INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO 3 — La Herencia de Luz y Sombra
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3: CAPÍTULO 3 — La Herencia de Luz y Sombra.
3: CAPÍTULO 3 — La Herencia de Luz y Sombra.
Afuera, el aire había cambiado.
No era el frío habitual del norte, ni la ceniza que siempre caía en remolinos; era un silencio vivo, un aliento que recorría los muros de la fortaleza como si la piedra misma respirara con conocimiento.
Las antorchas se encendieron solas, llamas azules que lamían las paredes y proyectaban sombras que se movían con voluntad propia.
Los guardias apartaron la mirada, instintivamente, como animales que reconocen a un depredador que no debería existir.
Arhelia abrió la puerta de su habitación familiar.
Su madre estaba sentada, una figura frágil y solemne, sobre una silla exquisitamente tallada, con la expresión de quien conoce la belleza de la tristeza.
Su padre, Grissfor, estaba de pie a su derecha, brazos cruzados, mirada tan dura que parecía capaz de cortar la roca.
—Hija… —dijo la madre, la voz un hilo que temblaba entre sorpresa y melancolía—.
¿Qué demonios has hecho?
—Lo que debía —respondió Arhelia, calmada, como quien comenta el clima—.
Grissfor frunció el ceño, cruzando la habitación con pasos que resonaban sobre la madera.
—Primero, ¿por qué saliste de tu habitación?
¡Esta ya es la quinta vez que te castigo.!
—Segundo… ese Objeto de Ley no debía tocarse.
Está mancillado por tu abuelo, un objeto prohibido… y tú, maldita niña, ahora estás condenada.
—Ja… —rió Arhelia, levantando apenas una ceja—.
Condenada, dices… Su madre se levantó con movimientos lentos, medidos, acercándose.
Sus ojos reflejaban una mezcla de miedo y orgullo: —Pero también.
—dijo suavemente—… hay orgullo.
Por tu edad, la mayoría no habría sobrevivido.
Tú eres.
la segunda.
La segunda que logra algo que la mayoría intenta apenas a los diecinueve.
Y tú lo lograste tan joven, hija mía.
Grissfor respiró hondo.
—Tercero.—dijo, bajando un tono, más grave—.
Hija… Ambos se abalanzaron sobre ella.
La abrazaron con fuerza, temor y alivio mezclados.
Las lágrimas se deslizaron por sus rostros, silenciosas, sinceras.
—Por suerte sobreviviste, mi niña —dijo Grissfor, con la voz quebrada por emociones contenidas—.
—Por los nueve dioses… —susurró su madre—… no la perdí.
El abrazo se extendió un tiempo que pareció eterno, un puente entre el miedo y la esperanza.
Finalmente, se separaron, pero la conversación no terminó: el Objeto de Ley flotaba frente a Arhelia, insensible a la emoción humana, imponente en su silenciosa autoridad.
—Ese Objeto… —dijo Grissfor, la mirada fija en la esfera—.
Es el más difícil de todos.
Tiene… algo raro.
Algo que ni siquiera podemos comprender.
—Nadie ha logrado domarlo —continuó—.
Los únicos que lo hicieron fueron tu abuelo… y tú.
Arhelia ladeó la cabeza, mirándolo con calma letal.
—Ahora ya no soy mortal.
Soy Semi 1, ¿verdad?
—Sí —dijo Grissfor—.
Eso significa que puedes participar en las competencias de herencia… y crecer.
—Y si me equivoco… —preguntó Arhelia, dejando escapar una risa seca—, ¿me matarán?
Su madre se estremeció, y Grissfor apretó los labios.
—Si sobrevives a tus errores, sí… aprenderás.
Si no… otros pagarán por tus decisiones.
—¿Eso es todo lo que me dirán?
—murmuró Arhelia—.
¿Que me enseñen la muerte con palabras?
Grissfor suspiró, resignado.
—No.
Te diré más: este Objeto tiene algo que no entendemos.
Mi consejo: no uses la Ley de Luz.
Tu abuelo la usaba siempre, pero… —¿Y si no tengo otra opción?
—interrumpió Arhelia.
—Entonces úsala —respondió su padre con voz baja, preocupada—.
Pero solo si no hay salida.
El silencio cayó, pesado, como un animal dormido que de pronto abre los ojos.
Entonces algo más se deslizó en la habitación.
Una presencia sin forma, sin sonido, sin permiso.
Arhelia la sintió inmediatamente, un peso en la espalda, una mirada que atravesaba la carne.
Sus padres no notaron nada.
No podían.
—Hija —dijo Grissfor, cansado—.
Lo que has traído aquí… puede destruirnos.
—No será mi culpa —respondió Arhelia, tranquila—.
Ustedes son los que nunca ven lo obvio.
El diálogo continuó largo y tenso.
Gritos contenidos, temores burbujeando bajo la superficie, y Arhelia contestando con frases cortantes, medidas, mientras sus ojos bicolores no se apartaban de la esfera.
Finalmente, después de un tiempo que pareció un siglo, sus padres decidieron dejarla ir a su habitación.
Se fueron murmurando, la tensión aún pegada a sus voces: —Es la herencia de tu padre —dijo la madre—.
La sangre del viejo.
—Sí —respondió Grissfor—.
Y nos tocará cargar con eso.
Esa noche, tendida en su cama, Arhelia abrió los ojos sin haber dormido.
La esfera giraba lentamente, iluminando las paredes como un corazón dividido entre luz y sombra.
La presencia invisible seguía allí.
Esperando.
Evaluando.
Arhelia se incorporó, acercándose a la esfera.
La rodeó lentamente, observando cómo la luz y la sombra se mezclaban, chocaban y luego se fundían en un ritmo silencioso y perfecto.
Tocó la superficie con la yema de los dedos; no era sólida, pero resistía como un fluido denso, cálido y frío al mismo tiempo.
—Así que eres tú —murmuró, hablando más consigo misma que con el objeto—.
Lo que llaman perfecto… y aún así, eres solo un espejo.
La esfera respondió con un pulso leve, apenas perceptible.
Arhelia sonrió, curiosa: —Veamos… qué puedes enseñarme.
Extendió una mano, dejando que la luz se filtrara entre sus dedos.
La sombra se arremolinó alrededor de su brazo, y un escalofrío la recorrió.
Pero ella no retrocedió.
—No voy a ser tu herramienta —dijo al aire—.
Ni la de nadie.
—Pero puedes mirar si eso te hace feliz.
Solo eso.
No hubo respuesta.
Solo un leve cambio en la presión del aire, un reconocimiento silencioso, como un anciano que inclina la cabeza ante un animal salvaje.
Arhelia cerró los ojos.
Sintió la esfera latiendo a su alrededor, absorbiendo y devolviendo energía.
La luz y la sombra se inclinaron hacia ella, casi respetuosamente.
—Bien —dijo finalmente—.
Entonces caminaremos juntos… pero a mi manera.
Y así comenzó la noche en que nació una futura Monarca.
El mundo no lo sabía todavía.
La mañana llegó sin misericordia.
La fortaleza Estigia era un bloque negro respirando vapor helado.
Los guardias, al verla caminar, bajaron la mirada como quien evita a un animal recién coronado con colmillos nuevos.
Arhelia fue llevada ante el Consejo de Luminar.
Vestía ropas del Este: tela blanca y azul, ceñida al pecho, caída recta.
El cabello atado en una coleta alta, tirante, como si temiera que alguna idea atrevida escapase de su cabeza.
El salón del consejo era una caverna domesticada: pilares de roca, faroles suspendidos por cadenas oxidadas, un eco que mordía la voz de todos.
Uno de los ancianos habló primero.
—Arhelia Estigia.
Por la muerte de Eina, se te convoca a rendir cuentas.
La niña inclinó apenas la cabeza.
No por respeto.
Sino porque estaba aburrida.
Otro anciano golpeó la mesa.
—Eres ahora una Semi Nivel 1.
Tu castigo no puede ser igual al de un mortal.
—Entonces no hablen de castigos —respondió ella—.
Hablen de decisiones.
El murmullo se extendió como humo.
El anciano mayor levantó la mano, cansado.
—Tu caso se resolverá con un Duelo de Ley.
No hay otro camino.
Arhelia sonrió, apenas mostrando sus diente Blancos.
—Quién es mi oponente.
Las puertas de piedra se abrieron.
Y el aire cambió.
Entró un joven.
No mayor que dieciséis años.
Ojos severos como los de un águila mirando carroña.
Suficiente músculo para indicar entrenamiento, no orgullo.
Cabello negro, corto, con puntas que parecían afiladas por el viento.
Llevaba ropajes del Este: cuero oscuro reforzado con placas ligeras de metal mate.
Cada pieza marcada con símbolos del Sendero del Alma.
—Mi nombre es Redimir —dijo el joven sin inclinarse—.
Represento a Eina y a su familia.
Arhelia observó su martillo largo, la punta como un colmillo de hierro.
Observó también la sombra que caminaba detrás de él: un gato negro, hecho de pura Ley, cuyos ojos parecían dos brasas apagadas.
—Sendero del Alma —dijo uno de los consejeros—.
Manipulación de cordura.
Su ser de Ley puede dispararse como flecha y detonar al impactar.
—Lindo truco —susurró Arhelia.
Redimir frunció el ceño.
—No vine a impresionar a una asesina.
Ella soltó una carcajada seca, como hueso chocando contra piedra.
El anciano dijo la sentencia —BIEN EL MISMO DÍA — EL MISMO LUGAR DONDE TODO COMENZÓ— El campo de duelo era un círculo abierto entre acantilados.
Allí donde la nieve y la ceniza caían juntas, confundidas en la misma danza triste.
Arhelia llegó con otra vestimenta.
Una tónica de combate del Oeste: capas negras, hombros rígidos, botas ligeras.
Parecía más pequeña dentro de esa ropa, pero también más peligrosa.
La esfera Todo o Nada orbitaba a su lado, lenta, paciente.
Redimir ya la esperaba.
El martillo enterrado en la tierra.
El gato negro sentado sobre la nieve, su sombra demasiado larga para un cuerpo tan pequeño.
Los consejeros dieron un paso atrás.
El viento sopló.
Las nubes se rasgaron un poco.
Y comenzó.
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