INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 18
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Capítulo 18: Capítulo 18— La Medida que Tiembla.
El atardecer descendía en capas: naranja sobre cobre, cobre sobre piedra.
La luz se plegaba como un estandarte herido.
Entre el cielo inclinado y la tierra fracturada avanzaba la pasión del paisaje, una conspiración que respiraba más allá del corazón incendiado.
Y con ellos el canto bajo de esas tierras hermosas que fingían quietud.
Desde la penumbra, un águila trazaba círculos pacientes. No graznaba.
Medía.
Los Tropicaltroten —así se nombraban en mercados y caminos— marcaban el paso con elegancia absurda y ritmo veloz. Cascos contra piedra: golpe, eco, pausa. Golpe, eco, pausa. El cuero crujía bajo el peso, y el peso parecía orgulloso de existir. Las crines cortaban el aire como látigos suaves; el sudor, apenas una línea brillante en los ijares.
Al frente, el infierno blanco se extendía más allá de las montañas. Picos de ímpetu, crestas afiladas; la silueta de aquellas maravillas serrando el horizonte. El día aún respiraba naranja, pero la noche ya ensayaba su entrada en cada sonido.
El viento movía las telas en susurros que parecían nombres de blasfemia.
La esfera Todo o Nada —oscuridad y luz trenzadas— flotaba con movimientos suaves, como si obedeciera al viento, o al mundo, o a algo más antiguo que ambos. Oscilaba.
Respiraba.
Esperaba.
En el fajín, el sable del Carnicero de Ley recogía el rojo del horizonte. El sol, redonda estrella capaz de extinguirlo todo en pequeñas llamaradas, se ocultó como un niño asustado por historias que no comprende. La luz se replegó. Todo fue azul oscuro.
El terreno cambió de ánimo. Rocas puntiagudas, pequeñas como dientes; otras grandes como casas caídas. Huellas de carretas y pezuñas marcaban la piel del suelo, cicatrices frescas. Más adelante, las encontraron: ocho carretas estiradas por animales magníficos.
Sus cuerpos recordaban al armiño: blancos, densos, esponjosos en las patas. Altura de toro. Colas largas, ondulantes; la blancura ascendía por el cuello en remolinos hasta rematar en cabeza de jabalí. Un cuerno único se alzaba como sentencia, y los dientes asomaban como tornos mal cerrados. Eran los más baratos de comprar. Los únicos capaces de llegar más lejos sin cansarse.
Los Corredores de Tinieblas.
Resoplaban humo blanco y húmedo: aliento de invierno recién nacido. Chillaban al veloz, como si saludaran al mundo o lo desafiaran a seguirles el paso. Las riendas tensas eran líneas de obediencia; las manos que las sostenían, manos hechas para servir que fingían mando.
Entre las carretas, una cerrada destacaba por la talla y la madera pulida: riqueza con ruedas, orgullo barnizado.
El hombre que tensaba las cuerdas —maestro de una majestuosidad aprendida— los reconoció como cultivadores. La sonrisa le nació primero; el sudor frío le cruzó la sien después.
Sostuvo el gesto. Las riendas, no.
—Niños —dijo—. Amos, detengan su paso. Puedo ayudarlos.
Se detuvieron.
La mirada de Arhelia —luz y sombra— lo atravesó sin tocarlo. Kael observó en silencio; el mentón firme, los dedos quietos sobre el cuero.
—¿Qué quieres, viejo? —preguntó ella.
—La noche cae. No parecen llevar provisiones. Descansen con mi familia.
Golpeó la madera detrás de sí. La puerta se abrió y descendieron tres jóvenes hermosas y otra mayor cuya belleza no cedía. Saludaron. Kael devolvió el gesto con cortesía medida. Arhelia no movió el rostro; apenas un asentimiento seco, como quien tolera el polvo en la lengua.
El prado apareció cuando la luna ya era plata. El frío se adueñó del aire; cada aliento salía en humo blanco, encendido por la luz lunar. Las carretas formaron un semicírculo. Las bestias fueron soltadas; los Corredores de Tinieblas avanzaron hacia un claro donde la hierba brillaba como vidrio molido.
Los comerciantes encendieron la fogata. Las llamas crecieron como lenguas curiosas. La madera crujió con memoria de bosque.
Los Tropicaltroten fueron atados a un árbol; pateaban la tierra buscando gusanos, tranquilos en su fuerza. Drok —así dijo llamarse el hombre— ayudó a acomodar las bestias. Las jóvenes cargaron cubos, desataron mantas, dispusieron la olla con movimientos aprendidos de madre a hija.
Arhelia y Kael tomaron asiento en bancos de madera.
El fuego les dibujó sombras largas en la espalda.
La familia se apartó unos pasos. Murmuraron. El viento intentó robar palabras; la noche inclinó el oído. Drok habló y los demás asintieron. Cuando regresaron, lo hicieron con elegancia teñida de sumisión, como si el fuego hubiese dictado jerarquías invisibles.
Pusieron la olla al fuego. Prepararon la comida. Sirvieron a los dos los trozos mayores, la carne más tierna. La familia se quedó con lo común.
Una de las jóvenes miró a Arhelia con desagrado.
El ceño de ella se tensó apenas.
La joven apartó la vista; el miedo le tembló en los hombros como un pájaro atrapado.
El fuego golpeó una chispa hacia el cielo.
Golpe, pausa, consecuencia.
Drok se aproximó.
Se aclaró la garganta.
Tomó aire como quien se sumerge.
—Permítanme contar un cuento.
La luna, arriba, se inclinó apenas.
El fuego crujió como si entendiera.
Los niños no parpadearon.
Drok mostró los dientes; un destello, luego sombra.
—Se llama Distancia de un ser y el cazador del vendujo.
En la era de nuestros padres —cuando el cielo aún no sabía cerrarse— el orden del cosmos pendía de una cuerda invisible. La llamaban distancia.
Distancia entre la llama y la carne.
Entre la plegaria y la boca.
Entre el dios y su deseo.
Nuestros creadores lo sabían. Por eso enseñaron a mirar sin tocar, a nombrar sin poseer, a arrodillarse sin abrazar el altar. Cuando dos divinidades cruzan la medida, el peso cae sobre todo lo que respira.
Así comienza.
Oriel surcó la tormenta. Relámpagos como tentáculos; alas abiertas como libro sagrado. Su nombre sonaba en los truenos. La lluvia mataba a los hombres al rozarlos; él atravesaba la muerte como quien cruza un velo.
No era la primera vez que desafiaba el vendujo.
El vendujo sostiene órbitas, fija distancias, ordena astros. Vibra cuando el deseo supera el mandato. Vibra como cuerda tensa. Y cuando tiembla demasiado, llama al cazador.
Oriel lo sabía.
Aun así descendió.
Pisó un prado suspendido entre cielo y abismo: no tierra, sino memoria de tierra. Y allí estaba la causa del riesgo.
Osien.
El más terrible y el más bello entre los dioses humanoides.
Diez brazos abiertos como constelaciones quebradas.
Pecho erguido contra el viento.
Un único ojo gris incrustado en el torso, mirando dentro y fuera.
Sobre los hombros, en lugar de rostro, la noche: una tiniebla que absorbía estrellas.
Se miraron.
No como enemigos.
No como rivales.
Como dos centros de gravedad que se reconocen.
Habían sido amantes por eones. Cada encuentro anterior terminó antes del roce. No por miedo a morir, sino por miedo a quebrar el mundo.
El cosmos exige distancia.
Ellos eran exceso.
Oriel avanzó un paso. El prado tembló. Las órbitas más cercanas vacilaron un grado. En mares lejanos, mareas invisibles se alzaron.
Osien extendió dos brazos. Conceder y retirar en el mismo gesto.
El vendujo vibró.
No fue carne lo que ocurrió, sino colisión: montañas contra montañas, tormentas superpuestas, un beso que comprimió cordilleras y abrió tornados. Luz y sombra giraron hasta perder nombre. Duró mil eones. Duró un instante.
La cuerda alcanzó el límite.
Cuando el vértigo cedió, hablaron en el idioma anterior a la materia. No palabras: acuerdos de energía.
Decidieron huir.
Pero nadie huye del vendujo.
El cielo se abrió como pupila.
De esa pupila descendió el cazador.
No demonio extranjero, sino de su misma estirpe. Dragón en forma, escamas doradas, alas pequeñas para su ambición. El más débil de los suyos.
Y por eso, el más peligroso.
Los fuertes guardan el equilibrio por orgullo.
Los débiles lo rompen por celos.
Su sonrisa apareció antes que el cuerpo.
El dorado reflejó la vibración de la cuerda, y el reflejo llamó a otros. Millones de arquitecturas vivas descendieron: torres de luz, sombras pensantes, figuras ardientes. El cielo se volvió hermoso por un instante, como todo lo que precede al castigo.
No atacaron por furia.
Atacaron por restauración.
La batalla no tuvo gritos, sino rupturas. No sangre, sino astillas de realidad. Oriel alzó sus alas como murallas. Atrapó relámpagos y los devolvió convertidos en plegarias ardientes.
Pero el orden ya estaba inclinado.
Cada golpe que recibía corregía una órbita.
Cada herida cerraba una grieta en el vendujo.
Hasta que su nombre dejó de sonar.
No cayó hacia abajo, sino hacia la inexistencia. Se deshizo en partículas de fe agotada.
Osien no gritó.
Su ojo gris se cerró.
Huyó.
No por cobardía, sino para que el recuerdo no muriera del todo. Si uno sobrevive, el amor no se extingue por completo.
Nadie la siguió.
Nadie, salvo el dragón dorado.
El más débil.
El que no había atacado con los otros.
Porque su lucha no era por el orden, sino por posesión.
La persiguió entre nebulosas y cementerios de estrellas. No volaba por fuerza, sino por cálculo. Leía las corrientes invisibles de la cuerda aún vibrante.
Osien lo vio. Desplegó seis brazos en amenaza. Abrió la noche de su cabeza para devorar la luz. El vacío respondió.
El dragón avanzó.
Más cerca.
Más cerca.
La distancia se rompió por segunda vez.
Entonces todo se anuló.
No fue luz ni sombra, sino ausencia de ambas. El caos —que espera detrás del orden— abrió los ojos.
Tomó forma de dragón. No el dorado, sino algo más vasto que lo usó como conducto.
Una sola decisión bastó.
Osien se desintegró en silencio.
No quedó cuerpo.
No quedó noche.
No quedó ojo.
Desde entonces existe una medida que nadie cruza sin pagar precio.
La llamamos amor prohibido.
La llamamos destino.
La llamamos tragedia.
Los antiguos, más exactos, la llamaban Distancia.
Cuando Drok terminó el cuento.
Dejó que el silencio cayera como ceniza.
Miró uno por uno.
Las jóvenes parecían cansadas del mismo relato, de las mismas pausas medidas, de la moraleja repetida hasta desgastarse como moneda vieja. Sus ojos se fugaban hacia la oscuridad, hacia el lomo de las carretas, hacia el filo plateado de la luna. Cualquier cosa menos su voz.
Los niños, no.
Ellos seguían inmóviles. Atentos. Más atentos que todos esos zarrapastrosos que fingían interés por cortesía aprendida. No dijeron nada. No aplaudieron. No bostezaron. Escucharon.
La esfera Todo o Nada oscilaba con un pulso satisfecho, como si alabara ese silencio compacto, sin grietas.
Drok sostuvo la mirada de los pequeños un segundo más.
Luego sonrió.
No era la sonrisa amplia del mercader que vende humo. Era otra cosa. Pequeña. Breve. Suficiente.
El viento sopló bajo.
Susurros.
Algo parecido a aprobación.
Uno a uno, los mortales se retiraron. Almas esclavas entraron en sus carretas para dormir; otros quedaron junto al fuego, envueltos en mantas ásperas. La leña siguió crepitando como si narrara otra historia distinta, más antigua.
Los niños no.
Miraron las estrellas. Palacios en constelaciones fatídicas, torres inclinadas en un universo indiferente. Altares encendidos por fuegos que jamás conocerían sus nombres.
Arhelia y Kael se miraron.
Ella se puso en cuclillas. Con la mano derecha tocó la tierra con suavidad expectante. Cerró sus ojos contradictorios. Tomó aire.
Nada.
El silencio se volvió espeso. Un sudor frío le cruzó la frente.
De pronto, el aire se onduló.
Exhaló.
La esfera Todo o Nada reaccionó. Durante un instante, hilos grises, brillosos, emergieron de su superficie y se posaron sobre las placas de hierro de su armadura. Se unieron. Desaparecieron. En las placas, un fuego de aura fantasma recorrió cada línea del metal sin quemar, sin humo, sin herida. Un vapor leve impregnó el entorno como perfume de tormenta.
La tierra onduló bajo su brazo.
Su mano se hundió.
Como si fuera agua.
Como si el mundo hubiera olvidado ser sólido.
Arhelia abrió los ojos. La sorpresa le tensó el cuello. Intentó un mandato silencioso: un pilar, una ruptura, una columna que rasgara la superficie.
Nada.
Frunció el ceño. Suspiró comprensión. Volvió a tocar la tierra.
Otra vez, su mano se hundió.
Se puso de pie.
Miró a Kael.
Él no hablaba. La sorpresa le endurecía el mentón. Sonrió apenas. Se colocó el casco. El aura del sable se expandió, impregnando su armadura completa; una vibración tenue recorrió cada unión, cada placa.
Dio un paso.
Y se hundió.
Silencio.
Arhelia se sobresaltó. Retrocedió. El grito le quedó atrapado en la garganta.
Una sombra emergió detrás de ella.
Kael.
Ambos se miraron. Arhelia llevó la mano al pecho; sudaba frío, la respiración quebrada.
—Pensé que estabas a punto de morir.
—También lo pensé —respondió él—. Pero esta armadura parecía respirar bajo la tierra. Como si pudiera moverme… como un topo.
Ella rió, breve, nerviosa.
—No me preocupes nunca, Kael.
—Entendido, mi señorita.
—Ahora sabes hacer chistes.
—Sí.
—Ah.
No dijeron nada más.
Se miraron.
Las estrellas alzaron sus reinos de magnitud infinita. La luna surcó el cielo como una sombra alta, un fantasma inclinado sobre el prado. Su luz no consolaba; marcaba.
El fuego se inclinó hacia el suelo, como si temiera caer dentro.
Golpe.
Pausa.
La consecuencia aún no pronunciada.
Pero la peste avanzaba.
Como una sentencia
irrevocable.
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