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ISEKAI EN UN MUNDO NORMAL...... NORMAL?(MUNDO HENTAI/NTR +18) - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Capítulo 44 Louisa Ritcher
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47: Capítulo 44 Louisa Ritcher 47: Capítulo 44 Louisa Ritcher (Punto de vista: Haruto) Ya era tarde cuando salimos de la oficina.

El campus de Seika estaba desierto, solo luces de seguridad y el eco de nuestros pasos en los pasillos de mármol.

Rikka Sumeragi se había vestido con calma, sin prisa, como si lo que acabábamos de hacer fuera una reunión más de su agenda.

Se puso el traje sastre de nuevo, se ajustó las gafas y recogió el mechón blanco que le caía sobre la frente.

Me miró una última vez, con esa sonrisa profesional que ahora sabía que ocultaba mucho más.

—Te llevo de vuelta —dijo simplemente.

—No quiero que andes solo a estas horas.

No discutí.

Subimos a su coche: un sedán negro de lujo, cuero suave, motor silencioso que ronroneaba como un gato grande.

Olía a su perfume caro y a madera pulida.

Mientras conducía por las calles nocturnas de la ciudad, habló sin mirarme directamente.

—Aunque hayas firmado el contrato, sigues siendo menor de edad.

Sin autorización de tu madre o tutor legal, el documento es anulable en cualquier momento.

Técnicamente, es solo un acuerdo verbal entre nosotros.

Eres la única excepción que he hecho en este programa.

Asentí, mirando por la ventana las luces que pasaban rápidas.

—Entendido.

No diré nada.

No soy tan idiota como para rechazar algo así.

Ella soltó una risa baja.

—Bien.

Porque si traicionas la confidencialidad, no solo pierdes el dinero.

Pierdes todo.

Y yo no soy de las que perdonan.

—Hizo una pausa.

—Cada dos semanas tendrás que venir a verme para un “informe personal”, rendimiento, cualquier problema con las clientas.

Te mandaré mensaje cuando necesite verte… o cuando una alumna te solicite.

—¿Y si no hay clientas?

—pregunté.

—Siempre hay.

La lista de espera es larga.

Pero tú solo atiendes a las que yo apruebe.

Nada de improvisaciones.

No hizo falta que le dijera la dirección.

Ya la sabía.

Paró frente al edificio sin apagar el motor.

—Cuídate, Haruto.

Y recuerda: discreción absoluta.

Bajé.

El coche se alejó en silencio.

Subí las escaleras del departamento con el cuerpo pesado, pero la mente acelerada.

Abrí la puerta.

—Ya llegué —dije en voz baja.

Makoto salió del pasillo con la bata puesta, cabello suelto, expresión preocupada.

—¿Por qué tan tarde, Haruto?

No me mandaste mensaje… Me disculpé rápido.

—Lo siento, mamá.

Se me olvidó.

Estaba con… alguien y perdí la noción del tiempo.

Ella suspiró, pero no insistió como siempre.

—Si vuelves tarde, avísame aunque sea un mensaje corto, ¿sí?

Ven, te calenté la cena.

Comimos en silencio.

Arroz, sobras de teriyaki, miso.

Ella me miró un par de veces, como si notara algo diferente en mí, pero no preguntó.

Después nos fuimos a dormir.

Me tiré en la cama y miré el techo un rato largo.

El contrato.

La paga.

Las chicas.

Todo encajaba demasiado bien y me dormí.

Era fin de semana, el sábado y domingo pasaron tranquilos , así que estuve en casa con Makoto.

No me quedé ocioso: entrené saliendo a correr, flexiones, abdominales y lanzando golpe y patadas al aire, también hice las tareas de la escuela (todavía eran fáciles, pero sabía que en el último año se pondrían duras), y pensé en la universidad.

Todavía no decidía si quería ir.

¿Para qué?

¿Realmente nesesitaba un título Universitario?

Era mucho mejor con mi cuerpo que estudiando y el programa me daria dinero.

No necesitaba más por el momento.

El los siguientes días pararon volaron.

Lunes: almuerzo con los chicos, risas sobre el fracaso de Kaoru en un examen de mates, entrenamiento con Ryouka (me corrigió una patada alta y casi me tira de nuevo, pero bloqueé mejor).

Martes: Kasumi me mandó mensaje otra vez, Para que almorzamos los tres.

Kasumi dividía su tiempo entre su primo y yo, pero siempre con él presente al lado de ella y eso me molestaba.

No podía hacer muchos con él pegado a ella.

Pero ya tenía que hacer: le presentaría a Kyouka.

Le pediría ese favor, aunque ahora este más ocupada con su nuevo trabajo, seguramente no se negaría.

A ella le encantaban los vírgenes y más si son bonitos .

Ayato decía que amaba a Kasumi, pero estaba seguro de que no resistiría los encantos de Kyouka: gyaru extrovertida, pechos enormes, experiencia y actitud de “te enseño todo”.

Si caía… Ayato lo volvería hacer, una y otra vez, problema resuelto.

.

.

.

Hoy era miércoles, era el descanso.

Estábamos los cuatro en el rincón habitual del patio: mesas juntadas, bentos abiertos.

Kaoru estaba nervioso, jugueteando con los palillos.

—Decidí —dijo de pronto—.

Este viernes me confesaré a Makoto.

Le voy a decir que me gusta.

Todos lo felicitamos.

—¡Felicidades, Kaoru!

—dijo Haruta, dándole una palmada en la espalda.

—Estoy seguro que no te rechazara.

Ayumu sonrió.

—Te deseo suerte, hombre.

Si te rechaza, al menos lo intentaste.

—Buena suerte—, lo dije sinceramente.

Ayumu tenía razón, lo peor que podría pasar es que diga que no.

Kaoru se sonrojó.

—Espero que diga que sí… Seguimos hablando, Haruta tienes planes para el fin de semana.

Entonces vibró mi teléfono.

Era un mensaje de Rikka: “Primer cliente.

Edificio anexo al campus Seika, habitación 3-B.

18:00 hs.

Confirmar.” Tenía que salir después de clases y no ir al club hoy, le diré al Ayumu que le diga a Ryouka.

El corazón me dio un salto.

Respondí inmediatamente: “Confirmado.” Guardé el teléfono.

Los chicos seguían hablando.

Nadie notó nada.

18:00 hs.

Primera clienta.

Una alumna de Seika, estresada y desesperada por alivio.

Este trabajo… era el mejor que podía tener ahora.

Y apenas comenzaba.

(Punto de vista: Louisa Ritcher) Los pasillos de la Escuela estaban casi vacíos a esta hora, con el sol filtrándose a través de las ventanas altas y proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol pulido.

Como presidenta del consejo estudiantil, era mi responsabilidad asegurarme de que todo estuviera en orden.

Caminaba con pasos firmes, mi uniforme azul marino impecable: Mi cabello caía en ondas suaves por mi espalda, y llevaba la insignia del consejo en el pecho como un escudo.

Nadie se atrevía a cuestionarme cuando patrullaba así.

Vi a una chica de primer año apoyada contra una columna, con la falda subida más de lo reglamentario, revelando demasiado muslo.

Me acerqué con expresión neutra pero firme.

—Tu falda está por encima de la longitud permitida —le dije, cruzando los brazos.

—Eso viola el código de vestimenta.

Ve a la oficina de orientación inmediatamente y ajusta tu uniforme.

La chica se sonrojó, balbuceando una excusa sobre el calor, pero bajó la falda y se fue corriendo.

Unos metros más adelante, otra alumna de segundo, estaba revisando su teléfono en el pasillo, riendo por algo en la pantalla.

Me detuve frente a ella.

—Los teléfonos solo se usan en áreas designadas durante el horario escolar.

Confiscado.

Ve a la oficina de orientación y explícales por qué estás rompiendo las reglas.

Ella me miró con resentimiento, murmurando algo sobre “demasiado estricta”, pero me entregó el teléfono y se fue.

Algunas alumnas me admiraban por mi dedicación: me veían como un modelo de disciplina y excelencia.

Otras me odiaban, me llamaban “la reina de hielo” a mis espaldas.

No me importaba.

Lo importante era mantener el orden.

Y, sobre todo, terminar con lo que más perjudicaba a esta escuela: el programa de “prostitución masculina”.

No era un secreto total dentro de los muros de Seika.

La mayoría de las alumnas lo sabían, aunque no lo admitieran en voz alta.

Algunas estaban en contra, como yo, viéndolo como una degradación absoluta.

Otras lo usaban abiertamente, como Mio Kato, esa chica de tercer año.

Había hecho un video en vivo una vez, con espectadores, jactándose de su “sesión de alivio”.

La escuela tuvo que borrarlo todo y silenciar el escándalo.

Y su amiga íntima, Tomoe Kisaragi, también era una usuaria frecuente.

Las había oído cuchichear en el baño: “Oji-san es el mejor para el estrés de los exámenes.

Y los hombres mayores son tan… complacientes”.

Me daba asco.

Todo.

El programa era una mancha en lo que debería ser un santuario para mujeres jóvenes.

Había hablado con la directora Rikka Sumeragi varias veces, exponiendo mis argumentos: degradaba nuestra independencia, fomentaba dependencias emocionales disfrazadas de “alivio físico”, y ponía en riesgo la reputación de la escuela si salía a la luz.

Pero ella siempre respondía con esa sonrisa fría: “Los resultados hablan por sí solos, Louisa.

Las notas de las usuarias suben.

El estrés baja.

Y está respaldado por la junta de padres y el consejo escolar.

Los miembros más poderosos lo aprueban”.

Incluso tuvo el descaro de ofrecerme probarlo: “Quizás si lo experimentas, cambies de opinión”.

Jamás.

Odio a los hombres.

Desde que mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía diez años.

Él era un oportunista: se casó con ella por su riqueza(mi familia es dueña de Richter Technology Company), le robó lo que pudo y huyó con una secretaria más joven, pero eso no era lo único.

En mi escuela mixta anterior, lo confirmé: los chicos solo me buscaban por mi apellido o por mi cuerpo.

“Es de la familia Ritcher, la rubia extranjera con enormes pechos”.

Me acosaban y susurraba susurraban groserías, me enviaban notas obscenas.

Me cambié a Seika para escapar de eso.

Una escuela solo para mujeres.

Un refugio.

Pero incluso aquí, los hombres se filtraban.

Gracias al programa.

Necesitaba acabar con él.

Y ya tenía un plan.

Aceptaría la oferta de la directora.

Me reuniría con uno de esos “gigolós”.

Lo sobornaría con dinero(tenía acceso a fondos de mi familia), para que declarara públicamente sobre el programa.

Un escándalo controlado.

La prensa se encargaría del resto: padres furiosos, investigaciones.

La directora y sus aliados caerían.

Y Seika volvería a ser pura.

.

.

.

Hoy era el día.

Me dirigí al edificio anexo: un anexo discreto al campus principal, con habitaciones privadas equipadas como suites de hotel, cama king size, baño con jacuzzi, sofá de terciopelo, iluminación tenue.

Esperé sentada en el sofá, cruzada de piernas, el uniforme todavía puesto.

El dinero estaba bajo una manta en la mesita: 10 millones de yenes en billetes limpios.

Suficiente para comprar a cualquiera.

Escuché el sonido de la puerta.

Mi corazón latió más fuerte, pero mantuve la compostura.

—Pasa —dije con voz firme.

Entró.

Y me quedé helada un segundo.

Era él.

El chico que había visto en los pasillos aquella vez.

Alto, cabello negro y desordenado, cara normal pero con una mandíbula fuerte, cuerpo en forma bajo el uniforme escolar que llevaba.

No parecía un hombre mayor ni experimentado.

Era joven, casi de mi edad .

Al parece el también me reconoció al instante, sus ojos se entrecerraron con curiosidad, pero no dijo nada sobre nuestro encuentro anterior.

Se quedó de pie, evaluándome.

Me paré, enderezándome.

—Me llamo Louisa Ritcher.

Soy la presidenta del consejo estudiantil.

Pero seguramente ya lo sabes.

Él inclinó la cabeza ligeramente.

—Haruto Shiro.

Hoy te cuidaré y seré tu acompañante .

Sentí un estremecimiento al oír “acompañante”.

Su voz era calmada, profunda, sin nervios.

Pero volví a enfocarme.

—No necesito ese servicio de ti —dije, cruzando los brazos.

Él frunció el ceño, confundido.

—¿Entonces qué necesitas?

Me acerqué a la mesita y levanté la manta, revelando los fajos de billetes.

—Hay 10 millones de yenes aquí.

Son tuyos si declaras a la prensa sobre el sistema de prostitución masculina en esta escuela.

Pensé todos los hombres son simples.

Solo buscan dinero y sexo.

Esto lo compraría fácilmente.

Él miró el dinero un segundo.

Luego a mí.

—No estoy interesado.

Mi estómago se hundió.

—¿Por qué?

Es más de lo que ganarías en meses aquí.

—No traicionaré a Rikka.

Ella me consiguió el trabajo.

Y… no me interesa el escándalo.

Al parecer era cercano a la directora.

Mi primer plan fallo.

El corazón me latía fuerte.

Temblando un poco, me sonrojé.

La última opción que me quedaba era… esa.

—Entonces hagamos una apuesta —dije, voz temblorosa pero decidida.

Él alzó una ceja.

—¿Una apuesta?

—Si, tengamos sexo, si no disfruto, si mantengo el control, si no me rompo, Yo gano y declaras todo.

Pero si pierdo… olvido todo del programa.

Según la información que había recopilado en secreto, los gigolós eran hombres mayores, con experiencia vasta.

Pero este chico era joven.

De mi edad.

No podía ser tan bueno.

Estaba segura de que ganaría.

Mantendría la frialdad y no sentiría nada.

Haruto me miró fijo, evaluándome.

Luego sonrió leve.

El aire se cargó de inmediato —Esta bien, Acepto.

Él se acercó despacio, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me temblaban un poco las piernas, pero no perdería al final yo ganaría.

Fin del Capítulo 44

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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