INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 8
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Capítulo 8: CAPÍTULO 8 — La Danza que la Ley No Enseña
Otro mes entero había pasado.
Las heridas de Arhelia ya no dictaban su paso. Caminaba sin bastón, con el cuerpo aún marcado, pero obediente. La fortaleza Estigia había regresado a su rutina de hierro, disciplina y silencios prolongados.
Pero Arhelia no.
Ella no regresaba a nada.
Esa noche danzaba.
Sola.
Sobre una plataforma circular elevada por tres columnas negras. Cientos de velas ardían a su alrededor, derramando lágrimas de cera que parecían huesos derritiéndose. El incienso espesaba el aire con un perfume antiguo, a templo olvidado y a pecado recién pronunciado.
La música no provenía de ningún lugar real.
Flautas de jade y tambores lentos sostenían una melodía que no buscaba agradar. Le hablaba.
Le hablaba de lo que la Ley jamás decía en voz alta:
de la locura, de la mentira, de los demonios que susurran desde adentro, del honor y la muerte caminando juntos como hermanos enfermos.
Arhelia giraba.
Vendajes sucios cubrían sus manos y su torso, marcados por heridas que no deberían haber cerrado tan rápido. Vestía la túnica ritual de las monjas del sur: tela blanca, leve, casi flotante, sostenida sobre su delgadez como si la propia tela temiera dañarla.
Sus pies golpeaban la madera con la precisión de quien baila para no morir.
La esfera Todo o Nada orbitaba a su alrededor en círculos lentos.
Como un espíritu que hubiese decidido quedarse a mirar.
— — —
La mañana entró como una cuchilla.
La luz atravesó las ventanas altas cuando Arhelia, sentada sobre el alféizar, limpiaba restos de cera seca de sus dedos. El silencio del amanecer era frágil, como si el mundo dudara antes de volver a hablar.
Lada estaba allí.
Apoyada contra la pared, con una taza humeante entre las manos, observándola sin interrumpir.
—Sigues bailando como si el mundo fuera a romperse si paras —dijo al fin, con su acento arrastrado—. No es bueno, da.
—El mundo ya está roto —respondió Arhelia sin mirarla—. Solo estoy aprendiendo el ritmo.
Lada resopló.
—Te van a matar si sigues así.
—Que lo intenten.
Lada dejó la taza, se acercó y la abrazó sin aviso.
Un abrazo breve. Firme.
—Ve con tu tutor —dijo al separarse—. No llegues tarde o te arrancarán las piernas.
—Que lo intenten —repitió Arhelia, esta vez sonriendo.
Se despidieron sin dramatismo.
Como quien sabe que habrá otras despedidas peores.
— — —
El patio exterior estaba vacío.
Arhelia esperaba encontrar a un maestro viejo, amargado, cargado de historias inútiles.
Encontró a un niño.
Un niño que la miraba como si el mundo le hubiera arrebatado algo que jamás podría recuperar.
Kael del Luto Carmesí.
Semi Nivel 1.
Camino de Ley: Leyes.
El Objeto de Ley pendía a su espalda: el Sable del Carnicero de la Ley, envuelto en telas que se movían solas, como si respiraran.
Vestía ropas del norte: capas largas, cuero endurecido, detalles de piel negra.
Arhelia lo observó en silencio.
—Tú no eres un tutor —dijo.
—Y tú no eres una alumna —respondió él.
La esfera orbitó un poco más rápido.
El sable vibró bajo las telas.
Se reconocieron.
No con palabras.
Sino con esa mirada muda de quienes saben que el mundo no los quiere…
pero tampoco sabe cómo detenerlos.
El sol golpeaba el patio con suavidad, pero la mirada de Arhelia era más afilada que cualquier sombra.
—¿Quién te dijo que podías estar aquí? —preguntó, cruzando los brazos, con una sonrisa apenas perceptible, mitad burla, mitad desafío.
Kael bajó la mirada un instante, luego la levantó despacio.
—Nadie. —Su voz era tranquila, pero apenas un hilo—. Supongo… que nadie dijo que no podía.
Arhelia arqueó una ceja y dio un paso hacia él, lo justo para que sintiera su presencia.
—Supongo que eso te convierte en… valiente… o estúpido. —Se inclinó, como examinando al niño extraño frente a ella—. ¿Cuál eres?
Kael titubeó, jugueteando con la tela del sable.
—No… sé… —dijo, apenas, luego levantó la vista con un destello de picardía inocente—. Pero puedo aprender rápido.
—Ja. —Arhelia soltó una risita corta—. Eso lo dices todo el tiempo, ¿verdad? Aprender rápido… Los niños siempre dicen eso. Yo… aprendo más lento, pero muero mejor.
Kael la observó, sorprendida y divertido al mismo tiempo.
—¿Mueres… mejor? —preguntó con cuidado, como si fuera un acertijo—. Eso suena… importante.
Arhelia se acercó un paso más, bajando la voz.
—Importante o no, depende de a quién le preguntes. —Luego se alejó un poco, cruzando los brazos—. Tú… ¿sabes a quién le importas?
Kael bajó la mirada, se sonrojó levemente, y susurró:
—Supongo… que todavía estoy descubriéndolo.
—Bueno —dijo ella con una sonrisa fría y juguetona—. Eso hace que hoy sea interesante. No me gustan los días aburridos.
Kael parpadeó, y luego una pequeña sonrisa se escapó, tímida, pura.
—Yo… tampoco.
Arhelia dio un giro sobre sus pies, la túnica flotando apenas.
—Entonces… enseñémonos algo. Pero no prometo ser amable. —Sus ojos brillaron con curiosidad y desafío.
Kael inclinó la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo su voz sonó firme.
—Yo… tampoco.
Un silencio. Solo el viento jugando entre los árboles blancos.
—Bien —dijo Arhelia finalmente—. Entonces empecemos… como quienes no se conocen, pero ya se reconocen.
Kael asintió, un brillo de emoción y nerviosismo en la mirada.
—Como quienes no se conocen… pero quieren ver qué puede pasar.
Arhelia sonrió por dentro. Pequeño. Perfecto.
—Vamos —dijo Kael.
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