INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 CAPÍTULO 2 — El Laberinto Donde la Voluntad Aprende a Sangrar
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2: CAPÍTULO 2 — El Laberinto Donde la Voluntad Aprende a Sangrar 2: CAPÍTULO 2 — El Laberinto Donde la Voluntad Aprende a Sangrar Arhelia despertó.
No hubo transición.
No hubo sueño.
Solo un parpadeo y el mundo se deshizo.
Un latido bastó para arrancarla del vacío.
El primer contacto fue el frío.
No el frío ordinario del sótano, sino uno más antiguo, más cruel.
La piedra bajo sus manos parecía respirar con recuerdos de cada muerte ocurrida sobre ella, cada horror compartido simultáneamente, como si la roca misma se regocijara en el tormento.
Se incorporó con lentitud.
Cada músculo protestaba, como si la memoria del dolor físico se hubiera fundido con el espíritu.
—¿Dónde…?
—murmuró, pero la voz no volvió.
Ningún eco.
El aire se la tragó, oscura y voraz, como un animal diminuto cayendo a un pozo sin fondo.
Se puso de pie.
El lugar era un corredor de piedra pulida, alto, amplio, inhumano.
Miró hacia arriba buscando bóveda, techo, cúpula, cualquier indicio de construcción.
Nada reconocible.
Sobre su cabeza se extendía un cielo imposible: remolinos de oscuridad atravesados por jirones de luz rota, formas que pretendían ser nubes, estrellas, orden… y eran solo mutilaciones.
La noción de cielo se había quebrado.
Solo quedaba desorden.
Arhelia tragó saliva.
—Esto… no es la fortaleza —dijo, sin convicción.
El Objeto de Ley Todo o Nada ya no flotaba frente a ella.
No pulsaba.
No brillaba.
Pero su esencia estaba incrustada en el aire, en su pecho, en la nuca, como una mano invisible empujándola hacia adelante.
El Laberinto Espiritual.
No conocía el nombre, pero su cuerpo sí.
Cada fibra lo reconocía como se reconoce a un verdugo antes de verlo.
Comenzó a caminar.
Los pasillos se bifurcaban sin lógica.
Algunos eran estrechos hasta hacerla avanzar de perfil, la piedra rozándole los hombros, obligándola a respirar polvo antiguo y un hedor más… algo orgánico, podrido, vivo.
Otros corredores se abrían ceremoniales, cuadrados, perfectos, con columnas bajas y escaleras que subían hacia muros ciegos, como trampas visuales que susurraban promesas de salida y muerte a partes iguales.
El Laberinto no era un tablero estático.
Era vivo.
Creativo.
Maligno.
Las paredes estaban cubiertas de decoraciones imposibles.
Oro viejo delineaba filigranas de tal delicadeza que habría hecho llorar a cualquier artesano de los Luminar.
Pero entre esas curvas elegantes había blasfemias: símbolos imposibles, ojos dentro de ojos, manos surgiendo de bocas, geometrías que retorcían la lógica y la mente.
Arhelia se detuvo ante un mural.
Era una secuencia: nueve seres rodeando a uno más pequeño.
El cercado estaba herido, atravesado, quebrado.
Pero sonreía.
Una sonrisa amplia, perturbadora, demasiado humana para la escena que representaba.
Los nueve no tenían rasgos definidos: sombras, luces, formas incompletas.
No mostraba victoria ni derrota.
Mostraba algo peor: inevitabilidad.
Más adelante, otro mural.
Un océano.
Gigantesco.
Las olas eran montañas líquidas que se alzaban y rompían como si el cielo mismo quisiera aplastarlas.
Sobre el agua, de pie como sobre tierra firme, una figura.
Su rostro estaba oculto por cabello negro y largo, pero sus ojos brillaban: plata pura, dolorosa, fría.
La piel de la figura tenía el tono de ceniza acumulada tras mil guerras.
Bajo la superficie, en la profundidad del océano, se adivinaban formas: bestias, cosas que no deberían existir.
Arhelia sintió vértigo.
Comprendió instintivamente que mirar demasiado esos cuadros podía quebrarla.
Continuó caminando, consciente de que cada paso era un pacto con la locura.
El silencio era espeso, casi físico.
No había viento, no había agua, no había vida visible.
Pero la tensión era absoluta, como el instante antes de que una espada caiga sobre un cuello desprevenido.
Entonces, un sonido húmedo quebró la quietud: masticación.
Carne desgarrándose.
Se detuvo.
El ruido venía de un pasillo con dos bifurcaciones: izquierda y derecha.
El instinto gritó que huyera.
La curiosidad —esa maldita curiosidad— la empujó a la derecha.
Y lo vio.
Un monstruo de casi tres metros, anatomía rota por un error cósmico: cuernos retorcidos, seis ojos distribuidos sin simetría, boca abisal como la de un pez de lo más profundo.
Estaba devorando un cadáver, triturando huesos y esparciendo vísceras.
La sangre era negra, espesa, olorosa a putrefacción.
Arhelia retrocedió.
Un paso.
La piedra crujió.
El monstruo levantó la cabeza.
Sus seis ojos se clavaron en ella.
Gruñó.
Y se lanzó.
Arhelia corrió.
El laberinto reaccionó.
Los pasillos se deformaron, se cerraron y abrieron, expulsando más formas: bestias de proporciones grotescas, cuerpos incompletos que reptaban y caminaban, dejando baba y sombra tras de sí.
El suelo se abría en trampas; las paredes lanzaban espinas que graznaban en el aire.
—¡Maldita sea!
—gritó, esquivando una garra que habría arrancado su cabeza.
Saltó.
Rodó.
Se golpeó contra un muro.
Sintió cómo la piel se le abría.
La sangre era caliente.
El dolor era real.
El miedo era absoluto.
Un monstruo serpentino emergió de un corredor lateral.
Su cuerpo largo estaba cubierto de escamas opacas.
Abría cuatro mandíbulas a la vez, desplegándolas como pétalos de carne y dientes, un horror vivo y palpitante.
Arhelia no pensó.
Corrió hacia él.
Saltó, apoyando un pie en la pared, inclinó el cuerpo, usando el muro como suelo.
El mundo giró.
Los cielos imposibles se reflejaron en sus ojos bicolores, confundiendo espacio y gravedad.
Saltó otra vez, pisó una de las mandíbulas con brutalidad.
La bestia chilló, el impulso la lanzó hacia arriba.
Por un instante, desde esa altura, vio el tablero completo.
Dos figuras colosales.
Más allá del Laberinto.
A la izquierda, una mujer de pura luz.
Sin cabeza; alas de paloma respirando en su lugar.
A la derecha, oscuridad absoluta.
Sin cabeza; tentáculos se retorcían desde su cuello como serpientes pacientes.
Movían piezas.
Las bestias eran fichas.
Las trampas también.
Arhelia cayó sobre el torso de la serpiente, algo se desgarró en su costado.
Se levantó tambaleante y corrió hacia la dirección donde había vislumbrado una ruptura, una salida.
La serpiente la persiguió, con ojos y fauces imposibles, rugiendo un hambre que trascendía toda lógica.
Sintió cada segundo: el Laberinto la observaba.
No con ojos.
Con intención.
Finalmente, vio la apertura.
Un arco de piedra distinto al resto.
Silencioso, expectante.
Corrió.
Cada fibra de su ser gritaba, cada herida ardía, cada respiración era un acto de desafío.
Cruzó.
El Laberinto quedó atrás.
El tablero tembló.
Las piezas se detuvieron.
Y el aire volvió a ser solo aire, por un instante.
Arhelia despertó.
No hubo sueño ni transición.
Un parpadeo bastó.
Un latido.
El frío de la piedra bajo sus manos fue lo primero.
No el frío honesto del sótano, sino uno más antiguo, más cruel, como si la roca recordara cada muerte ocurrida sobre ella y decidiera compartirlas todas al mismo tiempo.
Se incorporó despacio.
—¿Dónde…?
—murmuró.
Su voz no regresó.
No hubo eco.
El sonido fue tragado como un animal pequeño en una fosa profunda.
Se puso de pie.
El lugar era un corredor de piedra pulida, alto y ancho, pero no había cielo.
Miró hacia arriba esperando bóveda, cúpula o techo.
No encontró nada reconocible.
Sobre su cabeza se extendía un caos vivo: remolinos de oscuridad, jirones de luz rota, formas que parecían intentos fallidos de nubes, de estrellas, de algo que quiso ser orden y fue mutilado antes de nacer.
El cielo no existía.
Solo había desorden.
Arhelia tragó saliva.
—Esto… no es la fortaleza —dijo, sin convicción.
El Objeto de Ley Todo o Nada ya no estaba frente a ella.
No flotaba.
No pulsaba.
Pero su presencia seguía allí, incrustada en el aire, en su pecho, en la nuca.
Como una mano invisible empujándola hacia adelante.
El Laberinto Espiritual.
No conocía el nombre, pero su cuerpo sí.
Cada fibra lo reconocía como se reconoce un verdugo antes de verlo.
Comenzó a caminar.
Los pasillos se bifurcaban sin lógica.
Algunos eran tan estrechos que apenas podía pasar de lado, como armarios alineados eternamente, la piedra rozándole los hombros, obligándola a avanzar de perfil, respirando polvo viejo y algo más… algo orgánico.
Otros se abrían en corredores cuadrados, perfectos, casi ceremoniales, con columnas bajas y escaleras que subían hacia muros ciegos donde no se veía qué aguardaba al otro lado.
No era un tablero ordenado.
Era un laberinto vivo, gigantesco, malignamente creativo.
Las paredes estaban cubiertas de decoraciones.
Oro viejo marcaba los bordes, filigranas hermosas trabajadas con una delicadeza que habría hecho llorar a cualquier artesano de los Luminar.
Pero entre esas curvas elegantes había blasfemias talladas: símbolos imposibles, ojos dentro de ojos, manos que nacían de bocas, geometrías que no respetaban ninguna ley humana.
Arhelia se detuvo ante uno de los murales.
Era una secuencia.
Un grupo de nueve seres rodeaba a uno más pequeño.
El cercado estaba herido, atravesado, quebrado.
Pero sonreía.
Una sonrisa perturbadora, amplia, demasiado humana para lo que parecía ser.
Los nueve no tenían rasgos definidos: sombras, luces, formas incompletas.
La escena no mostraba victoria ni derrota.
Mostraba algo peor.
Inevitabilidad.
Más adelante, otro mural.
Un océano.
Gigantesco.
Las olas eran tan altas que parecían montañas líquidas.
En medio del mar, de pie sobre el agua como si fuera tierra firme, había una figura.
No se le veía el rostro: su cabello negro y largo lo cubría como un velo.
Pero sus ojos… sus ojos eran visibles.
Plata pura.
Brillante.
Dolorosa.
Su piel tenía el color de la ceniza acumulada tras mil guerras.
Alrededor, bajo la superficie del océano, se adivinaban formas.
Bestias.
Cosas que no debían ser vistas.
Arhelia sintió un mareo inmediato.
Comprendió sin saber cómo que mirar demasiado esos cuadros podía volverla loca.
Siguió caminando.
El silencio era espeso.
No había viento.
No había agua.
No había vida visible.
Pero la tensión era absoluta, como antes de una ejecución pública.
Como el segundo previo a que una espada caiga.
Entonces oyó algo.
Un sonido húmedo.
Masticación.
Carne desgarrándose.
Se detuvo.
El ruido venía de un pasillo con dos bifurcaciones: izquierda y derecha.
El instinto gritó que huyera.
La curiosidad —esa cosa enferma que siempre vivía en ella— la empujó a la derecha.
Giró.
Y lo vio.
Un monstruo de casi tres metros, con una anatomía que parecía el resultado de un error cósmico.
Tenía cuernos retorcidos, seis ojos distribuidos sin simetría alguna y una boca como la de un pez abismal, llena de dientes largos, translúcidos, húmedos.
Estaba comiendo.
El cadáver bajo sus garras era otro monstruo, o lo que quedaba de él.
Huesos triturados.
Vísceras esparcidas.
La sangre era negra y espesa.
Arhelia retrocedió un paso.
La piedra crujió.
El monstruo se detuvo.
Giró la cabeza.
Seis ojos se clavaron en ella al mismo tiempo.
Gruñó.
Y se lanzó.
Arhelia corrió.
El laberinto explotó en movimiento.
De los pasillos surgieron más formas: bestias deformes, cuerpos incompletos, cosas que reptaban, que caminaban, que se arrastraban dejando rastros de baba y sombra.
El suelo se abría en trampas, las paredes expulsaban espinas, los corredores se cerraban como mandíbulas.
—¡Maldita sea!
—gritó Arhelia, esquivando una garra que habría arrancado su cabeza.
Saltó.
Rodó.
Se golpeó contra un muro.
Sintió cómo la piel se le abría en el brazo.
La sangre era real.
El dolor también.
No era un sueño.
Era una cacería.
Un monstruo serpentino emergió desde un pasillo lateral.
Tenía un cuerpo largo, cubierto de escamas opacas, y cuatro mandíbulas.
Cuando las abrió, lo hizo como una flor obscena, pétalos de carne y dientes desplegándose en todas direcciones.
Arhelia no pensó.
Corrió directo hacia él.
En el último segundo saltó, apoyó un pie en la pared y comenzó a correr horizontalmente, el cuerpo inclinado, usando el muro como suelo.
El mundo giró.
El caos del cielo se reflejó en sus ojos bicolores.
Saltó.
Pisó una de las mandíbulas del monstruo con un poco perdiendo el equilibrio.
La bestia chilló molesta.
El impulso la lanzó hacia arriba.
Por un instante, desde esa altura, Arhelia lo vio.
Dos figuras.
Más allá del laberinto.
Colosales.
El escenario completo era un tablero.
Un tablero laberíntico que se extendía hasta perderse en la nada.
Y más allá, sentados en dos sillas gigantescas, estaban ellos.
A la izquierda, una mujer hecha de pura luz.
No tenía cabeza.
En su lugar, alas de paloma se abrían y cerraban lentamente, como si respiraran.
A la derecha, una figura de oscuridad absoluta.
Tampoco tenía cabeza.
De su cuello brotaban tentáculos que se retorcían con una paciencia infinita.
Movían piezas.
Las bestias eran fichas.
Las trampas también.
Arhelia cayó.
Rodó sobre el torso de la serpiente.
Sintió cómo algo se desgarraba en su costado.
Se levantó tambaleante y corrió hacia la dirección donde había visto algo distinto: una apertura, un quiebre, una salida.
La serpiente giró su cuerpo imposible y la persiguió.
Arhelia corría herida, cubierta de sangre y polvo, maldiciendo, perdiéndose y reencontrándose, sintiendo en todo momento esa sensación insoportable: Algo la observaba.
No con ojos.
Con intención.
Finalmente, vio la salida.
Un arco de piedra distinto al resto.
Silencioso.
Expectante.
Corrió hacia él.
Y cruzó.
El laberinto quedó atrás.
El tablero tembló.
Y las piezas se detuvieron.
Entonces los vio.
Los corredores habían desaparecido.
Las trampas, las bestias, todo el caos del laberinto se diluyó como humo en un viento que nadie soplaba.
Ante ella se abría un vacío infinito, un espacio suspendido entre todo y nada, donde la percepción misma parecía vacilar.
Y allí estaban ellos, no como entidades, sino como conceptos de poder puro, sentados donde antes habían estado las sillas colosales, ahora reducidas a tronos de idea.
A la izquierda: Una mujer hecha de luz tan blanca que hería la vista, que perforaba la mente, que desgarraba la percepción de la realidad.
No tenía rostro.
En su lugar brotaban alas de paloma, infinitas, superpuestas, batiéndose sin viento, con cada pluma emitiendo un silencio tan absoluto que dolía en los oídos.
Era la quietud de templos vacíos, de eras olvidadas, de esperanzas muertas.
A la derecha: Una figura masculina cincelada en sombra absoluta, más alta que cualquier torre de la Fortaleza Estigia.
Su cuerpo no reflejaba nada: todo lo que tocaba la oscuridad desaparecía.
Donde debía haber cabeza, tentáculos pesados y antiguos se enroscaban lentamente, raíces de un poder predatorio que devoraba mundos con una paciencia de siglos.
Arhelia estaba frente a ellos.
Pequeña.
Sucia.
Sangrando.
Pero viva.
La mujer de luz habló primero.
Su voz no salió de boca alguna; surgió del espacio mismo, envolvente, como un rezo pronunciado para nadie, como un canto que recorría los hilos del tiempo.
—Niña —dijo—.
Puedo darte perfección.
No volverás a fallar.
No volverás a sufrir.
No volverás a sentir el vacío que te consume cuando el mundo te desprecia.
La luz se inclinó hacia ella y Arhelia vio destellos de promesas: un cuerpo sin error, una mente sin grietas, un camino recto, donde cada paso estaba garantizado, sin esfuerzo, sin dolor.
La sombra rió.
No fue sonido, sino vibración, hierro arrastrado sobre huesos antiguos.
—O puedes tomar mi mano —dijo—.
Te daré poder.
Poder suficiente para quebrarlo todo, para que el mundo sangre a tus pies y te implore clemencia.
Los tentáculos se agitaron, conteniendo guerras, imperios arruinados, ciudades reducidas a polvo por un gesto apenas consciente.
Arhelia escupió.
La sangre seca cayó en el vacío y desapareció.
Miró primero a la luz, luego a la sombra.
Sus ojos —uno negro como abismo sin estrellas, el otro blanco como sol muerto— no mostraban duda.
—No obedeceré a ninguno de ustedes.
La luz tembló, no de miedo, sino de incredulidad.
La sombra gruñó, molesta como un depredador al que le niegan una presa segura.
—Niña insolente —dijo la mujer luminosa—.
No comprendes lo que estás rechazando.
Arhelia dio un paso al frente.
El suelo inexistente la sostuvo.
—Al contrario —respondió—.
Ustedes no comprenden quién soy yo.
La sombra extendió una mano gigantesca que eclipsaba el caos del cielo.
—Entonces muere —dijo—.
Eso también sirve.
El ataque no fue un golpe.
Fue un mundo entero desplomándose.
La realidad se dobló.
El espacio se fracturó.
La intención de aniquilarla era absoluta.
Ella no retrocedió.
No gritó.
No se defendió.
Solo caminó.
Cada paso resonaba con negación y voluntad pura.
La luz respondió, lanzando lanzas de radiación que atravesaron el espacio, pero se quebraron contra su cuerpo, inútiles, como vidrio chocando contra acero.
La sombra agitó grietas infinitas en el suelo inexistente, intentando tragarla.
Ella siguió, sin prisa, sin miedo, sin obediencia.
Cuando llegó frente a ellos, levantó las manos, pequeñas, ensangrentadas, humanas.
Tocó la luz primero.
La mujer gritó un sonido imposible, vacío, fracturando la blancura de su ser.
Fragmentos de luz fueron absorbidos por Arhelia, atravesando pecho, garganta y alma como cuchillas dulces.
Luego tocó la sombra.
Por primera vez, el gigante oscuro mostró sorpresa.
Los tentáculos se tensaron.
—¿Tu… eres…?
—alcanzó a decir.
Arhelia cerró la mano.
La sombra se partió en silencio.
Pedazos de oscuridad pura se deslizaron dentro de ella, como tinta derramada en agua clara.
Uno por uno, luz y oscuridad descendieron por su espíritu como alimento largamente esperado, como si su alma hubiera estado hambrienta desde antes de nacer.
El laberinto comenzó a cerrarse, las paredes plegándose, el cielo caótico apagándose.
Cuando todo terminó, Arhelia despertó.
En la fortaleza.
En el sótano de los Luminar de piedra negra.
El aire frío, real, pesado.
Se incorporó lentamente.
No había heridas abiertas, solo cicatrices internas que ardían con fuerza.
A su lado flotaba la esfera.
Todo o Nada.
Mitad luz, mitad sombra, girando lentamente, obediente.
No llamaba.
Esperaba, como un perro que reconoce a su dueña.
Arhelia la miró.
Y sonrió.
No fue una sonrisa feliz.
Fue correcta.
La sonrisa de alguien que acaba de ganar su primera guerra, y el mundo todavía no lo sabía.
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