INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 5
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Capítulo 5: CAPÍTULO 5 — Hielo que Guarda Fuego
El humo negro del combate aún flotaba sobre el campo, espeso, reacio a disiparse.
La nieve y la ceniza se mezclaban con la sangre endurecida, formando un mosaico irregular que parecía negar cualquier noción de pureza. Bajo ese cielo gris, los médicos del Consejo avanzaban con pasos medidos, como si un movimiento en falso pudiera despertar nuevamente la violencia. Cargaban los cuerpos inconscientes de los duelistas: Arhelia, pequeña, doblada sobre sí misma, apenas sostenida por las camillas; y Redimir, enorme, con los músculos todavía tensos, como si incluso dormido su cuerpo se negara a aceptar la derrota.
Los ancianos del Consejo permanecieron en silencio.
No era un silencio solemne. Era uno incómodo, denso, de esos que obligan a pensar antes de hablar.
Uno de ellos rompió la quietud, tamborileando con los dedos contra el brazo ennegrecido de su trono.
—La voluntad de la niña… —murmuró—. Ningún Semi Nivel 1 debería haber resistido algo así.
—Ni siquiera intentó imponerse —replicó otro, con la barba blanca aún cubierta de escarcha—. Permitió cada golpe.
Un tercero, de ojos afilados y voz seca, negó lentamente.
—No. Los aceptó.
Las miradas se cruzaron, duras, evaluadoras. No solo se discutía fuerza, se discutía utilidad.
—Cada herida fue un cálculo —continuó el anciano de barba escarchada—. Sangró al oponente, lo obligó a gastar su cuerpo, a confiar en su ventaja. Defendió… hasta que el peso de los errores ajenos hizo el resto.
Un discípulo joven, pálido, con las manos todavía temblorosas, reunió valor para hablar:
—¿Entonces… todo ese sufrimiento…?
El anciano más antiguo respondió sin mirarlo:
—Fue el precio. Y lo pagó sin vacilar.
—Pero… —intervino un consejero de voz grave—. ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? Esto no es solo un duelo. Es un ejército de un solo individuo. Una máquina de obediencia que no teme, que calcula, que sobrevive.
Algunos asentían con ojos brillantes. Otros fruncían el ceño.
—Si pudiéramos crear más como ella —dijo uno, con voz casi secreta—. Imagine lo que podríamos lograr. Tropas capaces de resistir cualquier entrenamiento, cualquier tortura, cualquier orden… soldados perfectos.
—Soldados —replicó otro, cortante—. O monstruos. La línea es delgada. —Sus dedos tamborilearon sobre la mesa de piedra—. No estamos hablando de utilidades abstractas: hablamos de personas moldeadas para la guerra, la política… para ser un arma de la que nadie puede escapar.
—¿Y qué pasa con la herencia? —intervino un consejero más joven, señalando la figura de Arhelia—. Su abuelo fue un cultivador demoníaco. Muchos la verán como un regreso a aquello que juramos contener. Algunos lo llamarán blasfemia. Otros, una oportunidad.
—Oportunidad —murmuró un anciano con voz lenta y pesada—. Eso es lo que los gobernantes piensan. Los ejércitos del sur, los clanes del norte, las ciudades del centro… todos querrán poseerla como un peón. No por ella, sino por lo que representa: poder, obediencia, resultados.
—Sí, y los beneficios son claros —dijo otro—. Control territorial, defensa impenetrable, prestigio. Incluso la economía puede inclinarse a favor de quienes la dominen. Es un arma, un recurso estratégico.
Pero hubo quienes miraron con horror, con dedos temblorosos sobre los bastones, como si tocar la idea misma fuera una herejía.
—¿Y que pasara? —preguntó uno, con voz quebrada—. ¿Qué nos queda de eso si convertimos a niños en instrumentos de guerra? Esto… esto es blasfemia.
El murmullo se extendió por la sala como un viento helado. Se discutía si su existencia debía celebrarse, explotarse, condenarse… o esconderse.
Desde el borde del campo, los padres de Arhelia observaban sin moverse. El corazón les golpeaba el pecho con una violencia que nada tenía que envidiar al duelo recién terminado.
—Mi hija… —la voz de Sátira se quebró, fina como vidrio bajo presión—. No debería haber sobrevivido a algo así.
Grissfor ajustó sus guantes, inhalando despacio.
—Su cuerpo está destrozado —admitió—. Pero su mente… no cedió ni un instante.
A poca distancia, los padres de Eina intercambiaron miradas silenciosas. La muerte de su hija había encendido esta prueba, esta venganza. Y ahora el resultado yacía frente a ellos, incómodo y definitivo.
—Míralo —dijo León en voz baja, señalando a Redimir—. Casi lo mata.
Su esposa apretó los dientes.
—Pero no lo hizo. Y sigue respirando. La niña también.
Los padres de Arhelia dieron un paso al frente.
—Sobrevivir es una victoria —dijo Grissfor—. En un Duelo de Ley, eso basta.
—No lo simplifiques —replicó la madre de Eina, con los ojos húmedos y duros a la vez—. Redimir fue entrenado para destruir. Si no hubiera sido por el desgaste acumulado… esto habría sido una masacre.
Sátira cruzó los brazos, conteniendo el temblor.
—¿Entonces discutimos quién merecía romperse primero? —preguntó—. Porque Arhelia sabía exactamente a qué se enfrentaba.
Los médicos continuaron su trabajo sin intervenir. Los carros se alejaban lentamente, llevándose cuerpos, sangre… y rumores.
—Esto no termina aquí —dijo León, con una ira contenida que vibraba bajo cada palabra—. La justicia por Eina sigue en pie.
Los ancianos del Consejo se miraron entre sí. Comprendían que lo ocurrido no había sido solo un combate. Cada decisión, cada golpe permitido, había alterado equilibrios más profundos.
—¿Entonces quién ganó? —susurró un discípulo.
El anciano más antiguo y con un rostro de mucha experiencia y sabiduría no dijo nada, sonrió, señaló con el dedo al escenario.
El sol descendía, tiñendo de rojo y oro la nieve ensangrentada. El duelo había terminado.
Pero algo mucho más peligroso acababa de comenzar.
Desde un rincón sombrío, un joven de ojos carmesí observaba. Su postura era rígida, su expresión imperturbable. No intervenía, no opinaba… solo evaluaba, midiendo cada gesto, cada palabra, cada sombra. Y él sin decir nada, sabía que algo se movía más allá de los límites permitidos.
— — —
Cuatro semanas después, el campo de batalla era apenas un recuerdo.
Uno que seguía vivo dentro de su cuerpo.
Arhelia despertó con un alarido ahogado.
Intentó incorporarse.
No pudo.
El intento fue castigado de inmediato: un dolor brutal le atravesó la espalda como si le hubieran incrustado hierro al rojo vivo directamente en la columna. Sus músculos reaccionaron tarde, mal, retorciéndose en espasmos desordenados, como si ya no recordaran cómo obedecer.
—¡Ah…! ¡No… no…! —jadeó, con la voz rota—. ¡No puedo moverme…!
El simple acto de respirar hacía que algo ardiera bajo su piel. No era una herida abierta. Era peor. Una quemadura profunda, interna, como si su espalda hubiese sido raspada contra fuego lento durante horas.
Intentó cerrar los puños.
Sus dedos apenas temblaron.
—¡Maldita sea…! —gritó, ahora sin contención—. ¡Duele! ¡Duele demasiado…!
Las sábanas se empaparon cuando su cuerpo volvió a sacudirse. Cada músculo protestaba, desgarrado más allá del agotamiento. No había gloria. No había claridad. Solo dolor acumulado, reclamando su precio con intereses.
—Fue… fue una estupidez… —sollozó entre dientes—. ¿En qué estaba pensando…?
Por un instante —uno solo— se arrepintió.
No del combate.
De haber permitido tanto.
De haber llevado su cuerpo más allá del punto donde incluso la voluntad podía sostenerlo.
—No… no quería que doliera así… —susurró, con la voz quebrada—. No así…
Una enfermera retrocedió, pálida.
—No puede seguir gritando —murmuró—. Su espalda… los canales… están en carne viva.
—No son heridas normales —respondió la otra—. Es como si su cuerpo se hubiera quemado desde dentro.
Arhelia siguió maldiciendo: al techo, a la cama, a su propia decisión. Cada palabra era una expulsión de dolor, no un acto de valentía. Media hora después, exhausta, dejó de luchar.
No porque el dolor se hubiera ido.
Sino porque ya no tenía fuerzas para gritarle.
—Todavía… —susurró— …arde…
Entonces los vio.
Sus padres estaban allí.
Quietos. Demasiado quietos.
—Pa… papá… —dijo con dificultad—. ¿Valió… la pena?
Silencio.
Uno pesado.
—Sí —respondió Grissfor al fin—. Pero casi te cuesta todo.
Sátira no habló. Solo tomó la mano de su hija con cuidado, como si temiera romperla.
Arhelia cerró los ojos. Una lágrima resbaló, silenciosa.
—Entonces… —murmuró— …aprendí dónde está el límite.
Una pausa.
—Y la próxima vez… no lo cruzaré tan fácil.
El dolor seguía allí.
Quemando.
Recordándole que había ganado.
Pero que su cuerpo no olvidaría el precio.
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