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INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 4 —Cuando el Mundo se Inclina
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4: CAPÍTULO 4 —Cuando el Mundo se Inclina 4: CAPÍTULO 4 —Cuando el Mundo se Inclina El viento llegó primero.

Un corte helado bajó desde los acantilados como si la montaña respirara sobre ellos.

La nieve y la ceniza caían sin prisa, mezclándose, hasta que el campo de duelo parecía un cuadro pintado por un dios aburrido de su propia creación.

Arhelia avanzó.

Pequeña.

Delgada.

Pero a su lado orbitaba la esfera Todo o Nada, mitad luz, mitad sombra, como un corazón que hubiese olvidado latir y esperaba instrucciones de su dueña.

Redimir la miró sin palabras.

El martillo entre sus manos era un animal dormido.

Su armadura del Este brillaba con un brillo apagado, como si ya hubiese decidido que morir también era una forma de obediencia.

A su lado, el Gato de Ley flexionaba las patas.

Sus ojos eran dos agujeros que tragaban la realidad.

Los consejeros guardaron silencio.

Arhelia sostuvo el estoque.

Era ligera, recta, elegante.

Hecha para precisión, no para brutalidad.

Hecha para manos entrenadas, no para dedos aún temblorosos por cicatrices internas.

Pero eso era lo que le habían dado.

Y no podía usar la Ley de Luz.

La esfera Todo o Nada flotaba a su lado, lenta, silenciosa.

Observando.

No interviniendo.

Arhelia adoptó su postura: Ambas manos en la empuñadura.

Brazos cruzados por encima de la cabeza.

La punta del estoque apuntando directamente a Redimir.

Postura cerrada.

Defensiva.

Brutalmente honesta.

No para lucirse.

Para sobrevivir.

Redimir estaba frente a ella.

Guarda alta.

El martillo sostenido con ambas manos, apuntando hacia arriba como una promesa de aplastamiento.

El Gato de Ley se sentó a su lado, inmóvil, expectante.

Redimir habló por fin: —Por Eina.

Arhelia escupió saliva como burla sobre el suelo: —Entonces ven a buscar lo que crees que mereces.

Redimir cerró los ojos.

Suspiró largo.

No por miedo.

Por control.

El viento pasó entre ambos.

Todo comenzó en un instante.

De repente, Redimir abrió los ojos.

El Gato se impulsó con un destello en el suelo, rompiéndolo en perdigones y cortando la nieve y la ceniza con una línea oscura.

Arhelia abrió los ojos de par en par.

Pero reaccionó rápidamente.

Su sombra se agitó como un ser vivo, moviéndose y creando un muro negro, denso y vibrante, como carne viva.

La Ley Oscura respondió a su voluntad con una velocidad que ni ella misma comprendía.

Pero no hubo impacto.

La nieve le caía encima, lenta, indiferente.

—Eh —dijo, confundida.

Escuchó pasos acercándose, giró la cabeza y lo vio.

Esos ojos de cazador.

Sus botas resbalaban sobre nieve y ceniza.

El martillo descansaba en una mano; la otra se escondía, como se oculta una mentira.

Entendió que el Gato era una distracción.

Pero era tarde.

Los ojos de Redimir cambiaron.

Felinos, dorados, como brasas que atravesaban el alma.

La sensación que vino no fue dolor, sino desorientación absoluta.

El mundo se inclinó, el cielo giró, y la cordura se quebró como un cristal fino.

Las distancias mintieron; el suelo traicionó cada paso.

La daga surgió desde la parte trasera de su fajín, veloz como un pensamiento que no se piensa.

No hubo tiempo de esquivar, retroceder, ni siquiera de comprender.

El antebrazo se alzó en defensa, pero la hoja atravesó carne y hueso, saboreando cada instante, dejando un reguero de sangre caliente y espesa.

La punta rozó la mejilla, un recordatorio cruel de su fragilidad humana.

Un relámpago de dolor le arrancó un gemido: un sonido que no provenía de su garganta, sino de la tierra misma, un lamento primigenio, nacido del dolor puro, imposible de ignorar.

Las sombras, desesperadas por protegerla, se agitaron nuevamente, pero ya no había defensa posible.

El Gato de Ley cayó como un meteorito, golpeando su espalda con la violencia de un sol asesino.

Explotó en llamas de Ley.

Todo se iluminó: la nieve se derritió, su espalda se encendió, y las espectadoras sintieron el fuego más allá de la grada, cubriéndose los ojos y sudando.

Arhelia salió disparada como una muñeca rota, rebotando contra la piedra, rodando, saltando involuntariamente hasta detenerse cerca del borde del escenario.

Su cabeza no sentía el piso, sino viento y vacío.

El aire escapó de sus pulmones en un gruñido ahogado.

Dolor.

Pesadez.

Falta de aire.

No sentía la daga clavada en su brazo.

No sentía la espalda quemándose.

Solo olía carne chamuscada.

Los espectadores vieron humo negro saliendo de su espalda.

Arhelia escuchaba sus músculos gritar en agonía.

Y aun así, con la piel quemada, la carne abollada y los huesos reclamando piedad, su mano sostuvo el estoque.

La voluntad, como un hierro forjado en mil pruebas, se negó a ceder.

No murió.

Ni siquiera hubo tiempo para descansar.

El cuerpo giró entero, obedeciendo a un instinto más antiguo que el pensamiento.

El martillo cayó donde el cráneo había estado un latido antes.

El impacto abrió la piedra como si fuera carne cansada.

El suelo gimió.

Un fragmento del escenario se alzó como una ola petrificada, suspendida un instante en el aire antes de volver a caer con el peso de una sentencia.

Redimir no se detuvo.

Otro martillazo descendió, cargado de intención, de odio antiguo, de una fe torcida que no conoce el perdón.

Aún rodando, aún con el mundo desarmado dentro de su cabeza, la Ley fue llamada.

El piso respondió.

Tentáculos de sombra estallaron desde las entrañas de la tierra.

Negros, gruesos, húmedos.

Se dispararon como lanzas vivas, hambrientas, conscientes, atravesando el cuerpo que avanzaba sin miedo.

Emergieron por su espalda.

El martillo cayó de rodillas.

La sangre brotó.

Un vómito espeso, rojo, caliente, cayó sobre la nieve como una confesión involuntaria.

Quedó empalado.

Y aun así, no cayó.

Los dientes se apretaron hasta crujir.

Una mano libre atrapó un tentáculo que buscaba el corazón y lo detuvo a centímetros de la verdad final.

La sombra chilló al ser sujetada.

La carne gritó al ser atravesada.

Chorros de sangre escaparon de las perforaciones, pintando el suelo con una blasfemia viva.

Dolor auténtico.

Dolor animal.

Pero no cayó.

Tambaleante, alzó el martillo con una sola mano hacia el cielo indiferente y gritó.

No fue un grito humano.

Fue el bramido de algo herido que se niega a morir.

Un águila rota.

Un rugido que desgarró el aire.

El martillo descendió.

Aplastó los tentáculos que lo atravesaban, triturándolos contra el suelo, deshaciendo púas de sombra en convulsiones negras.

La oscuridad jadeó, retrocedió, gruñó como un animal herido, mientras la mandíbula se apretaba hasta sangrar.

Entonces miró a Arhelia, que apenas estaba a punto de levantarse por completo.

Los ojos dorados, felinos, infectados por la sed de sangre, volvieron a clavarse en su mente.

Y atacó.

La cordura se dobló como metal caliente.

El intento de incorporarse falló.

Las rodillas tocaron la nieve.

La orientación murió.

Las distancias volvieron a mentir.

Los tentáculos erraron.

La sombra vaciló, confundida, traicionada por el temblor interno.

Una sombra la cubrió.

No la suya.

El martillo cayó sobre la clavícula.

El sonido fue un crujido seco, definitivo, como una rama vieja partiéndose en invierno.

El cuerpo rodó sobre la nieve, dejando un surco rojo, una cicatriz abierta en el escenario.

La esfera intentó cubrirla, desesperada, vibrante, como un corazón externo.

Pero fue golpeada de costado.

Chocó contra el piso y tembló, resonando como si algo en su interior quisiera escapar, gritar, romper el mundo.

El estoque se alzó, tambaleante, apuntando a Redimir como desafío; como muro para que no se acercara.

Arhelia se levantó a medias.

Sus ojos —uno noche, uno amanecer— ardían.

—Maldición… —susurró, la voz rota—.

Me vas a quebrar todos los huesos.

—¡Eso es justicia!

—Eso es obsesión —escupió ella—.

Y apestas a miedo.

Se levantó.

No limpia.

No firme.

Se levantó porque no había otra opción.

El mundo no ofrecía refugio, y la rendición no existía.

Arrancó la daga de su antebrazo con los dientes.

Carne, hueso y dolor estallaron en un grito que no fue humano: fue el rugido de la voluntad misma.

Apretó los dientes.

Los ojos temblaban, chispeantes, y un gemido se arrastró por su garganta.

Con la misma mano que sostenía su dolor, atajó la daga y alzó el estoque.

Dobles armas.

Dobles condenas.

Cuando atajó con los brazos heridos, un hormigueo voraz recorrió los miembros.

Cada fibra ardía, cada músculo gritaba, y la sangre brotaba como serpientes, goteando sobre la nieve, la ceniza, la tierra rota.

Cada gota contaba un latido, un desafío, un juramento silencioso: no caeré.

Mira a Redimir.

—Eres interesante —dice, jadeante—.

Si esto continúa… puede que… que seamos amigos, jeje.

La risa es un filo, una locura tangible.

La sonrisa ensangrentada deja ver dientes afilados, blancos y sangrientos.

La nieve cae, lenta, empapando a ambos combatientes, mezclando rojo, blanco y gris.

En sus ojos hay desafío, cálculo, hambre de muerte.

Alguien va a morir.

Y entonces comienza la danza.

Avanzaron entre estoque y martillo, cuerpos y armas girando como tempestad.

Metal contra metal, choque que retumba como trompetas del fin del mundo.

Justicia y soberbia, rabia y técnica, cada golpe un poema de violencia.

Se olvidaron de todo.

Solo existía la sed de sangre, la vorágine de dolor y destrucción.

Golpes, cortes, estocadas, patadas, desgarros: el suelo se tiñó de rojo, la ceniza se mezcló con sudor y hueso.

Cada respiración era un suplicio, cada movimiento un grito de desafío.

Arhelia, empapada en sudor y sangre, apenas podía respirar.

Su espalda ardía, destrozada.

Sus ojos seguían cada movimiento, buscando la mínima abertura.

Cada músculo dolía, cada hueso pedía piedad, pero la piedad había muerto.

Solo existía concentración, voluntad, terquedad absoluta.

El dolor la castigó.

Una pierna fue cortada, tambaleó, retrocedió.

Pero sus ojos brillaban con algo que no era esperanza: era un plan, una estrategia nacida de la sangre y la desesperación.

Redimir era un águila herida y mortal.

Sudor, sangre, nieve y ceniza cubrían su rostro.

Cada martillazo era un poema de rabia.

Cada respiración, un suplicio de fuego.

La cara de piedra, los ojos negros quietos como la noche eterna.

Cada músculo gritaba.

El aire parecía más denso, más oscuro, y cualquiera que lo mirara sabría que la paciencia había desaparecido.

Entonces, Todo o Nada se incorporó.

El Gato se materializó.

La guerra se multiplicó.

Redimir avanzaba con experiencia.

Torcía percepciones, lanzaba al Gato como proyectil, retirándolo, disparándolo de nuevo.

Arhelia bloqueaba con sombras, acero y dientes apretados.

Muros para el Gato, púas de sombra para Redimir.

El martillo cortó un tendón.

La mano se abrió.

El estoque cayó.

El entumecimiento la traicionó.

Retrocedió, atajando con la mano ensangrentada.

Esquivó por centímetros.

El sudor le cegaba los ojos.

Alzó un muro justo cuando el martillo descendía.

Aprovechó.

Se lanzó hacia su arma.

Redimir se adelantó.

La embistió.

Arhelia cayó al suelo.

Alzó los brazos para protegerse.

El martillo descendió sobre su frente.

Un mundo blanco la envolvió.

El brazo destrozado.

La cabeza golpeó la piedra.

La sangre cubrió sus ojos.

Mareo absoluto.

Entonces… Todo o Nada reaccionó.

Un rayo de luz surgió de la esfera.

Instinto puro, no obediencia.

Rozó el cuello de Redimir.

La carne se abrió.

La sangre brotó a chorros.

Redimir retrocedió, mano sobre el cuello, respiración convertida en gorgoteo.

Arhelia se levantó.

Tambaleante.

Rota.

Usó su daga y la clavó en el muslo de Redimir.

Ambos cayeron, rodando, golpeando piedra y nieve.

Codos, puños, dientes: brutalidad pura.

Mientras rodaban en la nieve sucia, Arhelia levantó muros para mantener al Gato fuera.

Se separaron.

De pie otra vez.

Arhelia estaba peor que nunca: cara morada, sangrando por todas partes, respiración rota, cada inhalación un cuchillo atravesándole los pulmones.

Cada músculo temblaba, cada hueso dolía como si estuvieran siendo partidos de nuevo.

Pelearon otra vez.

La nieve y la ceniza giraban a su alrededor como un océano de espectros.

Cada golpe era un terremoto.

Cada chispazo de acero o martillo, un rayo arrancado de los cielos.

Redimir encontró una abertura.

El martillo descendió directo hacia la cabeza de Arhelia, pesado, implacable, un pedazo de cielo que quería aplastarla, borrarla.

Y entonces… sonrió.

Sonrió con soberbia, con locura contenida, con la fuerza que solo el dolor más absoluto puede forjar.

El martillo se detuvo a centímetros de su frente, como si el mundo mismo hubiera decidido inclinarse a su favor.

Redimir quedó inmóvil.

La sangre lo había vencido.

No la voluntad, no la fuerza… sino la pura, fría y absoluta devastación de su propio cuerpo.

Cayó al suelo, pesado, derrotado, como un dios que había olvidado su poder.

Arhelia cayó de rodillas, tambaleante, rota, bañada en sangre y sudor.

Levantó una mano al cielo iluminado, y el sol, la nieve y la ceniza parecieron inclinarse hacia ella, como si el mismo mundo reconociera la victoria.

Era un gesto pequeño, frágil y al mismo tiempo titánico.

Una declaración silenciosa: había sobrevivido.

Y entonces… se desmayó.

El campo quedó en silencio.

No un silencio común: un silencio que aplastaba el aire, que congelaba la sangre, que hacía temblar los corazones.

El mundo había sido testigo de algo que iba más allá de la vida, más allá de la muerte.

Arhelia había ganado el Duelo de Ley.

El mundo tomó nota.

Y nadie… nadie volvió a mirar la Ley, ni la guerra, ni la vida, de la misma manera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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