóvil. Las manos ocultas en las mangas. Los ojos atentos.
Una puerta se abrió detrás de ellos.
Kael salió a la luz del atardecer. Ahora llevaba capa marrón, caída con peso exacto sobre la espalda. La armadura dorada cubría su torso y brazos; en el fajín descansaba el yelmo. El metal recogía el sol y lo devolvía en destellos largos.
Al otro lado colgaba el sable del Carnicero sin Ley; el acero, opaco y pesado, parecía morder la luz en lugar de reflejarla.
Arhelia dejó de balancear las piernas. Bajó de la columna.
Se acercó. Lo midió con la mirada.
—Mira esto, Kael.
Algo antinatural recorrió las placas doradas que cubrían su propio cuerpo. Primero un temblor leve, como si el metal recordara un nombre antiguo. Luego el color se deslizó: marrón oscuro, profundo; después azul de océano; luego una transición iridiscente, fugaz, imposible de fijar.
El aire vibró.
Los bordes de la plaza parecieron ondular. Durante un instante, hilos invisibles destellaron entre piedra y cielo, entre cuerpo y armadura.
Kael no retrocedió. Sus hombros se tensaron apenas.
Ella inclinó la cabeza.
—Inténtalo.
Él asintió. Cerró los ojos.
Silencio.
El viento arrastró polvo. Una tela crujió. La respiración marcó el tiempo.
Las placas doradas comenzaron a oscurecerse. El color descendió como noche líquida, cubriendo cada unión, cada filo, hasta volverse negro profundo, salpicado de brillos mínimos, como un cielo de estrellas comprimido contra el metal.
Abrió los ojos. Observó sus brazos. Una sonrisa breve, limpia.
—Genial.
Arhelia sostuvo la mirada un segundo más. Luego desvió los ojos hacia el maestro.
—¿Es lo único que puede hacer la armadura? Creí que podía controlar la tierra.
—Puede —respondió Ren-shi, sin mover el cuerpo—. Pero no lo recomiendo. Podría paralizarlos por el resto de su existencia mortal. Promesas que les di son para que no mueran tan rápido. Yo cobro la recompensa por enseñarles estas cosas.
—Aunque sea a golpes… aunque no entendamos del todo.
El maestro mostró una sonrisa mínima.
—Es mejor así.
Nadie añadió nada. La plaza se llenó de ese silencio que antecede a una tormenta que aún no decide caer.
—Escuchen con atención —continuó él—. Ahora pueden sentir los hilos. Eso significa que el Objeto de Ley los busca unir, fundir en uno solo. No lo escuchen todavía. Quiere seducirlos.
Un paso. El polvo crujió bajo su botas.
—Los hilos del mundo no son energía, ni espíritu, ni Ley pura. Son el medio conductor. Unen materia, destino, voluntad y principio. Si la Ley es el fundamento, el hilo es el canal.
El viento descendió por las columnas rotas.
—Ustedes no crean hilos. Solo los perciben por primera vez. Sus cuerpos están atravesados parcialmente por el hilo del Objeto. Sus almas marcadas. Pero su voluntad aún no pesa lo suficiente para sostener la red. Viven en medio: tocados, pero incapaces de tejer.
La armadura negra absorbía luz. La iridiscente respiraba en matices lentos.
—Ahora —dijo el maestro—, quiero que lo sientan. Y que lo entiendan.
Arhelia habló primero.
—Poder sentir la tensión del entorno antes de que algo ocurra.
Kael añadió:
—Detectar desequilibrios. Saturaciones de Ley.
Un aplauso lento resonó desde el portón que daba al terreno de piedra blanca.
Nixie avanzó con paso despreocupado.
—Niños… no son cultivadores. Son mortales que cada día se infectan un poco más con la Ley.
Se detuvo frente a la Arhelia.
—Y no puedo hacer el arma que quieres. Solo el cuchillo. No soy herrero de Ley, promesita.
¿Te pesa que no forje lo imposible?
Sus dedos extrajeron un artefacto del bolsillo.
Una cuerda gruesa y trenzada. Dos esferas de metal envejecido. Una hoja curva, semejante a hoz, unida por cadenas cortas. Cada pieza llevaba símbolos grabados. El metal mostraba tonos dorados gastados por siglos. Pesado. Ritual.
Lo sostuvo en el aire un instante. El atardecer lo lamió con luz roja.
Arhelia lo tomó sin palabras. Lo guardó junto al costado.
Los ojos de Nixie temblaron apenas. La sonrisa no se movió.
Silencio.
Ren-shi dio un paso al frente.
—Antes de ascender al Nivel Uno, deben abandonar los apoyos externos. Si no, su núcleo se formará defectuoso. Esa es toda la información que necesitan.
Chasqueó los dedos.
Desde los arcos laterales entraron sirvientes guiando monturas imposibles: mitad ciervo, mitad caballo, con una única joroba breve que recordaba al camello. Majestuosos. Cuellos largos. Ojos atentos. La piedra blanca reflejaba sus sombras alargadas.
El maestro se acercó a Arhelia. Inclinó apenas la cabeza y murmuró algo que no llegó al centro de la plaza. Solo un nombre —su padre— y una advertencia sobre no descuidar la tarea. Importante. Vital.
Luego, casi como quien concede una moneda, añadió:
—Puedes usar la Ley de Luz.
El cuerpo de ella se irguió apenas. Los dedos rozaron el artefacto guardado. Las piezas vibraron en un matiz tenue.
Kael ajustó el yelmo en el fajín. La capa marrón cayó con peso decidido.
El maestro dio la señal.
Las criaturas se movieron. Cascos híbridos golpeando piedra. Ritmo firme.
El atardecer se abrió en dos mientras avanzaban.
La fortaleza quedó atrás, con sus grietas, con su polvo, con sus hilos invisibles temblando en el aire que nadie más veía.
Arhelia no miró atrás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com