ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 46 Capítulo 43 Rikka Sumeragi + 18
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46: Capítulo 43 Rikka Sumeragi (+ 18) 46: Capítulo 43 Rikka Sumeragi (+ 18) (Punto de vista: Haruto) Las clases terminaron con el timbre habitual, un sonido que ya se sentía como una liberación.
Recogí mis cosas rápido, saludé a los chicos gesto de cabeza y me fui al dojo.
El camino era corto, pero suficiente para pensar, y ahora me venia la cabeza Ryouka: Hasta ahora no le había ganado ni una sola vez.
Pero ya la había estudiado.
Sabía cómo se movía: siempre centrada, esquivaba con pasos mínimos y contraatacaba en el instante exacto en que el oponente se abría.
Sabía que si lanzaba una patada alta, ella bajaría para barrer; si iba con puñetazos rápidos, retrocedería y respondería con un contraataque directo al torso.
Estaba seguro de que en algún momento la vencería.
Solo necesitaba el timing perfecto.
Llege al dojo.
Me cambié en el vestuario: dogi blanco limpio, cinturón verde atado firme, pies descalzos sobre el tatami frío.
Ryouka ya estaba calentando: estiramientos dinámicos, golpes al aire precisos, respiración controlada.
Cuando me vio entrar, levantó la mano en saludo casual.
—Llegaste, Haruto.
¿Listo?
—Listo —respondí, devolviéndole el saludo.
Nos pusimos frente a frente en el shiai-jo.
Los demás miembros observaban desde los bordes, algunos practicando katas en silencio.
Hicimos el saludo tradicional: inclinación, “oss”.
El combate empezó.
Mientras estábamos en el entrenamiento, mi mente divagó cuando la mire.
Ryouka no era como las otras chicas.
Era ruda, directa, no tenía miedo a recibir un golpe, lo había visto: con chicos más grandes, encajaba impactos sin quejarse y devolvía el doble.
Era buena.
Muy buena.
Y, sí, era linda: ojos afilados, coleta negra que se movía como un látigo, cuerpo atlético y desarrollado bajo el dogi.
Pero no tenía novio, según Ayumu.
“Ahuyenta a los candidatos”, decía él, pero era verdad.
La mayoría de los hombres no soportan ser más débiles que una mujer(pero hay algunas excepciones).
A mí no me importaba.
La fuerza no era excusa para rechazar a alguien.
Pero no la veía a ella de esa forma.
No había deseo por tenerla.
Cuando nuestros cuerpos se tocaban en los agarres o en los bloqueos, no sentía nada: ni calor, ni endurecimiento, ni esa urgencia que Kasumi o Natsuha provocaban con solo mirarlas.
Más era respeto, admiración por su técnica.
Nada más.
Pensaba en eso mientras intercambiábamos golpes.
Mal idea.
Nunca te desconcentres en un enfrentamiento.
Ryouka lo notó al instante.
Lanzó una finta con el puño derecho, yo mordí el anzuelo y bajé la guardia un segundo.
Su mawashi-geri baja impactó en mi muslo con fuerza controlada, desequilibrándome.
Antes de que pudiera recuperarme, giró y me barrió con una ashi-barai.
Caí de espaldas, el tatami amortiguando el golpe.
—Distraído — dijo ella, extendiendo la mano para ayudarme a levantarme.
—Nunca bajes la guardia mentalmente.
Eso es peor que bajar los brazos.
Tome su mano y me paré, sacudiendo la cabeza.
—Perdón.
Tienes razón.
Volví a ponerme en guardia.
Pero volví a distraerme, al mirarla.
La otra razón por la que no me interesaba era por Ayumu.
Solo lo conocía desde hacía una semana, pero era un buen tipo.
Honesto, leal, sin dobleces.
No me sentiría cómodo si algo pasara entre Ryouka y yo.
Con Natsuha había sido diferente, no conocía a su novio, y ella era… bueno, era pervertida por naturaleza, dispuesta a engañar.
Ryouka no era así.
No parecía interesada en chicos en absoluto.
Probablemente ni siquiera pensaba en eso.
Salí de mis pensamientos cuando Ryouka lanzó un oi-zuki directo.
Bloqueé, contraataqué con un gyaku-zuki que ella esquivó por milímetros.
Seguimos así: intercambio de golpes, correcciones verbales de ella, sudor cayendo por mi frente.
Al final del entrenamiento estaba exhausto, pero satisfecho.
Me despedí rápido —nos vemos mañana—, me cambié y salí corriendo.
Tenía que llegar a la ubicación que me había mandado Rikka Sumeragi.
Era lejos: un tren hasta el centro, luego caminar quince minutos.
Miré el mapa en el teléfono: una escuela secundaria privada de élite, edificio moderno con fachada de vidrio y acero.
“Sumeragi Academy”.
No era una escuela cualquiera.
El nombre sonaba a dinero viejo, conexiones, poder.
Subí al tren.
Me senté en un asiento libre, el cuerpo todavía caliente del entrenamiento.
Miré por la ventana: la ciudad pasaba rápido.
.
.
.
Bajé del tren y caminé siguiendo el GPS del teléfono.
Las calles se fueron volviendo más tranquilas, residenciales, con árboles altos y faroles que empezaban a encenderse.
No había rascacielos ni oficinas corporativas como había imaginado.
Solo casas elegantes, jardines cuidados y, al final de la calle, Los muros perimetrales y una reja alta de hierro forjado con un logo, en la pared estaba escrito el nombre “Escuela Femenina Seika”.
Me detuve.
Revisé la ubicación dos veces.
No me había equivocado.
Era aquí.
Una secundaria privada solo para mujeres.
El tipo de escuela donde las hijas de familias ricas y poderosas estudiaban en uniformes impecables, lejos del ruido del mundo exterior.
¿Qué demonios hacía yo aquí?
¿Qué clase de “trabajo” necesitaba un hombre en un lugar como este?
Algo me decía que no iba a ser algo “normal”.
Me acerqué a la reja principal.
Dos guardias uniformados trajes negros, auriculares, postura militar, me detuvieron de inmediato.
—¿Qué se le ofrece?
—preguntó uno, voz neutra pero firme.
—Soy Haruto Shiro.
Tengo una cita de trabajo con Rikka Sumeragi.
El guardia revisó una tablet, asintió y abrió la reja con un zumbido electrónico.
—Pase.
Diríjase directamente a la oficina de la directora.
Siga el pasillo principal, segundo piso, ala derecha.
No se desvíe.
Entré.
El campus era enorme: edificios de ladrillo rojo con ventanales altos, jardines con fuentes, senderos de piedra.
Ya era tarde; los alumnos normales se habían ido.
Solo quedaban luces en algunos salones del club y el eco distante de alguna práctica.
Los pasillos estaban vacíos, el suelo de mármol reflejando mis pasos.
Olía a cera para pisos y a flores frescas.
Subí las escaleras, camine por el pasillo y me encontré con una chica.
Estudiante, uniforme azul marino impecable: falda plisada hasta la rodilla, blusa del mismo color con lazo amarillo, medias hasta el muslo.
Pero era imposible no notarla.
Cabello largo hasta la espalda de un rubio natural, no teñido, sino ese dorado que solo se ve en extranjeros, rostro delicado como de modelo europea: ojos verdes fríos, nariz fina, labios rosados sin maquillaje.
Y el cuerpo… de las que no puedo dejar de mirar.
Su forma que contrastaba con su expresión seria.
Pechos grandes que empujaban la blusa, cintura estrecha marcada por el lazo, caderas anchas que hacían que la falda se moviera con cada paso.
Caminaba con autoridad, como si el pasillo le perteneciera.
Me miró.
No fue una mirada curiosa.
Fue hostil.
Desprecio puro.
Se detuvo frente a mí, bloqueando el camino.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—preguntó, voz baja pero cortante.
—Esta es una escuela para mujeres.
No gritó.
No necesitaba.
Su tono era suficiente.
—No quiero ser grosero, pero no es asunto tuyo —respondí calmado.
Sus ojos se entrecerraron.
—Soy la presidenta del consejo estudiantil.
Todo lo que pase en esta escuela es asunto mío.
La miré fijo.
Era hermosa.
Demasiado.
Pero esa hostilidad… ese odio hacia los hombres que se filtraba en cada palabra… me irritó un poco.
—Tengo una cita en la oficina de la directora.—dije.
—Yo solo vine porque me llamaron.
Ella me estudió un segundo más.
Luego soltó una risa fría, sin humor.
—Ah… así que eres uno de esos.
No entendí.
—¿Uno de qué?
—Pronto ese programa terminará —continuó, ignorando mi pregunta—.
Y ya no habrá más como tú entrando aquí.
No dio más explicaciones.
Se dio la vuelta y se fue, el cabello rubio ondeando detrás de ella como una bandera de advertencia.
La miré alejarse.
No pude evitarlo: su figura era hipnótica, incluso caminando con esa rabia contenida.
Pero también me dejó desconcertado.
¿Programa?
¿Qué programa?
¿Y por qué me miró como si yo fuera una plaga?
Sacudí la cabeza y seguí.
Llegué a la puerta de la oficina de la directora.
Placa dorada: “Directora Rikka Sumeragi”.
Toqué dos veces.
—Pase —dijo una voz firme desde dentro.
Abrí.
La oficina era lujosa, como todo en esa escuela.
Paredes de madera oscura, estanterías llenas de libros encuadernados, un sofá de cuero, ventanales con vista al jardín nocturno.
Al fondo, detrás de un escritorio amplio de caoba, estaba sentada una mujer.
Supuse que era ella.
Rikka Sumeragi.
—Haruto Shiro —dijo, sin levantarse.
—Puntual.
Siéntate.
La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave que resonó en el silencio de la oficina.
Rikka Sumeragi levantó la vista del escritorio y me miró directamente.
era hermosa de una forma madura y controlada: cabello negro ondulado recogido en una cola de caballo alta y elegante, un mechón blanco plateado que caía hacia adelante como una marca distintiva, casi artística.
gafas de montura fina que no ocultaban sus ojos violeta e intensos.
traje sastre rojo oscuro que se ceñía a un cuerp : pechos pesados que tensaban la blusa, cintura marcada, caderas anchas.
No era exuberante como Erina, sino refinada, poderosa.
la clase de mujer que podía hacer que un hombre se arrodillara con solo una mirada.
Edad difícil de calcular: treinta y tantos, quizás cuarenta.
Pero sus ojos, penetrantes, que me evaluaron en cuanto entré.
Me senté frente a ella.
El escritorio era amplio, de madera oscura pulida, con un jarrón de orquídeas blancas al lado.
Ella juntó las manos sobre el escritorio, sonrisa profesional pero fría.
—Erina me habló muy bien de ti.
Dijo que eres fuerte y… capaz de manejar situaciones complicadas.
Esperé.
No dije nada.
—Necesito un hombre para un programa especial de esta escuela —continuó.
—Uno que no se asuste fácilmente.
Uno que sepa mantener la boca cerrada.
Hizo una pausa.
—¿Estás interesado en escuchar los detalles?
Asentí.
—Adelante.
Ella sonrió leve.
—Bien.
Esta escuela, es una de las más prestigiosas del país —, empezó contando.
—Nuestras alumnas son hijas de empresarios, familias con influencia o tienen un futuro muy brillante… por lo tanto, no se les permite tener novios o ningún tipo de relacion.
Nada que puedan distraerlas de sus metas.
Eso genera una gran presión y estrés.
Mucho estrés.
Su libido de ellas se acumulada.
Hizo una pausa, observándome., el aire de la oficina se volvió más pesado.
—Para aliviarlo, la escuela creó un programa secreto: “Prostitución masculina controlada”.
Cualquier alumna que lo desee puede solicitar un hombre, sin compromiso emocional.
Solo alivio físico.
Discreto.
Seguro.
Pagado por la escuela misma.
Me quedé perplejo, aunque ya sospechaba algo raro desde que vi que era una escuela para chicas, no esperaba esto.
Miré alrededor, como si las paredes pudieran confirmar lo que acababa de oír.
—¿Prostitución masculina dentro de una escuela femenina?—, pregunté, inclinándome hacia adelante.
—¿Es legal?
¿No hay riesgo de escándalo?
¿Qué pasa si una chica se enamora o se arrepiente?
Rikka sonrió con calma profesional.
—Es legal porque todo está bajo contrato privado y confidencialidad absoluta.
No es prostitución callejera; es un servicio terapéutico autorizado por la junta directiva.
Las chicas firman acuerdos de consentimiento.
Si se arrepiente después, no hay consecuencias para nosotras: el servicio ya se prestó.
Y el “enamoramiento” es raro; las seleccionamos precisamente porque buscan solo alivio, no novios.
—¿Y los hombres?
—continué—.
¿Cómo los eligen?
¿Qué pasa si uno habla?
—Solo contratamos a hombres con perfiles impecables: revisamos sus antecedentes de trabajo, penal e historial médico, tiene que meter salud perfecta, discreción probada, capacidad física.
Tú eres una excepción por recomendación de Erina.
Y si alguien habla… la multa es de varios cientos de millones de yenes, más demandas civiles y penales.
Nadie ha roto el contrato hasta el momento.
Recordé de pronto a la chica rubia del pasillo.
Ahora entendia un poco su hostilidad, sus palabras: “Pronto ese programa terminará… y ya no habrá más como tú”.
Me pasé la mano por el cabello.
—¿Y la seguridad?
¿Qué pasa si una alumna queda embarazada?.
—Todas las alumnas usan anticonceptivos, condones o inyectables.
Tú también recibirás chequeos mensuales y profilaxis.
Fuera de la escuela, los encuentros son en habitaciones privadas del campus o en hoteles discretos.
Me mostró el contrato.
Lo leí por encima: cláusulas interminables.
—Paga por sesión: 450.000 ¥ base + bonos por horas extras o servicios especiales —, explicó Rikka —Mínimo dos sesiones por semana, máximo seis.
Descanso obligatorio para ellas, multa por romper confidencialidad: 500 millones de ¥ más inhabilitación permanente.
—¿Y si no acepto ahora?
—pregunté, mirándola fijo.
—Firmas un acuerdo de confidencialidad simple.
Multa de 50 millones si hablas.
Pero… —sonrió levemente— Erina me dijo que seguramente no rechazarias una oportunidad como esta.
Asi que por eso son amigas, ambas “trabajan” en el mismo rubro, aunque en diferentes nichos.
Erina maneja clientes de alto perfil (talvez padres de estás chicas), en su mansion privada.
Rikka… gestiona a las hijas dentro de un entorno educativo.
Analicé todo: pros… paga absurda, Más experiencia y sexo con chicas ricas, hermosas y desesperadas por placer.
Contras… multa enorme si fallo, riesgo de que me descubran.
Pero el dinero… el dinero era demasiado bueno.
Y el sexo… ya estaba excitado solo de imaginarlo.
Después de varios minutos pensando, respiré hondo.
—Acepto.
—Bueno, antes de firmar nada, necesito verificar tus habilidades, personalmente.
Se levantó.
Rodeó el escritorio con pasos lentos, deliberados.
Se detuvo frente a mí.
Empezó a desvestirse sin prisa.
Desabotonó la blusa blanca del traje: botón a botón, revelando un sostén negro de encaje que apenas contenía sus pechos grandes y firmes.
Luego levantó la falda lápiz hasta la cintura, dejando a la vista unas bragas a juego, ligueros y medias transparentes.
Se giró, se inclinó sobre el escritorio, apoyando las manos y separando las piernas.
El trasero redondo y elevado quedó a la altura perfecta, la tela de las bragas marcando la forma de su sexo.
—Empieza —ordenó, voz ronca.
—Ya aceptaste el trabajo en principio.
No hay marcha atrás.
Esta vista era buena, mee puse de pie.
No fui rápido.
Me acerqué despacio.
Mis manos tomaron sus nalgas: carne suave, firme, caliente bajo mis palmas.
Las apreté, separándolas un poco.
Bajé la cabeza y presioné la boca contra su entrada, todavía con la ropa interior puesta.
Lamí la tela, sintiendo la humedad que ya la empapaba.
Ella jadeó.
—Ah… Ahhh… Moví las bragas a un lado con los dedos.
Lengua directa: lamí despacio, de abajo hacia arriba, rodeando el clítoris con círculos lentos.
Ella gimió más fuerte, las caderas empujando hacia atrás.
Metí la lengua dentro, saboreando su sabor salado y dulce.
Chupé suave, luego más fuerte.
Sus gemidos se volvieron jadeos altos, incontrolables.
—Buena técnica… —murmuró, intentando mantener el control.
—Pero no te contengas.
Me puse más serio , estuve unos minutos así: lengua profunda, dedos abriendo sus labios, succionando el clítoris hasta que tembló.
Ella se corrió la primera vez: un grito ahogado, cuerpo convulsionando, humedad goteando por mis labios.
Me puse de pie.
Saqué mi pene que ya estaba duro, y lo alineé con su entrada.
Entré de un solo empujón.
Estaba estrecha, caliente, resbaladiza.
Gemí al sentir cómo me apretaba.
Empecé lento: embestidas profundas, sintiendo cada centímetro.
Luego aceleré.
Palmadas de carne contra carne.
Ella jadeaba alto.
—Brusco… pero bueno… sigue así… más fuerte… Sus pechos colgaban pesados, balanceándose con cada embestida.
Los agarré desde atrás, amasándolos, pellizcando los pezones duros.
Ella se corrió otra vez, interior contrayéndose alrededor de mí como un puño.
Cambiamos.
La senté en el borde del escritorio, piernas abiertas, falda arrugada en la cintura.
Entré de nuevo.
Ahora podía verla: cara sonrojada, gafas torcidas, mechón blanco pegado a la frente por sudor.
Besé su cuello, mordí suave.
Bajé a sus pechos: lamí los pezones, los succioné fuerte, mordí lo justo para hacerla arquear la espalda.
Mis manos los apretaban, desbordando entre mis dedos.
Ella gemía mi nombre.
—… ah… sí… más profundo… Está ves nos corrimos juntos: yo dentro de ella, profundo, sintiendo cómo su interior me ordeñaba.
Ella tembló, uñas clavadas en mi espalda.
Pero todavía estaba duro.
Continuamos.
La puse de espaldas sobre el sofá de cuero: misionero elevado, piernas sobre mis hombros.
Embistiendo profundo mientras lamía sus pechos.
Luego vaquera: ella encima, rebotando, pechos saltando frente a mi cara.
Los agarré, los chupé mientras ella giraba las caderas.
Mientras seguimos más prendas se quitaba.
Al final ella estaba desnuda por completo: sostén y bragas tirados en el piso, medias rasgadas, cabello suelto cayendo en ondas negras y ese mechón blanco.
Se arrodilló frente a mí mientras yo me sentaba en el escritorio.
Tomó mi pene con la boca: profunda, succionando fuerte, lengua rodeando la punta.
Sacó la boca un segundo, apoyando la nariz contra mi base, mirándome con ojos vidriosos de éxtasis.
—Erina tenía razón… eres muy bueno para este trabajo… —susurró, voz ronca—.
Muy bueno… Volvió a chupar.
Mano en mi base, boca profunda.
No aguanté más.
Me corrí en su garganta.
Ella tragó todo, lamiendo hasta dejarlo limpio.
Se apartó, jadeando, cuerpo brillante de sudor.
—Bienvenido al programa, Haruto Shiro.
Fin del Capítulo 43 Cuando el prota ve a la rubia: de este color no la tengo xd
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