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INSANITY HEAVEN: La hipocresía Absoluta. - Capítulo 9

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Capítulo 9: Capítulo 9— Siete Garras y Ningún Juicio

Fueron llevados más allá del territorio de los Luminar, en un carruaje elegante.

Llegaron al bosque de los Susurros.

Las provisiones llegaron envueltas en tela áspera y despedidas cortas.

Pan seco. Carne curada. Frascos de ungüentos amargos.

Y un mapa.

Un mapa viejo, marcado a mano con tinta oscura y notas irregulares, como si quien lo dibujara dudara mientras trazaba el camino. Allí, entre líneas torcidas y símbolos arcaicos, estaba señalado el destino: el lugar donde aguardaba su maestro.

Nadie explicó más.

Porque explicar era una forma lenta de mentir.

El bosque los recibió sin ceremonia.

Era blanco.

No blanco de nieve.

No blanco de ceniza.

Blanco como hueso pulido por el tiempo.

Kael respiró hondo, sintiendo cómo el frío le rozaba los pulmones y le erizaba la piel. El silencio le pesaba, como si el aire contuviera un juicio invisible. Su mano tembló apenas al ajustar el mapa; no era miedo… era respeto.

Arhelia iba al frente, despreocupada. Demasiado.

Pero su corazón latía con un ritmo que intentaba ignorar. Cada árbol, cada hoja reluciente, cada raíz expuesta le hablaba de historia y peligro. Sabía que el bosque no solo los miraba: los juzgaba. Cada paso era una conversación muda entre ella y la tierra.

La túnica azul contrastaba violentamente con el blanco del bosque. Las vendas en sus manos y muñecas vibraban con recuerdos de dolor. Y sobre su hombro, la esfera Todo o Nada orbitaba lentamente, girando como un ojo que no parpadea.

El viento pasó entre ellos como un susurro, arrastrando aroma a resina, piedra húmeda… y algo antiguo que no quería ser recordado.

—El bosque… está tranquilo —dijo Kael, con un hilo de voz que intentaba firmeza.

El silencio respondió primero.

Luego—

—Demasiado —contestó Arhelia, sin mirarlo, pero con el ceño fruncido, percibiendo algo más que calma.

Kael se aclaró la garganta, incómodo.

—Bueno… eh… no creo que haya gran cosa… —añadió, frotándose la nuca—. Digo… no se siente nada raro.

Arhelia no respondió. Su mirada recorrió cada rama, cada raíz, cada sombra que parecía moverse con intención. Sintió un escalofrío recorrerle la columna, un estremecimiento que era miedo y excitación al mismo tiempo.

—Las manos de un espadachín —dijo al fin, señalando una marca profunda en el tronco de un árbol— cuentan su vida.

Kael parpadeó, inseguro.

—¿Qué… qué querés decir?

Arhelia dio un paso adelante, tan cerca que Kael sintió el calor de su respiración. Sus ojos se encontraron y, en ese instante, no hablaron: el bosque les llenaba los sentidos. Cada sonido, cada olor, cada vibración del suelo aumentaba la tensión.

—Tus manos están limpias —murmuró ella—. Pero tus nudillos están rotos.

Kael tragó saliva.

El viento pasó.

Testigo incómodo.

No dijeron nada más.

Subieron a una roca amplia que sobresalía del terreno. Desde allí, un desierto circular se extendía ante ellos. Árboles solitarios resistían en su centro; más allá, el bosque se cerraba de nuevo. Demasiado perfecto. Demasiado limpio.

—Este lugar es un nido —dijo Kael, con un hilo de voz.

—… Parece que atiendes las clases de supervivencia.

—Sí… creo. Gracias.

—No es un cumplido.

—Bueno. Se llama Dhurnak —guardó silencio, recordando algo, y continuó—. Les gusta la tierra. La devoran. La secan.

Arhelia recorrió el círculo con la mirada.

—Está desértico. Si hubiera un Dhurnak activo…

—Habría un altar. Pero no hay ninguno.

Arhelia ladeó la cabeza.

—¿Y qué intentas decir?

Kael soltó una risa breve, nerviosa.

—Que es un nido viejo —se encogió de hombros—. No hay preocupación.

Arhelia le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

Luego sonrió.

—Vamos.

El silencio no desapareció al entrar.

Se volvió más pesado.

El círculo de arena los recibió sin ceremonia.

La arena era gris pálida, fina como polvo de hueso molido. No crujía bajo las botas; absorbía el sonido, lo devoraba. El viento, antes libre entre los árboles blancos, allí dentro se quebraba en corrientes bajas, arrastrando un olor metálico, húmedo, como tierra removida demasiado profundo.

Se pusieron en guardia sin decirlo.

Fue instinto.

Arhelia flexionó apenas las rodillas. La túnica azul dejó de flotar; ahora caía pesada, pegándose al cuerpo. Sus vendas asomaban blancas contra el color muerto del suelo. La esfera Todo o Nada descendió unos centímetros, girando más lento, como si escuchara algo que ellos no podían.

Kael desenfundó el sable solo lo suficiente para liberar el peso del arma. Las telas que lo envolvían se agitaron, tensas, como un animal contenido. Su respiración se volvió rítmica, medida. No miraba el centro del círculo. Miraba el suelo.

Avanzaron en cuclillas.

Cada paso era un acuerdo con la tierra.

Cada movimiento, una negociación silenciosa.

Los árboles del centro parecían más viejos que los del borde. Troncos retorcidos, raíces expuestas como venas negras. No había hojas caídas. No había rastros. Nada moría allí… porque nada terminaba de vivir.

Entonces ocurrió algo.

Pequeño. Breve.

La arena vibró bajo sus plantas, apenas un susurro. Arhelia sintió el impacto subir por los tobillos, recorrer la columna, instalarse detrás de los ojos. No fue miedo lo que sintió. Fue reconocimiento.

La esfera giró un poco más rápido.

Otro temblor.

Más cercano.

Kael apretó la mandíbula.

—¿Lo sientes? —murmuró, sin mirarla.

—Sí.

No dijeron más.

Aceleraron.

Ya no se deslizaban: avanzaban con urgencia controlada, como animales que saben que correr demasiado pronto también es morir. El aire se volvió más caliente. El olor cambió: arcilla húmeda, carne enterrada, algo antiguo respirando desde abajo.

Un tercer temblor.

Esta vez el suelo respondió con un crujido profundo.

—Oye… —empezó Kael.

No terminó.

Una explosión. La arena saltó en todas direcciones, convertida en metralla. Piedras antiguas emergieron despedazando el círculo, lanzadas por una fuerza que no buscaba salir, sino reclamar.

Una garra surgió del suelo.

Gigantesca.

Rugosa.

Cubierta de placas terrosas y grietas por donde escapaba polvo caliente, como aliento contenido durante siglos.

Los dedos se cerraron.

Arhelia reaccionó sin pensar.

La sombra se alzó frente a ella como un muro vivo, espeso, cargado de Ley. No era oscuridad: era ausencia forzada. El Todo o Nada vibró con un zumbido grave.

La garra atravesó el muro.

La sombra se deshizo como humo bajo agua.

—¡Atrás! —gritó Arhelia.

La onda expansiva los alcanzó antes de que pudieran moverse.

El mundo giró.

Salieron despedidos, cuerpos arrojados como muñecos rotos. Cuatro metros de caída no parecían mucho… hasta que el suelo subió a recibirlos. El aire les fue arrancado de los pulmones. La arena se metió en la boca, en los ojos, en los recuerdos.

Arhelia rodó una vez, dos, se detuvo de espaldas. Sintió cómo algo en su costado protestaba con fuego viejo. La esfera orbitó desordenada, recuperando su ritmo con esfuerzo.

Kael cayó de rodillas, clavando una mano en el suelo para no desplomarse. El sable vibraba, ansioso, furioso.

Se incorporaron como pudieron.

El polvo aún caía cuando alzaron la vista.

El monstruo estaba allí.

No tenía forma completa todavía. Parte de su cuerpo seguía enterrado, como si el mundo no hubiese decidido aún permitirle existir del todo. La mano era solo un anticipo. El torso emergía lento, pesado, arrastrando piedras, raíces, restos de un altar antiguo hecho añicos.

Algo se abría y cerraba, inhalando tierra.

Kael apenas respiraba, la adrenalina convulsionando en su estómago. Cada respiración que intentaba tomar dolía, como si el aire mismo se resistiera a entrar.

El miedo no los paralizó.

Los afiló.

Arhelia dio un paso al frente. La sombra volvió a reunirse a su alrededor, más densa, más cauta. El Todo o Nada se estabilizó, girando como un ojo atento.

Se miraron.

No fue una pregunta.

Fue una promesa.

—Esta vez —dijo Arhelia, con voz baja y firme— no bailo sola.

Kael giró la cabeza de golpe. Sus ojos se abrieron como platos y un escalofrío le recorrió la espalda. Sus manos temblaban mientras retrocedía un paso, y un suspiro cortado escapó de sus labios.

—¡Eh!… Es también un devorador de cultivadores. Nadie sobrevive a algo así.

Ella sonrió.

Una sonrisa limpia, pulcra, precisa.

Una sonrisa que ningún humano debería tener.

—Perfecto.

Me gusta empezar el día con algo que realmente merece morir.

El bosque respondió.

Las sombras se abrieron.

El olor a sangre vieja brotó del suelo.

Dhurnak emergió por completo del suelo.

No como una bestia,

sino como un salmo blasfemo hecho carne.

Su cuerpo no tenía piel. Era una masa viva de músculo expuesto y exoesqueleto insectoide: placas negras y terrosas encajadas unas con otras, abrazadas por escamas saurias endurecidas como juramentos antiguos.

Se alzaba más de siete metros, no erguido, sino inclinado hacia adelante, como si el mundo mismo le resultara insuficiente. No caminaba: reclamaba espacio.

Seis garras descomunales brotaban de su torso, distribuidas de forma antinatural. Cada dedo era un tribunal. Cada movimiento, un edicto irrevocable. Las articulaciones crujían con el sonido de roca partiéndose bajo presión eterna.

Su abdomen se enroscaba en una curva serpentina, pesado, hinchado por hambre antigua y secretos prohibidos. Algo se movía allí dentro, lento, paciente, como si digiriera eras enteras.

Las patas que lo sostenían eran cánidas y geométricas, demasiado angulares para ser naturales, clavándose en la tierra con una precisión que devoraba la Ley misma. Donde pisaba, el suelo perdía significado.

El cuello, largo y tensado, sostenía una cabeza de cocodrilo primordial.

La mandíbula se abría en tres secciones imposibles: la superior interminable, afilada no por dientes, sino por intención. No necesitaba morder. Bastaba con cerrarse.

No tenía ojos.

Su atención era un anatema.

Ser percibido por él era ya una sentencia.

Todo su cuerpo estaba teñido de un amarillo marchito, como pergaminos olvidados, como un sol enfermo que jamás debió existir. No brillaba. Advertía.

Caminaba sobre siete extremidades.

Kael apenas respiraba.

Arhelia avanzó como quien entra en una habitación familiar.

La esfera Todo o Nada giró más rápido.

Luz y sombra se afilaron alrededor de ella.

—Veamos, Kael —dijo sin mirar atrás—

si el mundo puede soportar lo que estoy a punto de hacer.

Y avanzó.

Comenzó todo.​

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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