ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18)
- Capítulo 42 - 42 Capitulo 39 Mansión Houjou +18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
42: Capitulo 39 Mansión Houjou (+18) 42: Capitulo 39 Mansión Houjou (+18) (Punto de vista: Haruto) La campana final sonó, pero ese día el sonido se sintió más pesado.
Acompañé a Kyouka hasta la salida principal de la escuela, manteniéndome a unos metros de distancia, apoyado contra una pared como si estuviera esperando a alguien más.
Ella se quedó parada cerca de la reja, nerviosa, jugueteando con el borde de su falda.
Saque mi teléfono y mande un mensajes a Makoto : “Llegaré tarde, no te preocupes.” Ella había respondido solo con un “Cuídate ♡”.
No pasó mucho tiempo antes de que una limusina negra, de esas que parecen sacadas de una película, se detuviera justo frente a ella.
Vidrios polarizados, motor ronroneando bajo, un chofer con guantes blancos al volante.
La ventana trasera bajó lentamente.
Ahí estaba ella: la presidenta del consejo.
Ahora la veía de cerca(kyouka me dijo que se llama Reona Houjou).
Cabello castaño claro largo hasta la mitad de la espalda, dos coletas con rizos perfectos que le daban un aire infantil y aristocrático al mismo tiempo.
Rostro delicado, ojos grandes y claros que analizaban todo con frialdad calculada.
—¿Ya estás lista?
—preguntó con voz suave, pero con un filo que no dejaba lugar a dudas.
Kyouka tragó saliva.
—S-sí… Se notaba que lo decía por obligación.
Su voz temblaba un poco por el nerviosismo.
No pude quedarme atrás.
Me acerqué caminando, con las manos en los bolsillos para no parecer amenazante.
Miré dentro de la limusina y crucé la mirada con ella.
Sus ojos se entrecerraron, curiosos, evaluándome de arriba abajo como si fuera un objeto interesante que acababa de aparecer.
—¿Y tú quién eres?
—preguntó, ladeando la cabeza.
—Me llamo Haruto Shiro, soy amigo de Kyouka—respondí calmado.
—Me pidió que la acompañara.
Para protegerla.
Kyouka asintió rápido, pegándose un poco más a mí.
La chica sonrió.
Una sonrisa pequeña, traviesa, casi de niña que acaba de encontrar un juguete nuevo.
—Qué interesante… Puedes venir.
Me gusta conocer personas nuevas—, Hizo una pausa, mirándome fijo.
—Pero lo que veas hoy, no puedes contárselo a nadie.
¿Entendido?
Asentí.
—Entendido.
Estaba preocupado.
Mucho.
Esta chica exudaba dinero y poder.
La limusina, el chofer, la forma en que hablaba… No era una simple estudiante rica.
Era otra cosa.
Entramos.
Kyouka primero, yo detrás.
La puerta se cerró con un clic suave y el auto arrancó sin hacer ruido.
Dentro era puro lujo: cuero negro, luces tenues, un minibar con botellas de cristal, pantallas en los respaldos.
Ella se sentó enfrente, cruzando las piernas con elegancia.
Kyouka se pegó a mi lado.
Yo observaba todo en silencio.
Sentía la mirada de Reina sobre mí de vez en cuando, como si me estuviera midiendo.
No decía nada, solo sonreía para sí misma.
Ella no tenía pechos grandes como Kyouka o Kasumi; su cuerpo era delgado, casi frágil, pero había algo en su postura que la hacía parecer intocable.
El viaje duró unos veinte minutos.
Llegamos a una mansión que parecía sacada de un drama histórico.
Jardines impecables, fuente en la entrada, guardias uniformados en la reja principal.
Vi el bulto bajo sus chaquetas.
Armas.
Pistolas, probablemente.
Mi entrenamiento me serviría de poco contra balas.
Si esto se ponía feo, escapar no sería fácil.
Un sirviente abrió la puerta del auto.
Salimos.
El aire olía a jazmín y a dinero viejo.
Entramos a la mansión.
El hall era ridículo de grande: pisos de mármol negro, lámparas de cristal colgando del techo, escaleras curvas que subían a un segundo piso con barandilla dorada.
Kyouka abrió mucho los ojos.
Yo también, aunque traté de no mostrarlo.
Un sirviente mayor, vestido de frac, se acercó con una bandeja.
Sobre ella había dos prendas dobladas con cuidado.
Reona tomó el vestido primero: uno blanco, corto.
Elegante, pero claramente diseñado para ser mirado.
Luego le entregó el otro traje a Kyouka.
Era un uniforme de colegiala… pero no uno normal.
Era del tipo erótico que había visto en la habitación de Yasuno.
Falda plisada ridículamente corta, blusa blanca corta, con lazo rojo enorme, medias hasta el muslo, y un sostén push-up integrado que empujaba los pechos hacia arriba.
Kyouka se quedó congelada, mirando la prenda como si le hubieran dado una sentencia.
Reona sonrió dulce.
—Cámbiate antes del evento.
Hay habitaciones preparadas al fondo del pasillo.
No tardes, Kyouka.
Y tú… —me miró a mí— puedes esperar un rato.
O acompañarlas si quieres.
No me molesta.
Kyouka me miró con pánico en los ojos.
Yo apreté la mandíbula.
Esto no era un simple chantaje.
Esto era otra cosa.
Un juego.
Y yo acababa de entrar en el tablero sin saber las reglas.
Pero no iba a dejar a Kyouka sola.
—No, está bien—le dije a Reona, mirándola fijo.
—Me quedaré esperando.
Reina soltó una risita baja.
—Perfecto.
Me caes bien, Haruto-kun.
Y con eso, guiaron a kyouka por el pasillo hacia las habitaciones de cambio.
Sentí el peso de todo: los guardias, las armas, el lujo asfixiante, la mirada de Relna Algo me decía que lo que venía después iba a cambiar las cosas.
no solo para Kyouka.
Las chicas tardaron menos de lo que esperaba en cambiarse.
Cuando salieron de las habitaciones, Kyouka se veía exactamente como imaginaba: el uniforme erótico le quedaba ridículamente ajustado.
La falda apenas cubría la mitad de sus muslos, la blusa dejaba ver los pezones endurecidos bajo la tela fina, y las medias le daban ese aire de colegiala pervertida.
—¿Por qué tengo que usar esto?
—preguntó con voz baja, casi un quejido.
Reona, sonrió con esa dulzura falsa que empezaba a odiar.
—Porque es lo que esperan nuestros huéspedes.
Vamos.
Nos guio por pasillos interminables, alfombras gruesas que ahogaban los pasos, lámparas de cristal que proyectaban sombras largas.
Kyouka caminaba pegada a mí, rozándome el brazo cada tanto como si yo fuera su salvavidas.
Al final del corredor había unas puertas dobles enormes, custodiadas por dos guardias con trajes negros y auriculares.
Y junto a ellos, una mujer.
Era imposible no mirarla.
Cara hermosa, madura, con labios carnosos y ojos que parecían saber todos tus secretos, cabello largo marrón oscuro.
Su cuerpo: cintura estrecha, caderas anchas, y unos pechos tan grandes como los de Kyouka, quizás un poco menos.
Llevaba un vestido blanco sin hombros que se ceñía como una segunda piel; el escote profundo dejaba ver el valle entre sus senos y los pezones, y solo la presión de la tela evitaba que se salieran.
Guantes largos blancos hasta los codos.
Elegante.
Peligrosa.
Reona se acercó y la abrazó por la cintura.
—Mamá.
No parecían madre e hija.
La diferencia de edad era mínima; Erina parecía tener a lo mucho treinta y pocos, y Reona dieciséis o diecisiete.
Pero la forma en que se miraban… había algo íntimo, cómplice.
Miré a Reona.
—No se parecen mucho —dije en voz baja.
Erina giró hacia mí.
Sonrió, tapándose la boca con la mano enguantada, ojos cerrados en un “ara ara” clásico.
—Encantada de conocerlos.
Soy la mamá de Reona.
Tú debes ser Kyouka… —miró a la chica con uniforme pervertido— y tú… ¿eres?
—Haruto Shiro —intervino Reona rápido—.
Amigo de Kyouka.
Ella le pidió que la acompañara.
Erina inclinó la cabeza, estudiándome.
Su mirada bajó por mi cuerpo un segundo más de lo necesario.
—Qué caballero.
Bienvenido, Haruto-kun.
Antes de entrar, Reona me entregó una máscara negra que cubría la mitad superior de la cara.
Solo dejaba ver la boca y la mandíbula.
—Los hombres cubren su identidad aquí.
Regla de la casa.
Me la puse sin discutir.
Entramos.
Estar sorprendido sería poco.
La sala era enorme: techos altos, candelabros apagados, sofás de terciopelo rojo repartidos por todo el lugar.
Y en medio de todo eso… una orgía en pleno desarrollo.
Hombres mayores(muchos con máscaras como la mía y desnudos), y mujeres jóvenes desnudas, moviéndose entre ellos.
Gemidos, jadeos, sonidos húmedos de carne contra carne.
El aire olía a sudor, perfume caro y sexo.
Reona habló con voz casual, como si estuviera explicando el menú de un restaurante.
—Mamá dirige el burdel más grande y exclusivo de Japón.
Solo para gente con dinero y poder: políticos, famosos, empresarios.
Es un privilegio que estes aquí Haruto.
No dija nada, que podría decir.
Kyouka abrió mucho los ojos.
—Esas chicas… son del consejo estudiantil.
Conozco a varias.
¿Qué…?
Reona sonrió.
—Si muchas son de la escuela y tú fuiste elegida para trabajar con ellas.
Deberías estar honrada.
—No bromees —dijo Kyouka, voz temblorosa—.
Soy solo una amateur.
No me interesa esto.
Reona se acercó a su oreja.
—¿Quieres que le cuente a la escuela lo del baño de hombres?
Kyouka hizo un puchero exagerado, lágrimas falsas rodando por sus mejillas.
—No lo hagas, por favor… Reona soltó una risita.
—Te pagaré 20.000¥ por cada corrida que hagas.
¿Qué dices?
La expresión de Kyouka cambió al instante.
De víctima dramática a zorra profesional.
Sus ojos brillaron con esa codicia que conocía bien.
—No me queda de otra, ¿verdad?
Y se fue directo hacia el grupo de hombres más cercano.
Se movió como pez en el agua: se arrodilló frente a uno, abrió la boca, empezó a chupar con esa técnica que me había enseñado hace tiempo.
Rápido atrajo atención.
Manos la tocaron, la levantaron, la pusieron en un sofá.
Gemía alto, exagerado, disfrutando cada segundo.
Le pagaban.
Le encantaba.
Reona frunció el ceño de un momento a otro.
Estaba celosa por la atención a kyouka.
Ella siempre la atracción principal.
Llamó a dos sirvientas desnudas(según había escuchado, eran la chicas del consejo estudiantil), trajeron un perchero móvil con ropa.
Se cambió ahí mismo, sin pudor: se quitó el vestido y se puso un traje de gimnasia corto.
Top ajustado que apenas contenía sus pechos pequeños pero firmes, shorts diminutos que dejaban ver la curva de su trasero.
Luego caminó hacia donde estaba Kyouka, ahora ocupada con varios hombres a la vez y se metió en medio.
—Vamos a ver quién es la mejor —dijo alto, desafiante.
Algunos hombres la rodearon de inmediato.
Reona se arrodilló, abrió la boca, empezó a atenderlos con movimientos precisos, casi competitivos.
Kyouka no se quedó atrás: aceleró, gemía más fuerte, se movía más salvaje.
Era un espectáculo.
Un duelo de putas pagadas.
A mí no me excitaba.
Nada.
Solo sentía un nudo frío en el estómago.
Giré la cabeza.
Y ahí estaba Erina.
Se había apartado un poco, estaba parada con algunos sirvientes detrás de ella.
Una mano dentro de su vestido blanco, tocándose despacio mientras miraba a su hija.
No sentía culpa.
Sus pechos subían y bajaban con la respiración agitada.
Dedos moviéndose entre sus muslos, el vestido subido lo justo.
Gemía bajito, los ojos fijos en Reona.
Todas las chicas aquí eran ninfómanas.
Incluida la madre.
Sintió mi mirada.
Giró la cabeza despacio.
Una sonrisa lenta se formó en sus labios.
Se sacó la mano del vestido, brillante de humedad, y caminó hacia mí con pasos deliberados.
El vestido se movía con cada paso, los pechos rebotando pesados.
Se detuvo frente a mí.
Tan cerca que sentía su calor corporal y el olor dulce de su perfume mezclado con excitación.
—Haruto-kun… —susurró, voz ronca—.
¿No te estás divirtiendo?
Su mano enguantada rozó mi pecho, bajó despacio por mi abdomen.
Se detuvo justo sobre mi entrepierna.
Presionó suave.
Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba a ella,a pesar de todo.
—No te preocupes —continuó, lamiéndose los labios—.
Aquí nadie te obliga a nada… a menos que quieras.
Sus ojos bajaron a mi máscara, luego a mi boca.
—Y yo… siempre quiero.
Su otra mano tomó la mía y la guio bajo su vestido.
Directo entre sus muslos.
Estaba empapada.
Caliente.
Incluso con ropa interior.
—Dime, Haruto-kun… ¿vas a quedarte mirando?
¿O vas a participar?
Kyouka y Reona seguían compitiendo en el centro de la sala.
Gemidos, risas, palmadas de carne.
Pero ahora Erina era la que me tenía atrapado.
Y yo… no sabía si quería escapar o hundirme más profundo.
Esto no era lo que esperaba al venir aquí.
Pero ya estaba dentro.Y Erina no parecía dispuesta a dejarme salir tan fácil.
Estaba reprimido.
Una semana sin tocar a nadie.
El cuerpo me ardía.
Y Erina… ella era una provocación andante.
Su mano enguantada rozándome, su humedad en mis dedos, esa sonrisa que prometía todo lo que una mujer madura podía ofrecer.
No pude resistirme más.
La tomé de la muñeca y la guié hacia un rincón apartado de la sala principal: un sofá cama enorme, medio oculto por cortinas de terciopelo rojo y una pantalla de biombos japoneses antiguos.
Nadie nos seguiría.
Solo nosotros dos.
Me senté en el borde del sofá, las piernas abiertas.
Ella se arrodilló entre ellas sin que tuviera que pedírselo.
Sus guantes blancos subieron por mis muslos, desabrocharon el pantalón con dedos hábiles y sacaron mi pene ya duro como piedra.
Lo miró un segundo, ladeando la cabeza.
—Ara ara… qué grande es, Haruto-kun —susurró con esa voz ronca y maternal que me ponía la piel de gallina.
No esperó.
Se inclinó y envolvió la punta con los labios, suave al principio, solo besos húmedos y lamidas circulares en el glande.
Luego bajó más.
Mucho más.
Hasta que su nariz tocó mi pelvis.
No se atragantó.
Ni un solo arcada.
Su garganta se abrió como si estuviera hecha para esto.
Subía y bajaba la cabeza con un ritmo constante, profundo, succionando con fuerza cada vez que llegaba arriba.
El sonido era obsceno: glup, glup, glup, saliva goteando por su barbilla, manchando el escote de su vestido blanco.
Después de varios minutos así, se apartó con un pop húmedo, sonrió y se abrió el vestido por completo.
Sus pechos enormes cayeron libres: redondos, pesados, venas sutiles bajo la piel pálida, pezones grandes y rosados ya endurecidos.
Los tomó con ambas manos y los apretó alrededor de mi pene.
No lo cubrían del todo era demasiado grueso, así que la punta quedaba expuesta.
Empezó la rusa: subía y bajaba los pechos, amasándolos con fuerza, apretando hasta que la carne se desbordaba entre sus dedos.
Al mismo tiempo, bajaba la boca y lamía la punta cada vez que salía.
Ruido constante: piel contra piel, saliva, gemidos bajos suyos.
Era experta.
Demasiado buena.
Puse mi mano en su cabeza, enredando los dedos en su cabello oscuro.
Empujé un poco más profundo en su boca.
Ella gimió de placer, vibrando alrededor de mí.
Después de un tiempo no aguanté mucho más.
El límite llegó sin aviso.
Me corrí fuerte, profundo en su garganta.
No le avisé.
Ella no se apartó.
Tragó todo, sorbiendo hasta la última gota, luego sacó la lengua y lamió la punta limpia.
—Está rico… —susurró, mirándome con ojos entrecerrados.
—Y todavía está duro.
Qué buena es la juventud… Se quitó el vestido por completo y la ropa interior.
Desnuda, piel brillante de sudor, pechos balanceándose con cada movimiento.
Se montó sobre mí en posición de vaquera elevada: pies plantados en el sofá a ambos lados de mis caderas, manos en mis hombros para apoyarse.
Alineó mi pene con su entrada ya estaba empapada, caliente, resbaladiza y bajó de golpe.
Gritó fuerte, un gemido largo y ronco.
Empezó a subir y bajar rápido, rebotando.
Sus pechos enormes subían y bajaban con violencia, golpeando contra su esternón, rebotando hacia arriba casi hasta su barbilla.
Los agarré con ambas manos: pesados, suaves, desbordando entre mis dedos.
Los apreté fuerte, pellizqué los pezones, los llevé a mi boca uno por uno.
Los lamí, succioné, mordí suave.
Intenté sacar leche que no había , pero ella gemía más fuerte cada vez que mi lengua rodeaba los pezones.
Se corrió primero.
Su interior se contrajo alrededor de mí como un puño, temblando, gritando mi nombre.
Yo todavía no.
La resistencia que había acumulado en esa semana me daba ventaja.
La levanté y la puse de perrito en el sofá.
Gran vista desde atrás: trasero redondo y firme, espalda arqueada perfecta, pechos colgando pesados y balanceándose con cada embestida.
La agarré por las caderas y entré profundo.
Palmadas fuertes de carne contra carne.
Sus gemidos eran casi gritos ahora.
Cada vez que empujaba, sus pechos se mecían hacia adelante y atrás, golpeando contra sus brazos.
Seguimos cambiando de posición.
Primero: ella boca abajo, cabeza colgando del borde del sofá, yo de rodillas, penetrándola mientras sus pechos colgaban y se balanceaban como péndulos.
Después: ella de espaldas sobre mí, piernas abiertas, yo empujando desde abajo mientras mis manos amasaban sus pechos desde atrás, pellizcando pezones hasta que se ponían rojos.
Otra: ella boca arriba, piernas sobre mis hombros, yo inclinado hacia adelante, penetrando profundo mientras lamía y mordía sus pezones.
69: su boca en mi pene, yo devorando su entrada, sus pechos aplastados contra mi abdomen.
Vaquera invertida: ella de espaldas, rebotando, pechos saltando visibles desde atrás mientras yo los agarraba y los apretaba.
Horas.
Literalmente horas.
Su resistencia daba miedo.
Gemía, sudaba, se corría una y otra vez (antes de perder la cuenta, conté al menos siete), pero seguía moviéndose, pidiendo más.
Yo tampoco me quedé atrás.
La semana de abstinencia me había convertido en una máquina.
Pero al final, ella empezó a mostrar signos: respiración entrecortada, temblores en las piernas, voz ronca de tanto gritar.
Ahora estaba de rodillas otra vez, agotada, atendiendo solo con la boca.
Cabeza subiendo y bajando lenta, ojos vidriosos, saliva goteando por su barbilla y sobre sus pechos.
Mi mano en su nuca, guiándola.
Era una ninfómana pura.
Aún exhausta, no paraba.
Lamía, succionaba, tragaba saliva y lo que quedaba de mí.
Mi atención volvió un rato a la sala principal.
Kyouka y Reona estaban tiradas en sofás, cuerpos brillantes de sudor y semen, agotadas.
Los hombres alrededor ni se podían mover: jadeando, algunos dormidos, otros con la mirada perdida.
El lugar olía a sexo y a derrota.
Aproveché hasta el último momento.
Agarré a Erina por la cintura, todavía temblando, pero sonriendo, la tiré de nuevo sobre el sofá y la usé una vez más.
Misionero esta vez, lento y profundo, pezones rozando mi piel con cada embestida.
Ella me abrazó con brazos y piernas, gimiendo bajito contra mi oído.
—Otra vez… Haruto-kun… no pares… Y no paré.
Hasta que por fin me corrí dentro de ella, profundo, sintiendo cómo su interior se contraía una última vez.
Era el comienzo de algo mucho más grande.
Y yo… ya estaba enganchado.
Fin del Capítulo 39 No es ninguna referencia a Epstein Xd
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com