INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 20
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Capítulo 20: Capítulo 20 — El pacto bajo la blasfemia.
Noche azul. Noche de silencios que se estiran y se pliegan sobre sí mismos.
Un águila, inmóvil, posada en la rama más alta, extendió un ala con parsimonia y picoteó sus plumas, o quizá sólo fingía hacerlo; la quietud del bosque no pedía explicación.
Abajo, la hoguera murmuraba en anaranjados que danzaban sobre los troncos. Dos de ellos servían de asiento a los niños especiales. Arhelia sostenía un cuchillo curvo en sus manos: la luz dorada temblaba en la hoja, vacilante, como si respirara por sí misma.
Kael la observaba sin un solo gesto, cada músculo tenso, cada respiración contenida. El aire parecía medirse en su mirada.
Ella murmuró a las sombras, y estas respondieron con un susurro oscuro. Tentáculos de obsidiana surgieron, serpenteando hasta un árbol cercano, arrancando una rama gruesa y llevándola ante ella, como si la noche misma hubiera doblado un brazo para ofrecerle un tributo.
El cuchillo cortó la madera con un sonido agudo, preciso, y en un instante la rama se transformó en piedra; no polvo, no tierra: piedra viva, fría y silenciosa. Apenas un gesto marcó su rostro, un eco de poder contenido.
—¿Por qué no pruebas las esferas? —preguntó Kael, su voz rompiendo la quietud como un hilo frágil.
El silencio respondió. Se miraron, y en esa mirada el tiempo se dilató, como si horas enteras se comprimieran en un instante. Arhelia pareció recordar algo; de su fajín sacó las esferas y la pequeña hoz, atadas con la misma cuerda que siempre las contenía. Se levantó, alejándose de la hoguera, dejando que la luz bailara sobre su figura.
Con un movimiento rápido y decisivo, arrojó las esferas al suelo. El impacto resonó como un murmullo metálico y, al instante, surgieron columnas de piedra: aristas que se alzaban como serpientes petrificadas, cortantes, extendiéndose más allá de la altura de los árboles, alcanzando hacia el cielo con un filo silencioso.
—Entonces esto es lo que invocaba… me gusta.
—Si tú lo dices.
No hablaron más. La oscuridad, la piedra y la luz compartían su propio lenguaje.
Al amanecer, la marcha se reanudó.
El golpeteo de los cascos sobre la tierra seca resonaba como un latido antiguo, mientras el cielo se abría desplegando su magia.
Blanco.
Todo blanco: la piedra, la arena, un silencio que parecía absorber el mundo. Entre esa pureza, algunas rocas y columnas naturales se erguían como restos de gigantes olvidados. El águila los seguía, majestuosa y callada, y el escaso verde que persistía en el terreno se doblaba ante el avance de los Tropicaltroten, galopantes y cadenciosos, marcando su paso sobre la tierra desierta.
Giraron al norte, luego a la izquierda.
Tras ellos, el taciturno lago, a la espalda, se disuelve en una franja de luz opaca. Más allá, la tierra se abre en una matanza.
Lobos de cuerpo humanoide —larguiruchos, flacos, negros como carbón húmedo— se abalanzan sobre bestias de cornamenta espiral. Cabras desmesuradas, altas como osos, piel gruesa y flexible, músculos tensos como cables. El choque es seco. Hueso contra hueso. Garra contra asta.
La cabeza del lobo estalla.
Confeti de sangre. Pétalos rosados de cerebro abriéndose en el aire.
Al instante siguiente, la cabra es abierta en canal.
Las vísceras se derraman y cuelgan, tibias, como estandartes derrotados tras una guerra sin nombre.
Chillidos que rasgan el polvo.
Cuerpos que ruedan, se atropellan, se pisan en una danza ciega de pánico.
El cielo, impasible, se mancha sin haberlo pedido.
La madre —indiferente— no inclina la mirada.
Arhelia y Kael continúan.
No aceleran.
No observan.
Detrás, los gritos no disminuyen; simplemente dejan de pertenecerles.
Un montículo de rocas emergía como un portal de piedra blanca, y bajo el cielo azul, expectante y puro, pasaron. El polvo ascendía, finísimo, cegando parcialmente, obligando a levantar una mano en un gesto instintivo para abrir camino. Sus bestias trazaban un zigzagueo sobre piedras altas y montículos lisos, una danza lenta y resistente que ascendía hacia la cima del terreno.
Más allá, en la planicie inmóvil, avanzaban. Al verlo, lo comprendieron: el lobo de blasfemia ondeaba en lo alto: hocico alargado como si pretendiera devorar el mundo entero, ojos rojos encendidos, pelaje negro como un juramento antiguo. Era el símbolo de su bandera. La bandera era roja.
Carvenícolas.
Seis. Armaduras grandes, pesadas, escamadas como tanques de guerra; pelajes de bestias cosidos a los hombros; oraciones paganas inscritas con sangre en hierro oscuro. Cascos adornados con cuernos, demonios forjados en hierro, diablos en relieve. Podían resistir la embestida de una criatura salvaje y no ceder.
Algunos montaban Tropicaltroten más musculosos, hechos para guerras de lujuria y violencia aguda. Otros iban a pie, lanzas descansando sobre los hombros, armas colgando como extensiones naturales de sus brazos.
Sus gruñidos eran risas.
Sus risas, un himno.
Delante de ellos: diez humanos despojados de todo. Desnudos. Sin rastro visible de lo que una vez fueron. La piel roja por el frío. Los cuerpos temblorosos. Ojos secos de lágrimas antiguas.
Una sola palabra se repetía entre labios partidos:
—Manta…
—Manta…
—Manta…
No pedían libertad.
Pedían tela.
Uno de los carvenícolas desmontó.
El silencio que lo rodeó fue más frío que el viento. Algunos compañeros rieron bajo; otros miraron al frente con indiferencia ritual.
Avanzó hacia uno de los esclavos: un hombre de mediana edad, barba negra, torso aún fuerte pese al hambre. Desnudo como todos. Pero sus manos le cubrían la nobleza, intentando sostener la poca dignidad que aún no le habían arrancado.
Lo miró lloroso. Repitió su súplica.
El carvenícola sonrió.
Señaló con un gesto bajo, degradante. Ordenó que se arrastrara.
Y el hombre se arrastró.
Como un perro al que no le queda más idioma que obedecer.
El guerrero desató su fajín con lentitud teatral. Risas alrededor. El cielo azul observaba, intacto. El polvo se alzaba y volvía a caer.
El esclavo se arrodilló. Sus labios, agrietados por el frío, se abrieron. Una mano cayó sobre su cabeza; un toque breve, preciso, empujándolo hacia abajo. El resto ocurrió entre carcajadas. El carvenícola alzó el rostro al cielo, moviendo las caderas con orgullo, como si ofreciera su acto a un padre invisible.
El himno de blasfemia fue coral.
Los demás esclavos bajaron la mirada. No lloraban ya. El llanto se había agotado en noches anteriores.
Arhelia lo vio. Sonrió apenas. Su Tropicaltroten exhaló un suspiro profundo, verdadero, como si entendiera el peso de lo contemplado.
Kael apartó la mirada. No quiso sostener aquella verdad desnuda.
Ella miró al frente.
Y avanzaron. El escenario quedó atrás, tragado por la distancia blanca. La planicie volvió a ser piedra y silencio. Avanzaron más allá de lo que el cielo permite.
La noche llegó otra vez.
Descansaron sobre un montículo de rocas, donde el viento hablaba bajo y el fuego crepitaba con una paciencia antigua. Las llamas no iluminaban: revelaban. En el resplandor naranja, sus rostros parecían máscaras talladas por decisiones recientes.
Se miraron atentos.
Kael comenzó.
—¿Por qué dijiste aquello, Arhelia?
Ella no apartó la vista del fuego.
—Porque era verdad.
—¿Verdad? —la palabra le pesó en la lengua—. Maldita sea, eso no era verdad.
—¿Ahora me cuestionas?
—Sí. Lo que dijiste… lo dijiste con gusto. Como si te complaciera.
La llama osciló. La sombra de Arhelia se alargó detrás de ella, alta, afilada.
—Tú tampoco ayudaste a esa mujer. Ni a los demás. Eran mortales. Pudimos matarlos a todos. No lo hiciste. Yo tampoco. ¿Y ahora me miras como si fueras distinto?
Kael apretó la mandíbula.
—No estás bien.
—¿Y ahora soy un monstruo?
—Sí.
—Eso duele.
—Pensé que no lo eras. Pero te vi sonreír.
—¿Y tú? —su voz fue más baja, más peligrosa—. Apartaste la mirada. Eso no es pureza, Kael. Eso es miedo.
Él se levantó. Caminó unos pasos. Volvió.
—Es culpa mía no haber hecho nada. Lo acepto. No volverá a pasar. Pero no confundas mi culpa con disfrute.
Ella inclinó apenas el rostro.
—El mundo es podredumbre. Lo viste. Verde por fuera. Putrefacto por dentro. ¿Crees que puedes cambiar eso?
—No lo sé —respondió—. Pero sé que no quiero convertirme en eso.
Arhelia lo observó con una quietud peligrosa.
—¿Y qué harás conmigo?
Kael rió, breve, seco. La señaló con un dedo, no acusador, sino desesperado.
—Quieres ser noble, pero celebras la humillación. Hablas de justicia y saboreas la venganza. Dices que no quieres ser vista como monstruo… y caminas hacia ello.
Ella no respondió.
El viento sopló más fuerte.
—Yo también quiero huir —continuó Kael—. Huir de todo esto. Pero si huyes convirtiéndote en ellos, no queda nada. Y no quiero que eso te pase.
—¿Me salvarás? —preguntó ella, casi con burla.
—No. Caminaré contigo. Hasta que recuerdes que no todos son basura. Hasta que lo veas por ti misma.
—¿Y si no cambio?
—Entonces cargaré con eso. Pero no me apartaré.
La llama bajó. El silencio ya no era hostil, sino tenso.
—Quiero cambiar el mundo —dijo él finalmente—. Y para hacerlo… necesito que no te pierdas.
Arhelia lo miró largo rato. En sus ojos, luz y sombra se alternaban como dos mareas disputándose la costa.
Se levantó.
Le tendió la mano.
Kael la tomó de la mano.
Un leve tirón lo inclinó hacia adelante y, sintió en su mejilla el roce tibio y suave de sus labios. El pacto quedó sellado sin palabras.
Se apartó apenas, atónito. Llevó las manos al rostro, como si pudiera ocultar el ardor que le encendía las mejillas. Entonces la vio: aquella sonrisa nacida en ella, tenue, casi un susurro dibujado en su boca.
Y, pese a la sorpresa, sus manos seguían unidas. No se habían separado.
Se miraron Arhelia se levantó y en medio de la llama sus cuerpos se juntaron y sus manos se unieron y empezaron
a moverse alrededor del fuego, primero torpes, luego más firmes. No era una danza aprendida; era un pulso compartido. Kael falló el ritmo al inicio. Se adaptó. Ella marcó la cadencia. Sus pasos dibujaron círculos en la arena, como si intentaran reescribir el destino con la planta de los pies.
Arriba, el águila observaba. Sus ojos reflejaban la llama en un rojo distante.
La noche los envolvió en esa danza obstinada, mitad desafío, mitad promesa.
Cuando el fuego se redujo a brasas, se separaron.
Se recostaron sobre la piedra.
El viento cambió.
Entonces algo rugió en la oscuridad.
No fue león.
No fue bestia conocida.
Fue un rugido de blasfemia, profundo, gorgoteante, como si la tierra misma estuviera abriendo una garganta antigua.
El águila alzó vuelo.
La noche dejó de ser silencio.
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