ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 10
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10: Capítulo 9 10: Capítulo 9 (Punto de vista: Haruto – de 10 años) Los primeros meses después de la muerte de Yasuno fue extraño La casa se sentía más grande, más tranquila, aunque nada había cambiado físicamente.
Mamá estaba triste y deprimida de una forma que no sabía cómo esconder.
Se movía despacio por los pasillos, preparaba comidas sin sabor, se quedaba mirando la ventana durante horas con los ojos vacíos.
Yo estaba a su lado.
No sabía cómo consolarla con palabras —, pero me sentaba con ella en el sofá, le tomaba la mano cuando la veía temblar, le preparaba té verde caliente aunque lo dejara enfriar sin tomar.
Le decía cosas cortas: 「Aquí estoy, mamá」 o 「No estás sola」.
Ella me abrazaba fuerte, como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
Y poco a poco… volvió a ser normal.
No la misma de antes —esa mujer sumisa y entregada que caminaba casi desnuda por la casa—, sino una versión más tranquila, más suya.
La rutina cambió porque Yasuno ya no estaba.
No había sonidos nocturnos del cuarto principal.
No había órdenes graves.
Solo nosotros dos, y el silencio que, por primera vez, no era opresivo.
El dinero no fue problema.
El seguro de vida y la jubilación(Seguramente cosa de Kanako) cubrieron todo por ahora.
No teníamos que preocuparnos.
Yo volví a la primaria con un propósito diferente.
Yo no quería que este cuerpo se muriera como el de Yasuno: obeso, descuidado, roto por excesos.
Empecé a entrenar.
Corría por el parque cerca de casa antes de la escuela.
Hacía flexiones y abdominales en mi habitación.
Comía más proteína —huevos, pollo, pescado— y menos dulces.
Mi cuerpo era robusto, endomorfo, tendía a acumular grasa si no me cuidaba, pero no me desanimé.
Solo entrenaba más duro.
Terminé la primaria a los doce años.
Y entonces vino el crecimiento.
Era más alto, más sólido, con hombros que empezaban a ensancharse.
La testosterona llegó como una ola lenta pero implacable.
Mi voz se volvió grave.
El vello apareció en el pecho, las piernas.
Creció músculo donde antes solo había carne blanda.
Este cuerpo… era bueno.
Bendecido, quizás.
Alto, fuerte, con proporciones que empezaban a verse bien.
Ahí abajo… bueno, ahí abajo también creció.
Tal vez era parecido a mi padre después de todo.
Grande, grueso, pesado.
No me avergonzaba.
Solo lo observaba como un dato más: este recipiente que me habían dado era capaz de mucho.
Terminó la primaria y empezó la secundaria inferior (chūgakkō).
Los compañeros eran más hormonales, más estúpidos.
Todo giraba alrededor de aprobación femenina: quién tenía la novia más linda, quién mandaba en el grupo, quién se peleaba por una mirada.
Yo seguía sin querer amigos.
No los necesitaba.
En primer año me uní al club de natación.
El agua me obligaba a mover todo el cuerpo.
Nadaba hasta que los músculos ardían.
Salía más definido.
En Segundo año: club de deportes elegí al azar, Béisbol.
Los batazos, los lanzamientos, las corridas.
Fuerza explosiva.
En Tercer año: como no sabía bien qué elegir, me uní al club de karate.
Ahí aprendí control.
Golpes precisos, katas que repetía hasta que el cuerpo las hacía sin pensar.
Disciplina.
Poder.
Terminé la secundaria inferior a los quince, con buenas calificaciones y un cuerpo que ya no pasaba desapercibido.
Notas altas sin esfuerzo, sin ser el primero.
El entrenamiento constante había hecho su trabajo: hombros anchos, brazos definidos, altura que superaba el promedio.
El tipo endomorfo seguía ahí —si dejaba de entrenar un mes, la grasa volvía—, pero con constancia se convertía en músculo denso.
Las chicas empezaron a buscarme.
Notas en el casillero, miradas prolongadas en los pasillos, invitaciones disfrazadas de “¿querés estudiar juntos?”.
No me interesaban.
Ninguna.
No era timidez.
Era control.
No necesitaba aprobación ni distracciones.
Mi mente seguía siendo la misma: adulta, fría, paciente.
Cuando decidiera probar algo, sería en mis términos.
No antes.
Makoto lo notó.
A veces me miraba cuando me cambiaba la camiseta después de entrenar, pero sus ojos se quedaban un segundo más.
Había orgullo.
Y algo más… algo que no nombraba.
Una tarde, mientras yo hacía flexiones en el living, ella se acercó y me pasó una botella de agua.
—Has cambiado mucho, Haruto… —dijo en voz baja—.
Te pareces… a un hombre.
No respondí.
Solo asentí.
Porque sabía que no era solo físico.
Era el comienzo de algo más.
El cazador que había decidido ser ya no era solo una idea.
Estaba tomando forma.
En este cuerpo bendecido.
En esta casa que ahora era solo nuestra.
_________________________ (Punto de vista: Haruto – 15 años ) Mamá no quería que entrara a la secundaria Superior donde ella había trabajado.
La que tenía a kanako como directora.
La que guardaba todos los recuerdos de Yasumo.
Me dijo que la escuela Shiroyama era mejor: más cerca de casa, mejor reputación académica, ambiente más tranquilo.
No discutí.
Sabía que había razones que no me contaba.
Quizás miedo a que viera algo del pasado.
Quizás a que Hanako me mirara como miraba a los hombres fuertes.
O quizás simplemente no quería que pisara el lugar donde su vida se torció.
Me inscribí sin preguntar más.
Las primeras cinco semanas en la secundaria Shiroyama fueron tranquilos.
Buenas notas.
Entrenamiento después de clases.
No me uní a ningún club.
No sentía la urgencia por el momento.
Los clubes eran excusas para socializar, Yo no buscaba nada de eso.
Un día, durante el recreo, iba al baño de hombres cuando escuché ruidos.
Gemidos ahogados, risas bajas, el sonido de tela rozando piel.
Empujé la puerta y me quedé en el umbral.
Allí estaba ella.
Una gyaru, suponía que era de un año superior.
Pelo largo y revoltoso teñido de rubio artificial —el castaño natural se veía en las raíces—, piel bronceada de salón, uniforme modificado: falda más corta de lo reglamentario, los botones superiores de la camisa desabrochados porque sus pechos grandes, pesados, amenazaban con romperlos si los cerraba.
Sin sostén , los pezones marcados contra la tela fina.
Casi todo el escote estaba a la vista, deliberado.
Dos chicos seguramente de primer año —normales, promedio, de los que intentan hacerse notar— estaban con ella.
Uno le tenía la mano en la cintura, el otro le besaba el cuello.
Ella reía bajito, disfrutando el control.
Me vieron.
Los chicos se pusieron rígidos al instante.
Me conocían por mi “reputación”: el de primer año que entrenaba solo, que no hablaba con nadie, que tenía una mirada que hacía que la gente bajara los ojos.
Ella no me conocía.
Me miró de arriba abajo, sonrió con esa confianza de quien sabe que su cuerpo es moneda de cambio.
—Ara… ¿un primer año nuevo?
—dijo con voz melosa, un poco ronca—.
¿Querés unirte?
Tengo descuento para novatos.
No dije nada.
Solo la miré fijamente.
Profundamente.
Sin pestañear.
Sentí curiosidad.
No deseo inmediato.
Curiosidad por este mundo que seguía mostrándome versiones exageradas de lo femenino.
Su cuerpo era… muy atractivo.
Curvas pronunciadas, piel suave y bronceada, labios carnosos pintados de rosa brillante, pechos que parecían desafiar la gravedad.
Era el tipo de mujer que este mundo parecía producir en serie, pero ella era más cruda, más accesible.
Ella ladeó la cabeza, intrigada por mi silencio.
—¿Qué pasa?
¿Timidez?
Traé dinero la próxima vez y te doy un buen rato.
¿Ok?–.
Los chicos se miraron incómodos, Y yo seguí mirándola.
Dude, pensé en probar.
En ver cómo se sentía este cuerpo bendecido en acción.
En entender si el deseo aquí era tan simple y transaccional como parecía.
Pero no ahora.
Cuando yo decidiera.
—Talvez…….
en otro momento —dije por fin, voz baja y neutra.
Ella rio, se acomodó la camisa como si nada, aunque los botones seguían sueltos.
—Ok, grandote.
Cuando quieras.
Traé dinero y buscame en el tercer piso, baño del fondo– Se fue contoneándose, dejando un rastro de perfume dulce.
El trasero se movía bajo la falda corta, los muslos bronceados brillando bajo la luz fluorescente.
Los dos chicos se quedaron atrás, mirándome con una mezcla de miedo y envidia.
Yo los ignoré.
Solo miré cómo ella se iba.
Tal vez era momento de profundizar un poco este mundo.
Fin del Capítulo 9
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