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ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Capítulo 31 +18
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33: Capítulo 31 (+18) 33: Capítulo 31 (+18) (Punto de vista: Haruto) Los días siguientes siguieron la misma rutina con Kasumi, que disfrutaba.

Ella llegaba puntual, con el Bento la tela azul de estrellas, sonriendo mientras me entregaba la caja.

Comíamos juntos, hablando poco.

No me había percatado o no quise percatarme que ya estábamos en otoño.

Había comenzado a mediados de septiembre, pero ahora ya estaban los últimos días de octubre.El aire era más fresco.Los árboles del patio empezaban a cambiar de color.

El uniforme se sentía más pesado con la chaqueta.

Después del almuerzo con Kasumi, rábanos a punto de ir a un lugar más privado y apareció ella.

Natsuha.

Salió de la nada, como si hubiera estado esperando el momento exacto.

Uniforme impecable, pelo perfectamente peinado, postura recta.

Parecía digna, intocable, como si nada de lo que había pasado detrás del depósito de deportes hubiera existido nunca.

Pero sus ojos la traicionaban.

Brillaban con algo entre furia contenida y desesperación pura.

Se detuvo a unos metros.

Miró a Kasumi de reojo, luego a mí.

—…¿Podemos hablar a solas?

—preguntó con voz baja pero firme.

Kasumi se tensó, pero reconoció la situación: otra chica apareciendo de golpe, pidiendo hablar conmigo a solas.

Me miró con esa mezcla de confusión y alerta que ponía cuando sentía que algo se le escapaba de las manos.

—Está bien.

No hay problema —le dije a Natsuha.

Luego miré a Kasumi y le sonreí apenas.

—Nos vemos en otro momento, ¿sí?

Ella asintió despacio, murmuró un “bueno…” casi inaudible y se quedó mirándonos mientras nos alejábamos por el pasillo.

Sentí sus ojos clavados en mi espalda todo el tiempo.

Natsuha iba delante.

Caminaba rápido, sin mirar atrás.

Me guió directo un rincón apartado: el pasillo trasero del edificio antiguo, donde las luces parpadean y nadie pasa.

El mismo lugar donde había estado con Kyouka varias veces, y con Kasumi algúnas.

Polvo en el aire, olor a madera vieja y a humedad.

Perfecto para conversaciones que no deben escucharse.

Cuando estuvimos solos, se detuvo a unos pasos de distancia.

Cruzó los brazos como si quisiera protegerse.

Pero fue ella quien habló primero.

—¿Qué vas a hacer con la foto?

La miré con cara de no entender nada.

—¿Cuál foto?— yo decía la verdad, había eliminado esa foto Se le endureció la expresión.

—La que tomaste… cuando estaba con ese chico… después de… —Se mordió la lengua a mitad de frase.

Se dio cuenta de que acababa de confesar algo que no tenía que decir en voz alta.

Levanté una ceja, fingiendo curiosidad inocente.

—¿Después de qué?

Desvió la mirada al suelo.

Las mejillas se le encendieron de golpe.

No dijo nada más.

Solo respiraba rápido, como si cada inhalación le costara.

Yo esperé.

Quería ver hasta dónde llegaba sola.

Y llegó lejos.

—¿Qué es lo que quieres de mí?

—preguntó de pronto, con voz temblorosa pero decidida—.

¿Exponerme?

¿Humillarme delante de todos?

¿O… quieres mi cuerpo?

¿Que sea tu esclava?

¿Que satisfaga todos tus deseos pervertidos?.

Las palabras salieron atropelladas, como si las hubiera estado repitiendo en su cabeza durante días.

Me sorprendió.

No esperaba que se ofreciera tan rápido.

Tan directo.

Pero al mismo tiempo… confirmaba exactamente lo que había sospechado desde que la vi subir por las escaleras con Masaru.

Esta chica era una pervertida por dentro.

Lo reprimía con todas sus fuerzas, se odiaba por ello, pero estaba ahí.

Y ahora, acorralada por un miedo que yo había inventado, lo dejaba salir todo de golpe.

Le pregunté, sin cambiar el tono.

—¿Tienes novio?

Se congeló.

Los ojos se le abrieron grandes.

No respondió.

El silencio fue más elocuente que cualquier palabra.

—¿El chico rubio es tu novio?— Continué, mirándola fijamente.

—Seguramente no lo es —, terminé yo, bajando la voz.

Sus piernas temblaron visiblemente.

Y entonces… cayó.

De rodillas.

No sé si fue por la presión psicológica o si su cuerpo simplemente decidió rendirse.

Pero ahí estaba: de rodillas delante de mí, mirando al suelo, con las manos apretadas en puños sobre sus muslos.

—Por favor… —murmuró—.

No le digas nada a nadie….

Si borras la foto… yo..

seré tuya.

Lo dijo así.

Directo.

Sin rodeos.

Como si ya hubiera aceptado el precio.

Me quedé mirándola desde arriba.

La falda plisada un poco levantada por la postura, las medias negras tensas sobre sus rodillas, el pecho subiendo y bajando rápido bajo la blusa.

Y sentí cómo mi cuerpo reaccionaba al instante.

No pude evitarlo, Esto vista era excitante.

La sensación de dominación era demasiado fuerte: ella ahí abajo, vulnerable, ofreciéndose; yo aquí arriba, controlando todo sin haber movido un dedo.

Ella lo notó.

Sus ojos subieron despacio hasta mi entrepierna.

Se le escapó un pequeño jadeo ahogado cuando vio el bulto evidente en mis pantalones.

Se sorprendió.

Pero no apartó la mirada.

Al contrario… se quedó ahí, fija.

Y en ese momento supe que la situación iba a escalar.

Rápido.

Muy rápido.

Di un paso hacia ella.

Quedamos a centímetros.

Podía oler su perfume suave mezclado con el sudor nervioso de su piel.

Solo la miré.

Y esperé a ver hasta dónde ella llegaba.

Porque ahora ya no era un juego de chantaje falso.

Era real.

Ella lo había hecho real.

Y yo, aunque no me gustaba admitirlo … Está disfrutardolo.

Natsuha seguía de rodillas, con los ojos clavados en mi entrepierna como si estuviera hipnotizada.

Sus labios entreabiertos, la respiración pesada, las mejillas encendidas… todo gritaba que su mente ya había cruzado la línea que tanto intentaba defender.

Ella, asumiendo que ya había aceptado el “pago”, levantó una mano temblorosa hacia mi pantalón.

Sus dedos eran delicados, suaves, casi tímidos.

Rozaron la tela sobre mi erección con una lentitud, yo estaba acostumbrado con estimulaciónes más fuertes Pero aquí era diferente.

Aquí era… tortura deliciosa.

Solo el roce ligero de su palma ya me hizo apretar los dientes para no gemir en voz alta.

Aguanté lo que pude.

Pero mi control tiene límites, y ella los estaba rebasando sin siquiera intentarlo.

La agarré de la muñeca suave pero firme y la levanté de un tirón pero sin violencia.

Su cuerpo chocó contra el mío.

Sentí sus pechos pesados aplastarse contra mi torso, su calor corporal traspasando la ropa, su aliento entrecortado contra mi cuello.

Era más baja que yo; su cabeza apenas me llegaba al hombro.

Perfecto para inclinarme y devorarla.

No fui directo al grano, era como con Kasumi la primera vez.

Me gustaba explorar.

Desarmar.

Mis manos bajaron a su trasero, lo amasé con fuerza por encima de la falda, sintiendo cómo se tensaba y se relajaba bajo mis dedos.

Al mismo tiempo, invadí su boca con un beso francés profundo, sucio.

Mi lengua se enredó con la suya; ella jadeaba directamente dentro de mi boca, pequeños gemidos ahogados que vibraban contra mis labios.

La empujé sin soltarla hasta que su espalda chocó contra la pared fría.

Quedó atrapada entre la pared y yo.

Rompió el beso solo para tomar aire; yo bajé inmediatamente a su cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel.

Sabía a vergüenza y a deseo mezclado.

Mis manos abandonaron su culo y subieron a sus pechos.

Eran grandes, pesados, no cabían del todo en mis palmas.

Desabroché los botones restantes de su blusa con dedos impacientes.

El sostén blanco de encaje apareció; los pezones ya estaban duros, marcándose como picos contra la tela fina.

—Quítatelo —le ordené en voz baja, casi un susurro.

Ella, excitada y avergonzada al mismo tiempo, llevó las manos a la espalda.

El broche cedió.

El sostén cayó.

Sus pechos quedaron libres: areolas grandes, oscuras, de un tono rosado intenso que contrastaba con su piel clara.

Los pezones hinchados, erguidos, pidiendo atención.

Bajé la cabeza y capturé uno con la boca.

Lo lamí despacio al principio, luego lo succioné con fuerza, mordisqueando apenas lo suficiente para hacerla arquear la espalda.

Con la otra mano jugué con el segundo: pellizcos suaves, giros, tirones leves.

Ella intentaba contener los gemidos, mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo rojo, pero era imposible.

Pequeños “ah… ah…” escapaban cada vez que cambiaba de pezón.

Estuve así varios minutos, alternando, hasta que sus rodillas volvieron a flaquear.

Bajé más.

Me arrodillé frente a ella esta vez.

—Subete la falda.

Ella Obedeció.

Sus manos temblorosas levantaron la tela plisada hasta la cintura.

Su ropa interior blancas estaban empapadas; una mancha oscura se extendía por el centro, el aroma dulce y almizclado llenaba el aire entre nosotros.

Se las bajé de un tirón lento, dejándolas caer a sus tobillos.

Ella quedó expuesta: labios hinchados, brillantes de humedad, el clítoris asomando, rojo e hinchado.

Puse una de sus piernas sobre mi hombro.

Mi boca se pegó directamente a su entrada.

Lamí despacio al principio, saboreando.

Luego encontré su clítoris y lo rodeé con la lengua en círculos firmes.

Introduje dos dedos dentro de ella; estaba caliente, apretada, resbaladiza.

Curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía temblar.

Lo encontré rápido.

Ella puso las manos en mi cabeza para no perder el equilibrio, enredando los dedos en mi pelo.

Gemía más alto ahora, sin poder contenerse.

No pasó mucho tiempo.

Su cuerpo se tensó, sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza, y llegó al clímax con un grito ahogado que intentó tapar con la mano.

Arqueó la espalda contra la pared, temblando entera, mientras su interior se contraía alrededor de mis dedos en espasmos largos.

Se quedó jadeando, intentando recuperar el aliento.

Yo no esperé.

Me puse de pie, me bajé la cremallera y liberé mi pene.

Ya estaba duro hasta el punto del dolor, la punta brillante de líquido preseminal.

La alineé sin preámbulos y empujé de una sola embestida.

Ella soltó un “¡Ah…!” sorprendido, seguido de un murmullo casi inaudible: —…más…grande… No necesitaba ir despacio.

No era virgen y estaba empapada.

Entré hasta el fondo y empecé a moverme con fuerza, profundo, sin piedad.

Sus gemidos se volvieron continuos, entrecortados.

La embestí contra la pared, levantándola un poco para que sus piernas se enroscaran en mi cintura.

Cambiamos de posición varias veces: la puse de espaldas, con las manos apoyadas en la pared; después la bajé al suelo y la puse a cuatro patas.

Se corrió tres veces más mientras yo seguía.

Yo aguanté hasta la segunda corrida mía, llenándola por dentro, sintiendo cómo su interior me apretaba con cada espasmo.

Cuando por fin paré, no por cansancio, sino porque el timbre del final estaba a punto de sonar y no podíamos arriesgarnos, me retiré despacio.

Un hilo blanco se escapó de su entrada y bajó por su muslo.

Ella se quedó allí, sentada en el suelo, con la falda arrugada alrededor de la cintura, el pecho subiendo y bajando, los ojos vidriosos.

Me limpié con un pañuelo que llevaba en el bolsillo y le tendí mi celular mientras ella empezaba a recomponerse.

—Toma.

Ella lo agarró con manos temblorosas.

Abrió la galería.

Buscó.

Frunció el ceño.

No había nada.

Me miró confundida, con los ojos muy abiertos.

—¿Y… la foto?

Con la mirada tranquila, casi amable.

—¿Cuál foto?

Se quedó helada.

Lo entendió todo en un segundo.

Mis preguntas no habíainsinuado casi nada.

No había chantajeado.

Ella sola se había ofrecido.

Sola había caído de rodillas.

Sola me había tocado y se había dejado tocar, se había abierto de piernas y me había dejado correrme dentro.

Sus mejillas se pusieron rojas de vergüenza pura.

Pero no dijo nada.

Solo bajó la mirada.

Le quité el teléfono de las manos con calma.

Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la salida del pasillo.

—Pasado mañana —le dije sin mirarla—.

Si quieres seguir… aquí estaré.

Mismo lugar, misma hora.

No esperé respuesta.

Me fui.

Quería verla más seguido.

Pero no podía descuidar a Kasumi.

Las mujeres son sensibles a esas cosas.

Si empezaba a llegar tarde, si dejaba de mirarla con la misma intensidad, si mis manos no la buscaban con la misma hambre… se daría cuenta.

Y no quería perderla.

Equilibrio.

Eso era lo importante ahora.

Fin de Capítulo 31 ¿Que tal el capítulo?

un poco más largo de lo habitual

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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