INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 19
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Capítulo 19: Capítulo 19 — El Cielo se Derrite y la Carne No Vale Nada.
El sol, cobarde en su primera respiración, asomó como un acreedor antiguo que reclama la misma deuda heredada de hueso en hueso. La luna, infectada de miedo, se hundió en el lago del mundo sin ceremonia. El día no nació; desalojó.
Avanzaron.
Arriba, una águila surcaba el aire con gravedad solemne, cortando el cielo en círculos pacientes.
La niebla era áspera, una lana húmeda que raspaba los párpados. Bajo ella marchaban los zarrapastrosos y el pulcro que fingía no ser esclavo. Las ruedas crujían con ritmo cansado, como si cada giro discutiera con la tierra. El polvo se levantaba y volvía a caer, obediente, sobre hombros y pestañas.
Dhork hablaba.
Hablaba a los niños como si las palabras fueran pan. Las ofrecía con ambas manos. Ellos no comían. Sus ojos, clavados en el horizonte, eran duros como clavos. Kael, con gesto tímido, levantó la mano y cerró aquella boca que se abría demasiado al mundo. No fue violencia; fue pudor.
El silencio entró en la caravana como un animal que encuentra su cueva.
Entonces apareció el mapa.
Una piel ajena, regalo de un maestro de nombre torcido. Kael lo sostuvo como quien sostiene un juicio. Allí, en una línea apenas visible, estaba el destino: un punto que prometía no prometer nada.
La niebla cedió sin aviso. El polvo ocupó su trono. A veces enterraban los ojos para seguir andando; la tierra de guerras y avaricias humanas no admite miradas limpias.
El paisaje mutó con lentitud de bestia herida. Un verde tímido apareció como vino sabroso entre tanto blanco: apenas una insinuación bajo el cielo celeste, claro como una mentira bien dicha.
Plantas gobernadoras marcaban territorios invisibles. Árboles solitarios firmaban el horizonte con sus sombras largas. Arriba, aves cruzaban el cielo en flechas ásperas. Graznaban como himnos rotos. Picos largos y curvos, tamaño de halcón, plumaje de arcoíris apagado por el polvo.
Bellezas que no pedían testigos.
Entonces la cavilación tomó forma.
Una mujer.
Avanzaba lenta, tambaleante, como si el aire la empujara y la sostuviera al mismo tiempo. Le faltaba un brazo; el muñón era un jardín enfermo donde pus y gusanos blancos trabajaban sin descanso. El cabello negro y enmarañado cubría media cara; la otra mitad estaba abierta en un tajo antiguo.
Le faltaba una pierna. El hueso asomaba, blanco y sucio, firme como una verdad obscena.
La ropa era jirón y derrota. El pecho desnudo no tenía pudor: tenía abandono. Tierra, sudor y sangre la vestían mejor que cualquier tela.
Los miró.
Se detuvo como estatua blasfema en mitad del viento. Hubo un tiempo —lo decía la línea de su cuello— en que fue hermosa. Ahora era carne que aún no aprendía a caer.
Las carretas pasaron de largo.
Indiferencia sobre ruedas.
Dhork rezó en voz baja, palabras gastadas por demasiadas bocas. Otros, más sucios y sin dientes, miraron con lujuria lo que ya no era objeto sino ruina. Arhelia sostuvo la escena con la misma expresión con la que se contempla una piedra: una vida mortal no pesaba nada en su balanza.
Kael no apartó la vista.
—Descansa en paz —dijo.
Arhelia giró apenas el rostro.
—¿Por qué lo dices?
—Porque todos merecen respeto. Incluso cuando el cielo no los recuerda.
Nadie añadió nada.
La caravana siguió su respiración de madera y hierro. La mujer quedó atrás, reducida a punto, luego a polvo.
Más adelante, los niños se separaron de las carretas. Aquel no era el destino de los carreteros. Hubo despedidas breves: manos que no se atrevieron a temblar, ojos que miraron demasiado tiempo.
Dhork, sus hijas y su esposa tomaron rumbo al sur.
Las ruedas dibujaron otro surco en una tierra que ya no distingue cicatrices.
Quedó la soledad.
Un paisaje donde yacen los restos de los grandes seres que construyeron el mundo y luego lo condenaron. Huesos como columnas derruidas. Sombras largas que no pertenecen a nadie.
Y el día, ya sin luna a quien culpar, avanzó con ellos.
La marcha continuó. El polvo era un idioma nuevo en la boca.
—Ganó con dos simples monedas en una —dijo Arhelia—. En la competencia de verano. Las lanzó al público… y el caos hizo el resto. El recorrido fue limpio. Directo al mentón. Cayó en el acto.
Lo dijo con orgullo prestado.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—Eso es impresionante. ¿Qué más hizo?
—Reunió a medio territorio. La mayor fiesta del clan. Música hasta romper las paredes. Fuego en los techos. Vino en las heridas.
Kael miró el horizonte.
—Entonces fue ella quien provocó todos esos ruidos que no dejaban dormir a mi clan.
—Sí. Fue un desastre. La castigaron. El pueblo pidió clemencia, pero los daños eran demasiados. La sentencia rozó la muerte. Al final cambiaron el filo por deuda: recompensar a los clanes molestos. Pagar con trabajo lo que rompió con risas.
—Ah.
El viento pasó sin prisa.
Los cascos volvieron a rozar la tierra, lentos, como si cada golpe necesitara pensar antes de caer.
Arhelia lo observó de reojo.
—Ahora es tu turno. Cuéntame tu historia.
Kael sostuvo el mapa un instante, como si allí también pudiera leerse el pasado.
—Ya te lo dije. No lo recuerdo todo. Solo sé que intentaron matarme.
Ella no parpadeó.
—Cuando busqué respuestas, llegué a una familia de mortales. Decían que allí había vivido mi cuidadora. La primera y la última. Algo ocurrió cuando tenía nueve años. Todo lo demás… está borrado.
El polvo bajó. El cielo quedó inmóvil.
—Toqué la puerta. Me abrió una mujer joven… arrugada. Cabello blanco. Ojos trastornados. Cuando me vio retrocedió como si hubiera visto fuego.
Respiró.
—Intenté hablar. Gritó. Corrió. La alcancé para que me escuchara. Tomó un cuchillo e intentó matarme. La derribé. Comenzó a chillar: “Monstruo”, decía. “¿Por qué me quitaste lo único que tenía?”. Lloraba. Yo intenté calmarla.
El ritmo de la marcha se hizo más lento.
—No escuchaba. Gritaba más. Dijo que no me perdonaría por… violarla.
Arhelia permaneció inmóvil.
—Pensé que estaba loca. Intenté hablar otra vez. Me atacó. No tuve alternativa. Le corté el brazo. Chilló. Quise ayudarla. Intentó morderme. Desenvainé otra vez y… la maté.
La voz se volvió casi un susurro.
—Arhelia, la maté.
El silencio se espesó.
Ella habló al fin, con calma glacial.
—Es una mortal. Nadie puede culparte.
—Arhelia…
—¿Qué?
—¿No te importa? ¿No te preocupa la vida de un mortal?
Ella sonrió apenas.
—¿Por qué habría de importarme? Son carne de cañón. Cosas hechas para servirnos.
Kael abrió la boca, pero ella continuó.
—¿Qué son? Nacen para servir. Para cargar. Para recibir golpes. ¿Que si violaste a una? Es un vertedero de semen. ¿Y qué? Para nosotros no significa nada. Ellos creen que pueden escapar de su destino. Si lo hicieran, serían como nosotros… o peores. Basura con poder. ¿Eso sería mejor?
La voz no subió. Fue más baja. Más firme.
—Si tuvieran talento… si tuvieran potencial… lo aceptaría. Pero son perros con ambición pequeña. Cuando hablan, huelen a miedo. Niegan su propia cabeza de esclavo. Son esclavos de todo. Esclavos desde que nacen.
El silencio regresó.
Nadie lo rompió.
Los Tropicaltroten avanzaron como si nada hubiera sido dicho. Pero el polvo ya no era el mismo.
La pareja siguió sola.
El blanco del paisaje no refleja: absorbe. Más arriba, el azul permanece intacto. Las sombras se alargan como prisioneros que quisieran soltarse del tobillo de sus dueños.
El mundo suena corrupto.
El polvo se levanta desde las mesetas en una música áspera. Los cascos de los Tropicaltroten marcan el compás sobre la costra blanca de la tierra.
Entonces la ven.
Una fortaleza cuadrada. Muros negros y rotos. La geometría de algo que una vez fue orden.
Lo primero no es la visión.
Es el olor.
Putrefacción. Descomposición espesa que se adhiere al paladar. Un presentimiento en el aire. Una tensión que no vibra: pesa.
Los Tropicaltroten se detienen. Chirrían. Se encabritan, intentando deshacerse de sus jinetes. Los niños tensan las riendas y conducen a las bestias hasta un árbol seco que aún sostiene su sombra.
Desmontan.
Atan.
Avanzan.
El templo enrarecido los recibe con la boca abierta. La entrada está destrozada. Muros que fueron majestuosos yacen como ángeles expulsados. El polvo todavía cae, fino, reciente.
Algo gotea.
No es agua.
Un muro se derrite.
Como hielo bajo un sol invisible. La piedra burbujea. Exhala humo verde oscuro. El olor se vuelve cuchillo.
Arriba, el águila gira en círculos lentos.
Encuentran la puerta principal y la cruzan.
La masacre no está contenida: se desborda hacia la ciudad.
Cuerpos amontonados en las calles. Otros casi saliendo por las puertas. Mujeres, hombres, niños, viejos. Abiertos sin ceremonia. Carne separada de sí misma.
Y sobre muchos, el mismo fenómeno.
La piel cede. Se funde. Desprende humo verde que se enrosca en el aire como serpiente enferma.
Avanzan con cuidado.
La ciudad es una ruina líquida. Casas vencidas. Muros partidos. Palacios hechos trizas. Cadáveres incrustados en paredes, colgando de balcones, extendidos en escaleras.
Las tripas pintan los muros con una caligrafía grotesca.
Y todo, lentamente, se derrite.
Entonces lo ven.
Un único superviviente.
Un perro huesudo.
Roe el cráneo abierto de una niña. El cuerpo está infectado por la misma peste verdosa. La mitad inferior ha desaparecido. Las entrañas reposan al aire.
El animal muerde el cerebro.
Mastica.
Traga.
Un instante.
El perro se detiene.
Gime.
Retrocede.
La garganta gorgotea. El cuello se ablanda, burbujea y se abre como una flor húmeda de carne derretida. Un trozo cae al suelo.
El animal colapsa.
Muere en el acto.
El humo verde también asciende de él.
Arhelia y Kael recorren la ciudad sin hablar. Ya no buscan supervivientes. Solo certeza.
Esto no fue guerra.
Fue algo que utilizó el Sendero de Ley y lo torció hasta volverlo peste.
Salen por donde entraron.
Desatan los Tropicaltroten. Montan.
No miran atrás.
La fortaleza continúa derritiéndose en silencio. El humo verde asciende recto, como si señalara a un dios que no responde.
Y la pareja avanza.
Noche azul. Noche de silencios que se estiran y se pliegan sobre sí mismos.
Un águila, inmóvil, posada en la rama más alta, extendió un ala con parsimonia y picoteó sus plumas, o quizá sólo fingía hacerlo; la quietud del bosque no pedía explicación.
Abajo, la hoguera murmuraba en anaranjados que danzaban sobre los troncos. Dos de ellos servían de asiento a los niños especiales. Arhelia sostenía un cuchillo curvo en sus manos: la luz dorada temblaba en la hoja, vacilante, como si respirara por sí misma.
Kael la observaba sin un solo gesto, cada músculo tenso, cada respiración contenida. El aire parecía medirse en su mirada.
Ella murmuró a las sombras, y estas respondieron con un susurro oscuro. Tentáculos de obsidiana surgieron, serpenteando hasta un árbol cercano, arrancando una rama gruesa y llevándola ante ella, como si la noche misma hubiera doblado un brazo para ofrecerle un tributo.
El cuchillo cortó la madera con un sonido agudo, preciso, y en un instante la rama se transformó en piedra; no polvo, no tierra: piedra viva, fría y silenciosa. Apenas un gesto marcó su rostro, un eco de poder contenido.
—¿Por qué no pruebas las esferas? —preguntó Kael, su voz rompiendo la quietud como un hilo frágil.
El silencio respondió. Se miraron, y en esa mirada el tiempo se dilató, como si horas enteras se comprimieran en un instante. Arhelia pareció recordar algo; de su fajín sacó las esferas y la pequeña hoz, atadas con la misma cuerda que siempre las contenía. Se levantó, alejándose de la hoguera, dejando que la luz bailara sobre su figura.
Con un movimiento rápido y decisivo, arrojó las esferas al suelo. El impacto resonó como un murmullo metálico y, al instante, surgieron columnas de piedra: aristas que se alzaban como serpientes petrificadas, cortantes, extendiéndose más allá de la altura de los árboles, alcanzando hacia el cielo con un filo silencioso.
—Entonces esto es lo que invocaba… me gusta.
—Si tú lo dices.
No hablaron más. La oscuridad, la piedra y la luz compartían su propio lenguaje.
Al amanecer, la marcha se reanudó.
El golpeteo de los cascos sobre la tierra seca resonaba como un latido antiguo, mientras el cielo se abría desplegando su magia.
Blanco.
Todo blanco: la piedra, la arena, un silencio que parecía absorber el mundo. Entre esa pureza, algunas rocas y columnas naturales se erguían como restos de gigantes olvidados. El águila los seguía, majestuosa y callada, y el escaso verde que persistía en el terreno se doblaba ante el avance de los Tropicaltroten, galopantes y cadenciosos, marcando su paso sobre la tierra desierta.
Giraron al norte, luego a la izquierda.
Tras ellos, el taciturno lago, a la espalda, se disuelve en una franja de luz opaca. Más allá, la tierra se abre en una matanza.
Lobos de cuerpo humanoide —larguiruchos, flacos, negros como carbón húmedo— se abalanzan sobre bestias de cornamenta espiral. Cabras desmesuradas, altas como osos, piel gruesa y flexible, músculos tensos como cables. El choque es seco. Hueso contra hueso. Garra contra asta.
La cabeza del lobo estalla.
Confeti de sangre. Pétalos rosados de cerebro abriéndose en el aire.
Al instante siguiente, la cabra es abierta en canal.
Las vísceras se derraman y cuelgan, tibias, como estandartes derrotados tras una guerra sin nombre.
Chillidos que rasgan el polvo.
Cuerpos que ruedan, se atropellan, se pisan en una danza ciega de pánico.
El cielo, impasible, se mancha sin haberlo pedido.
La madre —indiferente— no inclina la mirada.
Arhelia y Kael continúan.
No aceleran.
No observan.
Detrás, los gritos no disminuyen; simplemente dejan de pertenecerles.
Un montículo de rocas emergía como un portal de piedra blanca, y bajo el cielo azul, expectante y puro, pasaron. El polvo ascendía, finísimo, cegando parcialmente, obligando a levantar una mano en un gesto instintivo para abrir camino. Sus bestias trazaban un zigzagueo sobre piedras altas y montículos lisos, una danza lenta y resistente que ascendía hacia la cima del terreno.
Más allá, en la planicie inmóvil, avanzaban. Al verlo, lo comprendieron: el lobo de blasfemia ondeaba en lo alto: hocico alargado como si pretendiera devorar el mundo entero, ojos rojos encendidos, pelaje negro como un juramento antiguo. Era el símbolo de su bandera. La bandera era roja.
Carvenícolas.
Seis. Armaduras grandes, pesadas, escamadas como tanques de guerra; pelajes de bestias cosidos a los hombros; oraciones paganas inscritas con sangre en hierro oscuro. Cascos adornados con cuernos, demonios forjados en hierro, diablos en relieve. Podían resistir la embestida de una criatura salvaje y no ceder.
Algunos montaban Tropicaltroten más musculosos, hechos para guerras de lujuria y violencia aguda. Otros iban a pie, lanzas descansando sobre los hombros, armas colgando como extensiones naturales de sus brazos.
Sus gruñidos eran risas.
Sus risas, un himno.
Delante de ellos: diez humanos despojados de todo. Desnudos. Sin rastro visible de lo que una vez fueron. La piel roja por el frío. Los cuerpos temblorosos. Ojos secos de lágrimas antiguas.
Una sola palabra se repetía entre labios partidos:
—Manta…
—Manta…
—Manta…
No pedían libertad.
Pedían tela.
Uno de los carvenícolas desmontó.
El silencio que lo rodeó fue más frío que el viento. Algunos compañeros rieron bajo; otros miraron al frente con indiferencia ritual.
Avanzó hacia uno de los esclavos: un hombre de mediana edad, barba negra, torso aún fuerte pese al hambre. Desnudo como todos. Pero sus manos le cubrían la nobleza, intentando sostener la poca dignidad que aún no le habían arrancado.
Lo miró lloroso. Repitió su súplica.
El carvenícola sonrió.
Señaló con un gesto bajo, degradante. Ordenó que se arrastrara.
Y el hombre se arrastró.
Como un perro al que no le queda más idioma que obedecer.
El guerrero desató su fajín con lentitud teatral. Risas alrededor. El cielo azul observaba, intacto. El polvo se alzaba y volvía a caer.
El esclavo se arrodilló. Sus labios, agrietados por el frío, se abrieron. Una mano cayó sobre su cabeza; un toque breve, preciso, empujándolo hacia abajo. El resto ocurrió entre carcajadas. El carvenícola alzó el rostro al cielo, moviendo las caderas con orgullo, como si ofreciera su acto a un padre invisible.
El himno de blasfemia fue coral.
Los demás esclavos bajaron la mirada. No lloraban ya. El llanto se había agotado en noches anteriores.
Arhelia lo vio. Sonrió apenas. Su Tropicaltroten exhaló un suspiro profundo, verdadero, como si entendiera el peso de lo contemplado.
Kael apartó la mirada. No quiso sostener aquella verdad desnuda.
Ella miró al frente.
Y avanzaron. El escenario quedó atrás, tragado por la distancia blanca. La planicie volvió a ser piedra y silencio. Avanzaron más allá de lo que el cielo permite.
La noche llegó otra vez.
Descansaron sobre un montículo de rocas, donde el viento hablaba bajo y el fuego crepitaba con una paciencia antigua. Las llamas no iluminaban: revelaban. En el resplandor naranja, sus rostros parecían máscaras talladas por decisiones recientes.
Se miraron atentos.
Kael comenzó.
—¿Por qué dijiste aquello, Arhelia?
Ella no apartó la vista del fuego.
—Porque era verdad.
—¿Verdad? —la palabra le pesó en la lengua—. Maldita sea, eso no era verdad.
—¿Ahora me cuestionas?
—Sí. Lo que dijiste… lo dijiste con gusto. Como si te complaciera.
La llama osciló. La sombra de Arhelia se alargó detrás de ella, alta, afilada.
—Tú tampoco ayudaste a esa mujer. Ni a los demás. Eran mortales. Pudimos matarlos a todos. No lo hiciste. Yo tampoco. ¿Y ahora me miras como si fueras distinto?
Kael apretó la mandíbula.
—No estás bien.
—¿Y ahora soy un monstruo?
—Sí.
—Eso duele.
—Pensé que no lo eras. Pero te vi sonreír.
—¿Y tú? —su voz fue más baja, más peligrosa—. Apartaste la mirada. Eso no es pureza, Kael. Eso es miedo.
Él se levantó. Caminó unos pasos. Volvió.
—Es culpa mía no haber hecho nada. Lo acepto. No volverá a pasar. Pero no confundas mi culpa con disfrute.
Ella inclinó apenas el rostro.
—El mundo es podredumbre. Lo viste. Verde por fuera. Putrefacto por dentro. ¿Crees que puedes cambiar eso?
—No lo sé —respondió—. Pero sé que no quiero convertirme en eso.
Arhelia lo observó con una quietud peligrosa.
—¿Y qué harás conmigo?
Kael rió, breve, seco. La señaló con un dedo, no acusador, sino desesperado.
—Quieres ser noble, pero celebras la humillación. Hablas de justicia y saboreas la venganza. Dices que no quieres ser vista como monstruo… y caminas hacia ello.
Ella no respondió.
El viento sopló más fuerte.
—Yo también quiero huir —continuó Kael—. Huir de todo esto. Pero si huyes convirtiéndote en ellos, no queda nada. Y no quiero que eso te pase.
—¿Me salvarás? —preguntó ella, casi con burla.
—No. Caminaré contigo. Hasta que recuerdes que no todos son basura. Hasta que lo veas por ti misma.
—¿Y si no cambio?
—Entonces cargaré con eso. Pero no me apartaré.
La llama bajó. El silencio ya no era hostil, sino tenso.
—Quiero cambiar el mundo —dijo él finalmente—. Y para hacerlo… necesito que no te pierdas.
Arhelia lo miró largo rato. En sus ojos, luz y sombra se alternaban como dos mareas disputándose la costa.
Se levantó.
Le tendió la mano.
Kael la tomó de la mano.
Un leve tirón lo inclinó hacia adelante y, sintió en su mejilla el roce tibio y suave de sus labios. El pacto quedó sellado sin palabras.
Se apartó apenas, atónito. Llevó las manos al rostro, como si pudiera ocultar el ardor que le encendía las mejillas. Entonces la vio: aquella sonrisa nacida en ella, tenue, casi un susurro dibujado en su boca.
Y, pese a la sorpresa, sus manos seguían unidas. No se habían separado.
Se miraron Arhelia se levantó y en medio de la llama sus cuerpos se juntaron y sus manos se unieron y empezaron
a moverse alrededor del fuego, primero torpes, luego más firmes. No era una danza aprendida; era un pulso compartido. Kael falló el ritmo al inicio. Se adaptó. Ella marcó la cadencia. Sus pasos dibujaron círculos en la arena, como si intentaran reescribir el destino con la planta de los pies.
Arriba, el águila observaba. Sus ojos reflejaban la llama en un rojo distante.
La noche los envolvió en esa danza obstinada, mitad desafío, mitad promesa.
Cuando el fuego se redujo a brasas, se separaron.
Se recostaron sobre la piedra.
El viento cambió.
Entonces algo rugió en la oscuridad.
No fue león.
No fue bestia conocida.
Fue un rugido de blasfemia, profundo, gorgoteante, como si la tierra misma estuviera abriendo una garganta antigua.
El águila alzó vuelo.
La noche dejó de ser silencio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com