ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 41
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41: Capítulo 38 41: Capítulo 38 (Punto de vista: Haruto – segundo año) Era el primer día de clases de segundo año amaneció frío y claro, como si abril quisiera recordarme que todo empezaba de nuevo, pero sabía que no iba hacer igual.
Me levanté temprano, me puse el uniforme nuevo, y bajé a la cocina.
Makoto ya estaba ahí, con el delantal puesto sobre su ropa deportiva de gimnasia: pantalones ajustados, camiseta polo blanca con el logo de Nagoya Higashi High School, zapatillas deportivas.
El uniforme le quedaba perfecto… demasiado perfecto.
Los pantalones se ceñían a sus caderas y la camiseta se tensaba sobre sus pechos cada vez que se movía para preparar el bento.
No pude evitar mirarla.
Demasiado tiempo.
Demasiado fijo.
Sentí cómo se me aceleraba el pulso y cómo mi cuerpo reaccionaba sin permiso, como siempre.
Ella levantó la vista y me miró.
Sonrió suave, sin reproche.
—Haruto… ya está listo el bento.
Hoy quizás llegue un poco tarde, ¿sí?
Las clases de orientación de los nuevos estudiantes se extienden.
Pero no te preocupes, volvere lo más rápido posible a casa, ¿de acuerdo?
Asentí, tragando saliva.
—No te preocupes por mí.
Solo cuídate.
Si necesitas algo… cualquier cosa… solo llámame.
Ella asintió, y por un segundo sus ojos brillaron un poco más.
Feliz.
Aliviada.
Como si mis palabras le hubieran quitado un peso invisible.
Se acercó, su puso de puntilla y me dio un beso rápido en la frente, y se fue temprano.
Los mastros tienen que llegar antes.
La puerta se cerró con un clic suave, y el departamento quedó en silencio.
Me quedé ahí un rato, mirando la puerta.
Pensé en ella y en la escuela Nagoya Higashi.
Solo había ido una vez, recordando cuando Kanako me invitó a “ver el campus”.
Recorrimos los pasillos, el gimnasio, los clubes.
Recordé a alguien, en el club de natación, cuando la vi.
Cabello corto hasta los hombros, castaño rojizo, mojado y pegado al cuello.
Traje de baño escolar azul marino que apenas contenía su cuerpo, pechos que empujaban la tela, caderas anchas, curvas que el agua hacía brillar.
Solo la miré desde el lejos, después de eso nunca volví.
La olvidé.
O creí olvidarla.
¿Seguirá ahí?
¿Seguirá en el club?
Quizás más adelante lo averiguaría.
Por ahora, tenía que irme a clases.
De camino a la escuela, los cerezos ya estaban en plena floración; pétalos rosados flotaban por los caminos como nieve suave, se pegaban al uniforme, al pelo de las chicas.
Llegué a Shiroyama justo cuando empezaba el Nyūgakushiki.
El ingreso ceremonial de los nuevos estudiantes.
Yo ya había pasado por eso el año pasado: discursos largos, uniformes impecables, aplausos.
Nosotros tenemos shigyōshiki es la ceremonia de inicio del ciclo escolar para segundo año.
Busqué con la vista entre la multitud.
Kasumi estaba ahí, al fondo con su grupo, sonriendo tímida mientras se ajustaba el lazo del uniforme.
Nuestros ojos se cruzaron un segundo; ella se sonrojó y no saludamos con la mirada, pero vi cómo se mordió el labio.
Natsuha también estaba.
En otra fila más adelante, erguida, seria, con el cabello suelto.
Ella no me miró.
Ni una vez.
El resto del día pasó en piloto automático.
Clases normales, profesores presentando el nuevo curso, rumores sobre quiénes repetían, quiénes habían cambiado de look.
No hablé con nadie, porque no tenía amigos, talvez pueda cambiar eso este año.
Al sonar la campana final, salí directo a casa.
Sin desvíos.
Sin esperas en la azotea.
Sin nadie.
El departamento estaba vacío.
Silencioso.
Nadie me esperaba como antes.
Solo el tictac del reloj y el eco de mis pasos.
Me senté en el sofá, miré el techo.
Sentí el vacío como un puñetazo lento.
Makoto, trabajando.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí solo de verdad.
Una hora después, la puerta se abrió.
—Ya volví —dijo Makoto, quitándose los zapatos en la entrada.
La recibí en el pasillo.
Traía el cabello un poco revuelto por el viento, el uniforme deportivo todavía puesto.
Olía a poco de sudor.
Pero seguía siendo hermosa.
Demasiado.
—Bienvenida —, le dije, y le quité la bolsa de las manos para ayudarla.
Ella sonrió.
—Voy a preparar la cena.
¿Tienes hambre?
Asentí.
No sabía cocinar.
Nunca había tenido que hacerlo.
Siempre había estado ella.
Así que me senté en la mesa de la cocina y la miré mientras trabajaba: cortando verduras, revolviendo el wok, probando la sopa con la cuchara.
Cada movimiento hacía que su camiseta se moviera, no pude evitarlo.
La miré.
Fijamente.
—¿Cómo estuvo tu regreso al trabajo?
—pregunté, para romper el silencio.
Ella se detuvo un segundo, con la espátula en la mano.
—Bastante bien.
Era como recordaba… antes de conocer a Yasuno-sensei.
Se quedó pensativa.
La frase quedó colgando en el aire, pesada.
Vi cómo sus hombros se tensaron, cómo sus ojos se perdieron en algún recuerdo que no quería compartir.
No quería que se hundiera ahí.
No hoy.
—Seguro que los estudiantes te van a querer mucho —dije rápido, sonriendo—.
Eres la mejor profesora que podrían tener.
Ella parpadeó, volvió en sí.
Sonrió débil.
—Gracias, Haruto… eso espero.
Terminó la cena: teriyaki de pollo, arroz, ensalada de repollo, miso.
Comimos en silencio cómodo.
Hablamos poco: de mis clases, de los nuevos alumnos que había visto en el gimnasio, de lo frío que estaba el clima.
Nada profundo.
Nada que tocara las líneas que no debíamos cruzar.
Después, lavamos los platos juntos.
Ella se fue a duchar.
Yo me fui a mi habitación, me tiré en la cama y miré el techo otra vez.
Dieciséis años.
Segundo año.
Un mundo que se abría con nuevas posibilidades… y viejos vacíos.
Makoto salió del baño cambiada , el cabello húmedo cayéndole.
Pasó por mi puerta abierta.
—Buenas noches, Haruto.
Descansa.
—Buenas noches.
Se fue a su habitación.
La luz del pasillo se apagó.
Me quedé despierto un rato más, escuchando el silencio.
Pensando segundo año acababa de empezar.
Y yo ya sentía que iba a ser muy diferente.
.
.
.
La primera semana pasó volando, casi sin darme cuenta.
Todo parecía normal, rutinario.
Makoto salía más temprano que yo cada mañana.
Siempre con su uniforme deportivo, el cabello recogido en una coleta alta, el bolso al hombro.
Pero nunca se iba sin dejarme el bento en la mesa de la cocina: arroz con furikake en forma de corazón, salmón a la plancha, tamagoyaki perfecto, una nota pequeña que decía “¡Ánimo en clases!”.
Kasumi me mandaba mensajes casi todos los días.
Cortos, tiernos, llenos de disculpas: “Lo siento mucho, Haruto… todavía no puedo verte, Pero pronto, ¿sí?.
Quiero que Ayato te conozca de verdad.
Así podemos comer los tres juntos…” Yo le respondía siempre lo mismo: “Tranquila.
Cuando puedas.” No la presionaba.
Sabía que necesitaba tiempo con su primo.
Ese día, después de la clase de gimnasia, me quedé en el vestidor de hombres cambiando.
El sudor todavía me pegaba la camiseta al cuerpo.
El teléfono vibró en el bolsillo del uniforme.
Era un mensaje de LINE de Kyouka.
Hacía meses que no la veía.
No la había buscado desde hace tiempo.
“Haruto, ven rápido a la azotea.
Necesito tu ayuda.
Por favor.
Es urgente.” Raro.
Kyouka nunca pedía ayuda.
Era la que siempre tenía todo bajo control.
Me puse la camisa rápido, me até los zapatos y subí.
El camino a la azotea pasaba por el pasillo del vestidor de chicas.
Justo cuando doblaba la esquina, vi venir un grupo.
Tres chicas al frente, todas castañas pero de tonos distintos: una más clara, casi rubia miel; otra chocolate oscuro; y la del medio, un castaño rojizo claro(parecído a un color naranja).
Hermosas, sin duda.
Cuerpos decentes, uniformes impecables.
La del costado tenía los pechos más grandes entre ellas tres: la blusa se tensaba justo ahí, como si estuviera a punto de reventar un botón.
La del medio Caminaba con la barbilla alta, arrogancia pura, como si el pasillo le perteneciera.
Una reina en miniatura.
Detrás de ellas, a varios pasos, un chico con sobrepeso.
Pelo negro y lentes , hombros caídos, mirada fija en el piso.
Los seguía como un cachorro regañado.
No hablaba.
Solo caminaba.
Peculiar.
No encajaba para nada con ellas.
La del medio(la líder, sin duda) me miró de pasada cuando nos cruzamos.
Nuestros ojos se encontraron un segundo.
Era linda, sí.
Cara fina, labios delicados, expresión de “soy mejor que tú”.
Le devolví la mirada, fría, sin sonreír.
No me detuve, no era mi tipo.
Solo seguí subiendo.
Llegué a la azotea.
Kyouka estaba ahí, apoyada contra la reja, con mano temblorosa.
Pelo rubio teñido revuelto hasta la espalda, piel bronceada reluciente bajo el sol de abril, pechos enormes que empujaban la camisa casi desabotonada,sin sostén, como siempre.
Cuando me vio, corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos.
Empezó a llorar de forma exagerada, dramática, como si estuviera en un dorama barato.
—¡Harutooo!
¡Por fin viniste!
¡Necesito tu ayudaaaa!
La abracé por reflejo.
Sentí sus pechos aplastados contra mi pecho, su perfume barato y dulce.
La tranquilicé, le acaricié la espalda.
—¿Qué pasó?
Cuentame.
Sabia que no estaba llorando de verdad, solo queria que tuviera lastima de ella Entre sollozos fingidos, me lo contó todo.
Ella estaba con tres alumnos de primer año en el baño de hombres.
“Servicio especial”, como ella lo llamaba.
Los había atendido todos a la vez , cobrando extra por el combo.
Cuando terminó y salió, la pillaron.
La presidenta del consejo estudiantil, estaba justo ahí, como si la hubiera estado esperando.
La llevó al salón del consejo.
Le dio un sermón largo sobre “conducta inapropiada”, “daño a la reputación de la escuela”, Pero no la denunció.
No llamó a los profesores ni a los padres.
En cambio, le dijo: —No diré nada… pero tienes que venir a mi casa esta tarde.
Kyouka me miró con ojos llorosos fingidos, exagerados.
—Es chantaje, Haruto.
Chantaje puro.
No sé qué quiere hacerme.
¿Y si me hace algo raro?
¿Y si desaparezco y nadie se entera?
—¡Eres el chico más fuerte que conozco!
El único al que puedo pedírselo… por favor, acompáñame.
No quiero ir sola.
Lo decía con voz exagerada, aferrándose a mi camisa.
Kyouka fue mi primera vez.
Sí, fue pagada.
Sí, después siguió siendo solo sexo por dinero.
Pero… no podía abandonarla.
Ella me estaba pidiendo ayuda de verdad.
O al menos, eso parecía.
Suspiré.
—Está bien.
Te acompaño.
Pero si es una trampa o algo raro, nos vamos inmediatamente.
¿Entendido?
Ella asintió rápido, se secó las lágrimas falsas, con el dorso de la mano y me abrazó más fuerte.
Sus pechos se apretaron contra mí otra vez.
Sentí su calor, su cuerpo, estaba un poco duro, hacia una semana que no estuve con Kasumi.
—Gracias, Haruto… eres el mejor.
De verdad.
Su sonrisa volvía enseguida a la descarada de siempre.
Algo me decía que esto no iba a ser tan simple como acompañar a Kyouka a una casa y volver.
Fin del Capítulo 38
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